30 junio 2018

CONCIERTOS: ELVIS PERKINS (+ PARDO + VERA SOLA)

Madrid. El Sol. 29 de junio de 2018.


La llamada de Elvis Perkins siempre es irresistible. Sabes que va a ser un rato sano, afable y provechoso. Intuyes que a Elvis te lo vas a encontrar por la sala y que no va a tener el menor inconveniente en saludar. Sabes que va a compartir su soberbia música y su intrincada poesía con toda la naturalidad y la honestidad de que es capaz. Y así es, en un lugar tan de familia como El Sol. Pero antes hay dos aperitivos interesantes. El primero es Vera Sola, que no es otra cosa que el nombre artístico de Danielle Aykroyd, la mujer que acompaña a Elvis al bajo desde 2015, una artista impecable que reivindica su porción de gloria tras años de asistencias y colaboraciones con otros. A solas con la guitarra eléctrica (que suena como un bajo, ciertamente), nos ofrece sus composiciones, una suerte de folk tortuoso, impulsadas por su teatralidad y por su forma de cantar, de notable inspiración blues (¿no tiene algo de Grace Slick?). Presenta su próximo álbum “Shades” y nos regala versiones como “I Will Survive” de Gloria Gaynor, llevada muy sutilmente a su terreno. Un recital tan misterioso como inspirador. A continuación toca escuchar al coruñés Pardo, que nos trae una grata nota de rock patrio, humor y nostalgia. Sus inicios en el rockabilly gallego lo delatan, y de aquellas fuentes y de otras bebe para trazar historias que podrían ser la envidia de Loquillo. Con su pose desenfadada y simpática, de tío corriente y moliente, canta por igual a los buenos y a los malos, dándoles a todos lo suyo, y se permite traer versiones insospechadas como el himno popular “Camino Verde”.
 
Y Elvis ha vuelto para darnos una grata sorpresa, en forma de nueva banda y de nuevas canciones. Unas canciones que aún no tienen fecha clara de salida (ni él mismo lo sabe con exactitud, confiesa), pero que auguran el retorno a la senda de esplendor de aquella tierra llamada Dearland. Vuelven los metales y el músculo a su formación, y con ello resucitan las magníficas “I Heard Your Voice in Dresden” o la versión festiva dixieland de “Doomsday”. Una banda embrionaria y sin embargo pasmosamente articulada, como si fueran infinitas las sesiones a sus espaldas. El nuevo desarrollo instrumental da un brillo especial a canciones como “All The Night Without Love” o “The Passage of The Black Gene”, rubricadas por colosales desenlaces de improvisación jazz o expansiones psicodélicas. Igualmente fulgurantes lucen “Stay Zombie Stay”, “All Today”, “Shampoo” o “While You Were Sleeping”, variados ejemplos de un inmenso catálogo de joyas con olor clásico, revestidas de nuevos detalles para la ocasión. La inconmensurable “Stop Drop Rock´n´Roll” reafirma la categoría de un ensemble que la borda y la amplifica, logrando uno de esos momentos de ROCK en letras de neón bajo la batuta de un Elvis que se sumerge entre todos y se entiende con todos. Pero el gran valor de este concierto es la maravilla de lo desconocido, esas canciones que van desfilando entre las comunes de principio a fin, despertando admiración y desencadenando la ansiedad. Porque estas nuevas canciones son tan sumamente buenas que ya contamos los meses, días y horas para tenerlas entre las manos. Pero paciencia: de momento saquémosle todo su jugo a “There Goes The Nighmericans”, la más reciente publicación en formato single, la elegantísima forma de expresión (especialmente emotiva su parte intermedia recitada) que Elvis utiliza como alegato anti-Trump. Porque sí, un tipo con sus principios e ideales no podía dejar pasar la ocasión de protestar. Y es que hasta para quejarse hay que tener buen gusto.

www.elvisperkinssound.net

15 junio 2018

CONCIERTOS: NOS PRIMAVERA SOUND

Oporto. Parque da Cidade. 7, 8 y 9 de junio. 

Reencuentro con la marca Primavera Sound después de siete años. Esta vez en Oporto, no en Barcelona. Una sucursal rentable para la empresa, desde luego: cartel mínimo para aforo máximo. Los festivales en Portugal son diferentes. Están llenos de portugueses, evidentemente. También hay muchos españoles, muchísimos. El inglés se oye poco, únicamente como conducto comunicativo estandarizado. El ambiente en general es pacífico, sosegado y contemplativo. El NOS Primavera Sound es un festival civilizado donde se permite llevar paraguas. El Parque da Cidade es un bonito lugar para oír música, pero un mal sueño si tienes movilidad reducida o si está lloviendo. Y Oporto es una ciudad que combate la decadencia, en notoria evolución, acogedora y fraternal, la ciudad de lo vintage.

Y Nick Cave es Nick Cave; es decir, el más grande y quizá único cabeza de cartel de una oferta esmirriada y paticorta, la razón por la que muchos se acercaron (nos acercamos) a Matosinhos, sus compañeros de generación orgullosos y curtidos y las nuevas generaciones que corean “Tupelo” o “Red Right Hand” con disciplina militar. Puede que el australiano y las semillas marcaran la más alta cota de excelencia del festival, al mismo tiempo que se alcanzaba la cota máxima de agua caída por metro cuadrado. Porque sí, la lluvia fue el otro cabeza de cartel, la amenazante y a la postre incomodante compañera de unas fatigas mucho más duras que de costumbre. Salvando el viernes, la lluvia condicionó las primeras horas del jueves y casi todas las del sábado, privándonos de Waxahatchee, de Public Service Broadcasting, de War on Drugs, de cosas que a fuerza de ser difíciles devinieron en imposibles.
 
