07 junio 2012

DISCOS

HERE WE GO MAGIC. A Different Ship.

L.T. el extraterrestre. 

Definitivamente, Luke Temple no es del planeta Tierra; es un visitante que nos llega desde un planeta lejano en el que las cosas se hacen de manera diferente y en el que no existen las palabras miedo y vergüenza. Después del enormemente estimulante “Pigeons” (2011) y el EP “The January” (2011), Temple vuelve con otro disco de su formación paralela, esa máquina de hacer electro-folk rarito completada con la presencia de Michael Bloch, Peter Hale y Jen Turner. “A Different Ship” (2012) es otro mundo de sensaciones, otro puñado de canciones del más allá sideral. En el planeta Temple todo suena en otra dimensión; el folk, el techno, el rootsy rock, el funk y la bossa no son lo que conocemos, sino lo que aparece en “Hard to Be Close”, “I Believe in Action”, “How Do I Know”, “Make Up Your Mind” o “A Different Ship”. Aunque Temple no es el primer alienígena que nos invade amablemente, solo es un explorador que continua el trabajo de conquista que iniciaron hace tiempo otros, como el desaparecido Mark Linkous (redivivo en “Miracle of Mary”), Jason Lytle (idem en “Made To Be Old”) o Mark Everett (idem en “Alone But Moving”). Por no hablar de los padres de un desembarco capitaneado por Syd Barrett, Brian Wilson y Kevin Ayers. Para rematar, el disco está producido por Nigel Godrich, otro que de experimentos marcianiles sabe un rato. Algo original y distinto contra la insoportable rutina terrícola.

01 junio 2012

DESCUBRIENDO A...

BEAR IN HEAVEN

Cambiemos un poco el tercio para adentrarnos en la dejada y olvidada música electrónica. Aunque hablar solo de electrónica en este caso resulta poco audaz, pues Bear In Heaven es un proyecto que aúna la más variada gama de influencias imaginable. Al frente de este trío afincado en Brooklyn se sitúa un tipo de mente preclara llamado Jon Philpot. Brooklyn, sí, otra vez Brooklyn, rincón literario favorito de Paul Auster o Jonathan Lethem. Debe ser la imponente visión del skyline de Manhattan, el aire que viene del East River o la mezcla exacerbada de culturas, razas, idiomas o niveles monetarios, el caso es que Brooklyn inspira. Y de inspiración anda sobrado este Philpot, creando un pastiche para bailar pero también para escuchar, hedonista pero a la vez espiritual, digital en su justa medida pero también muy orgánico cuando se tercia. Porque al menos las percusiones son de verdad. Y qué importantes son las percusiones en muchos de los cortes, en especial en ese “Beast Rest Forth Mouth” (2009), su segundo y arrollador disco, una bocanada de electro con tintes de krautrock, música étnica, psicodelia y sonido oscuro de chupa y piercing. “Lovesick Teenagers” podría ser una de las 100, 50 o 20 mejores canciones de pop galáctico de todos los tiempos, aunque “Beast In Peace”, “Dust Cloud”, “Drug a Wheel” o “Fake Out” también podrían citarse como ejemplos encomiables.

Bear In Heaven publican su tercer trabajo en este 2012, bajo el irónico título   “I Love You, It´s Cool” (2012). Un disco con más peso del componente electrónico, no tan impactante como su antecesor pero tenedor de algunas canciones que en sí son todo un espectáculo sonoro, y cito mis favoritas: “Idle Heart”, “Cool Light” y “Warm Water”. Los amantes de New Order están de suerte porque en “The Reflection of You” y “World of Freakout” podrán descubrir un aplicado y respetuoso homenaje a los mancunianos.

29 mayo 2012

DISCOS

M. WARD. A Wasteland Companion.

Un genio en compañía de amigos.

Interesante el nuevo trabajo de M. Ward. Interesante toda su carrera de principio a fin. Interesantes sus afiliaciones con amigos. Porque si de algo puede vanagloriarse el músico afincado en Portland es de tener un puñado de amigos y admiradores que haría a cualquiera estallar de orgullo. En “A Wasteland Companion” (2012) la lista de colaboradores es colosal: Zooey Deschanel (cómo no), Mike Mogis (cómo no), Howe Gelb (por supuesto), pero también John Parish, Steve Shelley, Toby Leaman (Dr. Dog), Tom Hagerman (DeVotchKa), Adam Selzer (Norfolk & Western), Rachel Cox (Oakley Hall) y un staff interminable. Como interminable es el camino recorrido para lograr engranar este álbum, grabado en un vagabundeo excitante por multitud de estudios. El resultado no se aleja demasiado de las anteriores creaciones de Ward, porque M es M, y nunca habrá otro igual. Ese sonido avejentado y poroso, esa voz corroída de sabio, esa marcada influencia de los clásicos más clásicos, hacen de su música un pequeño satélite en órbita dentro de una galaxia llena de agujeros negros. Aquí el bueno de Matt se transfigura a cada instante en lo que le da la gana ser; un elegante crooner en “Crawl After You”, un rockero canalla en “Me and My Shadow” y “Watch The Show”, un héroe pop en “Primitive Girl”, un vaquero nostálgico en “Clean Slate” y “There´s a Key” o un asceta iluminado en “Wild Goose”. Y por supuesto, también un versionador astuto y picaruelo: dicen que “Sweetheart” es la de Daniel Johnston maqueada al estilo años 50 y yo digo que no hay duda; también dicen que “I Get Ideas” es una adaptación del “Adiós muchachos” de Gardel y yo digo que hay que echarle imaginación. Sea lo que fuere, este geniecillo entrega otro disco soberbio y vuelve a volar muy alto, apuntándose un nuevo tanto en su marcador particular. No tiene rival.

