17 julio 2018

CONCIERTOS: MAD COOL 2018

Madrid. Valdebebas. 12, 13 y 14 de julio.

Confirmado: el Mad Cool se ha convertido en otro ser ingobernable. Lo que empezó siendo una cita bienvenida y necesaria en la capital ha pasado a ser otro ejemplo de festival monstruoso y especulativo. Es lo que hay: donde hay demanda se crea oferta. Ir de festival está de moda, y de ello se aprovecha el mercado. La música ya no es solo experiencia, es negocio. Un producto como otro cualquiera, como un coche, una casa o unos zapatos. Cuesta asumir en qué se han convertido este tipo de eventos, sobre todo si eres purista, romántico o simplemente pragmático. Pero es lo que hay: lo tomas o lo dejas. Y normalmente acabas tomándolo, porque el organismo necesita la fuerza inspiradora de la música en vivo para subsistir. De las circunstancias y peripecias organizativas ya dieron buena cuenta los medios a lo largo del fin de semana. Un consejo: no hay que creerse todo lo que se dice. Y una reflexión: entre el delirio y el realismo hay una distancia insondable que no se puede ignorar. Calibrando medios y consecuencias, al final este Mad Cool se ha saldado con milagrosa suerte. Podía haber sido mucho peor.
 
JUEVES
 

Los retrasos en la apertura de puertas del jueves supusieron que muy poca gente recibiera en su estreno a SLAVES, esa “two-pieces band” descarada e irreverente del condado de Kent. Un concepto diferente del rock, minimalista hasta el extremo, acompañado de las poses más insolentes y manidas del punk. “Cheer Up London” y “Cut and Run” se dejan tararear; el resto es pura anarquía sonora. Eso sí, su despedida fue del todo original, superando foso, vallas y seguridad hasta acabar correteando por la hierba entre la audiencia.

 

EELS hicieron lo que debían. Es decir, rindieron sus homenajes habituales (este vez Rocky Balboa, The Who y Prince), presentaron las mejores canciones de su último trabajo (“Bone Dry”, “You Are The Shining Light” y “Today Is The Day”) y expusieron los más firmes argumentos de su variopinta discografía. Mucha fuerza para “Flyswatter”, “Dog Faced Boy”, “Prizefighter”, “Souljacker Part. I”, “Fresh Blood” o la versión enmascarada y rutilante de “Novocaine for The Soul”. Y como no puede haber concierto de Eels sin momento “club de la comedia”, en esta ocasión el blanco fue el nuevo baterista Little Joe, acreedor de chanzas, versos y ovaciones. El único pero a tan grande demostración de versatilidad fue el declive de ritmo en la recta final. Un concierto tan potente había que rubricarlo con sangre y no con lágrimas.


A continuación era turno para esa inmensa banda llamada FLEET FOXES. Sí, inmensa  a todas luces, pero desubicada. Pues es evidente que no están hechos para macroescenarios de festival, aunque todos los festivales se los rifen. La música de los de Seattle está hecha para espacios más íntimos, lugares sagrados donde la acústica se toca con los dedos, rincones pacíficos donde la gente tiene el pico cerrado. Ellos trabajan duro para lograr que su sonido se replique más allá de las barreras, pero aun así tardan en llegar. Y cuando llegan muchos ojos y oídos ya se han ido. Demasiada belleza desahuciada por el camino. Aun así, Robyn Pecknold comanda un grupo mágico, una orquesta que carbura a la perfección, llevando temas como “Grown Ocean”, “Drops In The River”, “White Winter Hymnal”, “Ragged Wood”, “Your Protector”, “He Doesn´t Know Why” o “Blue Ridge Mountains” hacia la exuberancia total. Sí, hubo muchas referencias a los anteriores trabajos, y muchas canciones de “Crack Up” echadas en falta (en especial “Kept Woman”, “If You Need To, Keep Time on Me” o “Mearcstapa”). Pero está claro dónde está su nivel, toquen lo que toquen: está más o menos en torno al 10.

Por su parte, YO LA TENGO siguen a lo suyo, a lo de siempre, y siempre son un placer. Desde la última cita con ellos no ha cambiado nada, o más bien solo algunas arrugas de más en el rostro de Ira y Georgia. Estamos hablando de sexagenarios que mantienen el espíritu de la primera juventud; increíble pero cierto. Estamos hablando de unos eruditos del rock, de gente que ha ido y ha vuelto cientos de veces por los caminos que algunos otros se empeñan en querer asfaltar con mociones innecesarias. Brillaron algunas de las clásicas, como “From a Motel 6”, “Stockholm Syndrome”, “Autumn Sweater” y “Tom Courtenay”. Lucieron algunas de las nuevas, como “For You Too” y “Ashes”. Terminaron con los colosales testimonios de fuerza de “Ohm” y “Pass The Hatchet, I Think I´m Goodkind”. Y entre medias, la dulzura y timidez de Georgia, los juegos a tres voces, el ritmo atroz de un James que está hecho un chaval y las enajenaciones eléctricas de Ira compartidas con el público a pie de escenario. Pues eso, lo de siempre. Y siempre grandes. 