Así que el jueves nos conformamos con Ezra Furman, tras haber atisbado la insustancia de The Twilight Sad y la astracanada de Starcrawler, de haber esperado a Father John Misty hasta el hartazgo y de haber aplaudido el final de Rhye. Y el encantador Ezra  salva un día que se antojaba para olvidar con un sublime y variopinto recital con casi de todo: zarpazos punk (“I Wanna Destroy Myself”), filigranas pop (“Haunted Head”, “My Zero”, “I Lost My Innocence”), épica rock (“Drawning Down to L.A.”, “No Place”). Una inmensa bola de música viva que gira y gira saludando a Bowie y a Springsteen, una inmensa banda capaz de replicar en vivo el más difícil todavía y un inmenso tipo con salvas y amores para los incomprendidos, las mujeres, los refugiados y para todo el universo. 

El viernes comenzaba echando un ojo a Black Bombaim y su incombustible progresión maratoniana de elementos básicos: guitarra, bajo y batería. Demostración de contundencia a base de inmensos desarrollos como los de la colosal “Africa II”. Para amantes de las guitarras afiladas y las canciones sin fin. Después llegaba la esperada hora de Amen Dunes. Damon McMahon ha firmado con “Freedom” (2018) uno de los mejores discos de lo que va de año, y de él se nutrió casi todo el set (solo una mención al pasado con “Splits Are Parted”). Canciones como “Blue Rose”, “Time”, “L.A.” (dedicada a Sinatra) o “Miki Dora” (dedicada al mítico surfero californiano) ponen en valor la elegancia de un proyecto de un tipo la mar de elegante, que en directo cobra accesibilidad y desprende una luz que hipnotiza.
 
A continuación, la puesta de largo de una mujer de voz impresionante: Mattiel. ¿Y quién es esta chica que canta de esta forma? Pues se sabe que se apellida Brown, que es de Atlanta y que es pluriempleada (también se dedica al diseño y la ilustración). Pero es más lo que se intuye que lo que se sabe, de dónde sale esa irresistible y adorable antigualla sónica. Se hace acompañar por una banda espectacular y magnética, y entre todos reproducen a la perfección los cánones más tremendos del soul, el R&R, el R&B y el country, trazando un show harto de potencia, trepidancia y osadía. Ella no es que tenga mucho brío, pero su garganta la lleva en parihuelas.

Antes de que la gran voz se apague acudimos a la llamada de Breeders. Y aunque las hermanas Deal no estén en su mejor estado de forma, a sonrisas no hay quien las gane. Comienzan con “New Year” (la cosa promete), alternan las novedades (“Wait in the Car” y “Spacewoman” son realmente buenas) con sus esperadas y clásicas “No Aloha”, “Divine Hammer”, “S.O.S”, “Driving on 9” o “Cannonball”. Y entre presente y pasado, guitarras distorsionadas, bajos desdoblados y bromas inocentes la tarde va pasando en un risueño estado contagiado de su propia felicidad. Da igual que suenen bien o mal; son simpáticas hasta decir basta. Posiblemente rubricaran con “Gigantic”, como viene siendo habitual. No puedo asegurarlo porque no llegué hasta el final. Logística festivalera.
 
A Grizzly Bear ya los había visto dos veces anteriormente, y las dos sentí lo mismo: asombro y respeto. La tercera vez era esta y exactamente las mismas sensaciones. Los mismos pensamientos y el mismo impacto. Cuando los veo me acuerdo de la panda de raritos del instituto. Cuando los oigo pienso que esa panda finalmente hizo una peineta bien grande a todos los demás. Su sonido es tan especial que no debe de ser nada fácil ecualizarlo, y quizá por eso “Losing All Sense” y “Cut-Out” sonaron tan terribles, con los bajos tan altos y los altos tan bajos. Mal asunto pero bien resuelto. En la mesa había un técnico que supo pillar el punto y a mitad de “Fine for Now” ya todo tenía otro color. Y es que no hace falta demasiado para alcanzar la categoría de mayúsculo espectáculo; tan solo canciones impecables (“Ready, Able”, “Mourning Sound”, “Sleeping Ute” o “Two Weeks” sin duda lo son), buenas voces (las de Ed Droste y Daniel Rossen son dos voces majestuosas) y un gran dominio del humo y la luz. El final con la conmovedora “Sun in Your Eyes” fue de esos episodios míticos que dejan una huella imborrable.