22 mayo 2012

RETROSPECTIVAS

CARAVAN. In The Land of Grey and Pink.

Joyas de los 70.

He aquí un disco magnífico encuadrado dentro del llamado rock progresivo, un género al que no dedico muchas líneas y quizá vaya siendo hora. Caravan nacieron a finales de los 60 y, sin duda alguna, los 70 fueron su década dorada. Ocho discos en diez años, entre los cuales destaca este “In The Land of Grey and Pink” (71), considerado por muchos el culmen creativo de la banda y obra maestra del género. No obstante estamos ante un álbum que mitifica el espíritu de esa nueva corriente nacida a finales de los sesenta, esa nueva variante del rock que no es propiamente rock, sino una evolución lenta y precisa del folk y la psicodelia hacia patrones épicos de un rock que puede serlo o no, que puede camuflarse en otras formas, llámese blues, jazz o lo que sea. El caso es que en este disco se aprecia esa sintonía, el ejercicio propio de la época, ese que también se dedicaron a entrenar bandas como King Crimson, Emerson, Lake & Palmer, Camel, Yes, Soft Machine o los mismísimos Pink Floyd.

¿Y por qué no colocar a los de Canterbury entre estos grandes nombres, aunque nunca tuvieran el eco de aquellos y su éxito se limitara a una parte mínima del globo terráqueo?. Pues para eso están estos espacios personales, para hacer justicia. Para la grabación del disco que nos ocupa Caravan mantenía todavía su formación inicial, los primos Sinclair (David y Richard), Pye Hastings y Richard Coughlan, elenco que comenzaría a zozobrar justo después de firmar para la Decca esta gran obra. Y hablemos del álbum en sí. Su edición original quedaba claramente dividida en las dos caras de rigor. La cara A, con cuatro delicias electro-acústicas llamadas “Golf Girl”, “Winter Wine”, “Love To Love You (And Tonight Pigs Will Fly)” y la canción enorme que da título al disco, cuatro claros ejemplos de lo dicho líneas antes, de la transición del folk al ímpetu instrumental virtuosista sin perder el hilo de la melodía, el comienzo de una nueva era para el pop, porque sí, todo podría simplificarse llamándolo “canciones pop”. La cara B es otro cantar, o mejor dicho, otro tocar; un larguísimo movimiento de episodios hilvanados bajo el título global “Nine Feet Underground”, totalizando casi 23 minutos de vorágine progresiva a tutti plen.

Coincidiendo con su cuarenta aniversario, en 2001 el disco es reeditado con la adición de varios cortes de regalo, como las versiones alternativas de “Golf Girl” (“Group Girl”) y “Winter Wine” (“It´s Likely To have a Name Next Week”), el redimensionamiento de los movimientos finales de “Nine Feet Underground” (“Dissassociation/100% Proof”) o ese precioso bonus a ritmo de boogie llamado “Aristocracy”. Cortes que repiten o releen los momentos estelares del álbum consiguiendo la virtud que toda buena obra progresiva debe poseer: la de ser un todo indivisible.

19 mayo 2012

DISCOS

FATHER JOHN MISTY. Fear Fun.

Borrón y cuenta nueva.

Me gusta mucho este tipo. Y no precisamente porque esté para mojar pan, que también. Me gusta porque hace una música especial, esa música que te hace viajar simultáneamente atrás y adelante en el tiempo, que hace que te sientas nostálgico y esperanzado a la vez (como dice Nick Hornby). ¿Que quién es?. Pues J.Tillman, aunque ver para creer. Una transformación radical. Me desligo elegantemente de los Fleet Foxes para reencontrarme conmigo mismo, o con el que siempre he querido ser, o con alguien que se me parece, o con una caricatura de mi yo más descarado. Me suelto la melena (o mejor dicho, me la corto) y dejo que salga el sol por Antequera (o mejor dicho, por Laurel Canyon). Como nunca le gustó llamarse Joshua y está hasta el gorro de la J (no lo digo yo, lo dice “Every Man Needs a Companion”), adopta un nuevo alias y se corona padre, al igual que Will Oldham se coronó un buen día príncipe. Y no padre en el sentido religioso, porque este personaje, que dicen es el protagonista de una presunta novela, de beato tiene poco o nada.

Y así llegamos a “Fear Fun” (2012), el santo grial de un artista que cruzó su madre patria de este a oeste para ver la luz, que a buen seguro se la tiene pateada de cabo a rabo, habiendo elegido la mejor montaña para encaramarse y observar la panorámica general. Doce canciones, algunas apoteósicas y casi todas prodigiosas, que honran el pasado sin despegarse del presente, cuerpos ancianos vestidos con trajes a la última moda. No falta el clásico folk candoroso neohippie al que Tillman nos tiene acostumbrados, pero aparte de esa cosa obvia en el disco hay un poco de casi todo: fiebre del sábado noche, celebración de la fiesta de la cosecha, alma negra, mojo sureño, cartas desde el universo Creedence, postales desde el planeta The Band y algún que otro hijo bastardo del Sargento Peppers. Por fin este chico saca lo mejor de sí mismo, como compositor y como intérprete, demostrando que los tiempos de cooperación detrás de un tambor y los de ostracismo debajo de un caftán se acabaron.