Y llegaba el plato fuerte del jueves, el gran momento PEARL JAM. Asignatura pendiente para algunos, queríamos escuchar muchos temas. Queríamos escuchar por ejemplo “Daughter”, esa canción que nos convirtió en lo que somos hoy, pero “Daughter” no estuvo y nadie se explica por qué.  Aunque estuvieron otras, claro. Comenzaban sentimentales enlazando “Release”, “Elderly Woman Behind The Counter In a Small Town” y “Given to Fly” para desatar un ciclón al frenético grito de guerra de “Lukin”. Después llegarían “Corduroy”, “Why Go”, “Animal” e “Even Flow” todas de corrido. Ahí ya estaba claro por qué se les considera una de las mejores bandas de todos los tiempos. Punto 1: su música es atemporal y perdurable, manteniendo la frescura con el paso de los años. Punto 2: son un equipo, se mantienen en forma (McCready y Ament en especial), se comportan como profesionales. Punto 3: creen en lo que hacen y siempre lo han hecho, incluso en los más duros tiempos de críticas destructivas. Punto 4: se han dado cuenta, como todos, de que la posible solución es pactar una alianza pacífica con el enemigo (Live Nation, Ticketmaster, etc). Su solvencia y efectismo pasa por un repertorio de bajadas y subidas constantes, de energía perfectamente dosificada, de empellones furiosos (“Mind Your Manners”, “Jeremy”, “Do The Evolution”, “Porch”) y treguas líricas (“Better Man”, “Black”). En definitiva, el ejemplo exacto de auténtica banda de rock. Y ejemplares son a pesar del constante alegato de un Eddie Vedder empeñado en un chamanismo innecesario. Con canciones como las suyas cualquier otra prédica sobra.

VIERNES 

El segundo día de festival comenzaba con un acto de fe: el de exponerse al sol más justiciero para agasajar a KEVIN MORBY. Y la fe se vio recompensada con un concierto primoroso. Rodeado de adláteres confiables (entre ellos Nick Kinsey, ex Elvis Perkins in Dearland), el tejano justificó por qué su nombre apunta en dirección a Bob Dylan. Porque la sombra de Dylan fluctuó en varias ocasiones durante un recital que jugó con la variedad, con el medio tiempo y el acelerón. Brillante en las cadencias crecientes (soberbias “City Music” y “Harlem River”), efectivo en sus contornos pop-rock (“Cry Baby”, “I Have Been to The Mountain”, “Dorothy”), emocionante en su lado melancólico (“Destroyer”), y siempre concentrado y regio. Especialmente emotiva resultó “Dry Your Eyes”, dedicada al recientemente fallecido Richard Swift. Tenía que ser el propio Kevin quien nos diera la noticia. Un valor en alza. Un músico excepcional. 

La siguiente parada del día fue en la carpa Mondo Sonoro. Delicatessen nacional. NÚRIA GRAHAM convence con sus discos, con su soltura y madurez compositiva y esos aires de jungle pop y psicodelia. También convence en directo, pura dulzura y candor, presentando maravillas como “Bird Hits Its Head Against The Wall”, “Cloud Fifteen”, “Peaceful Party People from Heaven” o “Smile on The Grass”. Da igual que sea con guitarra de doce cuerdas o guitarra convencional; esos acordes se acoplan a su preciosa voz como guante en mano. Atención a ella, no ha hecho más que nacer.


Y JACK WHITE no nació ayer. Todavía joven en su ID pero veterano, muy muy veterano en su desarrollo artístico. Por ello no es de extrañar que sea capaz de jugar la partida de ajedrez perfecta en el escenario, de montar un pastiche tan efervescente y delirante tirando de todos los géneros que domina y no son pocos. Todo tiene cabida en su vertiginoso universo, llevado al límite en un directo salvaje y absorbente hasta decir basta. Jack es mucho Jack. Gran mérito tienen también sus músicos acompañantes (siempre seleccionados con lupa) y su impecable montaje visual. Pero el amo de las tablas es él: guitarrista de élite, fiera escénica, auténtica fuerza de la naturaleza. En su calculado repertorio hubo de todo. The White Stripes estuvieron presentes con una selección tan diversa como impactante: “Black Math”, “Cannon”, “Hotel Yorba”, "Why Can´t You Be Nicer to Me?", “We´re Going to Be Friends”, “I´m Slowly Turning Into You”, “The Hardest Button to Button” y “Ball and Biscuit”. The Racounteus también lo hicieron con “Steady As She Goes”, incluso The Dead Weather aparecieron con una aplastante “I Cut Like a Buffalo”. Pero es en su creación nominativa donde emerge la verdadera diversidad; el macro rock (“Over and Over and Over”), el punk (“Sixteen Saltines”), el funky (“Corporation”), el soul (“Why Walk a Dog?”), el blues (“High Ball Stepper”), el gospel (“Connected by Love”), el hip hop (“Lazaretto”), el macro pop (“Love Interruption”, “Would You Fight for My Love?”). ¿Alguien da más? Yo diría que, hoy por hoy, no. El jaque mate: “Seven Nation Army”, todo un himno popular que expande sus fronteras más allá de su ámbito (hasta mi madre se la sabe). De lo mejorcito del festival.

Y si por la música de Pearl Jam no pasan los años, no puede decirse lo mismo de ALICE IN CHAINS. Ungidos en la misma revolución aunque con visiones diferentes, ambos contribuyeron a la regeneración del rock en los 90. Y sin embargo, los unos han sabido evolucionar mientras los otros se han quedado sentados en la misma silla. Y eso se nota. No hay brecha notable entre las añejas (“Them Bones”, “Dam That River”, “We Die Young”, “Man in The Box”) y las recientes (“Check My Brain”, “Hollow”, “Stone”), y ambas tienen igual aceptación entre sus (fieles) seguidores. William DuVall ha recogido con enorme dignidad el testigo del finado Layne Staley. Pero a pesar del buen talante, todo resulta estático, lineal y temporalmente ajeno. Mucho mejor en las bajas revoluciones de “Nutshell” o “No Excuses”.
 
