06 julio 2024

CONCIERTOS

BIG CITY FESTIVAL. Glasgow. Queen´s Park. 29-06-2024. 

Que nos gustan los festivales, es un hecho. Que ya no encontramos festivales que nos llenen plenamente, es otro hecho. Que a Mogwai les gustan los festivales, es un hecho. Que también se sienten un poquito huérfanos de eventos con criterio, otro hecho (palabra de Stuart Braithwaite). ¿Solución? Do-it-yourself. Es decir, organiza tu propio festival. Y qué maravillosa idea, qué generosa iniciativa y qué afortunada oportunidad. Si tu banda favorita de toda la vida se pone en marcha, no puedes hacer otra cosa que seguirlos. Si te ofrecen un cóctel de música escogida y/o apadrinada por ellos mismos con un fin de fiesta en primera persona, cómo te vas a resistir. Me creo lo que me digan. Me lo creo con fe divina. En veintimuchos años nunca nos han fallado, así que no hay razón para dudar. Volemos a Escocia otra vez. Acudamos a los cantos de sirena del Young Team. 

Que tiene mucho mérito ponerse a organizar un festival a estas alturas de la vida, con todo lo que ello conlleva. Y aunque ya tengan experiencia en montar carteles interesantes (lo hicieron en el pasado para el ATP, por ejemplo), el equipo joven ya no es tan joven. Sin embargo, hay un mecanismo que los mueve automáticamente en su incansable cruzada: su amor desmesurado por la música. Es historia conocida que a menudo se camuflan entre las audiencias para degustar y disfrutar los conciertos de otros. También se ha hablado de las demenciales colecciones de discos que tienen en sus casas. Todo el mundo sabe que montaron su propio estudio de grabación-ensayo y su sello discográfico en Glasgow. Son unos supervivientes de la escena independiente de su ciudad, íntegros, alérgicos a las modas y a las interferencias artísticas. Así que, ¿por qué no? ¿Por qué no organizar un festival para animar, promover, alegrar y disfrutar? ¿Por qué no montar una fiesta invitando a un montón de amigos, pupilos, promesas y realidades? ¿Por qué no dar un poco de color a esa ciudad suya tan gris, pero tan intensa? Venga, vamos allá. Y de paso demos una oportunidad también a la literatura y la acción solidaria. Enorme aplauso para ellos. 

El cartel del Big City reunía un diverso elenco que, de un modo u otro, se da un largo abrazo con los propios procuradores. Fichajes del sello Rock Action Records (Sacred Paws, Kathryn Joseph, Cloth, Bdrmm), artistas de la familia (Elizabeth Elektra), colegas reconocidos (Slowdive, Beak>), apuestas personales (Goat Girl, Nadine Shah, Free Love) y mitos reverenciados (Michael Rother). Y por supuesto, los papás del evento cerrando una jornada que ofreció todo lo que prometía. De todo esto capturamos una parte, siendo imposible abarcarlo todo por razones logísticas o impedimentos fisiológicos. Pudimos asistir a unos cuantos temas de Kathryn Joseph, esa joya de la lírica pop escocesa, desplegando su pericia a las teclas y seduciendo con su intensidad vocal. Vimos a Elizabeth Elektra, esa figura misteriosa con voz de terciopelo, musa incomprendida del electro-pop, entonando a las tres de la tarde temas como “Broken Promises” o “The Dream”, y con su señor esposo (Mr. Braithwaite) acompañando a la guitarra. Viajamos hacia un tiempo en el que aún llevábamos chupete para rescatar las audaces creaciones de Neu!, de la mano del incombustible Michael Rother; dirigiendo la orquesta desde su atrio digital (Stuart se sumó a la fiesta en “E-Musik”, la pieza final), capturó a la audiencia con “Neuschnee”, “Isi”, “Hallogallo” o “Negativland”, demostrando que el krautrock tampoco se pasa de moda. Y si no que se lo digan a Beak>; del krautrock añejo beben sus discos, amén de otras influencias, como el rock psicodélico y el drum´n´bass. Geoff Barrow, Billy Fuller y Will Young conforman una imparable locomotora rítmica, suavizando la solemnidad de su música con ácidas dosis de humor (campaña electoral incluida). “The Seal”, “The Meader”, “Allé Sauvage” o la postrera “Wulfstan II” marcaron las cimas de su breve show, en el que no tuvo ya cabida (una pena, la ensayaron en la prueba de sonido) la genial “Blagdon Lake”. 

Si algo hemos de agradecer a Mogwai en concreto (aparte de todo lo demás), es que nos hayan descubierto a una artista como Nadine Shah. Con cinco álbumes grabados, la británica no es nueva en la escena pero, por causas desconocidas (e injustas), no ha sido debidamente empujada. Estamos ante una mujer brillante, excelente compositora e intérprete sideral, una lengua de fuego en el escenario, émula de grandes féminas como Patti Smith, PJ Harvey o Anna Calvi. Su forma de cantar (y las cosas que canta) impactan como un obús. Su magnetismo y energía en las tablas dejan sin aliento. “Fast Food”, “Fool” o “Greatest Dancer” son canciones de manifiesto. Que el mundo salga de la inopia y le dé el titular y la ovación que se merece. 

