23 octubre 2018

CONCIERTOS: DAMIEN JURADO

Madrid. Teatro Calderón. 22 de octubre de 2018.
 

Existen dos vertientes muy diferentes de Damien Jurado. Una adornada y arropada por banda. La otra temperada, despojada y sutil. El escenario imponente de anoche sugería una puesta en escena profusa, aunque “The Horizon Just Laughed” (2018), su reciente trabajo, aventurara lo contrario. Y así fue, justo lo contrario. Lo contrario a lo que vimos hace dos años en la capital. Ha vuelto el hombre sentado, envuelto en sombras, con su natural y humana inseguridad. Es lo que toca ahora, actuar a dúo de guitarras, con la compañía de Josh Gordon. Y aunque se eche un poquito de menos la exuberancia de la trilogía de Maraqopa, no hay que olvidar que Damien empezó por este camino, es decir, por el del más delicado minimalismo. Y es igualmente efectivo en ambos formatos, aunque mucho más cercano y solemne en este último. En su nuevo disco no ensalza tanto lugares como personajes (actores, escritores, músicos), y de esas cartas dedicadas a presuntos héroes nacen algunas de sus mejores canciones. Como “Dear Thomas Wolfe”, “Percy Faith” o “Marvin Kaplan”, que anoche devenían en tres de los momentos más dulces de sus nuevos horizontes. Y si de héroes hay que hablar, era imprescindible el sincero homenaje al fallecido Richard Swift, alter ego de Damien en su crecimiento artístico, gran amigo y confesor, honrado con una intensa versión de “The Novelist” que llevó al músico hasta las lágrimas. Sí, es cierto, Damien es de carne y hueso, y llora. Un momento así merece la ovación más amplia y sentida de la velada.
 
La parquedad del proscenio era ideal anoche para servir en bandeja rescates de aquel pasado de introspección folk, de ahí que surgieran recuerdos muy bienvenidos, como “Ohio”, “Saturday”, “Rachel & Cali” o la valoradísima “Sheets”. Pero tampoco estuvieron de más canciones recientes que quedaron al raso mostrando su cara más reflexiva; tal es el caso de “Cloudy Shoes”, “A.M. AM”, “Exit 353” o “Museum of Flight”, que vistas desde este otro prisma resultan igual de hermosas. Y en este apartado habría que mencionar la deconstrucción escarchada de “Silver Donna” y aportar una reflexión: si eres capaz de capturar de esa manera la atención con un silbido y una palmada en la rodilla es que tienes algo, eres alguien. Escondido tras sus gafas y sus dudas y sus tormentos, Damien Jurado es un alguien enorme.

Para abarcar todos los instantes imborrables del show habría que mentar más cosas: la presentación de novedades como “Birds Tricked Into The Trees”, el repaso inesperado a la maravillosa “Wallingford”, las concesiones a la audiencia interpretando “Working Titles” con enternecedora vacilación, o el epílogo a pelo, en pie, sin micrófono con la celebrada “Kola”. Siempre, siempre, siempre con la guitarra en el punto de afinación perfecto. Sin prisas, sin urgencias, sin desmesuras. Un hombre que no necesita acercarse al micro para que su mensaje se escuche y llegue muy, muy lejos.

20 septiembre 2018

CONCIERTOS: MERCURY REV

Madrid. Teatro Lara. 19 de septiembre de 2018.


Es innegable que “Deserter´s Songs” (98) ha sido un álbum capital en nuestras vidas. Sus delicadas canciones son como arias que jamás se van de la cabeza. En 2012 ya pudimos gozar del primer gran homenaje a este disco, que pasearon de principio a fin por los escenarios sin escatimar en pompa y vehemencia. La criatura cumple ahora 20 años, una excusa perfecta para volver a ella, y no porque no haya otros discos también loables en su carrera, sino porque aquel fue el trabajo clave en su devenir, nacido en un contexto nada halagüeño, el gran milagro de la expiación. Así nos lo narró anoche Jonathan Donahue, un improvisado pero excepcional preacher que encandiló a la audiencia con sus emotivas (a veces tristes, a veces divertidas) historias. Historias que resumen ese momento en que una banda se reencuentra a sí misma, renace de sus cenizas y comienza a atravesar con renovada dignidad todas las puertas y ventanas que se abren a su paso. Jonathan nos explicó al detalle por qué “Deserter´s Songs” es lo que es, y ahora todo cobra un indiscutible sentido. Y quizá por eso este álbum nos gusta todavía más que antes de ayer, si es que eso es posible. Un discurso lleno de sinceridad y también de evocación, pues el encantador de serpientes nos devolvió con sus sutiles pinceladas a aquellos años 90 en que muchos nos hacíamos mayores musicalmente hablando. Tampoco faltó la gratitud hacia aquellas bandas, personas, amigos que alentaron el ánimo y la inspiración en los momentos necesarios, como regalos caídos del cielo, y de ahí salieron las versiones “Here” y “Sea of Teeth” (de Pavement y Sparklehorse, respectivamente) o el esqueleto de “Delta Sun Bottleneck Stomp” (en alusión a los determinantes Chemical Brothers). 