Pasamos al sábado, el gran día de Zeus. Lluvia moderada para recibir a Rolling Blackouts Coastal Fever, uno de los hallazgos más deslumbrantes del festival. He aquí a un ejemplo de banda colaborativa, con no un solo frontman sino tres, donde todos tienen la palabra e importan tanto como el de al lado. A su antología de temas encomiables con regusto ochentero se unen energías y conexiones indelebles en el escenario. Talking Straight”, “Wither with You”, “Sick Bug”, “Mainland”, “Wide Eyes”, “Fountain of Good Fortune” y “French Press” son abrumadoramente brillantes, y ellos son tan efectivos que las hacen todavía mejores. La lluvia continúa para asistir a Flat Worms. Los angelinos no han inventado nada (otro trío de guitarra, bajo y batería), pero canciones como “Motorcycle”, “Pearl” o “11816” demuestran la universalidad y eternidad de aquella cosa llamada punk que nació hace cuatro décadas y que sobrevive con una estimulante dignidad. 

Un breve descanso bajo techo y vayamos a adorar al tío Nick, porque está claro que las plegarias a otros dioses son en vano y sigue lloviendo. Nick Cave & The Bad Seeds tienen el título de “mejor banda en directo de todos los tiempos”, al menos para Curtains. Eso es algo que ya nadie les va a quitar. Pero el planteamiento ha cambiado desde hace algunos años; ahora es Nick Cave, vis a vis, cuerpo y alma, carne y hueso. Y los Bad Seeds son algo que está allá, a lo lejos, sombras y nubes que pululan por un lujoso escenario. Demasiada personalidad para integrarla en un gran conjunto. Así que en estos tiempos el australiano se dedica a buscar el calor de la gente, a imponer las manos, a dejarse agasajar por una multitud que lo venera como a una deidad. Y algo de mitología hay en él, algo de sobrehumano y mesiánico, o si no ¿cómo puede causar tanto impacto que te vomité “From Her to Eternity” a metro y medio? Dan ganas de decir amén. Sobre el incontestable manto que le tejen sus imponderables esbirros (los Ellis, Casey, Sclavunos, Wydler, Vjestica y Mullins), el cazador apunta, dispara y atrapa su presa. Da igual que sean los aquelarres habituales  (“From Her to Eternity”, “Tupelo”, “Red Right Hand”, “The Weeping Song” o “Stagger Lee”), las novedades petrificantes (“Jesus Alone”, “Magneto”, “Girl in Amber”) o los rescates de las mazmorras (“Do You Love Me?” y “Loverman”). Da igual que prime la calma (“Into My Arms”) o el delirio (“Jubilee Street”). La potencia de su mensaje, de su mecánica y de su arte es tan poderosa que bien vale dos horas bajo el aguacero padre. Él también acabó empapado hasta los huesos: una comunión completa y total. Música de otra dimensión.

Y nada mejor para acabar el festival que otro encuentro con esos a los que tan bien conocemos, esos que sabes que no van a fallar. En efecto, Mogwai no fallaron, a pesar de las goteras, de los aprietos técnicos, de esa guitarra muda que saca al paciente Stuart de quicio. Ya nos los sabemos de memoria pero siempre hay alguna sorpresa en la recámara; como que “Mogwai Fear Satan” sea prólogo en lugar de epílogo, o como la recuperación de “Auto Rock”. No faltó “Rano Pano” ni tampoco Jim Morrison, como tampoco podía faltar ese hit adorable que es “Party in The Dark”. No faltó el lado más core (“Old Poisons”) ni el lado más trance (“Remurdered”). Un concierto inventario de sus mil caras, versiones y propósitos. Monumentales por derecho propio.
 
www.nosprimaverasound.com

18 mayo 2018

CONCIERTOS: M. WARD

Madrid. Teatro Lara. 16 de mayo de 2018.


Recordábamos a un Matt Ward distinto. Lo recordábamos abrigado, fastuoso, grandilocuente. Pero a veces es necesario conocer la parte desnuda del producto. La parte más íntima y accesible, aquella que se enfrenta cara a cara con la audiencia, de tú a tú. En ese contexto el cantautor californiano es naturalidad e improvisación, cercanía y complicidad. Es la estrella por un día en una sesión de bar a micro abierto. Aquel que desafía los estándares y se desenchufa, se aleja del micrófono poniendo a prueba la acústica de un teatro que rebosa entusiasmo ante tan magnético ataque de frugalidad. Es el caballero que desfila por el escenario sometiendo su guitarra al arbitrio de su voluntad, sin importarle que tal o cual nota suene raspada o arañada. Un psicoanalista que dibuja en los cerebros a Bob Dylan, a Leadbelly, a Buddy Holly o a Johnny Cash. El que se permite chistes, chanzas y autocríticas, o se autoinmola traduciendo versos de “I Get Ideas” al castellano, el que pide perdón, el que agradece, el que quita importancia a lo que da y magnifica lo que recibe. Matt Ward en unplugged es un bardo contemporáneo, un metapoeta de lo mundano. Es el benefactor y el prócer en las exhibiciones vocales de Courtney Jaye, su compañera puntual en escena. Es el hombre que escribe magníficas canciones (“Chinese Translation”, “Hold Time”, “Sad, Sad Song”, “Poison Cup” o “For Begginers”) y el que se adjudica en justa subasta las escritas por otros (“Rave On”). El que pone su inefable y particular grano de arena en esa inmensa playa que es la música popular. Un grande entre los grandes.
 

11 marzo 2018

CONCIERTOS: KELLEY STOLTZ

Madrid. Café Berlín. 9 de marzo de 2018.