 SÁBADO
 
HURRAY FOR THE RIFF RAFF pasaban por España por primera vez, pese a llevar ya una década funcionando. Una interesantísima propuesta llena de mensajes reivindicativos, con la comandancia arrolladora de una Alynda Segarra que es como la versión femenina de Nick Cave. “The Navigator” y “Rican Beach” aportan el lado más exótico y fronterizo, mientras que “Hungry Ghost” o “Living in The City” refuerzan su faceta power pop. Los pasajes más emocionantes fueron los de mayor contenido político: “Kids Who´ll Die” (basada en el poema de Langston Hughes) y la coreadísima “Pa´lante” (homenaje a la comunidad latina). Otros americanos que se avergüenzan de su impresentable presidente.

  
Sobre QUEENS OF THE STONE AGE solo se puede decir una cosa: que son una potentísima banda de rock. No hay nada novedoso en su oferta: rock de músculo y potencia, una fuerza sobredimensionada que engancha. En su eficacia tiene mucho que ver el carisma de Josh Homme, que se empeñaba en espolear a la gente para invadir ese estúpido invento infrautilizado de la zona front stage. Rugieron como leones “My God is The Sun”, “The Way You Used to Do”, You Think I Ain´t Worth a Dollar, But I Feel Like a Millionaire”, “Burn The Witch”, Go With The Flow o “No One Knows”, esta última con exhibición megalítica de Jon Theodore a las baquetas. Teniendo un baterista así, ¿quién necesita a Dave Grohl? Por su parte, “Make It Wit Chu” puso la nota de sofisticación, único respiro a un concierto extenuante en su conjunto. El final con “Song for The Dead” podría pasar a los anales del metal sin mayor problema. Garra y actitud: Homme acabó arrancando los postes de luces y tumbando teclados como un auténtico destroyer. 

Lo de DEPECHE MODE es algo insólito. Casi cuarenta años en escena y todavía mantienen las baterías cargadas. Asombran su dedicación y su eficiencia, asombra la pose heroica de un Dave Gahan que hace no mucho estaba más cerca de allá que de acá. Otros que visten su reputación por derecho propio. Frío al principio, su concierto fue un globo que se fue inflando a medida que llegaban los grandes hits. Dosificados al principio (“It´s No Good”, “World In My Eyes”), imparables desde el final de la insufrible “Somebody” (con perdón para Martin Gore). A partir de ahí y por orden: “In Your Room”, “Everything Counts”, “Stripped”, “Personal Jesus” y “Never Let Me Down Again”. Para los bises, una trilogía apoteósica: “Walking In My Shoes”, “Enjoy The Silence” y “Just Can´t Get Enough”. Ni un minuto de respiro. Una montaña rusa de emoción y comunión popular, una miscelánea para el recuerdo y para la constatación de que sus himnos merecen la etiqueta de eternos. 

Nada mejor para culminar un festival que FUTURE ISLANDS. Vale, su música no es novedad, sus canciones están todas cortadas con el mismo patrón, pero hay que reconocer que Samuel Thomson Herring da un juego extraordinario. Es el símbolo y el corazón de la banda, con sus gruñidos, sus postureos, sus bailes y sentadillas imposibles. ¿Concierto electro-pop o pasatiempo circense? La cosa es tan, tan desternillante que al final te encuentras coreando “Cave” (“I don´t believe anymore”), “Seasons (Waiting on You)” (“As it breaks, the summer awaits”) o “Spirit” (“don´t cast away, don´t cast away”) sin saber a santo de qué. Parecen de otro mundo: un mundo sui géneris y totalmente anti-rock.  

Cosas cazadas al vuelo:

   
-        La solidez de piedra del directo de The White Buffalo.
-        La bacanal de ruido de At The Drive-In y su demoniaco Cedric Bixler-Zavala.
-        Las londinenses The Big Moon y sus hits “Sucker” y “Cupid”.
-        Snow Patrol, insulsos hasta la desesperación.
-        La despedida de Perfume Genius al son de la impecable “Queen”.
-       El cabreo creciente en la atestada carpa The Loop ante la espantada de Massive Attack (sin más comentarios).
-        El hard rock sin pies ni cabeza de Pile.
-        La calidez pop-folk de un encantador Jack Johnson.

 www.madcoolfestival.es

30 junio 2018

CONCIERTOS: ELVIS PERKINS (+ PARDO + VERA SOLA)

Madrid. El Sol. 29 de junio de 2018.