Una ocasión tan íntima y solemne requiere un formato adecuado; y por ello anoche Mercury Rev se mostraron como nunca los habíamos conocido, una nueva dimensión acústica y virginal para enseñarnos el corazón que late debajo de la piel de estas canciones. Livianos pero no en cueros: una armónica en “Tonite It Shows” y “Hudson Line”, arco y sierra en “I Collect Coins”, una flauta travesera en “Endlessly”, una trompeta en “Holes”, bombo y amplificador en “Opus 40” y, por supuesto, los mágicos acordes eléctricos del gran Grasshopper, colorearon los esbozos de unos temas que en su forma embrionaria no pierden ni un gramo de esplendor. Un hipnótico y honesto recital, rematado con un afectuoso acercamiento a la audiencia. Estas son las cosas que acentúan la grandeza. Que justifican las miles de horas invertidas durante años en esta maravillosa banda.  


Setlist: “The Funny Bird”, “Tonite It Shows”, “I Collect Coins”, “Hudson Line”, “Endlessly”, “Here”, “Delta Sun Bottleneck Stomp”, “Sea of Teeth”, “Goddess on a Highway”, “Holes”, “Opus 40”, “The Dark Is Rising”.
 

03 septiembre 2018

CONCIERTOS: THE BLACK ANGELS

Madrid. Joy Eslava. 2 de septiembre de 2018.


Dicen los entendidos en el tema que los pioneros del rock psicodélico fueron 13th Floor Elevators. Allá por los lejanos sesenta, ellos establecieron unas pautas que los seguidores fieles del género han reproducido con rigor discipular. De Austin eran aquellos, de Austin son los ángeles negros. Casualidad o no, la banda de Christian Bland y Alex Maas ha adoptado ese guión prescrito de principio a fin, el abecedario estilístico completo de la A a la Z. Tanto en la puesta en escena (enormes impactos visuales y proyecciones no aptas para epilépticos) como en un sonido cebado a base de volumen y pedales (sí, pedales, ¡cuántos pedales por metro cuadrado!). Y puede que con su estrategia y su repertorio consigan lo que todo buen pastillazo psicodélico pretende: desarticular la percepción ordenada de los sentidos, creando esa impresión de no sé quién soy ni dónde estoy (y no me he tomado nada más que una cerveza, que conste). La elección de las canciones de esta gira contribuye a eso mismo, a la recidiva, la muletilla constante, la nana sombría meciéndote de izquierda a derecha, una y otra vez. Solo dos momentos quiebran notoriamente el registro: una es “Medicine”, chispeante y fluorescente; la otra es “Half Believing”, único momento en el que la estupenda voz de Alex Maas queda al descubierto, libre de grumos y reverbs. Cuando vemos a una banda en festivales siempre soñamos con paladearla en salas pequeñas. Lo que son las cosas, con ellos ocurre lo contrario: esa hipercondensación volumétrica y deleite óptico requiere espacio, mucho espacio, aire, mucho aire. Más que nada para no ensordecer o morir por sobrestimulación nerviosa. 

El repertorio: “Bad Vibrations”, “The Prodigal Sun”, “Molly Moves My Generation”, “I Dreamt”, “Better Off Alone”, “Haunting at 1300 McKinley”, “Medicine”, “The Return”, “Currency”, “Black Grease”, “Half Believing”, “You on The Run”, “Entrance Song”, “Comanche Moon”// “Science Killer”, “Bloodhounds on My Trail”, “Young Men Dead”.

Nota: Promotores, publicistas, etc., por favor, anuncien debidamente a los teloneros. Que no queden como platos inesperados o sorpresas de segunda. Que sepamos a quién o qué vamos a ver. Anoche fue Ron Gallo. En anteriores ocasiones fueron otros que murieron en el recuerdo sin nombre.

17 julio 2018

CONCIERTOS: MAD COOL 2018

Madrid. Valdebebas. 12, 13 y 14 de julio.