 
Comienza el año de conciertos y lo hace con un tipo al que le teníamos unas ganas atroces. Por accidentes del destino nos quedamos con las ganas de verlo (y la entrada en el bolsillo) hace un par de años en la capital, pero lo bueno de Kelley es que tarde o temprano, siempre vuelve. Y vuelve a lugares recogidos, modestos, periféricos, aunque su música, por universal, sea óptima para pistas, anfiteatros y pabellones. Lo justo como introducción es hablar de “Que Aura” (2017), que llegó tarde a las cortinas, bien entrado ya el 2018, pues este es justo el motivo de una gira que ha dejado cinco fechas en España (en lugares pequeños, muy, muy pequeños), aunque el bueno de Kelley, eficaz y rápido como el rayo, ya se permita presentarnos futuras canciones. “Que Aura” es el enésimo muestrario, la enésima antología de un hombre que compone melodías legendarias como un churrero hace sus churros. Envuelto en esa neblina caleidoscópica que caracteriza su sonido más reciente, nos muestra otra miscelánea de las mil caras de este entrañable Jeckill y Hyde que no reniega de sus héroes de infancia, de los Wilson, los Davis y de Lennon, pero que con sus infinitos tentáculos de pulpo se empeña en abrazar la irresistible sombra de otros viejos amigos del soul y el glam-rock. 
 
Y Kelley en directo y con su banda (con espléndida mujer al bajo, otro apunte a una semana de reinvindicación) es igual de solvente, natural y efervescente, vistosa guitarra roja en ristre, a juego con sus pantalones, a juego con el cable del ampli. Empieza echando la vista atrás, poniendo en antecedentes con las lapidarias “I Don´t Get That” y “Your Reverie”, para lanzarse de cabeza a la piscina de su nuevo aura con tres flashes tan diferentes como “Some Pattern”, “Get Over” y “No Pepper for the Dustman”, contraste entre mundos extraterrestres, chic y rebeldes. Y entonces, como pececillo en el agua, decide que nos quiere presentar dos canciones nuevas, y se marca unas “Are You Optimist” y “My Friend” supremas, directas, sabrosas como todas sus creaciones de la A a la Z. Maldito genio, ¿cómo lo hará? Rescata algunas de sus más preciadas delicatessen, como “Pyramid of Time”, donde su dedo mágico se eleva, vuela y se posa sobre las teclas del sintetizador para llenar de ondas electrostáticas el ambiente. También rescata la tajante y ultranecesaria “Double Exposure”, la brillante “Ever Thought of Coming Back” con unos agudos que se quedan a medio camino entre el todo y la nada, y ese himno con riff inolvidable que dice “Are You My Love?”. Después toca el turno de hablar de San Francisco y hacer un monumento de “Walking Against The Greenlight”, convirtiendo el esbozo que suena en el disco en una titánica mole sónica, exhibición pianística incluida. El aire discotequero de “Empty Kicks” es solo un punto y aparte, un aperitivo para el plato principal de unos bises que, of course, requieren un atuendo de lentejuelas para festejar el embrujo del funky y el soul, hechos forma viviente en “Confidence” y en la maravillosa “Mercy Mercy Me” de Marvin Gaye. Toda una sorpresa, de las de frotarse los ojos, ese Kelley pasando de la formalidad al desmelene en un pis pás, de operario a actor en un fugaz parpadeo. Momento cumbre. Pero aún quedaba tiempo para un último grito aguerrido, el de “I see, I see no.. EVIL” de Television, ese temazo que abría aquel mítico “Marquee Moon” (77). La verdad, no esperábamos versiones, quizá porque su repertorio es tan amplio y reluciente que toda ayuda externa se antoja innecesaria. Pero he aquí que las versiones no son más que otro detalle ejemplificador del amor de este soberano genio por la música, por su trabajo y por la causa. Una causa de la que todos somos cómplices, pues músicos así son los que dan verdadero sentido a nuestra recalcitrante melomanía. 
 
www.kelleystoltz.com

13 enero 2018

DISCOS EN RESCATE

La música que sonó en 2017 (2ª parte)

ALDOUS HARDING “Party”

La neozelandesa Aldous Harding ha sido uno de los grandes descubrimientos del 2017, a través de un segundo trabajo que es todo intimidad y delicadeza. Un álbum de mínimos recursos, canciones que se construyen a través del exhorto vocal, parcas en instrumentación y arreglos, pero holgadas de belleza y emotividad. Asombra lo que esta mujer puede llegar a hacer con su voz, convirtiéndola en cristal, fuego o terciopelo a merced de humildes melodías, ya sean al piano o a la guitarra acústica, todo líquido y frugal. Destacan sobre todo “Imagining My Man” y “Party”, canciones soberanas, callejones solitarios de blanca melancolía. Una joyita preciosa y especial.

BROKEN SOCIAL SCENE “Hug of Thunder”

Tras siete años desde su último álbum, el combo canadiense regresa en su camino lento pero eficaz. No olvidemos que estamos ante una banda puente, proyecto paralelo o como se le quiera llamar a la típica reunión de amigos que pone sus inquietudes y aprendizajes en común por puro enriquecimiento y diversión. Nuevamente capitaneados por Kevin Drew y Brendan Canning, mantienen su identidad de orquesta efluente en una nueva colección de canciones que comienza en fanfarria y termina en sopor. La exhuberancia de temas como “Halfway Home”, “Skyline” y “Vanity Pail Kids” contrasta con la monotonía del cuarteto que culmina el disco. Con lo que el globo se desinfla poco a poco y llegar hasta el final se hace bastante cuesta arriba.