15 mayo 2012

DISCOS

SPIRITUALIZED. Sweet Heart Sweet Light.

Spaceman para rato.

El hombre del espacio ha vuelto. Y de qué manera. Después de aquel “Songs in A&E” (2008) que dejaba un sabor neutro, ni amargo ni dulce, Jason Pierce saca de nuevo del armario sus mejores galas. Y aquí tenemos su séptimo trabajo post-Spacemen 3, una rutilante colección de canciones para todos los gustos. Nada de exploración, nada de juegos. Lo que se puede encontrar aquí es Spiritualized en todo su esplendor, ese estilo trabajado y sudado durante años que los hace únicos e indispensables, aunque también es cierto que nada originales. En “Sweet Heart Sweet Light” (2012) –título algo ñoño y portada horrible, para qué negarlo- escucharás canciones que te parecerán rescatadas del olvido, composiciones altamente familiares, un poquito más de lo de siempre, acunando el soul con ese amor de padre diligente y entregado, desentrañando los secretos mejor guardados del rock psicodélico y el shoegaze. Salvando el intro, un comienzo muy stoniano de la mano de “Hey Jane” abre las puertas de un disco sencillamente deslumbrante. Nueve sudorosos minutos inaugurales ideales para una despedida heroica, aupados a primer plano para propagar el mensaje de la eternidad.
Y es que esto es algo muy serio. Serio y también calibrado, pues las tradicionales delicatessen gospel y soul (“Little Girl”, “Too Late”, “Freedom” o el exquisito epílogo “So Long You Pretty Thing”) conviven en orden miliciano con momentos de empaque rockista y electricidad subida, bombásticas demostraciones de fuerza interestelar expuesta en unas “Get What You Deserve”, “Headin´for The Top Now” y “I Am What I Am” que dejan sin resuello. Ojo, hay colaboraciones curiosas, como la del venerable Dr. John o la propia hijita de Jason. Tenemos melodías espaciales para rato.

13 mayo 2012

DESCUBRIENDO A...

FITZ AND THE TANTRUMS

Ser revivalista parece que está de moda. Pues aquí tenemos otra banda que se dedica a eso, a resucitar los sonidos del pasado, en este caso los del soul de los sesenta, Motown mediante. Fitz and The Tantrums son un sexteto de Los Angeles capitaneado por el superfashion Michael Fitzpatrick, excelentemente secundado por la vocalista de color Noelle Scaggs. Debutaban en 2009 con el EP “Songs for a Breakup, Vol. 1”, aunque su explosión en los USA tuvo lugar con su primer largo, el irresistible “Pickin´Up The Pieces” (2010). Un disco que alcanzaba nada menos que el number one en la lista de artistas emergentes del Billboard americano. Al carajo con las listas. Cualquiera puede sucumbir al poder fáctico de unas canciones que podrían batirse en duelo con las del mismísimo Edwyn Starr en cualquier pista de la nostalgia. Este disco tiene punch, tiene chispa, al menos hasta la mitad. “Breakin´The Chains of Love”, “Dear Mr. President” o “L.O.V.” te enganchan en un sueño de negrura indefinible. Incluso hay momentos en que el chorreo de soul se difumina y se abren ventanas misteriosas, como esa “News 4 U” en la que parece haberse colado el espíritu juguetón de Jim Morrison. Lástima que el álbum se deslice cuesta abajo; en sus últimos compases se hace dolorosa e innecesariamente comercial. Seguramente acaben siendo carne de 40 principales, pero que nos quiten (literalmente) lo bailao.

07 mayo 2012

CONCIERTOS

SOS 4.8 2012

Pulp, Herbert, Mogwai, The Flaming Lips y punto.

De nuevo la misma pregunta: ¿qué hago yo en este festival?. Pues tomármelo con calma, básicamente. Cuando el 70% del cartel de un festival no te interesa puedes relajarte al máximo, ir a ver qué pasa, lanzarte a la aventura sin siquiera gastarte dos euros en el programa de mano, porque no lo necesitas. Y es que vaya por dios, este evento tan sostenible ya se empieza a parecer a sus hermanos mayores en algunos aspectos, copiando algunas de sus más incómodas modas. Está claro lo que había que hacer en el SOS este año: una nueva cita con Mogwai y The Flaming Lips. Y de paso intentar ver a Pulp en condiciones humanas. Y si alguna otra cosa cae, pues bienvenida sea. Como unas chuletillas a la plancha, por ejemplo.

Y es que Pulp fueron la única razón de ser del viernes, pese a que The Kills han ganado mucho en directo desde sus orígenes, con esos cuatro percusionistas marciales reclutados dando un toque sonora y visualmente excelente. De Friendly Fires poco se puede decir: algunas canciones simpáticas, pero jamás llegarán a la altura de aquellos a los que parecen emular: !!!. Tampoco hay mucho que decir de The Gossip, solo que la voz de Beth Ditto es su mayor virtud. Mejor no hablar de esa infumable matraca “reguetonera” que son los portugueses Buraka Som Sistema. Para John Talabot y sus minutos de sesión presenciados una nota alta, aunque después de lo anterior cualquier cosa se convierte en agua bendita.

