18 mayo 2018

CONCIERTOS: M. WARD

Madrid. Teatro Lara. 16 de mayo de 2018.


Recordábamos a un Matt Ward distinto. Lo recordábamos abrigado, fastuoso, grandilocuente. Pero a veces es necesario conocer la parte desnuda del producto. La parte más íntima y accesible, aquella que se enfrenta cara a cara con la audiencia, de tú a tú. En ese contexto el cantautor californiano es naturalidad e improvisación, cercanía y complicidad. Es la estrella por un día en una sesión de bar a micro abierto. Aquel que desafía los estándares y se desenchufa, se aleja del micrófono poniendo a prueba la acústica de un teatro que rebosa entusiasmo ante tan magnético ataque de frugalidad. Es el caballero que desfila por el escenario sometiendo su guitarra al arbitrio de su voluntad, sin importarle que tal o cual nota suene raspada o arañada. Un psicoanalista que dibuja en los cerebros a Bob Dylan, a Leadbelly, a Buddy Holly o a Johnny Cash. El que se permite chistes, chanzas y autocríticas, o se autoinmola traduciendo versos de “I Get Ideas” al castellano, el que pide perdón, el que agradece, el que quita importancia a lo que da y magnifica lo que recibe. Matt Ward en unplugged es un bardo contemporáneo, un metapoeta de lo mundano. Es el benefactor y el prócer en las exhibiciones vocales de Courtney Jaye, su compañera puntual en escena. Es el hombre que escribe magníficas canciones (“Chinese Translation”, “Hold Time”, “Sad, Sad Song”, “Poison Cup” o “For Begginers”) y el que se adjudica en justa subasta las escritas por otros (“Rave On”). El que pone su inefable y particular grano de arena en esa inmensa playa que es la música popular. Un grande entre los grandes.
 

11 marzo 2018

CONCIERTOS: KELLEY STOLTZ

Madrid. Café Berlín. 9 de marzo de 2018.

 
Comienza el año de conciertos y lo hace con un tipo al que le teníamos unas ganas atroces. Por accidentes del destino nos quedamos con las ganas de verlo (y la entrada en el bolsillo) hace un par de años en la capital, pero lo bueno de Kelley es que tarde o temprano, siempre vuelve. Y vuelve a lugares recogidos, modestos, periféricos, aunque su música, por universal, sea óptima para pistas, anfiteatros y pabellones. Lo justo como introducción es hablar de “Que Aura” (2017), que llegó tarde a las cortinas, bien entrado ya el 2018, pues este es justo el motivo de una gira que ha dejado cinco fechas en España (en lugares pequeños, muy, muy pequeños), aunque el bueno de Kelley, eficaz y rápido como el rayo, ya se permita presentarnos futuras canciones. “Que Aura” es el enésimo muestrario, la enésima antología de un hombre que compone melodías legendarias como un churrero hace sus churros. Envuelto en esa neblina caleidoscópica que caracteriza su sonido más reciente, nos muestra otra miscelánea de las mil caras de este entrañable Jeckill y Hyde que no reniega de sus héroes de infancia, de los Wilson, los Davis y de Lennon, pero que con sus infinitos tentáculos de pulpo se empeña en abrazar la irresistible sombra de otros viejos amigos del soul y el glam-rock. 
 