COURTNEY BARNETT & KURT VILE “Lotta Sea Lice”

Irresistible se antojaba una colaboración entre estos dos músicos de potentísima  personalidad. Y su álbum a medias cumple las expectativas, con la participación bien calibrada de ambos, dándose la mano en un ten con ten amistoso y eficiente. Cada uno deja su huella en las composiciones propias (Kurt en “Over Everything”, “Continental Breakfast” y “Blue Cheese”; Courtney en “Let It Go”, “Outta The Woodwork” y “On Script”) y los dos se acomodan a las estructuras con una naturalidad de andar por casa. Incluso Courtney se atreve a hacer suya la ya conocida “Peepin´Tom” de su acólito con resultado impecable. Para colmo, la grabación cuenta con invitados de excepción, como Mick Harvey, Mick Turner o Jim White. Todo son lujos en este modélico disco de rock.

GRIZZLY BEAR “Painted Ruins”

Aficionados a la rapsodia compleja y alérgicos a la estructura básica de canción, poder tararear un estribillo de estos muchachos estaba muy, muy caro. Hasta ahora: con “Mourning Sound” lo hemos conseguido, esa pequeña joya electro-pop que ilumina este disco. “Painted Ruins” los mantiene en su originalidad nata, moviéndose entre el trending y el barroquismo, siempre dando prioridad a este sobre aquel. Y asombra pensar en la ingente cantidad de trabajo que debe llevar cada uno de sus álbumes; de concepción, composición, memorización, mezcla, edición, de pura asimilación. Este no es para menos. Todavía con capaces de regalar arquetipos tan brillantes como “Cut-Out”, “Neighbor” o “Systole”. El león los tentó pero no se los tragó.

KEVIN MORBY “City Music”

Descubrir a Kevin Morby el año pasado fue todo un regalo. Sin tiempo casi de asumir la ganancia, llegó su nuevo álbum, otro baño de nostalgia y buen hacer, con olor a clásico instantáneo. Bob Dylan sigue siendo el referente, y sin embargo el tejano bien se cuida de no caer en el facsímil. Con una verosimilitud propia de una madurez precoz, Morby selecciona los mejores patrones del folk-rock y el soul (y el punk ramoniano, puntualmente en “1234”) para llevarlos a su taller. Y de ahí se saca un puñado de temas de corte impecable y factura maestra. Como las muy dylanianas “Crybaby”, “Aboard My Train” o “Tin Can”, las cadenciosas “Dry Your Eyes” y “Night Time” o la ideal pieza virtuosista que titula este gran, gran disco.

MARK LANEGAN BAND “Gargoyle”

Dicen que no hay disco malo de Mark Lanegan. Escuchando este se puede constatar la afirmación. Podría parecer en su comienzo que el artista de la voz oscura decide finalmente abandonarse a los brazos de la electrónica, pero no. “Gargoyle” es un disco que tiene de todo, que abarca multitud de campos, sin un solo instante menor. Del pop casi industrial de “Nocturne” o “Drunk on Destruction” al folk sofisticado de “Goodbye to Beauty”, del rock garajero de “Emperor” a la sensualidad arrítmica de “Blue Blue Sea” y “Sister”. Con las colaboraciones más que habituales de Greg Dulli, Josh Homme o Jack Irons y con la ventaja de una voz que jamás pasa desapercibida, Lanegan se cuelga otra merecida medalla en la pechera.

RHIANNON GIDDENS “Freedom Highway”

Otra mujer, otro descubrimiento de 2017. Paralelamente a su banda Carolina Chocolate Drops, esta banjista, violinista y magnífica cantante se prodiga igualmente en solitario para honrar de un plumazo todos los símbolos de la América ancestral y sureña. Sufrimiento, dolor, injusticia, encuentros con el diablo, todo se hace imagen en esta colección ejemplar de canciones que beben del gospel y el blues, de los pozos oscuros de la música tradicional americana, de Robert Johnson y Mississipi John Hurt, de Odetta y Leadbelly, del jazz de Nueva Orleans. Y también, por qué no, de Joan Baez, Joni Mitchell, Emmylou Harris, Aretha Franklin, y todas esas voces femeninas superlativas que han cantado por lo mismo durante años. Por un poco de dignidad.

SYD ARTHUR “Apricity”

Este es un disco que ha pasado muy desapercibido en 2017. Lo cual es una pena, pues estamos ante una banda que podría hacerse con el cetro del indie rock si el viento soplara un poco a su favor. Sus anteriores trabajos asombraron por su madurez y su destreza malabarística, y lo mismo ocurre con este. No pierden de vista los sonidos progresivos de los setenta, pero se quieren colocar en la parrilla de salida del math rock. Su fuerte son los ritmos imposibles, esos que agitan “Coal Mine”, “Plane Crash in Kansas”, “Seraphim”, “Apricity” o la maravillosa “Into Eternity” hasta convertirlas en efervescentes. Gran disco. Gran banda.