A Pulp les falló la potencia de sonido, como a Suede el año anterior. Y sin embargo, los de Sheffield ofrecieron un concierto sobresaliente, como en sus mejores tiempos, con un Jarvis Cocker que lejos de mejorar mentalmente empeora. Un concierto que se antoja clavado al que dieran en el Primavera Sound el año pasado, al menos en cuanto a repertorio se refiere, aunque aquello fue Vietnam y puede que me equivoque. No faltó ni un solo hit de los grandes (bueno sí, “Party Hard”), con mención especial para unas espectaculares “Underwear”, “This Is Hardcore” y “Sunrise” que dejaron preparado el camino para el momentazo “Common People”, celebrado pero menos contundente de lo esperado.

El sábado comenzaba con una agradable sorpresa: entradas libres a la hora del concierto de Matthew Herbert en el auditorio. La nueva aventura de este tipo tiene mucho que ver con nuestra cultura, un homenaje al singular arte de la matanza del cerdo. Sí, habéis leído bien. Desde el engorde hasta el festín culinario final. Me complace imaginármelo de pueblo en pueblo, entrevistándose con los lugareños bloc en mano y boina en cabeza. “One Pig” es su última creación, otro espectáculo indescriptible que engarza nidos de sonidos, experimentos de física aplicada y performance con fogones y cocinero incluidos. Verlo para creerlo.

A continuación llegan Mogwai y el tiempo se detiene. Te despides del mundo real con los primeros acordes de “White Noise”, te apeas del festival durante un rato y ya veremos en qué condiciones vuelves. Como siempre, colosales. Ni los accidentes técnicos iniciales pudieron con ellos. Ya es oficial, estos chicos del montón firman una música superlativa, música que te activa las terminaciones nerviosas y te dice grita, corre, sufre, llora, cágate en la puta. Una música que se agarra a los huesos como la humedad. Cuando ya te han enganchado con delicias como “How to Be a Werewolf” o monumentos como “Rano Pano” se les ocurre ponerse un poco New Order con “Mexican Grand Prix”, para después volver a lo suyo, a una grandiosa “Hunted by a Freak”, a una tremebunda “Mogwai Fear Satan” que parece ser el fin del mundo. Pero no, después aún quedan “Auto Rock”, “Ratts of The Capital” y un virulento trallazo pseudo-heavy de nombre “Batcat”. Qué grandes, pero qué jodidamente grandes.

The Flaming Lips también son enormes, pero este no era su día, su público ni su festival. Parecían infalibles, pero cuando la masa no responde a su invitación interactiva la cosa empieza tarde y mal, y el subidón de Wayne Coyne se desinfla igual que esa burbuja que ni siquiera llegó a rular. Frustración y “motherfuckers” justificados y un concierto minúsculo, para pena de los que de verdad los amamos e indiferencia de los que solo pasaban por allí. Coitus interruptus en toda regla. “Worm Mountain”, “The Yeah Yeah Yeah Song”, “Yoshimi Battles The Pink Robots”, “See The Leaves”, “Pompeii Am Gotterdammerung”, “Where Is The Light” y “Do You Realize?” es un repertorio de dulce pero algo corto. Una despedida a la francesa, de repente y sin “Race for the Prize”. Te quedas con cara de tonto pero en el fondo los comprendes. Definitivamente, la miel no está hecha para la boca de los burros.

02 mayo 2012

DESCUBRIENDO A...

MIKE WEXLER

Atención, amigos, mucha atención: os voy a presentar a un genio. Un genio sin publicidad, sin página web oficial ni entrada en la Wikipedia. Se llama Mike Wexler, viene de Nueva York, y muy posiblemente no hayáis oido nada parecido en toda vuestra vida. Su música pertenece a otra dimensión, un auténtico ejercicio de sonidos avant garde. Puedes palpar el tacto del folk de cuerdas trabajadas con los dedos, o puedes sumergirte en enormes atmósferas a lo Pink Floyd. Puedes creer que estás escuchando las guitarras eléctricas perezosas de Slint, dándote una vuelta por los parajes bucólicos de Slowdive o puede que te acuerdes de Syd Barrett sin querer. Puede que de repente un aluvión de metales anárquicos te descoloque, o quizá un piano te devuelva al mundo de los vivos. Aunque la base de todo este universo de sonidos sea bien sencilla: una voz quebradiza e inquietante, percusiones, guitarra (eléctrica o acústica, por separado, no a la vez) y un arsenal de teclados. En la obra de Wexler se entremezclan los sabores del folk, la psicodelia, el jazz o el post-rock, amén de muchas otras referencias más expertas, menos obvias.

Y su obra comienza con un pequeño EP homónimo en 2005, continúa con el estimulante “Sun Wheel” (2007) y culmina en estos días con la reciente publicación de “Dispossesion” (2012), un trabajo espectacular, etéreo y caleidoscópico. Disco gestado en un amplio periodo de tiempo, sin prisas pero sin pausas, con la participación de amigos y colegas de todas las etnias musicales (rock, jazz, ambient o folk psicodélico). Canciones como “Pariah”, “Spectrum”, “Lens” o “Liminal” romperán vuestros esquemas y no os dejarán indiferentes. Si sois abiertos de mente, claro está.