La llamada de Elvis Perkins siempre es irresistible. Sabes que va a ser un rato sano, afable y provechoso. Intuyes que a Elvis te lo vas a encontrar por la sala y que no va a tener el menor inconveniente en saludar. Sabes que va a compartir su soberbia música y su intrincada poesía con toda la naturalidad y la honestidad de que es capaz. Y así es, en un lugar tan de familia como El Sol. Pero antes hay dos aperitivos interesantes. El primero es Vera Sola, que no es otra cosa que el nombre artístico de Danielle Aykroyd, la mujer que acompaña a Elvis al bajo desde 2015, una artista impecable que reivindica su porción de gloria tras años de asistencias y colaboraciones con otros. A solas con la guitarra eléctrica (que suena como un bajo, ciertamente), nos ofrece sus composiciones, una suerte de folk tortuoso, impulsadas por su teatralidad y por su forma de cantar, de notable inspiración blues (¿no tiene algo de Grace Slick?). Presenta su próximo álbum “Shades” y nos regala versiones como “I Will Survive” de Gloria Gaynor, llevada muy sutilmente a su terreno. Un recital tan misterioso como inspirador. A continuación toca escuchar al coruñés Pardo, que nos trae una grata nota de rock patrio, humor y nostalgia. Sus inicios en el rockabilly gallego lo delatan, y de aquellas fuentes y de otras bebe para trazar historias que podrían ser la envidia de Loquillo. Con su pose desenfadada y simpática, de tío corriente y moliente, canta por igual a los buenos y a los malos, dándoles a todos lo suyo, y se permite traer versiones insospechadas como el himno popular “Camino Verde”.
 
Y Elvis ha vuelto para darnos una grata sorpresa, en forma de nueva banda y de nuevas canciones. Unas canciones que aún no tienen fecha clara de salida (ni él mismo lo sabe con exactitud, confiesa), pero que auguran el retorno a la senda de esplendor de aquella tierra llamada Dearland. Vuelven los metales y el músculo a su formación, y con ello resucitan las magníficas “I Heard Your Voice in Dresden” o la versión festiva dixieland de “Doomsday”. Una banda embrionaria y sin embargo pasmosamente articulada, como si fueran infinitas las sesiones a sus espaldas. El nuevo desarrollo instrumental da un brillo especial a canciones como “All The Night Without Love” o “The Passage of The Black Gene”, rubricadas por colosales desenlaces de improvisación jazz o expansiones psicodélicas. Igualmente fulgurantes lucen “Stay Zombie Stay”, “All Today”, “Shampoo” o “While You Were Sleeping”, variados ejemplos de un inmenso catálogo de joyas con olor clásico, revestidas de nuevos detalles para la ocasión. La inconmensurable “Stop Drop Rock´n´Roll” reafirma la categoría de un ensemble que la borda y la amplifica, logrando uno de esos momentos de ROCK en letras de neón bajo la batuta de un Elvis que se sumerge entre todos y se entiende con todos. Pero el gran valor de este concierto es la maravilla de lo desconocido, esas canciones que van desfilando entre las comunes de principio a fin, despertando admiración y desencadenando la ansiedad. Porque estas nuevas canciones son tan sumamente buenas que ya contamos los meses, días y horas para tenerlas entre las manos. Pero paciencia: de momento saquémosle todo su jugo a “There Goes The Nighmericans”, la más reciente publicación en formato single, la elegantísima forma de expresión (especialmente emotiva su parte intermedia recitada) que Elvis utiliza como alegato anti-Trump. Porque sí, un tipo con sus principios e ideales no podía dejar pasar la ocasión de protestar. Y es que hasta para quejarse hay que tener buen gusto.

www.elvisperkinssound.net

15 junio 2018

CONCIERTOS: NOS PRIMAVERA SOUND

Oporto. Parque da Cidade. 7, 8 y 9 de junio. 

Reencuentro con la marca Primavera Sound después de siete años. Esta vez en Oporto, no en Barcelona. Una sucursal rentable para la empresa, desde luego: cartel mínimo para aforo máximo. Los festivales en Portugal son diferentes. Están llenos de portugueses, evidentemente. También hay muchos españoles, muchísimos. El inglés se oye poco, únicamente como conducto comunicativo estandarizado. El ambiente en general es pacífico, sosegado y contemplativo. El NOS Primavera Sound es un festival civilizado donde se permite llevar paraguas. El Parque da Cidade es un bonito lugar para oír música, pero un mal sueño si tienes movilidad reducida o si está lloviendo. Y Oporto es una ciudad que combate la decadencia, en notoria evolución, acogedora y fraternal, la ciudad de lo vintage.

Y Nick Cave es Nick Cave; es decir, el más grande y quizá único cabeza de cartel de una oferta esmirriada y paticorta, la razón por la que muchos se acercaron (nos acercamos) a Matosinhos, sus compañeros de generación orgullosos y curtidos y las nuevas generaciones que corean “Tupelo” o “Red Right Hand” con disciplina militar. Puede que el australiano y las semillas marcaran la más alta cota de excelencia del festival, al mismo tiempo que se alcanzaba la cota máxima de agua caída por metro cuadrado. Porque sí, la lluvia fue el otro cabeza de cartel, la amenazante y a la postre incomodante compañera de unas fatigas mucho más duras que de costumbre. Salvando el viernes, la lluvia condicionó las primeras horas del jueves y casi todas las del sábado, privándonos de Waxahatchee, de Public Service Broadcasting, de War on Drugs, de cosas que a fuerza de ser difíciles devinieron en imposibles.
 