THE BLACK ANGELS “Death Song”

He aquí a la (posiblemente) mejor banda de rock psicodélico del momento. Estrenando sello discográfico, los de Austin se consolidan en un estatus intocable, armonizando como nadie la potencia sónica y una envidiable puntería melódica. Combinación abrumadora que alcanza el éxtasis en momentos como “Currency”, “Grab As Much (As You Can)”, “Estimate” o “I Dreamt”. Fuerza bruta para un disco que calibra el prolífico Phil Elk, sutil generador del brillo deslumbrante de bandas como Built to Spill, Band of Horses, Fleex Foxes o The Shins.

THE WAR ON DRUGS “A Deeper Understanding”

Wagonwheel Blues” (2008) y “Slave Ambient” (2011) eran tan sumamente grandes que creíamos estar ante un clásico renaciente del rock. Sin embargo, “Lost in the Dream” (2014) nos dio un buen cachete en la cara, ahogándonos con sus estructuras interminables y su diletante pretensión. Aún armados de paciencia y esperanza, había que echar un ojo (o una oreja) a este nuevo trabajo, máxime cuando la crítica lo ensalza hasta las puertas del Olimpo. Y aunque “Up All Night” asombra por su alegría festiva y abre una puerta a la novedad, no hay que dejarse camelar. Adam Granduciel tendrá las ideas muy claras, pero siempre son las mismas ideas, dilatadas hasta el hastío, cocinadas y masticadas una y otra vez.

04 enero 2018

DISCOS EN RESCATE

La música que sonó en 2017 (1ª parte)

BECK “Colors”

Muchos meses estuvo en barbecho este disco, y todo por culpa de Donald Trump. Superado el disgusto y el luto, Beck decide que no hay mejor manera de combatir al enemigo que con una buena juerga. Porque su nuevo trabajo no es otra cosa que una fiesta supina, una auténtico jubileo de funk y dance. Cuidado: “Colors”, “Seventh Heaven”, “I´m So Free” o “Dreams” son corrosivamente adictivas. Aquí no hay nada que no hayan hecho antes los más modernos del lugar, aunque tratándose de quien se trata es más fácil prestar atención y asumir el resultado. Haga lo que haga, su imponderable itinerario artístico y su prestigio lo avalan. A bailar se ha dicho.

BENJAMIN CLEMENTINE “I Tell a Fly”

Poeta, bohemio, músico autodidacta, ex sin techo y ex artista callejero, la biografía de este británico es sin duda un cuento de película. De ahí que su música resulte tan particularísima y no deje indiferente. Cita como sus héroes a Nina Simone, Tom Waits y Nick Cave, así que no es casualidad que el espíritu de los tres deambule por este “I Tell a Fly”, un álbum sinuoso, ambicioso y elegíaco. Piano y clavecín (o algo parecido) son las herramientas más empleadas, aunque el protagonismo se lo lleve nuevamente la voz del bardo y su infinidad de recursos vocales. Ungido por las sombras de sus héroes, de ancestros soñados y de clásicos como Satie, Debussy o Chopin, compone una obra inclasificable y atemporal, puente entre el pasado y un futuro aún intangible, solo imaginable.

COLIN HAY “Fierce Mercy”

A veces hay discos que entran por los ojos. Este lo hace a través de su preciosa portada. Músico y actor, veterano en la sombra, lento pero constante, Hay lleva componiendo desde los ochenta y ha participado en multitud de proyectos musicales y televisivos. Su último trabajo se estrena sobrado de poderío y esperanzas, con dos joyas como “Come Tumblin´Down” y “Secret Love”. Después todo se estanca en un diccionario country-pop de medios tiempos, correcto pero pantanoso. Un disco que, a pesar de todo, lo convierte en pariente lejano de dos monstruos como Ray Davis o Paul Weller.

FLEET FOXES “Crack-Up”

El disco del año. Indudable e intocable. Seis años para concebir y alumbrar una obra que, por dedicación y obstinación, estaba obligada a ser lo que se esperaba que fuera: otra hermosísima epopeya onírica y pastoral. Sumamente valiente es la apertura con “I Am All That I Need/Arroyo Seco/Thumbprint Car”, un triple movimiento que bien puede enganchar por el cuello o tirar de espaldas. Una vez superado el trance, “Crack-Up” fluye y refulge a su antojo. Afincado definitivamente en las más altas cimas compositivas e interpretativas, Robin Pecknold vuelve a demostrar que lo que llamamos folk no es sinónimo de simplismo: es todo un mundo y aún no está agotado. Delicada y decorosa obra maestra lograda ensartando pequeñas labores orfebres, del calado y la belleza de “Cassius,-“, “Kept Woman”, “Mearcstapa”, “On Another Ocean (January/July)” o “Fool´s Errand”. Un disco monumental.

MODERN ENGLISH “Take Me to The Trees”

Pequeño homenaje merecido para esta banda, grandes de los 80, gregarios de lujo en la escena británica new wave. Difícil seguir la estela de un grupo que aparece y desaparece como el Guadiana. Por casualidad atrapamos “Take Me To The Trees” a mediados de año, un álbum que ni pintado para rescatar destellos ochenteros. No los artificiales años 80 de pega que se fabrican ahora, no; los auténticos 80, la economía de sonido, la gravedad y la claustrofobia. Con pelotazos como “Moonbeam”, “Sweet Revenge” o “Flood of Light”, o con melodías como las de “I Feel Small” o “Trees” (un guiño presuntamente involuntario al “Heroes” de David Bowie), es fácil echar de menos cualquier tiempo pasado. Aunque esto sea el presente.  