29 abril 2012

DISCOS

ANDREW BIRD. Break It Yourself.

Sonidos artesanales.

Andrew Bird es un tío bastante entrañable. Bastó verlo en aquel Primavera Sound de hace algunos años, solo ante el peligro, llenando un escenario semi-vacío de pequeñas limaduras virtuosistas. Y quizá por eso, disco tras disco, aunque de manera más o menos discontinua, es preciso arrimar la oreja a ver qué cosas nuevas tiene que decir. Su formación en la escuela clásica es toda una ventaja, aunque el multiinstrumentista silbador haya decidido que su camino es el de la música popular, ese universo indie-pop productor de una morralla exagerada, en medio del cual aparece de vez en cuando algún brote verde.

Y Bird puede congratularse de haber sido uno de esos brotes, ya casi un arbusto. “Break It Yourself” (2012) posee el intríngulis innato de todos sus trabajos: largo, copioso y en ocasiones rapsódico. Sesenta minutos de auténticas piezas artesanales, con lugar de honor para los pizzicatos, que tejen sus marañas barrocas en “Desperation Breeds” o “Give It Away”, y también para los inevitables silbidos, nítidos y magistrales en “Lazy Projector” y “Lusitania” (esta última a dúo con Annie Clark de St. Vincent).

Y es que los artesanos también pueden ser a veces un poco magos. Nuestro amigo de Chicago lo es, logrando reunir en una misma composición (“Danse Caribe”) folk popular, músicas tribales y aires andinos, como si Bob Dylan, Paul Simon y David Byrne se aliaran en un pacto tripartito; o también hermanar ritmos celtas y orientales (“Orpheo Looks Back”) como si todas las músicas del mundo fueran la misma cosa. A lo mejor es que lo son.

26 abril 2012

DISCOS

JUSTIN TOWNES EARLE. Nothing´s Gonna Change The Way You Feel About Me Now.

Grandísimo hijo de su padre.

La actualidad dice que hay que hablar del último disco de este tipo. Pero yo es que quiero hablar de este y de otros. Por ejemplo, del colosal “Midnight At The Movies” (2009) y sus indescriptibles “What I Mean”, “The Killed John Henry”, “Can´t Hardly Wait”, “Poor Fool”, “Halfway to Jackson” y “Walk Out”. También de “Harlem River Blues” (2010) y su enloquecedor himno principal, come on everybody, cantemos todos: “Lord I´m going uptown to the Harlem River to drawn, dirty water gonna cover me over and I´m not gonna make a sound”. Discos magníficos que, por ser descubiertos a deshoras, se quedaron en el limbo de las cosas que no son novedad ni antigualla. Discos que dejaron bien clara la valía de un Justin Townes redimido por el poder de la música. Todos sus pecados serán perdonados mientras se dedique a hacer discos como estos, cazando de forma magistral el espíritu del sur, el mojo, el duende del Mississippi, la magia del soul y el aroma vintage.

Pero vale, hablemos del último, aunque la portada sea lo más espantoso visto en años. En él el hijo del venerable Steve decide plegar velas, huir del contraste extremo y concentrarse en su vena más soul. En “Nothing´s Gonna Change The Way You Feel About Me Now” (2012) abundan las melodías suaves y el eco de trompetas lejanas. Claro que siempre hay hueco para alguna que otra alegría, un buen lingotazo de R&B (“Baby´s Got A Bad Idea”, “Memphis In The Rain”, “Movin´ On”) o un sorbito de jazz con sordina (“Down On The Lower East Side”, otra para la lista Best NYC Songs). Sin embargo, este trabajo queda un pelín lejos de sus antecesores. Aquellos se apoyaban en los cimientos de la cultura popular americana, visitando las moradas de los más grandes de los géneros que marcaron el principio de todo lo que hoy conocemos. Este simplemente agrada, pero poco más, aunque su primer verso sea de lo más tierno y significativo: “I hear my father on the radio singing”. No es un paso en falso, solo un pequeño paso de puntillas después de varias zancadas dejando una huella suprema.

24 abril 2012

DESCUBRIENDO A...

PSYCHIC ILLS

Vamos con otra buena dosis de eso que tanto nos gusta: psicodelia. En esta ocasión nos la traen unos neoyorquinos de largas melenas: Tres Warren (guitarra, voz), Dan Wise (guitarra), Elizabeth Hart (bajo), Brandon Davis (teclados) y Chris Millstein (batería). Llevan circulando por el panorama musical desde 2006, han publicado ya tres álbumes y en su año de debú fueron nombrados Mejor Banda de Rock Psicodélico en la Gran Manzana por la prestigiosa revista The Village Voice. Su música no aporta nada nuevo, lo que ya todos conocemos, pero tiene un efecto contagioso de lo más agudo. El descubrimiento se produce a través de su último largo, “Hazed Dream” (2011), una colección soñadora e hipnótica que somete el cerebro al mínimo descuido. Lo típico: patrones continuos de guitarras niquelando espectaculares melodías y órganos sumisamente acompañantes. Aquí encontrarás canciones que te llevarán de paseo de la mano, que te harán volar por encima de las nubes, que te ayudarán a dejar la mente en blanco. Es el caso de “Mind Daze”, “Incense Head”, “Ring Finger”, “Sungaze” o la espectacular “Mexican Wedding”, con esa armónica sorpresa para chuparse los dedos. Te acordarás de la Velvet, de los Doors, de Spacemen 3, de Primal Scream, de The Jesus & Mary Chains o de Stone Roses. Garantizado.