Confirmado: el Mad Cool se ha convertido en otro ser ingobernable. Lo que empezó siendo una cita bienvenida y necesaria en la capital ha pasado a ser otro ejemplo de festival monstruoso y especulativo. Es lo que hay: donde hay demanda se crea oferta. Ir de festival está de moda, y de ello se aprovecha el mercado. La música ya no es solo experiencia, es negocio. Un producto como otro cualquiera, como un coche, una casa o unos zapatos. Cuesta asumir en qué se han convertido este tipo de eventos, sobre todo si eres purista, romántico o simplemente pragmático. Pero es lo que hay: lo tomas o lo dejas. Y normalmente acabas tomándolo, porque el organismo necesita la fuerza inspiradora de la música en vivo para subsistir. De las circunstancias y peripecias organizativas ya dieron buena cuenta los medios a lo largo del fin de semana. Un consejo: no hay que creerse todo lo que se dice. Y una reflexión: entre el delirio y el realismo hay una distancia insondable que no se puede ignorar. Calibrando medios y consecuencias, al final este Mad Cool se ha saldado con milagrosa suerte. Podía haber sido mucho peor.
 
JUEVES
 

Los retrasos en la apertura de puertas del jueves supusieron que muy poca gente recibiera en su estreno a SLAVES, esa “two-pieces band” descarada e irreverente del condado de Kent. Un concepto diferente del rock, minimalista hasta el extremo, acompañado de las poses más insolentes y manidas del punk. “Cheer Up London” y “Cut and Run” se dejan tararear; el resto es pura anarquía sonora. Eso sí, su despedida fue del todo original, superando foso, vallas y seguridad hasta acabar correteando por la hierba entre la audiencia.

 

EELS hicieron lo que debían. Es decir, rindieron sus homenajes habituales (este vez Rocky Balboa, The Who y Prince), presentaron las mejores canciones de su último trabajo (“Bone Dry”, “You Are The Shining Light” y “Today Is The Day”) y expusieron los más firmes argumentos de su variopinta discografía. Mucha fuerza para “Flyswatter”, “Dog Faced Boy”, “Prizefighter”, “Souljacker Part. I”, “Fresh Blood” o la versión enmascarada y rutilante de “Novocaine for The Soul”. Y como no puede haber concierto de Eels sin momento “club de la comedia”, en esta ocasión el blanco fue el nuevo baterista Little Joe, acreedor de chanzas, versos y ovaciones. El único pero a tan grande demostración de versatilidad fue el declive de ritmo en la recta final. Un concierto tan potente había que rubricarlo con sangre y no con lágrimas.


A continuación era turno para esa inmensa banda llamada FLEET FOXES. Sí, inmensa  a todas luces, pero desubicada. Pues es evidente que no están hechos para macroescenarios de festival, aunque todos los festivales se los rifen. La música de los de Seattle está hecha para espacios más íntimos, lugares sagrados donde la acústica se toca con los dedos, rincones pacíficos donde la gente tiene el pico cerrado. Ellos trabajan duro para lograr que su sonido se replique más allá de las barreras, pero aun así tardan en llegar. Y cuando llegan muchos ojos y oídos ya se han ido. Demasiada belleza desahuciada por el camino. Aun así, Robyn Pecknold comanda un grupo mágico, una orquesta que carbura a la perfección, llevando temas como “Grown Ocean”, “Drops In The River”, “White Winter Hymnal”, “Ragged Wood”, “Your Protector”, “He Doesn´t Know Why” o “Blue Ridge Mountains” hacia la exuberancia total. Sí, hubo muchas referencias a los anteriores trabajos, y muchas canciones de “Crack Up” echadas en falta (en especial “Kept Woman”, “If You Need To, Keep Time on Me” o “Mearcstapa”). Pero está claro dónde está su nivel, toquen lo que toquen: está más o menos en torno al 10.

Por su parte, YO LA TENGO siguen a lo suyo, a lo de siempre, y siempre son un placer. Desde la última cita con ellos no ha cambiado nada, o más bien solo algunas arrugas de más en el rostro de Ira y Georgia. Estamos hablando de sexagenarios que mantienen el espíritu de la primera juventud; increíble pero cierto. Estamos hablando de unos eruditos del rock, de gente que ha ido y ha vuelto cientos de veces por los caminos que algunos otros se empeñan en querer asfaltar con mociones innecesarias. Brillaron algunas de las clásicas, como “From a Motel 6”, “Stockholm Syndrome”, “Autumn Sweater” y “Tom Courtenay”. Lucieron algunas de las nuevas, como “For You Too” y “Ashes”. Terminaron con los colosales testimonios de fuerza de “Ohm” y “Pass The Hatchet, I Think I´m Goodkind”. Y entre medias, la dulzura y timidez de Georgia, los juegos a tres voces, el ritmo atroz de un James que está hecho un chaval y las enajenaciones eléctricas de Ira compartidas con el público a pie de escenario. Pues eso, lo de siempre. Y siempre grandes. 