A continuación llegaban Slowdive, y sabiendo que iban a ofrecer lo mismo (o parecido) que en febrero, recibimos eso mismo con los brazos abiertos. De nuevo la magia de “Star Roving”, “Skin in the Game”, “Crazy for You”, “Sugar for The Pill”, “Slomo” o “When the Sun Hits”, trazadas con escuadra y cartabón, hipnóticas, magníficas. Sonido perfecto y envolvente en la Big City Tent, perfecto aperitivo de distorsión y nebulosa sonora para lo que viene seguidamente. Y lo que viene entonces es un aluvión de ítems, focos, cables y amplis titánicos que poco a poco van invadiendo el escenario. Es el arsenal de Mogwai, plato fuerte, y esos sintes y ese ampli Orange a mano izquierda nos revelan que sí, que hoy vamos a volver a ver a Barry trajinando, ausente en las últimas citas por cuestiones familiares. Y cuando vemos al propio Barry, a Martin, Dominic, Alex y Stuart esperando su turno, preparados, tranquilísimos, sabemos que se avecina algo grande. Épicos, rotundos, brutales, bestiales, apoteósicos, imperiales, grandiosos, majestuosos. Se han empleado muchos adjetivos para calificarlos, siempre hacia lo grandilocuente y sin medias tintas. Pero esos adjetivos ya se van agotando. Porque esta gente habita en una plataforma sin techo. Volvieron a demostrar su categoría, en otra exhibición de sonido prodigioso y luminotecnia fulgurante. Cuando piensas que ya no pueden ser mejores, dan otro paso más hacia el cielo. Cuando juras que hoy no sacarás el móvil, que hoy vivirás atentamente el momento, explota “To the Bin My Friend, Tonight We Vacate Earth”, empiezan a temblarte las piernas y ya estás con la mano en el bolso buscando el aparato: esto se merece un testimonio. Cuando crees que no te sorprenderán, porque has estado siguiendo los setlist que han manejado en sus últimos conciertos, arrancan los primeros acordes de “Tracy” (que no tocaban desde hace casi una década) o una “Every Country´s Sun” que ahora reinterpretan con piezas intercambiadas (Alex McKay a la guitarra solista y Barry a las teclas). Cuando apenas las esperas, relucen “Rano Pano”, “How to Be a Werewolf” y “We´re No Here”. Suena “Ritchie Sacramento” y te encuentras coreando “dissapear in the sun, all gone” junto a otras tantas almas arrebatadas (Ojo: coros en un concierto de una banda eminentemente instrumental). Y temas que has oído y/o visto mil veces en shows, grabaciones o videos varios (“I´m Jim Morrison, I´m Dead”, “Drive the Nail” o “Summer”) alcanzan una nueva cota, metros por encima de la anterior. Por supuesto, “Mogwai Fear Satan” se preveía el broche final y así fue. Su gran clásico, interpretado si cabe con más furia y pasión que nunca, brilló al rojo vivo. Y se fueron tan campantes, con el ojo puesto en el reloj porque al día siguiente había otra cita en Amberes (que dicen que también fue espectacular). Unos máquinas. 

Después de todo esto lo único que cabe es dar las gracias, por este festival selecto y pequeñito, lleno de propuestas estimulantes, lleno de gente sana y (cosa importante) absolutamente respetuosa con el arte. Gracias a Mogwai y a todos (bandas, artistas, voluntarios, currantes, fans) los que estuvieron allí. Ojalá esta entrañable Mogwaicon se convierta en una cita anual, como sus propios inventores sueñan y pretenden.

Fotos (por orden): Kathryn Joseph, Elizabeth Elektra, Michael Rother, Beak>, Nadine Shah, Slowdive, Mogwai.








03 julio 2024

REPORTAJES

MOGWAI: IF THE STARS HAD A SOUND 

“For this music can put a human being in a trance like state

And give us a sneaking feeling of existing

Cause music is bigger than words and wider than pictures

If someone said that Mogwai are the stars I would not object

If the stars had a sound it would sound like this”. 

¿Recordáis esto? Con estas palabras comenzaba “Mogwai Young Team” (97), primer álbum de los escoceses Mogwai. Era un sampler sacado de la lectura de un artículo periodístico escrito en los albores de su carrera. Lo atraparon y lo usaron como aderezo, no porque se lo tomaran en serio, sino porque les pareció tronchante. Así son ellos. Casi treinta años después de que alguien los comparara con las estrellas, podría constatarse que se han convertido en una hermosa galaxia. No estrellas de gambito, superventas y tontería, sino estrellas de la perseverancia y la humildad, del trabajo duro y el amor por su oficio, de la música como forma de vida y pensamiento. Son gente que sabe ser y estar dentro del mundillo en el que les ha tocado vivir. Gente fiel a sus principios, a sus amigos, a su ciudad, a su público y a sus ídolos. Gente que lucha para no tener que cancelar una gira por más que se tuerzan las cosas. Gente que cede sus propiedades y conocimientos a los que quieren emularlos y ser como ellos. Gente que apoya causas justas de forma discreta y generosa. Gente que valora y promociona el trabajo de sus compañeros de profesión. Gente que siempre sonríe, que se resta importancia, que se divierte. Gente que nunca vende su espíritu. Y es gente que, tras casi tres décadas de viaje, ya metidos todos ellos en la larga cuarentena (o en la cincuentena algunos), son capaces de remangarse y ponerse a organizar un festival en Glasgow. Pero esta es otra historia para otro artículo que presumiblemente vendrá a continuación. 

Un buen día los chicos de Mogwai recibieron un email de un tipo llamado Antony Crook. Era un fan que decía ser fotógrafo y ofrecía amablemente un ejemplo de su obra como inspiración visual para la banda. Hubo conexión. Hubo feeling. Y de esa audacia salió el artwork de un álbum tan magnífico como “Hardcore Will Never Die, But You Will” (2011), con aquellas bellas fotos de la ciudad del Clyde. La amistad y la colaboración continúa férrea hasta el punto en el que ambos, banda y artista visual, deciden hacer algo más trascendente juntos. Se planea grabar una exótica gira de presentación de “As The Love Continues” (2021) por las más salvajes tierras escocesas. El COVID contraataca, vuelven los encierros y la idea se va al garete. Pero no del todo. Porque cuando existe voluntad de emprender y ganas de crear, los obstáculos se salvan solos. Y entonces se pone en marcha el plan B, que no es otra cosa que un documental retrospectivo que marca una línea temporal y emocional, una visión de Mogwai a través de imágenes de archivo, testimonios de compañeros, colaboradores, artistas cercanos y fieles seguidores. El resultado es un impresionante collage de grandes y pequeños momentos, de grandes y pequeños sonidos, con la música de la banda susurrando o atronando, trazando una historia con un punto culminante y una moraleja. El punto culminante (hasta la fecha) quizá fuera su número 1 en los charts británicos en aquella loca última semana de febrero de 2021. Nadie les regaló ni les facilitó nada. Llegaron ahí caminando con sus propios pies, con la única promoción de un boca a boca concienzudo. No hubo campañas publicitarias fastuosas ni titulares de prensa rimbombantes. No hubo desfiles militares por las calles del Reino Unido. Solo hubo un deseo colectivo de ganar a los más fuertes, y esa colectividad de fans entregados y maravillosos (he conocido a algunos y sé que lo son) hizo realidad un hecho que ni Stuart, ni Barry, ni Dominic ni Martin habían siquiera soñado nunca. La moraleja a partir de aquí está más que clara: las semillas que vas sembrando forman un árbol que al final da sus frutos. Canción a canción, disco a disco, concierto a concierto, Mogwai han ido abonando el camino que les ha llevado a ser una de las bandas más respetadas a nivel internacional, con su vitola de infalibles y su leyenda de imperiosos. Mucha gente ha sido secuestrada por su música a lo largo de los años y ahora no puede salir de la red. Es música conectada con el interior, con los sentimientos, con las experiencias del día a día, música que duele o alivia según el caso. Y Antony Crook se hace eco sabiamente de esas versiones, de personas que viven sus vidas con la música de Mogwai como banda sonora. Porque la música de estos tipos tiene algo mágico y jamás caduca. 