20 abril 2012

DISCOS

DIRTY THREE. Toward The Low Sun.

El caos es bello.

Por fin. Warren Ellis ha podido liberarse, al menos temporalmente, del yugo imponente del todopoderoso amo Cave, y los tres sucios nos regalan nuevo disco siete años después. En “Toward The Low Sun” (2012) vuelven a la estrategia de antaño (poca cantidad pero muy intensa), aquella que se saltaron con un “Cinder” (2005) que no escatimaba en canciones, amplitud de sonidos y colaboraciones vocales. Aquí vuelve a reinar el trío instrumental (guitarra, batería y violín eléctrico), con algún inquilino adicional, como ese Hammond que se cuela en plan okupa en la cuasi-psicodélica “Furnace Skies” o ese piano que eleva al cielo “Sometimes I Forget You´ve Gone” (una canción de Dirty Three sin violín o viola, esto es noticia) o la encantadora “Ashen Snow”. Y por supuesto, aquí vuelve a palparse el caos, ese desmadre que los convierte en únicos, que hace de sus complicadas composiciones un peligroso precipicio. Porque hace falta entrenamiento para poder sumergir la cabeza en ese caos y lograr recomponerlo, rastrearlo y sentirlo. Puedes intentar seguir las travesuras rítmicas de baterista jazzy extremo de Jim White, pero entonces la guitarra de Mick Turner traza otro camino, mientras el arco inmisericorde de Warren se empeña en borrar las muescas del terreno. Incluso en los temas más ordenaditos, como las estupendas “Moon On The Land”, “Rising Below” o “Rain Song”, existe siempre un pequeño conato de subversión. Es un misterio cómo lo hacen, pero lo hacen: crear una belleza transportadora a partir de patrones que no existen, de piezas de rompecabezas diferentes que curiosamente encajan. Unos auténticos maestros del folk, post-rock, jazz core o como demonios se llame esta jodida y maravillosa música.

18 abril 2012

DISCOS

THE PINES. Dark So Gold.

La canción del espantapájaros.

The Pines son un regalo de la tierra. De esa tierra que evocas cuando los escuchas, esos paisajes llenos de heno, de granjas espartanas, de espantapájaros que esperan cabizbajos otra solitaria puesta de sol. “Dark So Gold” (2012) es ya su cuarto álbum, y aunque para muchos todavía sean unos desconocidos, puede que este sea el momento de la verdad. Porque Benson Ramsey y David Huckfelt no tienen nada que envidiar a otros compañeros de género; a Lambchop, Richmond Fontaine, Dolorean, The Magnolia Electric Co. o Will Oldham en sus diferentes transfiguraciones, incluso a unos Calexico a los que casi llegan a empatar en las evanescentes texturas de sus pasajes instrumentales (qué delicia “Moonrise, Iowa”, “Grace Hill” y “Losing The Stars”). Este es un gran disco logrado desde la modestia. Su comienzo con la espectral “Cry, Cry, Crow” es ya anunciador, y escuchar las voces descoloridas de los dos protagonistas vuelve a convertirse en una experiencia casi mística. Son las voces perfectas para hablar de la desolación, para susurrar sobre la tristeza. Son las voces que necesitan canciones como “Rise Up and Be Lonely”, “Be There In Bells” o “Chimes” para convertirse en auténticos himnos del mejor country-rock o la americana de pedigrí, superando el escollo del aburrimiento, reflexivas y profundas, con un buen pedal steel si es necesario. De verdad que dan ganas de calarse un sombrero de paja en la cabeza, coger una botella de bourbon y sentarse en el porche a hablar con el pobre espantapájaros. Sí, ese que aparece en esa magnífica portada que anuncia a las mil maravillas todo lo que puedes encontrar dentro.

16 abril 2012

CANCIONERO

THE WATERBOYS. The Whole of The Moon.

Mike Scott y sus compinches se encuentran estos días de gira por nuestro país. Y como una no puede estar en todas partes, ni siquiera en su ciudad natal, en la que debieron tocar el pasado sábado por un nada módico precio, se quedará con las ganas de verlos en esta ocasión. Para contrarrestar la pena me enchufo una de sus mejores canciones, y así hallo consuelo de tontos. “The Whole of The Moon” es uno de esos temas que siempre están en la cabeza, de los que siempre aparecen cuando se trata de hacer una selección de favoritos, una canción de la que es muy fácil enamorarse y sentir un cosquilleo especial en el estómago cada vez que suena. Es esa canción que siempre quieres tocar con la guitarra, la que querrías que sonara en tu boda si la hubiera, la que te gustaría cantar con tus amigos a pulmón partido. Es un bellísimo poema musical. Estaba dentro de aquel excelente álbum llamado “This Is The Sea” (85), compitiendo con otros míticos himnos de la banda como “Don´t Bang The Drum”, “The Pan Within” u “Old England”. Menos da una piedra. Cantemos y brindemos por los chicos del agua.