Y llegaba el plato fuerte del jueves, el gran momento PEARL JAM. Asignatura pendiente para algunos, queríamos escuchar muchos temas. Queríamos escuchar por ejemplo “Daughter”, esa canción que nos convirtió en lo que somos hoy, pero “Daughter” no estuvo y nadie se explica por qué.  Aunque estuvieron otras, claro. Comenzaban sentimentales enlazando “Release”, “Elderly Woman Behind The Counter In a Small Town” y “Given to Fly” para desatar un ciclón al frenético grito de guerra de “Lukin”. Después llegarían “Corduroy”, “Why Go”, “Animal” e “Even Flow” todas de corrido. Ahí ya estaba claro por qué se les considera una de las mejores bandas de todos los tiempos. Punto 1: su música es atemporal y perdurable, manteniendo la frescura con el paso de los años. Punto 2: son un equipo, se mantienen en forma (McCready y Ament en especial), se comportan como profesionales. Punto 3: creen en lo que hacen y siempre lo han hecho, incluso en los más duros tiempos de críticas destructivas. Punto 4: se han dado cuenta, como todos, de que la posible solución es pactar una alianza pacífica con el enemigo (Live Nation, Ticketmaster, etc). Su solvencia y efectismo pasa por un repertorio de bajadas y subidas constantes, de energía perfectamente dosificada, de empellones furiosos (“Mind Your Manners”, “Jeremy”, “Do The Evolution”, “Porch”) y treguas líricas (“Better Man”, “Black”). En definitiva, el ejemplo exacto de auténtica banda de rock. Y ejemplares son a pesar del constante alegato de un Eddie Vedder empeñado en un chamanismo innecesario. Con canciones como las suyas cualquier otra prédica sobra.

VIERNES 

El segundo día de festival comenzaba con un acto de fe: el de exponerse al sol más justiciero para agasajar a KEVIN MORBY. Y la fe se vio recompensada con un concierto primoroso. Rodeado de adláteres confiables (entre ellos Nick Kinsey, ex Elvis Perkins in Dearland), el tejano justificó por qué su nombre apunta en dirección a Bob Dylan. Porque la sombra de Dylan fluctuó en varias ocasiones durante un recital que jugó con la variedad, con el medio tiempo y el acelerón. Brillante en las cadencias crecientes (soberbias “City Music” y “Harlem River”), efectivo en sus contornos pop-rock (“Cry Baby”, “I Have Been to The Mountain”, “Dorothy”), emocionante en su lado melancólico (“Destroyer”), y siempre concentrado y regio. Especialmente emotiva resultó “Dry Your Eyes”, dedicada al recientemente fallecido Richard Swift. Tenía que ser el propio Kevin quien nos diera la noticia. Un valor en alza. Un músico excepcional. 

La siguiente parada del día fue en la carpa Mondo Sonoro. Delicatessen nacional. NÚRIA GRAHAM convence con sus discos, con su soltura y madurez compositiva y esos aires de jungle pop y psicodelia. También convence en directo, pura dulzura y candor, presentando maravillas como “Bird Hits Its Head Against The Wall”, “Cloud Fifteen”, “Peaceful Party People from Heaven” o “Smile on The Grass”. Da igual que sea con guitarra de doce cuerdas o guitarra convencional; esos acordes se acoplan a su preciosa voz como guante en mano. Atención a ella, no ha hecho más que nacer.


Y JACK WHITE no nació ayer. Todavía joven en su ID pero veterano, muy muy veterano en su desarrollo artístico. Por ello no es de extrañar que sea capaz de jugar la partida de ajedrez perfecta en el escenario, de montar un pastiche tan efervescente y delirante tirando de todos los géneros que domina y no son pocos. Todo tiene cabida en su vertiginoso universo, llevado al límite en un directo salvaje y absorbente hasta decir basta. Jack es mucho Jack. Gran mérito tienen también sus músicos acompañantes (siempre seleccionados con lupa) y su impecable montaje visual. Pero el amo de las tablas es él: guitarrista de élite, fiera escénica, auténtica fuerza de la naturaleza. En su calculado repertorio hubo de todo. The White Stripes estuvieron presentes con una selección tan diversa como impactante: “Black Math”, “Cannon”, “Hotel Yorba”, "Why Can´t You Be Nicer to Me?", “We´re Going to Be Friends”, “I´m Slowly Turning Into You”, “The Hardest Button to Button” y “Ball and Biscuit”. The Racounteus también lo hicieron con “Steady As She Goes”, incluso The Dead Weather aparecieron con una aplastante “I Cut Like a Buffalo”. Pero es en su creación nominativa donde emerge la verdadera diversidad; el macro rock (“Over and Over and Over”), el punk (“Sixteen Saltines”), el funky (“Corporation”), el soul (“Why Walk a Dog?”), el blues (“High Ball Stepper”), el gospel (“Connected by Love”), el hip hop (“Lazaretto”), el macro pop (“Love Interruption”, “Would You Fight for My Love?”). ¿Alguien da más? Yo diría que, hoy por hoy, no. El jaque mate: “Seven Nation Army”, todo un himno popular que expande sus fronteras más allá de su ámbito (hasta mi madre se la sabe). De lo mejorcito del festival.