Hay muchas opiniones y alegatos interesantes en la película, salvo de sus propios protagonistas. Ellos se mantienen al margen, tras el telón, y aunque son los que escriben y manejan la historia, esta vez la historia la cuentan otros. Sabia idea. No se pueden dar más detalles. No se puede hacer spoiler. El documental solo se ha mostrado de momento en Estados Unidos y Gran Bretaña. Probablemente en España ni se huela. Si queríamos tener un poquito más de Mogwai debíamos viajar a Escocia (otra vez), hacer ese esfuerzo para poderlo vivir en el Glasgow Film Theatre, en compañía del estupendo Stuart y su pequeño Prince, y del encantador director y su familia, y de todos esos corazones sinceros y expectantes que aman a esta banda tanto como nosotros. Mogwai son leyenda. Una leyenda modesta, sin ego, escondida, muy underground, pero inmensa. “If The Stars Had a Sound” es un documento precioso, brillante y honesto. Es una carta de amor de un verdadero fan y de un gran amigo. Un homenaje enormemente merecido.

27 mayo 2024

REPORTAJES

BESOS DE ALAMBRE DE ESPINO 

La historia de The Jesus and Mary Chain 

“Some said I was a freak, I am a freak

They said I was weak, I am a freak

They said I was incomplete, I am a freak, I am a freak” 

Estos son los versos iniciales de “Cracking Up”, tema que The Jesus and Mary Chain incluyeron en su LP “Munki” de 1998. Y es una estrofa que lleva en nuestras cabezas años, podría decirse retóricamente que siglos, echando mano de ella siempre que nos entra la vena revolucionaria. Porque en efecto, somos raros. No porque lo seamos en realidad, sino porque es un sambenito que nos han colgado los ignorantes, los planos mentales, los que se dejan llevar por la corriente de las masas. Si escuchas cierta música, eres raro. Si lees literatura europea del siglo XIX y XX, eres raro. Si te gusta el cine sin efectos especiales, eres raro. Si no vas a las fiestas de carnaval ni a la verbena del pueblo, eres raro. En fin, yo soy rara. “I am a freak”. A mucha honra. 

Y los hermanos Reid tampoco puede decirse que sean (o hayan sido) de lo más normalito. Ellos pusieron una pica en Flandes casi sin pretenderlo, entendiendo por pica su contundente sonido miasmático post-post-punk y por Flandes el panorama del rock británico en los ochenta. Eran raros porque no salían de su habitación, porque mientras todo el mundo hablaba de ellos, ellos se pasaban las horas muertas viendo la tele o inventando collages visuales caseros. Eran raros porque no se relacionaban normalmente con la gente, porque eran un pozo oscuro al que había que asomarse con tiento, porque la liaban parda a la mínima de cambio, y no porque fueran unos camorristas profesionales (solo bebedores profesionales), sino porque su espíritu introvertido y rotundamente freak los llevaba a esos extremos provocativos. Se subían al escenario y se transformaban en un volcán. Se ponían tan beodos que no controlaban el volumen, ni el efecto, ni la estrofa, ni el tempo ni el ambiente, de ahí que sus shows fueran al principio pequeñas reyertas de escasa media hora con gresca y daños colaterales. Ya lo contaba Bobby Gillespie en sus propias memorias; él, que asumió las baquetas del combo entre el 84 y el 86, narraba con humor aquellas batallas en las que había que esquivar botellas y puños volantes. Pensándolo ahora, da miedo. Pero aquellos eran otros tiempos y lugares. Era la época de la Thatcher, las crisis culturales, la desindustrialización y el paro, y de la búsqueda de nuevas formas de canalizar el descontento. Así los “Jesus Mari”, como siempre los hemos mentado cariñosamente, se encargaron de echar madera a la lumbre con unos primeros singles y un “Psychocandy” (85) que eran un puro desafío al recato sonoro y las buenas formas. Y el fuego prendió. 

Este libro narra la historia de la banda desde su génesis en East Kilbride a través de la exquisita pluma de la artista todoterreno y fanática musical Zöe Howe, apoyándose en las voces de sus protagonistas (excepto la de William Reid, que optó por tocar los huevos, como siempre). Y lo que a priori podría antojarse un relato oscuro y deprimente, a tenor de los hechos y el carácter marginal del grupo, deviene en una composición divertidísima, llena de citas clave, hilarantes confesiones y una luminosidad inédita. He aquí a los auténticos The Jesus and Mary Chain, que no son exactamente el cuadro gótico de tristeza, rictus mustios y pelos cardados que siempre los precedió. Evidentemente, el tiempo ha transcurrido, las adicciones se controlaron, las vidas se encarrilaron, y la madurez nuevamente aporta la calidad de visión retrospectiva y entonación del mea culpa eterno. Pero hay una cosa que nos choca y siempre nos chocará de esta banda, y ahí va la gran pregunta: ¿cómo es posible que haya logrado sobrevivir? De sobra es conocida (y más si lees este libro) la relación de amor-odio de Jim y William Reid, sus disputas, a veces ebrias, a veces estúpidas, sus choques de carrocería impulsivos y reiterados. Peleas constantes sobre las tablas, en los estudios, en los camerinos, en los bares. Quisieron matarse mutuamente en múltiples ocasiones, hablaron pestes el uno del otro en otras tantas, montando ese circo insoportable que gente como Douglas Hart, John Moore, Ben Lurie, Steve Monti o el propio Bobby Gillespie tuvieron que tragarse apretando los dientes. Se alejaron en ocasiones para respirar, y cuando parecía que nada ni nadie podría reflotar la nave, la fuerza magnética volvía a acercarlos para dar otro paso en forma de disco, homenaje o gira. Y ahí siguen: acaban de publicar un nuevo álbum, “Glasgow Eyes”, grabado en el Castle of Doom de Mogwai, y vuelven a lanzarse a la carretera. El sábado tocaron en el Tomavistas y los testigos cuentan que fue un show magnífico, potente, lapidario (la menda está coja y se lo perdió, ay), en el que no faltaron hitos como “Happy When It Rains”, “Head On”, “Sidewalking”, “Blues from a Gun” o “Reverence”. El flamante álbum tampoco defrauda. Sin perder su esencia, se trata del disco perfecto para contentar a los de siempre y ganar nuevos socios. Canciones como “Venal Joy”, “Mediterranean X Film”, “Discotheque” o “Chemical Animal” los muestran en un dulce momento creativo. Hasta se atreven a hacer un homenaje a las grandes bandas de los sesenta y setenta en “The Eagles and The Beatles”, o a The Velvet Underground en “Hey Lou Reid”. 