MOGWAI “Every Country´s Sun”

¿Quién dijo que Mogwai fueran cosa fácil? Hay que dedicarles tiempo y paciencia. El tiempo y la paciencia que requiere su último álbum, mayormente neutro en las primeras escuchas. Pero qué bueno es vivir la música en directo, pues no hay directo como el suyo para asentar conceptos. No es un disco relevante, pero a base de tenacidad “Coolverine”, “Brain Sweeties” o “Crossing The Road Material” se transforman en clásicos concienzudamente macerados, “Old Poisons” desbanca a “Glasgow Mega-Snake” y “Batcat” como filón diabólico, y “Party in The Dark” consigue introducirlos en el universo pop por la puerta grande.

RYAN ADAMS “Prisoner”

De Ryan Adams ya se dijo todo lo que había que decir en las crónicas de su paso por España el pasado verano. De “Prisoner” cabe decir que es su vigésimo trabajo (solo, con Whiskeytown o con The Cardinals), parido a lo grande como siempre, con un reverso de caras B adicional que lo multiplica más que por dos. Canciones de extremada corrección, rígidos moldes del estilo americana-para-todos-los-públicos, deudoras a veces de Dylan, a veces de Sprinsgteen. Demasiado insulso en su global, pero salvado por “Do You Still Love Me?” y “Anything I Say to You Now”. Dos canciones épicas y contundentes que sonaron y sonaron sin descanso en el 2017.

SHADOW BAND “Wilderness of Love”

El folk sigue estando de moda. No fue una vorágine de un día; sigue habiendo muchos músicos que buscan su inspiración y su camino en el sonido hedonista y psicodélico de los 60. Y nosotros, amantes de aquella década, encantados. La oferta es amplia y hay de todo, dentro de la comúnmente denominada escena neo-folk. Esta banda de Filadelfia aporta la parte lúgubre y funeraria al legado; “Wilderness of Love” suena lánguido, soterrado y perezoso, como una fotografía desenfocada, como un jugoso guiso a medio cocinar. Y qué buenas serían “Green Riverside”, “Indian Summer”, “Mad John” o “Darksiders´ Blues” con un poquito más de cocción. Con algo más de luz, el efecto sería mucho más amable.

SLOWDIVE “Slowdive”

Qué elocuente y bienvenido regreso. Qué placer que bandas como esta vuelvan, se crezcan y mantengan el orgullo intacto. Slowdive han renacido tras 22 años de aquel inclasificable “Pygmalion” (95). Y esta ha sido quizá una de las mejores noticias de 2017. Sobre todo porque, lejos de perder su esencia original, reivindican no solo su nombre, sino también su estilo. Un estilo que parecía andar en horas bajas, defenestrado o simplemente malinterpretado. Ocho canciones que vuelven a poner en valor el poder del ruido, y la capacidad ingénita de convertirlo en algo bello. Maremágnum de guitarras y susurros que vuelven a sumergirnos en un océano de prodigioso bienestar. “Star Roving”, “Sugar for The Pill”, “No Longer Making Time” y “Go Get It” conforman la columna vertebral de un álbum que camina erguido, y bien erguido.

SPOON “Hot Thoughts”

El aparente vuelco electrónico de Spoon ha dado sus frutos y los ha puesto en el punto de mira tras largos años de meritorio esfuerzo y rácana atención. Una pena o una alegría, según se mire. Nunca es tarde para hacer justicia. Y sí, quizá este sea su disco de influencia más digital, pero Britt Daniel es hijo del rock y no lo puede evitar. Por eso “Hot Thoughts”, “Do I Have to Talk You Into It” y “Can I Sit Next to You” despuntan sobre el resto. Un disco que va de más a menos, que se desinfla levemente a la altura de “I Ain´t The One”, culminando con el enésimo quiebro estilístico de la banda en la experimental, jazzística y muy, muy sorprendente “Us”.

TEMPLES “Volcano”

Con un debú absolutamente perfecto, ¿qué queda para después? Rezumando psicodelia por cada poro, alzando escaleras melódicas sinuosas, pisando el pedal del falsete hasta el derrape y tirando de sintetizador hasta el hartazgo, “Volcano” es superable e irregular. Cosas que arraigan pero no a la primera (“Oh The Saviour”, “Born into The Sunset”, “Open Air”), pasajes inofensivos (“Certainty”, “How Would You Like to Go?”) y desechos huérfanos de inspiración (“Celebration”, “Mystery of Pop”). En cuanto a “Roman God-Like Man”, alguien está robando algo en alguna parte, pero no sé dónde ni el qué. Larga vida al intocable “Sun Structures” (2014).

THE FLAMING LIPS “Oczy Mlody”

Símbolo consolidado de actos lúdicos, de humor negro y cultura naif, la madurez   sigue arrastrando a The Flaming Lips a nuevos test de laboratorio. Otro experimento de bucles, ecos y fanfarria, sobredotado de efectismo y grandilocuencia, y sin embargo menos sedante que aquel “The Terror” (2013). Ensamblado todo dentro de un mismo hilo argumental, escasean las piezas acreedoras del término “canción”, y en aquellas que lo parecen (“Sunrise”, “The Castle”, “We A Famly”) rozan peligrosamente el autoplagio. Su extravagancia y osadía tienden a infinito.