Y si por la música de Pearl Jam no pasan los años, no puede decirse lo mismo de ALICE IN CHAINS. Ungidos en la misma revolución aunque con visiones diferentes, ambos contribuyeron a la regeneración del rock en los 90. Y sin embargo, los unos han sabido evolucionar mientras los otros se han quedado sentados en la misma silla. Y eso se nota. No hay brecha notable entre las añejas (“Them Bones”, “Dam That River”, “We Die Young”, “Man in The Box”) y las recientes (“Check My Brain”, “Hollow”, “Stone”), y ambas tienen igual aceptación entre sus (fieles) seguidores. William DuVall ha recogido con enorme dignidad el testigo del finado Layne Staley. Pero a pesar del buen talante, todo resulta estático, lineal y temporalmente ajeno. Mucho mejor en las bajas revoluciones de “Nutshell” o “No Excuses”.
 
 SÁBADO
 
HURRAY FOR THE RIFF RAFF pasaban por España por primera vez, pese a llevar ya una década funcionando. Una interesantísima propuesta llena de mensajes reivindicativos, con la comandancia arrolladora de una Alynda Segarra que es como la versión femenina de Nick Cave. “The Navigator” y “Rican Beach” aportan el lado más exótico y fronterizo, mientras que “Hungry Ghost” o “Living in The City” refuerzan su faceta power pop. Los pasajes más emocionantes fueron los de mayor contenido político: “Kids Who´ll Die” (basada en el poema de Langston Hughes) y la coreadísima “Pa´lante” (homenaje a la comunidad latina). Otros americanos que se avergüenzan de su impresentable presidente.

  
Sobre QUEENS OF THE STONE AGE solo se puede decir una cosa: que son una potentísima banda de rock. No hay nada novedoso en su oferta: rock de músculo y potencia, una fuerza sobredimensionada que engancha. En su eficacia tiene mucho que ver el carisma de Josh Homme, que se empeñaba en espolear a la gente para invadir ese estúpido invento infrautilizado de la zona front stage. Rugieron como leones “My God is The Sun”, “The Way You Used to Do”, You Think I Ain´t Worth a Dollar, But I Feel Like a Millionaire”, “Burn The Witch”, Go With The Flow o “No One Knows”, esta última con exhibición megalítica de Jon Theodore a las baquetas. Teniendo un baterista así, ¿quién necesita a Dave Grohl? Por su parte, “Make It Wit Chu” puso la nota de sofisticación, único respiro a un concierto extenuante en su conjunto. El final con “Song for The Dead” podría pasar a los anales del metal sin mayor problema. Garra y actitud: Homme acabó arrancando los postes de luces y tumbando teclados como un auténtico destroyer. 

Lo de DEPECHE MODE es algo insólito. Casi cuarenta años en escena y todavía mantienen las baterías cargadas. Asombran su dedicación y su eficiencia, asombra la pose heroica de un Dave Gahan que hace no mucho estaba más cerca de allá que de acá. Otros que visten su reputación por derecho propio. Frío al principio, su concierto fue un globo que se fue inflando a medida que llegaban los grandes hits. Dosificados al principio (“It´s No Good”, “World In My Eyes”), imparables desde el final de la insufrible “Somebody” (con perdón para Martin Gore). A partir de ahí y por orden: “In Your Room”, “Everything Counts”, “Stripped”, “Personal Jesus” y “Never Let Me Down Again”. Para los bises, una trilogía apoteósica: “Walking In My Shoes”, “Enjoy The Silence” y “Just Can´t Get Enough”. Ni un minuto de respiro. Una montaña rusa de emoción y comunión popular, una miscelánea para el recuerdo y para la constatación de que sus himnos merecen la etiqueta de eternos. 

Nada mejor para culminar un festival que FUTURE ISLANDS. Vale, su música no es novedad, sus canciones están todas cortadas con el mismo patrón, pero hay que reconocer que Samuel Thomson Herring da un juego extraordinario. Es el símbolo y el corazón de la banda, con sus gruñidos, sus postureos, sus bailes y sentadillas imposibles. ¿Concierto electro-pop o pasatiempo circense? La cosa es tan, tan desternillante que al final te encuentras coreando “Cave” (“I don´t believe anymore”), “Seasons (Waiting on You)” (“As it breaks, the summer awaits”) o “Spirit” (“don´t cast away, don´t cast away”) sin saber a santo de qué. Parecen de otro mundo: un mundo sui géneris y totalmente anti-rock.  