Pero lo que hay que agradecer a los Mary Chain, aparte de su empecinamiento musical, es la integridad que han mostrado a lo largo de toda su carrera. Nacieron en los márgenes de una industria que detestaban, y se han mantenido en ellos hasta la fecha, sin vender su alma al diablo dólar (o euro, o libra). Es cierto que pasaron por algunos aros evitables, como aquel Lollapalloza de 1992, pero ¿por qué cuando uno piensa en una banda estrictamente independiente siempre se acuerda de ellos? A artistas así, con su autenticidad y su obstinación, hay que amarlos sí o sí. En eso consiste ser un verdadero freak. 

Algunas citas interesantes: 

Queremos triunfar, pero queremos hacerlo a nuestra manera” Jim Reid a Picture Disc, 1985 

La reacción a nuestra forma de ser era instantánea. La gente quería matarnos o echarnos del escenario. Eso sí: no había hipocresíaDouglas Hart 

Eran auténticos frikis, sin mucha vida social. Bichos raros, como yo. Eran chavales de rock´n´roll, básicamenteBobby Gillespie sobre The Jesus and Mary Chain 

“Jim es la estrella del rock. Yo soy más de batín y zapatillasWilliam Reid a Adam Sweeting para la revista Q 

<Estrella del pop> no es más que un sinónimo de <montón de mierda>Jim Reid 

En un par de ocasiones de gira, sentí que mi verdadero papel era impedir que los Reid se mataran entre ellosSteve Monti 

“¿Mis tres deseos? Que viniesen unos estraterrestres a gobernar el planeta y lograsen que todo el mundo fuera amable con los demás. Que trajeran muchas drogas sin efectos nocivos. Y que me diesen licencia para matarJim Reid a Kitty Empire en NME, 1998

03 mayo 2024

REPORTAJES

MAÑANAS NEGRAS COMO EL CARBÓN Y TARDES DE PERSIANAS BAJADAS 

Brett Anderson confiesa 

Es curioso lo de moda que se ha puesto que los músicos escriban sus memorias. Antes sudábamos para encontrar una biografía o autobiografía en condiciones, más allá de los llamados “clásicos malditos”, pero ahora hay historias por doquier (en la estantería tengo unas cuantas preparadas, amén de las ya leídas y pendientes de revisión). Aunque claro, cualquier músico no vale. Es decir, que sí, que hay músicos con excelente ingenio y capacidades sobradas, pero lo que de verdad parece importar es lo que dicen esos músicos que llevan años y años bregando contra la luz y las sombras, los contratos y las carreteras, los excesos y los remedios. Es el caso de Brett Anderson; más de treinta años al frente de Suede, con una década de hiato en la que no se estuvo quieto (The Tears, cuatro trabajos en solitario, colaboraciones). Y resulta curioso poder conocer a este tipo más allá de lo que siempre nos sugirió: un ser etéreo, una pose, un medio ciborg, con esa aura de androginia, misterio y fatalidad, muy a lo Bowie. Fuimos fans modestos de Suede en los 90; teníamos sus discos (grabados, no originales), tarareábamos sus canciones y las arpegiábamos como podíamos, asistimos a un par de conciertos. Pero eran un grupo más dentro de la vorágine del dichoso brit pop, aunque nacieran antes de que el globo estallase y nada tuvieran que ver con los otros agentes de la movida. 

Ha sido el presente el que nos ha reconciliado con esta banda. Sus últimas actuaciones hicieron que reverenciáramos su perseverancia, su rabia y generosidad sobre las tablas. Tras tantos años de idas y venidas siguen estando ahí, con la última de las formaciones (Brett Anderson, Mat Osman, Simon Gilbert, Richard Oakes y Neil Codling), con mejores o peores temas, pero dándolo todo a todos: a sus antiguos y obstinados seguidores (hola, Edu), a los hijos o sobrinos de estos, a la new generation con curiosidad por el pasado. Y quizá por eso, porque hemos visto a Brett en su mejor forma y con las mayores ganas, que nos entró el gusanillo de saber de qué es capaz de hablar más allá de su figura de popstar, aún a riesgo de encontrarnos con una biografía como tantas. 

No un libro, sino dos, ambos con títulos románticos y evocadores de tristes nostalgias. “Mañanas negras como el carbón”, publicado en 2018, nos acerca a su infancia en los suburbios londinenses y nos muestra algo que no imaginábamos: sus orígenes pobretones y marginales. Nos va llevando de la mano por una adolescencia y juventud llena de dubitación familiar, profesional y habitacional, en la búsqueda del yo y su lugar en el orbe. En estas páginas se gesta la pasión heredada por la música, el nacimiento de Suede, la importancia de Justine Frischmann en los albores existenciales del narrador y de la banda, así como los gérmenes de esa mítica alianza Anderson-Butler que tanto recuerda a la de Morrissey y Johnny Marr (quizá hable de ellos un día de estos). La historia de esta parte abarca hasta la firma del primer contrato discográfico con Nude Records, y deja la puerta abierta a una continuación necesaria. 