Así que el jueves nos conformamos con Ezra Furman, tras haber atisbado la insustancia de The Twilight Sad y la astracanada de Starcrawler, de haber esperado a Father John Misty hasta el hartazgo y de haber aplaudido el final de Rhye. Y el encantador Ezra  salva un día que se antojaba para olvidar con un sublime y variopinto recital con casi de todo: zarpazos punk (“I Wanna Destroy Myself”), filigranas pop (“Haunted Head”, “My Zero”, “I Lost My Innocence”), épica rock (“Drawning Down to L.A.”, “No Place”). Una inmensa bola de música viva que gira y gira saludando a Bowie y a Springsteen, una inmensa banda capaz de replicar en vivo el más difícil todavía y un inmenso tipo con salvas y amores para los incomprendidos, las mujeres, los refugiados y para todo el universo. 

El viernes comenzaba echando un ojo a Black Bombaim y su incombustible progresión maratoniana de elementos básicos: guitarra, bajo y batería. Demostración de contundencia a base de inmensos desarrollos como los de la colosal “Africa II”. Para amantes de las guitarras afiladas y las canciones sin fin. Después llegaba la esperada hora de Amen Dunes. Damon McMahon ha firmado con “Freedom” (2018) uno de los mejores discos de lo que va de año, y de él se nutrió casi todo el set (solo una mención al pasado con “Splits Are Parted”). Canciones como “Blue Rose”, “Time”, “L.A.” (dedicada a Sinatra) o “Miki Dora” (dedicada al mítico surfero californiano) ponen en valor la elegancia de un proyecto de un tipo la mar de elegante, que en directo cobra accesibilidad y desprende una luz que hipnotiza.
 
A continuación, la puesta de largo de una mujer de voz impresionante: Mattiel. ¿Y quién es esta chica que canta de esta forma? Pues se sabe que se apellida Brown, que es de Atlanta y que es pluriempleada (también se dedica al diseño y la ilustración). Pero es más lo que se intuye que lo que se sabe, de dónde sale esa irresistible y adorable antigualla sónica. Se hace acompañar por una banda espectacular y magnética, y entre todos reproducen a la perfección los cánones más tremendos del soul, el R&R, el R&B y el country, trazando un show harto de potencia, trepidancia y osadía. Ella no es que tenga mucho brío, pero su garganta la lleva en parihuelas.

Antes de que la gran voz se apague acudimos a la llamada de Breeders. Y aunque las hermanas Deal no estén en su mejor estado de forma, a sonrisas no hay quien las gane. Comienzan con “New Year” (la cosa promete), alternan las novedades (“Wait in the Car” y “Spacewoman” son realmente buenas) con sus esperadas y clásicas “No Aloha”, “Divine Hammer”, “S.O.S”, “Driving on 9” o “Cannonball”. Y entre presente y pasado, guitarras distorsionadas, bajos desdoblados y bromas inocentes la tarde va pasando en un risueño estado contagiado de su propia felicidad. Da igual que suenen bien o mal; son simpáticas hasta decir basta. Posiblemente rubricaran con “Gigantic”, como viene siendo habitual. No puedo asegurarlo porque no llegué hasta el final. Logística festivalera.
 
A Grizzly Bear ya los había visto dos veces anteriormente, y las dos sentí lo mismo: asombro y respeto. La tercera vez era esta y exactamente las mismas sensaciones. Los mismos pensamientos y el mismo impacto. Cuando los veo me acuerdo de la panda de raritos del instituto. Cuando los oigo pienso que esa panda finalmente hizo una peineta bien grande a todos los demás. Su sonido es tan especial que no debe de ser nada fácil ecualizarlo, y quizá por eso “Losing All Sense” y “Cut-Out” sonaron tan terribles, con los bajos tan altos y los altos tan bajos. Mal asunto pero bien resuelto. En la mesa había un técnico que supo pillar el punto y a mitad de “Fine for Now” ya todo tenía otro color. Y es que no hace falta demasiado para alcanzar la categoría de mayúsculo espectáculo; tan solo canciones impecables (“Ready, Able”, “Mourning Sound”, “Sleeping Ute” o “Two Weeks” sin duda lo son), buenas voces (las de Ed Droste y Daniel Rossen son dos voces majestuosas) y un gran dominio del humo y la luz. El final con la conmovedora “Sun in Your Eyes” fue de esos episodios míticos que dejan una huella imborrable.

Pasamos al sábado, el gran día de Zeus. Lluvia moderada para recibir a Rolling Blackouts Coastal Fever, uno de los hallazgos más deslumbrantes del festival. He aquí a un ejemplo de banda colaborativa, con no un solo frontman sino tres, donde todos tienen la palabra e importan tanto como el de al lado. A su antología de temas encomiables con regusto ochentero se unen energías y conexiones indelebles en el escenario. Talking Straight”, “Wither with You”, “Sick Bug”, “Mainland”, “Wide Eyes”, “Fountain of Good Fortune” y “French Press” son abrumadoramente brillantes, y ellos son tan efectivos que las hacen todavía mejores. La lluvia continúa para asistir a Flat Worms. Los angelinos no han inventado nada (otro trío de guitarra, bajo y batería), pero canciones como “Motorcycle”, “Pearl” o “11816” demuestran la universalidad y eternidad de aquella cosa llamada punk que nació hace cuatro décadas y que sobrevive con una estimulante dignidad. 