Cosas cazadas al vuelo:

   
-        La solidez de piedra del directo de The White Buffalo.
-        La bacanal de ruido de At The Drive-In y su demoniaco Cedric Bixler-Zavala.
-        Las londinenses The Big Moon y sus hits “Sucker” y “Cupid”.
-        Snow Patrol, insulsos hasta la desesperación.
-        La despedida de Perfume Genius al son de la impecable “Queen”.
-       El cabreo creciente en la atestada carpa The Loop ante la espantada de Massive Attack (sin más comentarios).
-        El hard rock sin pies ni cabeza de Pile.
-        La calidez pop-folk de un encantador Jack Johnson.

 www.madcoolfestival.es

30 junio 2018

CONCIERTOS: ELVIS PERKINS (+ PARDO + VERA SOLA)

Madrid. El Sol. 29 de junio de 2018.


La llamada de Elvis Perkins siempre es irresistible. Sabes que va a ser un rato sano, afable y provechoso. Intuyes que a Elvis te lo vas a encontrar por la sala y que no va a tener el menor inconveniente en saludar. Sabes que va a compartir su soberbia música y su intrincada poesía con toda la naturalidad y la honestidad de que es capaz. Y así es, en un lugar tan de familia como El Sol. Pero antes hay dos aperitivos interesantes. El primero es Vera Sola, que no es otra cosa que el nombre artístico de Danielle Aykroyd, la mujer que acompaña a Elvis al bajo desde 2015, una artista impecable que reivindica su porción de gloria tras años de asistencias y colaboraciones con otros. A solas con la guitarra eléctrica (que suena como un bajo, ciertamente), nos ofrece sus composiciones, una suerte de folk tortuoso, impulsadas por su teatralidad y por su forma de cantar, de notable inspiración blues (¿no tiene algo de Grace Slick?). Presenta su próximo álbum “Shades” y nos regala versiones como “I Will Survive” de Gloria Gaynor, llevada muy sutilmente a su terreno. Un recital tan misterioso como inspirador. A continuación toca escuchar al coruñés Pardo, que nos trae una grata nota de rock patrio, humor y nostalgia. Sus inicios en el rockabilly gallego lo delatan, y de aquellas fuentes y de otras bebe para trazar historias que podrían ser la envidia de Loquillo. Con su pose desenfadada y simpática, de tío corriente y moliente, canta por igual a los buenos y a los malos, dándoles a todos lo suyo, y se permite traer versiones insospechadas como el himno popular “Camino Verde”.
 
Y Elvis ha vuelto para darnos una grata sorpresa, en forma de nueva banda y de nuevas canciones. Unas canciones que aún no tienen fecha clara de salida (ni él mismo lo sabe con exactitud, confiesa), pero que auguran el retorno a la senda de esplendor de aquella tierra llamada Dearland. Vuelven los metales y el músculo a su formación, y con ello resucitan las magníficas “I Heard Your Voice in Dresden” o la versión festiva dixieland de “Doomsday”. Una banda embrionaria y sin embargo pasmosamente articulada, como si fueran infinitas las sesiones a sus espaldas. El nuevo desarrollo instrumental da un brillo especial a canciones como “All The Night Without Love” o “The Passage of The Black Gene”, rubricadas por colosales desenlaces de improvisación jazz o expansiones psicodélicas. Igualmente fulgurantes lucen “Stay Zombie Stay”, “All Today”, “Shampoo” o “While You Were Sleeping”, variados ejemplos de un inmenso catálogo de joyas con olor clásico, revestidas de nuevos detalles para la ocasión. La inconmensurable “Stop Drop Rock´n´Roll” reafirma la categoría de un ensemble que la borda y la amplifica, logrando uno de esos momentos de ROCK en letras de neón bajo la batuta de un Elvis que se sumerge entre todos y se entiende con todos. Pero el gran valor de este concierto es la maravilla de lo desconocido, esas canciones que van desfilando entre las comunes de principio a fin, despertando admiración y desencadenando la ansiedad. Porque estas nuevas canciones son tan sumamente buenas que ya contamos los meses, días y horas para tenerlas entre las manos. Pero paciencia: de momento saquémosle todo su jugo a “There Goes The Nighmericans”, la más reciente publicación en formato single, la elegantísima forma de expresión (especialmente emotiva su parte intermedia recitada) que Elvis utiliza como alegato anti-Trump. Porque sí, un tipo con sus principios e ideales no podía dejar pasar la ocasión de protestar. Y es que hasta para quejarse hay que tener buen gusto.

www.elvisperkinssound.net

15 junio 2018

CONCIERTOS: NOS PRIMAVERA SOUND

Oporto. Parque da Cidade. 7, 8 y 9 de junio. 