Y esa continuación llega, en efecto. A la mañana sigue la tarde. “Tardes de persianas bajadas” sale en 2019 para seguir con el relato, navegando por cada uno de los discos grabados hasta “A New Morning” (2002). Destacan sobre todo esas explicaciones sobre el nacimiento de muchas canciones, cómo brotaron y de qué estímulos surgieron, y cómo las ve su creador tras pasarlas por la depuradora de tres décadas. Por supuesto, el tiempo las ha convertido en laberintos y galimatías indescifrables, o libremente descifrables. Ahora ya no nos paramos a profundizar, a pensar qué quiere decir ese verso retorcido. Nos limitamos a canturrearlas: “High on diesel and gasoline”, “We are the pigs, we are the swine”, “Animal, he was an animal”, “We´re so young and so gone”, “I was born as a pantomime horse”, etc. Los años llevan estas melodías y sus codas al estatus de clásico, más allá de sus significados o trascendencia intelectual o filosófica. 

Pero lo que da un valor agregado a las memorias de este tipo es su capacidad para la narrativa implacable, resultando absolutamente aplastante y adictivo. Su desahogo es un ejercicio brutal de autocrítica, vertiendo opiniones, confesiones y teorías sobre sí mismo sin filtro. De manera elegante, poética y sincera, Brett nos demuestra su carácter leído y vivido, haciendo un análisis de la evolución musical y personal del grupo y de sí mismo. También de su relación tortuosa con los medios, que los vendieron como moderna caricatura de la decadencia más chic. Hay palabras amables para todos los actores secundarios que tuvieron un papel importante en la vida y en la banda, e ignorancia hacia los seres irrelevantes o los capítulos escabrosos. Hay mucha sabiduría en sus palabras, descubriéndonos a un gran escritor rezagado. Y curiosamente, ese escritor insiste en dejar claro que, como músico e instrumentista, siempre ha sido pésimo. Bueno, quizá no tanto. Lo que está claro es que a través de sus memorias hemos conocido que no estamos ante un extraterrestre, sino ante un ser humano razonado y sereno, de vuelta de los engaños de la industria y el mundo en general. Y es bueno acercarte a los iconos o ídolos de una era y comprender que están hechos de la misma pasta que tú. O quizá es que cerca o más allá de los cincuenta a todos nos da por lo mismo: ponernos melancólicos y hacer balance de lo que fuimos y en qué nos hemos convertido. Quizá Brett Anderson no sea una excepción. Quizá, definitivamente, él sea igual que todos, igual que nosotros.  

07 febrero 2024

CONCIERTOS

SLOWDIVE. Madrid. La Riviera. 06-02-2024. 

Slowdive siempre fueron ese grupo al que echas mano cuando quieres evadirte y volar. Referentes del llamado shoegazing en los 90, pusieron uno de los cimientos de las grandes edificaciones que otros culminarían poco más tarde (el otro cimiento, sin duda, lo plantaron Spacemen 3). Estuvieron y están. Nos hartamos de escuchar incesantemente “Just for a Day” (91), “Souvlaki” (93) y “Pygmalion” (95), dimos una oportunidad a Mojave 3 y a las aventuras de Neil Halstead en solitario, colocamos el regalo dejado por la banda original en una vitrina pensando que sería reliquia perpetua e inigualable. Pero no. Slowdive volvieron en 2017, y cuánto nos alegró la noticia. Más nos alegró escuchar el nuevo álbum homónimo y comprobar su grandeza y profundidad. Nos volvió locos la idea de poder verlos en vivo, cuando esa posibilidad ya se había convertido en poco menos que utópico sueño. Nos quedamos con las ganas en Mad Cool 2017, pues fueron los únicos con agallas para cancelar en una jornada trágica. Luego llegó el Tomavistas de 2022, la oportunidad de la redención, el jubileo del reencuentro, y aquel concierto supo a algo raro por falta de potencia y costumbre. 

Pues bien, anoche era la noche, y todos los sabíamos. “Everything Is Alive” (2023) nos dejaba partidos por la mitad como un melón: cuatro temas grandiosos, dos temas tediosos y otros dos aceptables. Pero algo con la firma de los de Reading jamás se puede desdeñar. Y como tienen la sana y plausible costumbre de practicar la táctica del compendio, anoche sonaron todas esas pequeñas joyas reverberantes llenas de magia que antaño nos mecían en nuestras cunas de juventud. La flamante y magnífica “Shanty” abrió el recital, pero pronto llegaron los flash-back. “Star Roving” por fin sonó como el gozoso bombazo que es, “Catch The Breeze” fascinó con sus vertiginosas proyecciones. “Skin in The Game”, también de su último trabajo, demuestra que no han perdido el punch creando melodías de terciopelo. Luego llegaron las muy personales versiones de directo de “Crazy for You” y “Souvlaki Space Station”, inapelables, absolutamente evocadoras. “Chained to a Cloud” puso un pequeño toque techno a la velada, con Rachel asumiendo un protagonismo siempre discreto y compartido, para seguir con el riff cristalino de “Slomo”. La ochentera “Kisses” fue el interludio antes del celebrado y glorioso tridente final: “Alison”, “When The Sun Hits” y “40 Days” (las tres gigantes, las tres deslumbrantes) despertaron las más enfervorecidas atenciones, canturreos y brincos. Y es curioso que, la que siempre se supuso una banda minoritaria de culto, se haya convertido veinticinco años después en un fenómeno que llena salas y atrae a público de todos los estilos, edades y nacionalidades. Y no menos curioso es que todos esos jóvenes que se han enamorado de esta música demuestren saberse al dedillo precisamente las canciones más añejas. 

Por supuesto, había que regalar unos bises como dios manda, y el encore no pudo ser mejor: la ya imprescindible en su discografía “Sugar for The Pill”, la versión desnuda de “Dagger” y la anhelada “Golden Hair” de Syd Barrett, coronada por épicas bocanadas de distorsión y feed-back. No fue un concierto largo (no llegó a la hora y media), pero de tan intenso pareció dulcemente eterno. Y esta vez sonaron y lucieron como la gran bola de fuego que son, en un marco visual radiante, en su punto de ecualización perfecto, con las guitarras rascando amablemente y el bajo de Nick Chaplin palpitando. Dejaron cicatriz, y mucha. 

La única pega de la noche fue la ausencia de los chispeantes Pale Blue Eyes, a los que había muchas ganas de ver. Se quedaron varados en algún atasco en alguna vía de algún lugar de esta España que ayer andaba patas arriba. 