16 noviembre 2017

CONCIERTOS: SPOON

Madrid. La Riviera. 15 de noviembre de 2017.


Britt Daniel es un superclase, dentro y fuera del escenario. También es un compositor sublime. A su alrededor orbita una congregación de adláteres sobresalientes, y todo ello deriva en un resultado irrebatible e imponente. Enséñenme una opinión o reseña negativa sobre Spoon, una sola. Es difícil encontrarla. Será porque estos tipos llevan más de veinte años haciendo las cosas bien, con cabeza y corazón, manteniéndose en un eterno segundo plano en el que no parecen sentirse incómodos. Bien es sabido que en el rock hay héroes o anti-héroes. Nosotros idolatramos a los segundos, ese concepto romántico de que el músico es un ser de carne y hueso, una persona corriente, un compañero de camino. Britt y sus muchachos parecen serlo, y eso hace mucho más interesante y convincente su propuesta. El pasado verano en el Mad Cool ofrecieron un concierto perfecto y ahí fue donde prometí serles fiel con ánimo de devoto peregrino. Si aquel concierto fue perfecto, el de anoche fue pluscuamperfecto. Una demostración de pluralidad sonora y de elegancia en las tablas. Sí, a nuestro amigo Daniel le sale la elegancia por las orejas, y no es algo impostado y prevenido: es la seguridad de poder cantar lo que uno quiere y compartirlo con los demás sin temor al juicio sumarísimo. Un rédito que solo se consigue con los años y el trabajo. A Spoon les queda un largo recorrido pero ya son un poquito de Historia con mayúscula.
 
Hot Thoughts” (2017) puede que sea sin duda uno de los discos de este año. Aunque los rockeros puristas vean con recelo contenido sus avances electrónicos, no, este no es un disco electrónico ni mucho menos. Es simplemente lo que toca, el eslabón que faltaba en la larga cadena de estilos con los que Daniel coquetea en cada álbum e incluso a veces dentro de una misma canción. Y aunque hay muchos teclados, los de un Alex Fischel que se ha convertido en el virrey de la banda en los estudios y en los escenarios, ¿quién puede ignorar ese pálpito bluesero de “Do I Have to Talk You Into It”, el bajo aplastante de “Can I Sit Next to You” o el vírico riff de “Hot Thoughts”? Sí que es cierto que Britt le va cogiendo el gusto a eso de dejar la guitarra en modo reposo, que puede explayarse mucho mejor en sus ejecuciones vocales (peculiar y gran voz la suya), en su aristocracia teatral y en su cómplice trato con la audiencia. Y hablando de audiencia, no quiero dejar pasar la siguiente reflexión, contrastada en todos y cada uno de los conciertos de Spoon que he visto: quizá no sean demasiados (una Riviera a medio aforo anoche) pero sus admiradores son de una fidelidad y entrega envidiables. A la luz quedó en momentos como “The Underdog” o “Hot Thoughts”, que fueron dos jubileos masivos inenarrables.

El caso es que, quitando algunos momentos altamente sintetizados (“Inside Out”, WhisperIlllistentohearit”, “Pink Up” o esa densísima tregua que hacen llamar “Via Kannela”), lo que primó anoche fue el rock. Y entendamos rock en el amplio sentido del término, junto al roll, al funk, al pop, al punk, etcétera. Porque ya lo dice el estribillo de “The Beast and Dragon, Adored”: “I got to believe it come from rock and roll”. Pues eso: cada uno en su casa y el rock en la de todos. La impoluta discografía de Spoon da alimento para cientos de inmensos conciertos, siempre diversos, nunca monográficos. Ayer volvieron a aferrarse a lo clásico, a temas como “I Turn My Camera On”, “Don´t You Evah”, “Do You”, “Don´t Make Me a Target“ o “The Underdog”, que más que tópicas ya son proverbiales, y que cada vez lucen con más matiz y más vigor (qué importante es ese quinto elemento para su directo). Echaron la vista aún más atrás para rescatar la estupenda “Everything Hits at Once” (casi diecisiete años tiene ya la criatura) y volvieron a convertir “My Mathematical Mind” en un titánico Goliat. La soltura de Britt quedó patente en la versión en solitario de “I Summon You”, que tan buena es vestida como desnuda. “Hot Thoughts” puede que sea la mejor canción del año, pero combinada con “Rent I Pay” es una rúbrica real, una decorosa y para nada inmodesta autoafirmación de categoría. Impecables tanto en grandes como en pequeñas citas, Spoon son la apuesta sin riesgo y la verdad a voces. Gigantes del rock sin cetro, pero con leyenda.

SET: “Do I Have to Talk You Into It”, “Inside Out”, “I Turn My Camera On”, “WhisperIlllistentohearit”, “The Beast and Dragon, Adored”, “Don´t You Evah”, “Do You”, “Via Kannela”, “I Ain´t The One”, “Everything Hits at Once”, “Can I Sit Next to You”, “My Mathematical Mind”, “Don´t Make Me a Target”, “The Underdog”, “Got Nuffin”, “Black Like Me”// “I Summon You”, “Pink Up”, “Hot Thoughts”, “Rent I Pay”.