Reencuentro con la marca Primavera Sound después de siete años. Esta vez en Oporto, no en Barcelona. Una sucursal rentable para la empresa, desde luego: cartel mínimo para aforo máximo. Los festivales en Portugal son diferentes. Están llenos de portugueses, evidentemente. También hay muchos españoles, muchísimos. El inglés se oye poco, únicamente como conducto comunicativo estandarizado. El ambiente en general es pacífico, sosegado y contemplativo. El NOS Primavera Sound es un festival civilizado donde se permite llevar paraguas. El Parque da Cidade es un bonito lugar para oír música, pero un mal sueño si tienes movilidad reducida o si está lloviendo. Y Oporto es una ciudad que combate la decadencia, en notoria evolución, acogedora y fraternal, la ciudad de lo vintage.

Y Nick Cave es Nick Cave; es decir, el más grande y quizá único cabeza de cartel de una oferta esmirriada y paticorta, la razón por la que muchos se acercaron (nos acercamos) a Matosinhos, sus compañeros de generación orgullosos y curtidos y las nuevas generaciones que corean “Tupelo” o “Red Right Hand” con disciplina militar. Puede que el australiano y las semillas marcaran la más alta cota de excelencia del festival, al mismo tiempo que se alcanzaba la cota máxima de agua caída por metro cuadrado. Porque sí, la lluvia fue el otro cabeza de cartel, la amenazante y a la postre incomodante compañera de unas fatigas mucho más duras que de costumbre. Salvando el viernes, la lluvia condicionó las primeras horas del jueves y casi todas las del sábado, privándonos de Waxahatchee, de Public Service Broadcasting, de War on Drugs, de cosas que a fuerza de ser difíciles devinieron en imposibles.
 
Así que el jueves nos conformamos con Ezra Furman, tras haber atisbado la insustancia de The Twilight Sad y la astracanada de Starcrawler, de haber esperado a Father John Misty hasta el hartazgo y de haber aplaudido el final de Rhye. Y el encantador Ezra  salva un día que se antojaba para olvidar con un sublime y variopinto recital con casi de todo: zarpazos punk (“I Wanna Destroy Myself”), filigranas pop (“Haunted Head”, “My Zero”, “I Lost My Innocence”), épica rock (“Drawning Down to L.A.”, “No Place”). Una inmensa bola de música viva que gira y gira saludando a Bowie y a Springsteen, una inmensa banda capaz de replicar en vivo el más difícil todavía y un inmenso tipo con salvas y amores para los incomprendidos, las mujeres, los refugiados y para todo el universo. 

El viernes comenzaba echando un ojo a Black Bombaim y su incombustible progresión maratoniana de elementos básicos: guitarra, bajo y batería. Demostración de contundencia a base de inmensos desarrollos como los de la colosal “Africa II”. Para amantes de las guitarras afiladas y las canciones sin fin. Después llegaba la esperada hora de Amen Dunes. Damon McMahon ha firmado con “Freedom” (2018) uno de los mejores discos de lo que va de año, y de él se nutrió casi todo el set (solo una mención al pasado con “Splits Are Parted”). Canciones como “Blue Rose”, “Time”, “L.A.” (dedicada a Sinatra) o “Miki Dora” (dedicada al mítico surfero californiano) ponen en valor la elegancia de un proyecto de un tipo la mar de elegante, que en directo cobra accesibilidad y desprende una luz que hipnotiza.
 
A continuación, la puesta de largo de una mujer de voz impresionante: Mattiel. ¿Y quién es esta chica que canta de esta forma? Pues se sabe que se apellida Brown, que es de Atlanta y que es pluriempleada (también se dedica al diseño y la ilustración). Pero es más lo que se intuye que lo que se sabe, de dónde sale esa irresistible y adorable antigualla sónica. Se hace acompañar por una banda espectacular y magnética, y entre todos reproducen a la perfección los cánones más tremendos del soul, el R&R, el R&B y el country, trazando un show harto de potencia, trepidancia y osadía. Ella no es que tenga mucho brío, pero su garganta la lleva en parihuelas.

Antes de que la gran voz se apague acudimos a la llamada de Breeders. Y aunque las hermanas Deal no estén en su mejor estado de forma, a sonrisas no hay quien las gane. Comienzan con “New Year” (la cosa promete), alternan las novedades (“Wait in the Car” y “Spacewoman” son realmente buenas) con sus esperadas y clásicas “No Aloha”, “Divine Hammer”, “S.O.S”, “Driving on 9” o “Cannonball”. Y entre presente y pasado, guitarras distorsionadas, bajos desdoblados y bromas inocentes la tarde va pasando en un risueño estado contagiado de su propia felicidad. Da igual que suenen bien o mal; son simpáticas hasta decir basta. Posiblemente rubricaran con “Gigantic”, como viene siendo habitual. No puedo asegurarlo porque no llegué hasta el final. Logística festivalera.
 