Setlist: “Shanty”, “Star Roving”, “Catch The Breeze”, “Skin in The Game”, “Crazy for You”, “Souvlaki Space Station”, “Chained to a Cloud”, “Slomo”, “Kisses”, “Alison”, “When The Sun Hits”, “40 Days”//”Sugar for The Pill”, “Dagger”, “Gold Hair”. 

21 diciembre 2023

REPORTAJES

“UNA LUZ ABRASADORA, EL SOL Y TODO LO DEMÁS” por Jon Savage

JOY DIVISION: LA HISTORIA ORAL 

De Joy Division creíamos que lo sabíamos casi todo. La historia de su ascenso, impacto y caída, su papel en Factory Records, la polémica sobre su ideología, la controvertida corta vida de Ian Curtis. Libros de memorias, reportajes, películas, leyendas. Y cómo no, sus trabajos, “Unknown Pleasures” (79) y “Closer” (80), las misceláneas “Still” (81) y “Substance” (88), siempre a la búsqueda del resquicio perdido. Dicen algunos entendidos que en los versos de Curtis se concentra toda la historia de la banda, motivaciones, dolores, oscuridades. Pero quizá necesitábamos también un poco de esto: la voz directa de sus protagonistas, desde todos los ángulos del prisma. Todos ellos nos ayudan a comprender el relato, a enfocarlo debidamente y a experimentar nuevos respetos, penas y nostalgias. 

Con su larga experiencia periodística como credencial, Jon Savage ha sido el encargado de dar luz a este mágico desfile de voces a través de cuatrocientas páginas, extractando partes de decenas de entrevistas realizadas para otros usos u ocasiones. Voces que hablan con sinceridad, reconocimiento, culpa o resignación. Voces que son las de todos, directos e indirectos, principales y secundarios, líderes y acólitos. Las voces de Bernard Sumner, Peter Hook y Stephen Morris resuenan por encima de las demás. La de Ian Curtis también aparece brevemente, para recordar que estuvo y que, pese a todo, tenía cosas que decir. Están las voces de los más allegados profesionalmente, como Terry Mason, Tony Wilson, Rob Gretton, Martin Hannett o Peter Saville, testigos de primera mano de la génesis como banda identitaria de Manchester, de su inusual proceso creativo, su simbiosis natural y su ausencia de pretensiones. También están las voces de profesionales que asistieron al espectáculo desde la barrera, pero bien arrimados a ella; tal es el caso de los periodistas Paul Morley o Mary Harron, los fotógrafos Kevin Cummins y Anton Corbijn, o compañeros de mundillo y labor como C.P. Lee, Pete Shelley, Richard Boon o Jeremy Kerr. Por supuesto no faltan las voces de los allegados carnales o sentimentales, los que sufrieron o gozaron a las personas más que a los músicos, como Deborah Curtis, Iain Gray, Lindsay Reade o Annik Honoré. Y todas estas voces construyen la efigie de una banda que definió una nueva forma de entender la vida y la música, un enfoque más introspectivo y sofisticado del punk, llevando el orgullo de nuevo a un emplazamiento geográfico que había perdido todo su espíritu por obra del progreso, los poderes fácticos, la limpieza cultural o vete tú a saber qué. Joy Division no eran estrellas, eran chavales de barrios como Salford o Mcclesfield, personas con historias familiares tristes o descontentas con sus entornos de miseria y conformismo. Eran gente normal que quiso hacer algo diferente, y por inercia se metieron en el pasatiempo de moda de muchos jóvenes de por entonces. Aprendieron a tocar como buenamente pudieron, y de repente se vieron concibiendo ideas, construyendo cosas, un sonido, una identidad. Se menciona que las canciones salían solas, como por arte de ensalmo. Se dice que los ritmos y melodías nacían como un hijo independiente, y que luego las letras (recopiladas en los concienzudos cuadernos de Curtis) buscaban su cobijo dentro del sonido en matrimonios de conveniencia. De ese trabajo serio y apasionado nacieron temas que han devenido inmortales con el paso de las décadas, hasta el punto de servir de referencia a muchos grupos del nuevo siglo. Así pues, el legado de Joy Division, aunque breve, fue determinante en todos los ámbitos considerables. 

Aunque el mito también tiene bastante que ver. Me refiero al aura de mártir de un Ian Curtis convertido en icono pop por muchas razones: por sus textos, sus aficiones, su transfiguración escénica, sus dolencias y su terrible final. Este libro da que pensar en muchos aspectos, y no solo en los meramente históricos o temáticos. Da que pensar sobre la insatisfacción, el sufrimiento silencioso, la enfermedad, la impotencia y la frustración. Nadie trata de justificar nada, pero todos piensan lo mismo: el punto de saturación, el estado límite, hasta dónde es capaz de aguantar el ser humano. Porque ante todo, Ian era un ser humano que reía, bailaba, amaba, pensaba y leía. Quizá más de lo razonable en ocasiones. Quizá menos de lo necesario en otras tantas. Y como tal, lo que transmite este libro de él no es solo el retrato del artista, que también, sino el éter de un alma que condicionó sin pretenderlo la vida de los que lo rodeaban. Todos lo hablan a su manera y lo hacen de una forma honesta, sin miedo, aunque con cierta culpa insubsanable. La rueda gira, el juego sigue. Pero siempre quedan los posos de lo que pudo haber sido y no fue.


06 noviembre 2023

CONCIERTOS

CALEXICO. Berlín. Theatre des Westens. 28-10-2023. 

Nuestro reciente volar por el mundo en busca de música y experiencias nos lleva a rememorar uno de los grandes hitos de los 2000; un disco impactante que nos encariñó con esta banda para convertirla en costumbre y placer. “Feast of Wire” (2003), quinto álbum de nuestros amigos de Tucson, mostraba su eclecticismo sin barreras. Una mezcla de folk, pop, jazz, avant garde, cumbia y ranchera que nos dejaba perplejos hace veinte años. Un álbum que, en efecto, se merecía una celebración en forma de gira aniversario por los rincones de ese mundo que Joey y John, Burns y Convertino, han recorrido tantas veces con implacable oficio y enorme generosidad. Y es que los conciertos de Calexico nunca empiezan con ellos, sino con sus artistas invitados. En este caso eligieron a Bryan López, su nuevo guitarrista en plantilla, que posee una andadura en solitario igual de ambigua que la de sus padrinos. Empezaba por algunas bellas piezas folk, seguía con una versión de “The Killing Moon” de Echo & The Bunnymen y terminaba con una celebración criolla, con algunos de los titulares de cartel apoyando al bajo y percusión. Porque a Joey Burns y compañía no les importa ceder su ingenio a los demás; ni siquiera les importa tener que afinarse sus instrumentos ni sacar la cinta adhesiva para pegar al suelo la chuleta. Así son ellos o así es lo que nos dejan ver. 