THE WHOLE OF THE MOON

I pictured a rainbow, you held it in your hands
I had flashes but you saw then plan
I wandered out in the world for years while you just stayed in your room
I saw the crescent, you saw the whole of the moon
The whole of the moon

You were there in the turnstiles with the wind at your heels
You stretched for the starts and you know how it feels
To reach too high, too far, too soon
You saw the whole of the moon

I was grounded while you filled the skies
I was dumbfounded by truth, you cut through lies
I saw the rain dirty valley, you saw Brigadoon
I saw the crescent, you saw the whole of the moon

I spoke about wings, you just flew
I wondered I guessed and I tried, you just knew
I sighed and you swooned
I saw the crescent, you saw the whole of the moon
The whole of the moon

With a torch in your pocket and the wind at your heels
You climbed on the ladder and you know how it feels
To get too high, too far, too soon
You saw the whole of the moon, the whole of the moon, hey yeah

Unicorns and cannonballs, palaces and piers
Trumpets, towers and tenements, wide oceans full of tears
Flags, rags, ferryboats, scimitars and scarves
Every precious dream and vision underneath the stars

Yes, you climbed on the ladder with the wind in your sails
You came like a comet, blazing your trail
Too high, too far, too soon
You saw the whole of the moon

14 abril 2012

REPORTAJES

PEARL JAM. Twenty.

Todavía estoy vivo (I´m still alive)

No sé si alguna vez lo he dicho, pero hay tres canciones que cambiaron por completo mi vida. “Creep” de Radiohead fue una. “Smells Like Teen Spirit” de Nirvana fue otra. Y la tercera fue “Alive” de Pearl Jam. Si no hubiera sido por esas tres canciones y esos tres grupos, yo ahora no sería lo que soy, no sería una minoría orgullosa sino parte de la insípida mayoría. Los discos de Pearl Jam sonaron una y otra vez entre las cuatro paredes que delimitaban el santuario en el que yo intentaba ser grunge a mi manera. Y “Alive” puede que fuera la canción que más sonó. Cien, mil, millones de veces.

Pues bien, Pearl Jam han cumplido 20 años, y había que celebrarlo. Por eso Cameron Crowe (no podía ser otro) echa mano de hemeroteca y compone “Twenty” (2011), un documental en el que se recorre toda la historia de la banda, con imágenes y testimonios de todos los tiempos, una retrospectiva enormemente tierna de una carrera llena de éxito y de lucha para digerir ese éxito. Y entonces descubro cosas que no sabía, que me demuestran que no fui tan fan de Pearl Jam como creía. Por ejemplo, descubro que el gérmen estaba en otra banda de la que había oido hablar solo de refilón, Mother Love Bone, patriarcado de Stone Gossard y Jeff Ament junto al vocalista Andy Wood. La muerte trágica de Wood acabaría con un sueño juvenil de supervivencia y marcaría para siempre las vidas de sus compañeros y amigos. Amigos entre los que estaba, por supuesto, Chris Cornell. Había oido hablar también de la empatía entre Pearl Jam y Soundgarden, pero en “Twenty” esa relación profunda y sincera se toca con los dedos. También me entero de cómo llegó Eddie Vedder a Seattle, ese chico tímido de provincias tocado por el estigma del padre desconocido, que se transformaba en una fiera en el escenario, que trepaba y se columpiaba por las torres de sonido en plan temerario haciendo que sus colegas de banda se cagaran de miedo. Y me entero que antes de Pearl Jam la banda se hacía llamar Mookie Blaylock, como el jugador de baloncesto, y que “Ten” se llamó así porque era el número que el bueno (o malo) de Mookie lucía en sus espaldas.


Por supuesto, el documental recoge datos y momentos que me son más familiares. Por ejemplo, el caso Ticketmaster, las protestas de la banda contra el monopolio de la empresa. Una causa noble con un final infeliz, como el de tantas y tantas causas nobles que se dan de morros contra el feroz poder del capitalismo. Otro ejemplo: la avalancha y consiguiente tragedia de Roskilde en 2000, y su efecto devastador en todos los miembros del grupo. Tampoco se pasa de largo sobre la cruzada para encontrar un baterista de continuidad, después de los infructuosos papeles de Dave Krusen, Matt Chamberlain, Dave Abbruzzese y Jack Irons. And the winner is… Matt Cameron. Y por supuesto, en este homenaje no podían faltar dos personajes importantes en el devenir del grupo: Neil Young, el padrino deseado, esa llama a la que se arrimaron en un momento en el que necesitaban luz para ver el futuro; y Kurt Cobain, que con sus poco amables palabras no solo no consiguió herirlos sino hacerles mejorar (si no puedes con el enemigo, únete a él; y así fue como sucedió).