Un breve descanso bajo techo y vayamos a adorar al tío Nick, porque está claro que las plegarias a otros dioses son en vano y sigue lloviendo. Nick Cave & The Bad Seeds tienen el título de “mejor banda en directo de todos los tiempos”, al menos para Curtains. Eso es algo que ya nadie les va a quitar. Pero el planteamiento ha cambiado desde hace algunos años; ahora es Nick Cave, vis a vis, cuerpo y alma, carne y hueso. Y los Bad Seeds son algo que está allá, a lo lejos, sombras y nubes que pululan por un lujoso escenario. Demasiada personalidad para integrarla en un gran conjunto. Así que en estos tiempos el australiano se dedica a buscar el calor de la gente, a imponer las manos, a dejarse agasajar por una multitud que lo venera como a una deidad. Y algo de mitología hay en él, algo de sobrehumano y mesiánico, o si no ¿cómo puede causar tanto impacto que te vomité “From Her to Eternity” a metro y medio? Dan ganas de decir amén. Sobre el incontestable manto que le tejen sus imponderables esbirros (los Ellis, Casey, Sclavunos, Wydler, Vjestica y Mullins), el cazador apunta, dispara y atrapa su presa. Da igual que sean los aquelarres habituales  (“From Her to Eternity”, “Tupelo”, “Red Right Hand”, “The Weeping Song” o “Stagger Lee”), las novedades petrificantes (“Jesus Alone”, “Magneto”, “Girl in Amber”) o los rescates de las mazmorras (“Do You Love Me?” y “Loverman”). Da igual que prime la calma (“Into My Arms”) o el delirio (“Jubilee Street”). La potencia de su mensaje, de su mecánica y de su arte es tan poderosa que bien vale dos horas bajo el aguacero padre. Él también acabó empapado hasta los huesos: una comunión completa y total. Música de otra dimensión.

Y nada mejor para acabar el festival que otro encuentro con esos a los que tan bien conocemos, esos que sabes que no van a fallar. En efecto, Mogwai no fallaron, a pesar de las goteras, de los aprietos técnicos, de esa guitarra muda que saca al paciente Stuart de quicio. Ya nos los sabemos de memoria pero siempre hay alguna sorpresa en la recámara; como que “Mogwai Fear Satan” sea prólogo en lugar de epílogo, o como la recuperación de “Auto Rock”. No faltó “Rano Pano” ni tampoco Jim Morrison, como tampoco podía faltar ese hit adorable que es “Party in The Dark”. No faltó el lado más core (“Old Poisons”) ni el lado más trance (“Remurdered”). Un concierto inventario de sus mil caras, versiones y propósitos. Monumentales por derecho propio.
 
www.nosprimaverasound.com

18 mayo 2018

CONCIERTOS: M. WARD

Madrid. Teatro Lara. 16 de mayo de 2018.


Recordábamos a un Matt Ward distinto. Lo recordábamos abrigado, fastuoso, grandilocuente. Pero a veces es necesario conocer la parte desnuda del producto. La parte más íntima y accesible, aquella que se enfrenta cara a cara con la audiencia, de tú a tú. En ese contexto el cantautor californiano es naturalidad e improvisación, cercanía y complicidad. Es la estrella por un día en una sesión de bar a micro abierto. Aquel que desafía los estándares y se desenchufa, se aleja del micrófono poniendo a prueba la acústica de un teatro que rebosa entusiasmo ante tan magnético ataque de frugalidad. Es el caballero que desfila por el escenario sometiendo su guitarra al arbitrio de su voluntad, sin importarle que tal o cual nota suene raspada o arañada. Un psicoanalista que dibuja en los cerebros a Bob Dylan, a Leadbelly, a Buddy Holly o a Johnny Cash. El que se permite chistes, chanzas y autocríticas, o se autoinmola traduciendo versos de “I Get Ideas” al castellano, el que pide perdón, el que agradece, el que quita importancia a lo que da y magnifica lo que recibe. Matt Ward en unplugged es un bardo contemporáneo, un metapoeta de lo mundano. Es el benefactor y el prócer en las exhibiciones vocales de Courtney Jaye, su compañera puntual en escena. Es el hombre que escribe magníficas canciones (“Chinese Translation”, “Hold Time”, “Sad, Sad Song”, “Poison Cup” o “For Begginers”) y el que se adjudica en justa subasta las escritas por otros (“Rave On”). El que pone su inefable y particular grano de arena en esa inmensa playa que es la música popular. Un grande entre los grandes.
 

11 marzo 2018

CONCIERTOS: KELLEY STOLTZ

Madrid. Café Berlín. 9 de marzo de 2018.

 
Comienza el año de conciertos y lo hace con un tipo al que le teníamos unas ganas atroces. Por accidentes del destino nos quedamos con las ganas de verlo (y la entrada en el bolsillo) hace un par de años en la capital, pero lo bueno de Kelley es que tarde o temprano, siempre vuelve. Y vuelve a lugares recogidos, modestos, periféricos, aunque su música, por universal, sea óptima para pistas, anfiteatros y pabellones. Lo justo como introducción es hablar de “Que Aura” (2017), que llegó tarde a las cortinas, bien entrado ya el 2018, pues este es justo el motivo de una gira que ha dejado cinco fechas en España (en lugares pequeños, muy, muy pequeños), aunque el bueno de Kelley, eficaz y rápido como el rayo, ya se permita presentarnos futuras canciones. “Que Aura” es el enésimo muestrario, la enésima antología de un hombre que compone melodías legendarias como un churrero hace sus churros. Envuelto en esa neblina caleidoscópica que caracteriza su sonido más reciente, nos muestra otra miscelánea de las mil caras de este entrañable Jeckill y Hyde que no reniega de sus héroes de infancia, de los Wilson, los Davis y de Lennon, pero que con sus infinitos tentáculos de pulpo se empeña en abrazar la irresistible sombra de otros viejos amigos del soul y el glam-rock. 
 