Estaba claro que el disco homenajeado iba a sonar enterito, como así fue. Pero entre medias se colaron versiones a veces sorprendentes, a veces ya perennes. Encadenaron “Not Even Stevie Nicks” al “Love Will Tear Us Apart” de Joy Division, haciendo un todo de dos canciones tan antagónicas. Deslumbraron con su revisión del clásico “Hit The Road Jack”. Volvieron a Love y su “Alone Again Or”, que se han apropiado justamente poniéndole su propia vitola. Pero las canciones de “Feast of Wire” brillaron con una rutilancia inusitada, en especial aquellas que nunca antes les vimos tocar. Fue una delicia asistir a las armonías viajeras de “Pepita”, al vals melancólico de “Woven Birds”, al contraste experimental de “Attack El Robot! Attack!” o a esa lección magistral de jazz que es “Crumble”. Y siempre es de enorme agrado verles actuar (sobre todo si es en segunda fila), siendo como son una máquina fluida y compenetrada. Ya sabíamos que Martin Wrenk (percusiones, trompeta, acordeón, guitarra, slide, voces) y Jacob Valenzuela (percusiones, trompeta, voces) valen para todo, pero ahora hemos comprobado que Sergio Mendoza también (teclados, bajo, acordeón, voces). Aunque el que siempre nos enamoró y lo seguirá haciendo eternamente es el gran John Convertino, un baterista atípico, afincado en los cánones jazzísticos, elegante, cósmico, danzante y magno marcando los tempos de la fiesta. Porque cualquier show de estos tipos siempre termina en fiesta. Ellos saben las teclas que hay que pulsar en postrimerías y bises, y al final emerge el folclore, la salsa, el mejicanismo, el cante hispano, para poner en pie a un auditorio de público muy alemán, pero nada frío. Al contrario: el “Güero Canelo”, las “Minas de Cobre”, “Cumbia de Donde” y “Flores y Tamales” animan hasta el éxtasis a un respetable que muestra un entusiasmo paradójico, el sincero amor hacia una banda que siempre, sin excepción, se hace querer. Definitivamente, no hay fronteras.

28 septiembre 2023

CONCIERTOS

VISOR FEST 2023. Murcia. La Fica. 22 y 23 de septiembre. 

A la tercera fue la vencida. Tras dos ediciones fallidas, había ganas de descubrir este festival que reúne todas las virtudes soñadas para un evento musical en condiciones: precio asequible, aforo controlado, espacio accesible, cero solapamientos horarios y artistas con pedigrí. Formato ideal para nostálgicos, carrozas, revivalistas y viejunos eternamente jóvenes. Que los más maduros y metódicos también se merecen una oportunidad. Que toda esa gente fue la que levantó los festivales en este país allá por los noventa. ¿O acaso no nos acordamos? Que los que ahora se congregan en torno a La Fica para ver a Suede son muchos de los que vieron a Suede en Benicasim en 1999. Que la gente que aquí convive y se da la mano tiene canas, y barrigas y arruguitas, pero es una gente maravillosamente auténtica, amante de una música que, lejos de declinar, resurge llena de magia y energía. Y muchos de los que aquí están (o estamos) vivimos ese concepto de festival de respeto y devoción, contracultural, contracomercial, centrado en el contenido musical, sin parafernalia ni folclore adicional, música en estado puro limpia de polvo y paja. Y cuánto se agradece poder volver al pasado, aunque sea por unos instantes, un par de días, unas cuantas horas, regresando a la esencia de lo pequeño y genuino. 



The Primitives vivieron mucho tiempo de las rentas de “Crash”, pero nunca se fueron del todo. El motor en vivo no carbura a la perfección y la glamurosa Tracy Tracy ya no muestra el alarde vocal de antaño, pero aún así son el comienzo, los primeros, y a todos nos pillan con ganas. Poco a poco van desgranando su batería de clichés directos, rotundos y pegadizos, para contento de poppies y rockers por igual. Suenan “Sick of it”, “I Won´t Care”, “Buzz Buzz Buzz”, “Really Stupid” o “Rattle My Cage”, que llevan en volandas al personal más madrugador con la primera cerveza del día. Por supuesto, “Crash” no puede faltar a los postres, convertida en coros y saltos e indemne al paso del tiempo. 



The House of Love tampoco se fueron del todo. Tras los éxitos de su primer lustro se tomaron un descanso de una década y resucitaron, para seguir siendo esa banda de culto cuidada por la prensa y los amantes de las canciones con marca de autor. Ese autor (gran autor) es básicamente Guy Chadwick, único habitante perpetuo de la antigua casa. Se lo toma con calma, se hace de rogar, pero aún es capaz de ofrecer nuevos materiales (en 2022 publicaron “A State of Grace”) y dar rutilantes recitales con formación regenerada. “Cruel” y “Christine” son dos potentes argumentos para empezar su demostración. Y tienen tantas y tan brillantes canciones (“Hope”, “Shine On”, “Burn Down The World”, “Destroy The Heart”, “Love in a Car”) que es difícil no prestarles la atención que se merecen. Venían como recambio de The Church.  Sustitutos de categoría. 