A Grizzly Bear ya los había visto dos veces anteriormente, y las dos sentí lo mismo: asombro y respeto. La tercera vez era esta y exactamente las mismas sensaciones. Los mismos pensamientos y el mismo impacto. Cuando los veo me acuerdo de la panda de raritos del instituto. Cuando los oigo pienso que esa panda finalmente hizo una peineta bien grande a todos los demás. Su sonido es tan especial que no debe de ser nada fácil ecualizarlo, y quizá por eso “Losing All Sense” y “Cut-Out” sonaron tan terribles, con los bajos tan altos y los altos tan bajos. Mal asunto pero bien resuelto. En la mesa había un técnico que supo pillar el punto y a mitad de “Fine for Now” ya todo tenía otro color. Y es que no hace falta demasiado para alcanzar la categoría de mayúsculo espectáculo; tan solo canciones impecables (“Ready, Able”, “Mourning Sound”, “Sleeping Ute” o “Two Weeks” sin duda lo son), buenas voces (las de Ed Droste y Daniel Rossen son dos voces majestuosas) y un gran dominio del humo y la luz. El final con la conmovedora “Sun in Your Eyes” fue de esos episodios míticos que dejan una huella imborrable.

Pasamos al sábado, el gran día de Zeus. Lluvia moderada para recibir a Rolling Blackouts Coastal Fever, uno de los hallazgos más deslumbrantes del festival. He aquí a un ejemplo de banda colaborativa, con no un solo frontman sino tres, donde todos tienen la palabra e importan tanto como el de al lado. A su antología de temas encomiables con regusto ochentero se unen energías y conexiones indelebles en el escenario. Talking Straight”, “Wither with You”, “Sick Bug”, “Mainland”, “Wide Eyes”, “Fountain of Good Fortune” y “French Press” son abrumadoramente brillantes, y ellos son tan efectivos que las hacen todavía mejores. La lluvia continúa para asistir a Flat Worms. Los angelinos no han inventado nada (otro trío de guitarra, bajo y batería), pero canciones como “Motorcycle”, “Pearl” o “11816” demuestran la universalidad y eternidad de aquella cosa llamada punk que nació hace cuatro décadas y que sobrevive con una estimulante dignidad. 

Un breve descanso bajo techo y vayamos a adorar al tío Nick, porque está claro que las plegarias a otros dioses son en vano y sigue lloviendo. Nick Cave & The Bad Seeds tienen el título de “mejor banda en directo de todos los tiempos”, al menos para Curtains. Eso es algo que ya nadie les va a quitar. Pero el planteamiento ha cambiado desde hace algunos años; ahora es Nick Cave, vis a vis, cuerpo y alma, carne y hueso. Y los Bad Seeds son algo que está allá, a lo lejos, sombras y nubes que pululan por un lujoso escenario. Demasiada personalidad para integrarla en un gran conjunto. Así que en estos tiempos el australiano se dedica a buscar el calor de la gente, a imponer las manos, a dejarse agasajar por una multitud que lo venera como a una deidad. Y algo de mitología hay en él, algo de sobrehumano y mesiánico, o si no ¿cómo puede causar tanto impacto que te vomité “From Her to Eternity” a metro y medio? Dan ganas de decir amén. Sobre el incontestable manto que le tejen sus imponderables esbirros (los Ellis, Casey, Sclavunos, Wydler, Vjestica y Mullins), el cazador apunta, dispara y atrapa su presa. Da igual que sean los aquelarres habituales  (“From Her to Eternity”, “Tupelo”, “Red Right Hand”, “The Weeping Song” o “Stagger Lee”), las novedades petrificantes (“Jesus Alone”, “Magneto”, “Girl in Amber”) o los rescates de las mazmorras (“Do You Love Me?” y “Loverman”). Da igual que prime la calma (“Into My Arms”) o el delirio (“Jubilee Street”). La potencia de su mensaje, de su mecánica y de su arte es tan poderosa que bien vale dos horas bajo el aguacero padre. Él también acabó empapado hasta los huesos: una comunión completa y total. Música de otra dimensión.

Y nada mejor para acabar el festival que otro encuentro con esos a los que tan bien conocemos, esos que sabes que no van a fallar. En efecto, Mogwai no fallaron, a pesar de las goteras, de los aprietos técnicos, de esa guitarra muda que saca al paciente Stuart de quicio. Ya nos los sabemos de memoria pero siempre hay alguna sorpresa en la recámara; como que “Mogwai Fear Satan” sea prólogo en lugar de epílogo, o como la recuperación de “Auto Rock”. No faltó “Rano Pano” ni tampoco Jim Morrison, como tampoco podía faltar ese hit adorable que es “Party in The Dark”. No faltó el lado más core (“Old Poisons”) ni el lado más trance (“Remurdered”). Un concierto inventario de sus mil caras, versiones y propósitos. Monumentales por derecho propio.
 
www.nosprimaverasound.com