Y Kelley en directo y con su banda (con espléndida mujer al bajo, otro apunte a una semana de reinvindicación) es igual de solvente, natural y efervescente, vistosa guitarra roja en ristre, a juego con sus pantalones, a juego con el cable del ampli. Empieza echando la vista atrás, poniendo en antecedentes con las lapidarias “I Don´t Get That” y “Your Reverie”, para lanzarse de cabeza a la piscina de su nuevo aura con tres flashes tan diferentes como “Some Pattern”, “Get Over” y “No Pepper for the Dustman”, contraste entre mundos extraterrestres, chic y rebeldes. Y entonces, como pececillo en el agua, decide que nos quiere presentar dos canciones nuevas, y se marca unas “Are You Optimist” y “My Friend” supremas, directas, sabrosas como todas sus creaciones de la A a la Z. Maldito genio, ¿cómo lo hará? Rescata algunas de sus más preciadas delicatessen, como “Pyramid of Time”, donde su dedo mágico se eleva, vuela y se posa sobre las teclas del sintetizador para llenar de ondas electrostáticas el ambiente. También rescata la tajante y ultranecesaria “Double Exposure”, la brillante “Ever Thought of Coming Back” con unos agudos que se quedan a medio camino entre el todo y la nada, y ese himno con riff inolvidable que dice “Are You My Love?”. Después toca el turno de hablar de San Francisco y hacer un monumento de “Walking Against The Greenlight”, convirtiendo el esbozo que suena en el disco en una titánica mole sónica, exhibición pianística incluida. El aire discotequero de “Empty Kicks” es solo un punto y aparte, un aperitivo para el plato principal de unos bises que, of course, requieren un atuendo de lentejuelas para festejar el embrujo del funky y el soul, hechos forma viviente en “Confidence” y en la maravillosa “Mercy Mercy Me” de Marvin Gaye. Toda una sorpresa, de las de frotarse los ojos, ese Kelley pasando de la formalidad al desmelene en un pis pás, de operario a actor en un fugaz parpadeo. Momento cumbre. Pero aún quedaba tiempo para un último grito aguerrido, el de “I see, I see no.. EVIL” de Television, ese temazo que abría aquel mítico “Marquee Moon” (77). La verdad, no esperábamos versiones, quizá porque su repertorio es tan amplio y reluciente que toda ayuda externa se antoja innecesaria. Pero he aquí que las versiones no son más que otro detalle ejemplificador del amor de este soberano genio por la música, por su trabajo y por la causa. Una causa de la que todos somos cómplices, pues músicos así son los que dan verdadero sentido a nuestra recalcitrante melomanía. 
 
www.kelleystoltz.com

13 enero 2018

DISCOS EN RESCATE

La música que sonó en 2017 (2ª parte)

ALDOUS HARDING “Party”

La neozelandesa Aldous Harding ha sido uno de los grandes descubrimientos del 2017, a través de un segundo trabajo que es todo intimidad y delicadeza. Un álbum de mínimos recursos, canciones que se construyen a través del exhorto vocal, parcas en instrumentación y arreglos, pero holgadas de belleza y emotividad. Asombra lo que esta mujer puede llegar a hacer con su voz, convirtiéndola en cristal, fuego o terciopelo a merced de humildes melodías, ya sean al piano o a la guitarra acústica, todo líquido y frugal. Destacan sobre todo “Imagining My Man” y “Party”, canciones soberanas, callejones solitarios de blanca melancolía. Una joyita preciosa y especial.

BROKEN SOCIAL SCENE “Hug of Thunder”

Tras siete años desde su último álbum, el combo canadiense regresa en su camino lento pero eficaz. No olvidemos que estamos ante una banda puente, proyecto paralelo o como se le quiera llamar a la típica reunión de amigos que pone sus inquietudes y aprendizajes en común por puro enriquecimiento y diversión. Nuevamente capitaneados por Kevin Drew y Brendan Canning, mantienen su identidad de orquesta efluente en una nueva colección de canciones que comienza en fanfarria y termina en sopor. La exhuberancia de temas como “Halfway Home”, “Skyline” y “Vanity Pail Kids” contrasta con la monotonía del cuarteto que culmina el disco. Con lo que el globo se desinfla poco a poco y llegar hasta el final se hace bastante cuesta arriba.

COURTNEY BARNETT & KURT VILE “Lotta Sea Lice”

Irresistible se antojaba una colaboración entre estos dos músicos de potentísima  personalidad. Y su álbum a medias cumple las expectativas, con la participación bien calibrada de ambos, dándose la mano en un ten con ten amistoso y eficiente. Cada uno deja su huella en las composiciones propias (Kurt en “Over Everything”, “Continental Breakfast” y “Blue Cheese”; Courtney en “Let It Go”, “Outta The Woodwork” y “On Script”) y los dos se acomodan a las estructuras con una naturalidad de andar por casa. Incluso Courtney se atreve a hacer suya la ya conocida “Peepin´Tom” de su acólito con resultado impecable. Para colmo, la grabación cuenta con invitados de excepción, como Mick Harvey, Mick Turner o Jim White. Todo son lujos en este modélico disco de rock.