Inspiral Carpets no es que se prodiguen mucho en grabar nuevas canciones, pero ¿acaso les hace falta? El legado que dejaron entre 1988 y 1995 se merece una vitrina en los museos de la música popular. En un festival como este, ¿cómo prescindir del mítico sonido Madchester y de los flashes de Factory Records? Ellos fueron los chicos buenos de la movida, y quizá por eso no alcanzaron el mismo impulso mediático que los más descerebrados y camorristas. El buen rollo no vende. Pero ahí están, dando el do de pecho, sacando petróleo de los discursos de Stephen Holt, las teclas suicidas de Clint Boon y los arpegios de Graham Lambert. Arrancar con “Joe” es una declaración de guerra, y a partir de ahí todo es cuesta arriba. Setlist: “Joe”, “Generations”, “Weakness”, “Butterfly”, “She Comes in The Fall”, “This Is How It Feels”, “Two Worlds Collide”, “Let You Down”, “Bitches Brew”, “Find Out Why”, “Move”, “Sackville”, “Directing Traffik”, “Keep The Circle Around”, “I Want You”, “Uniform”, “Dragging Me Down”, “Commercial Rain”, “96 Tears” y “Saturn 5”. ¿Alguien da más? Como oírse enterito un greatest hits a merced de proyecciones conmemorativas de sus simpáticos iconos y logos.



OMD son siglas mayores. El proyecto de Andy McCluskey y Paul Humphreys posee una de las carreras más sólidas de la historia del synth-pop, y el verdadero acicate era descubrir su puesta en escena, que solo se puede calificar de impecable. Música electro en estética rockera, con el plus onírico de una luminotecnia cuidada al milímetro. Andy se mantiene en forma, bajo en ristre, voz sin mácula, presencia determinante en las tablas (y en la piscina del hotel al día siguiente). El oído se muestra dócilmente amaestrado cuando suenan “Electricity”, “Messages”, “Souvenir”, “Sailing on The Seven Seas”, “Enola Gay” o “Pandora´s Box”, himnos que resisten con dignidad la corrosión de los años. Su concierto no fue solo un guiño al pasado; fue un recorrido concienzudo por cuatro décadas de trabajo y experimentación, y ello les valió una de las ovaciones más emotivas del festival. 

Que me perdonen Mercromina por perdérmelos (lo siento, paisanos). Los excesos de la jornada previa y la necesidad de una siesta ibérica echaron por tierra el homenaje que sin duda merecían. Por si sirve de descarga, veníamos de una semana de pincharlos a discreción y recordar lo buenas que eran “Pájaros”, “Chaqueta de Pana”, “Evolution”, “El Libro de Oro de la Congelación”, “La gran aventura” o “Entrevista a Un Abducido”. 



Nada Surf también siguen incombustibles después de su arranque apoteósico con “High/Low” allá por 1996, y “Popular” y “The Plan” destacaron en los inicios para recordar cómo empezó todo. Se les tiene cariño; quizá por la simpatía y orígenes de Dani Lorca, o por la clase y saber estar de Matthew Caws. Su set fue un viaje con parada en todas sus estaciones, magistral en ejecución y sobrado de actitud. Que tocan maravillosamente bien, nadie lo puede dudar. Que a veces se enredan en medios tiempos aburridos o melodramas manidos, puede ser. Que cuando sacan los colmillos devoran al más pintado, pues también. Además de la mencionada “The Plan”, aplastante con sus cambios de ritmo y riffs descabalados, brillaron “Hi-Speed Soul”, “Killian´s Red”, “Happy Kid”, “Hyperspace” y “See These Bones”. Qué pena que no cayera “La Pour Ça”.


 

Echo & The Bunnymen no necesitan presentación. Pioneros y legendarios. Y esta vez brillaron más que nunca. Introducidos al son de canto gregoriano, bucearon a fondo en su discografía para rescatar temas inesperados: siniestros en “Going Up” y “All That Jazz”, místicos en una grandiosa “All My Colours”, nítidos en “Never Stop” o funkies en “Bedbugs and Ballyhoo”. Saludaron al malogrado Lou Reed en los compases finales de “Nothing Last Forever”, dándose un paseo por el lado salvaje. No dejaron de lado algunas melodías reconocibles, como “Rescue”, “Bring On The Dancing Horses”, “Seven Seas” y “The Killing Moon”. Se convirtieron en una odisea catódica bordando “Over The Wall”, momento cumbre del concierto. Cerraron con la obvia “Lips Like Sugar”, y nos dejaron a medias, yéndose a la francesa y prescindiendo de la deseada “The Cutter”. No estaba Ian McCulloch en sus mejores facultades. Sí lo estaba Will Sergeant, volviendo a hipnotizar con sus espasmos eléctricos. Son un monstruo, y decir lo contrario sería falacia.


 

Y Suede son otro monstruo, desde luego. Un monstruito espídico que no ha dejado de engordar desde su resurrección en 2013. Viviendo una segunda (o tercera, o cuarta) juventud, Brett Anderson sigue en plan bestia escénica, creyéndoselo como el primer día, dando todo lo que lleva dentro hasta la extenuación. Esta vez iban acompañados de adorno visual, las grandes obras artísticas de sus elepés y singles proyectadas para hacer de cada tema un episodio inolvidable. Abundaron los hits, las irrenunciables “She”, “Trash”, “Animal Nitrate”, “Filmstar”, “Can´t Get Enogh”, “New Generation”, “So Young” o “Beautiful Ones”. Pero también hubo un presente, muchas canciones del último “Autofiction” (2022), como las rotundas “Turn Off Your Brain and Yell” o “Shadow Self”. Rescataron “She´s in Fashion” en una versión acústica deliciosa, y remataron un sábado noche inolvidable con la oportuna “Saturday Night”. Y todo ello en una pieza, sin impases ni titubeos, enlazando un riff con otro, un ritmo con el siguiente y un ejercicio aeróbico con el posterior, en un desafío extremo. Normal que todos acabaran sin resuello, como el mismísimo Brett. 

Dicen que en las redes la gente ya está expresando sus deseos para conformar el cartel de 2024. Aquí les dejo algunas sugerencias, señores: Happy Mondays, Einstürzende Neubauten, The Psychedelic Furs, Manic Street Preachers, Mercury Rev, The Church, The Stranglers, Madness, The Charlatans, Bauhaus, The Cult, The Cure, Spiritualized, Gary Numan, The B-52´s, Gang of Four, New Order, Wire, The Sisters of Mercy, Supergrass, Slowdive, The Verve, Yo La Tengo, Mogwai, Primal Scream, The Durutti Column, Modern English, Kraftwerk, Mission of Burma, The Jesus & Mary Chain, Siouxie, Stereolab, Weezer, Pavement, The Boo Radleys, Arab Strap, The Posies, The Delgados.