Y luego está la música, su música, esas canciones que tanto han significado para tantos. El éxito inmediato de “Ten” (91), con esas eternas “Even Flow”, “Alive”, “Black” o una “Jeremy” que les llevó a grabar su primer video como tal, muy a pesar de un incómodo Vedder. La continuación mediática con “Vs.” (93) donde campaba esa memorable “Daughter” que en un principio iba a ser “Brother”. Después “Vitalogy” (94), del que Stone Gossard confiesa no haberse sentido muy orgulloso, con aquellos pelotazos como “Spin The Black Circle” y “Not for You” o aquella emocionante “Better Man”. “No Code” (96) traería un cambio, una evolución como idea de revolución, las puras ganas de librarse del yugo mediático; aquellos que lo califican de álbum menor lo escucharon con un kilo de cera de los oídos. “Yield” (98) también estaba lleno de  canciones que nunca nos cansamos de escuchar, como “Faithful”, “Given To Fly” o “Do The Evolution”. ¿Y “Binaural” (2000)?. Pues efectivamente, como Mike McCready sentencia en el documental, “Binaural” supone el fin del boom y una nueva vida para Pearl Jam. La vida de banda ya consolidada pero alejada de las portadas, la banda que a partir de ahora puede hacer lo que le de la gana sin tener que rendir cuentas. Y así lo han hecho, desde luego. Álbumes que desde “Riot Act” (2002) hasta “Backspacer” (2009) han pasado de puntillas por un mundo discográfico más preocupado por encontrar esa gallina de los huevos de oro que lo salve de la quema. Y ellos son felices. Total, ya lo han conseguido todo. De hecho, mucho más de lo que necesitaban. Hasta algún que otro Grammy que, por cierto, Stone Gossard guarda sin pudor en el sótano de su casa.

Han sido 20 fructíferos y ejemplares años. Y podemos congratularnos de haber vivido todos con ellos, íntegramente, aquí no hay revival o viaje al pasado que valga. Además, la música de Pearl Jam nunca deja de estar de moda, tiene algo que la hace madura y consolidable, no pierde entidad ni huele a rancio, y no todos sus compañeros de generación noventera pueden decir lo mismo. Así que muchas, muchas felicidades y que la rueda siga girando.

12 abril 2012

DISCOS

SHEARWATER. Animal Joy.

Viaje al lado oscuro.

Pues sí, Shearwater empezaron siendo esa banda épica que bien podría haberle mojado la oreja a Radiohead, salvando las distancias y con todos los respetos a Yorke y compañía. Desde sus comienzos ya muy lejanos, la banda de Jonathan Meiburg ha ido dando bandazos, quizá palos de ciego, sin poner el huevo en un estilo u horizonte concreto. “Rook” (2008) y “The Golden Archipielago” (2010) era buenos discos con momentos festejables, pero no eran el fin del principio ni mucho menos. En este “Animal Joy” (2012) se visten de negro y se contonean hacia territorios oscuros que hasta ahora eran propiedad exclusiva de gentes como Depeche Mode, Then Jerico o The Mission. Que sí, hombre, que Shearwater se ponen ahora ochenteros. Y en ocasiones la jugada les sale fetén, como en “Breaking The Yearlings”, “Dread Sovereign”, “Open Your Houses (Basilisk)” o “Believing Makes It Easy”, donde consiguen meterse en el disfraz y lograr una imitación perfecta. Aunque no todo es cliché, ¿o sí?. El caso es que hay temas que no dejan indiferente, que te capturan en una estratégica red de araña y te obligan a cosas inexplicables y maquinales, como escribir una reseña de un disco que, en principio, ni fú ni fá. Me refiero a “Insolence”, “Run The Banner Down”, “Pushing The River” y “Star of The Age”. ¿Qué tendrán estas canciones?. Casi todas están al final, lo que viene a explicar que este es un trabajo en crecimiento, de menos a más. Así que paciencia, y a oírlo entero.

09 abril 2012

DESCUBRIENDO A...

THE LOOM

Ahí va el último gran, grandísimo descubrimiento de la temporada (gracias, Música Cuántica). The Loom es una espléndida banda de Brooklyn (¿de dónde si no?), que lleva desde 2006 pululando por los circuitos mayormente estadounidenses. Una de esas bandas que debería estar en primera fila, en portada de espacios especializados, en boca de unos y de otros. ¿Y por qué no lo está?. Vete tú a saber. Quizá porque son buenos. A los buenos les cuesta mucho más lograr reconocimiento que a los malos. Es duro decirlo, pero es verdad. En 2008 publicaban un EP llamado “At Last Night”, aunque su punta de lanza ha sido “Teeth” (2011), su primer largo, un disco espeluznante, apasionante, con trompetas hermosísimas, banjos sabrosísimos, percusiones titánicas, jugosos duelos vocales, y canciones tan colosales como “With Legs”, “The Middle Distance”, “Helen”, “The Curtain Calls”, “For The Hooves That Gallop And The Heels That March” o “Give Up The Ghost”.

Describir la música de The Loom es complicado, pues beben de muchas fuentes como el folk, los sonidos dixieland, el pop, el punk y veinte cosas más. Lo mejor para lanzar una idea es superponer a dos de los grupos descubiertos el año pasado: A Jigsaw y Cult of Youth. Sí, serían como una deliciosa mezcla entre ambos. ¿Y quiénes son estos chicos tan geniales y bien dotados?. Pues suelen ser seis: John Fanning (voz, guitarra, piano, ukelele), Sarah Renfro (teclados, percusiones y voz), Lis Rubard (trompeta, trompa), Jon Alvarez (batería), Dan Desloover (bajo) y Alex Greiner (guitarra). Todo un combo al que habrá que seguir la pista de ahora en adelante con insistencia de perro sabueso.