GRIZZLY BEAR “Painted Ruins”

Aficionados a la rapsodia compleja y alérgicos a la estructura básica de canción, poder tararear un estribillo de estos muchachos estaba muy, muy caro. Hasta ahora: con “Mourning Sound” lo hemos conseguido, esa pequeña joya electro-pop que ilumina este disco. “Painted Ruins” los mantiene en su originalidad nata, moviéndose entre el trending y el barroquismo, siempre dando prioridad a este sobre aquel. Y asombra pensar en la ingente cantidad de trabajo que debe llevar cada uno de sus álbumes; de concepción, composición, memorización, mezcla, edición, de pura asimilación. Este no es para menos. Todavía con capaces de regalar arquetipos tan brillantes como “Cut-Out”, “Neighbor” o “Systole”. El león los tentó pero no se los tragó.

KEVIN MORBY “City Music”

Descubrir a Kevin Morby el año pasado fue todo un regalo. Sin tiempo casi de asumir la ganancia, llegó su nuevo álbum, otro baño de nostalgia y buen hacer, con olor a clásico instantáneo. Bob Dylan sigue siendo el referente, y sin embargo el tejano bien se cuida de no caer en el facsímil. Con una verosimilitud propia de una madurez precoz, Morby selecciona los mejores patrones del folk-rock y el soul (y el punk ramoniano, puntualmente en “1234”) para llevarlos a su taller. Y de ahí se saca un puñado de temas de corte impecable y factura maestra. Como las muy dylanianas “Crybaby”, “Aboard My Train” o “Tin Can”, las cadenciosas “Dry Your Eyes” y “Night Time” o la ideal pieza virtuosista que titula este gran, gran disco.

MARK LANEGAN BAND “Gargoyle”

Dicen que no hay disco malo de Mark Lanegan. Escuchando este se puede constatar la afirmación. Podría parecer en su comienzo que el artista de la voz oscura decide finalmente abandonarse a los brazos de la electrónica, pero no. “Gargoyle” es un disco que tiene de todo, que abarca multitud de campos, sin un solo instante menor. Del pop casi industrial de “Nocturne” o “Drunk on Destruction” al folk sofisticado de “Goodbye to Beauty”, del rock garajero de “Emperor” a la sensualidad arrítmica de “Blue Blue Sea” y “Sister”. Con las colaboraciones más que habituales de Greg Dulli, Josh Homme o Jack Irons y con la ventaja de una voz que jamás pasa desapercibida, Lanegan se cuelga otra merecida medalla en la pechera.

RHIANNON GIDDENS “Freedom Highway”

Otra mujer, otro descubrimiento de 2017. Paralelamente a su banda Carolina Chocolate Drops, esta banjista, violinista y magnífica cantante se prodiga igualmente en solitario para honrar de un plumazo todos los símbolos de la América ancestral y sureña. Sufrimiento, dolor, injusticia, encuentros con el diablo, todo se hace imagen en esta colección ejemplar de canciones que beben del gospel y el blues, de los pozos oscuros de la música tradicional americana, de Robert Johnson y Mississipi John Hurt, de Odetta y Leadbelly, del jazz de Nueva Orleans. Y también, por qué no, de Joan Baez, Joni Mitchell, Emmylou Harris, Aretha Franklin, y todas esas voces femeninas superlativas que han cantado por lo mismo durante años. Por un poco de dignidad.

SYD ARTHUR “Apricity”

Este es un disco que ha pasado muy desapercibido en 2017. Lo cual es una pena, pues estamos ante una banda que podría hacerse con el cetro del indie rock si el viento soplara un poco a su favor. Sus anteriores trabajos asombraron por su madurez y su destreza malabarística, y lo mismo ocurre con este. No pierden de vista los sonidos progresivos de los setenta, pero se quieren colocar en la parrilla de salida del math rock. Su fuerte son los ritmos imposibles, esos que agitan “Coal Mine”, “Plane Crash in Kansas”, “Seraphim”, “Apricity” o la maravillosa “Into Eternity” hasta convertirlas en efervescentes. Gran disco. Gran banda.

THE BLACK ANGELS “Death Song”

He aquí a la (posiblemente) mejor banda de rock psicodélico del momento. Estrenando sello discográfico, los de Austin se consolidan en un estatus intocable, armonizando como nadie la potencia sónica y una envidiable puntería melódica. Combinación abrumadora que alcanza el éxtasis en momentos como “Currency”, “Grab As Much (As You Can)”, “Estimate” o “I Dreamt”. Fuerza bruta para un disco que calibra el prolífico Phil Elk, sutil generador del brillo deslumbrante de bandas como Built to Spill, Band of Horses, Fleex Foxes o The Shins.

THE WAR ON DRUGS “A Deeper Understanding”

Wagonwheel Blues” (2008) y “Slave Ambient” (2011) eran tan sumamente grandes que creíamos estar ante un clásico renaciente del rock. Sin embargo, “Lost in the Dream” (2014) nos dio un buen cachete en la cara, ahogándonos con sus estructuras interminables y su diletante pretensión. Aún armados de paciencia y esperanza, había que echar un ojo (o una oreja) a este nuevo trabajo, máxime cuando la crítica lo ensalza hasta las puertas del Olimpo. Y aunque “Up All Night” asombra por su alegría festiva y abre una puerta a la novedad, no hay que dejarse camelar. Adam Granduciel tendrá las ideas muy claras, pero siempre son las mismas ideas, dilatadas hasta el hastío, cocinadas y masticadas una y otra vez.