Y Kelley en directo y con su banda (con espléndida mujer al bajo, otro apunte a una semana de reinvindicación) es igual de solvente, natural y efervescente, vistosa guitarra roja en ristre, a juego con sus pantalones, a juego con el cable del ampli. Empieza echando la vista atrás, poniendo en antecedentes con las lapidarias “I Don´t Get That” y “Your Reverie”, para lanzarse de cabeza a la piscina de su nuevo aura con tres flashes tan diferentes como “Some Pattern”, “Get Over” y “No Pepper for the Dustman”, contraste entre mundos extraterrestres, chic y rebeldes. Y entonces, como pececillo en el agua, decide que nos quiere presentar dos canciones nuevas, y se marca unas “Are You Optimist” y “My Friend” supremas, directas, sabrosas como todas sus creaciones de la A a la Z. Maldito genio, ¿cómo lo hará? Rescata algunas de sus más preciadas delicatessen, como “Pyramid of Time”, donde su dedo mágico se eleva, vuela y se posa sobre las teclas del sintetizador para llenar de ondas electrostáticas el ambiente. También rescata la tajante y ultranecesaria “Double Exposure”, la brillante “Ever Thought of Coming Back” con unos agudos que se quedan a medio camino entre el todo y la nada, y ese himno con riff inolvidable que dice “Are You My Love?”. Después toca el turno de hablar de San Francisco y hacer un monumento de “Walking Against The Greenlight”, convirtiendo el esbozo que suena en el disco en una titánica mole sónica, exhibición pianística incluida. El aire discotequero de “Empty Kicks” es solo un punto y aparte, un aperitivo para el plato principal de unos bises que, of course, requieren un atuendo de lentejuelas para festejar el embrujo del funky y el soul, hechos forma viviente en “Confidence” y en la maravillosa “Mercy Mercy Me” de Marvin Gaye. Toda una sorpresa, de las de frotarse los ojos, ese Kelley pasando de la formalidad al desmelene en un pis pás, de operario a actor en un fugaz parpadeo. Momento cumbre. Pero aún quedaba tiempo para un último grito aguerrido, el de “I see, I see no.. EVIL” de Television, ese temazo que abría aquel mítico “Marquee Moon” (77). La verdad, no esperábamos versiones, quizá porque su repertorio es tan amplio y reluciente que toda ayuda externa se antoja innecesaria. Pero he aquí que las versiones no son más que otro detalle ejemplificador del amor de este soberano genio por la música, por su trabajo y por la causa. Una causa de la que todos somos cómplices, pues músicos así son los que dan verdadero sentido a nuestra recalcitrante melomanía. 
 
www.kelleystoltz.com

13 enero 2018

DISCOS EN RESCATE

La música que sonó en 2017 (2ª parte)

ALDOUS HARDING “Party”

La neozelandesa Aldous Harding ha sido uno de los grandes descubrimientos del 2017, a través de un segundo trabajo que es todo intimidad y delicadeza. Un álbum de mínimos recursos, canciones que se construyen a través del exhorto vocal, parcas en instrumentación y arreglos, pero holgadas de belleza y emotividad. Asombra lo que esta mujer puede llegar a hacer con su voz, convirtiéndola en cristal, fuego o terciopelo a merced de humildes melodías, ya sean al piano o a la guitarra acústica, todo líquido y frugal. Destacan sobre todo “Imagining My Man” y “Party”, canciones soberanas, callejones solitarios de blanca melancolía. Una joyita preciosa y especial.

BROKEN SOCIAL SCENE “Hug of Thunder”

Tras siete años desde su último álbum, el combo canadiense regresa en su camino lento pero eficaz. No olvidemos que estamos ante una banda puente, proyecto paralelo o como se le quiera llamar a la típica reunión de amigos que pone sus inquietudes y aprendizajes en común por puro enriquecimiento y diversión. Nuevamente capitaneados por Kevin Drew y Brendan Canning, mantienen su identidad de orquesta efluente en una nueva colección de canciones que comienza en fanfarria y termina en sopor. La exhuberancia de temas como “Halfway Home”, “Skyline” y “Vanity Pail Kids” contrasta con la monotonía del cuarteto que culmina el disco. Con lo que el globo se desinfla poco a poco y llegar hasta el final se hace bastante cuesta arriba.

COURTNEY BARNETT & KURT VILE “Lotta Sea Lice”

Irresistible se antojaba una colaboración entre estos dos músicos de potentísima  personalidad. Y su álbum a medias cumple las expectativas, con la participación bien calibrada de ambos, dándose la mano en un ten con ten amistoso y eficiente. Cada uno deja su huella en las composiciones propias (Kurt en “Over Everything”, “Continental Breakfast” y “Blue Cheese”; Courtney en “Let It Go”, “Outta The Woodwork” y “On Script”) y los dos se acomodan a las estructuras con una naturalidad de andar por casa. Incluso Courtney se atreve a hacer suya la ya conocida “Peepin´Tom” de su acólito con resultado impecable. Para colmo, la grabación cuenta con invitados de excepción, como Mick Harvey, Mick Turner o Jim White. Todo son lujos en este modélico disco de rock.

GRIZZLY BEAR “Painted Ruins”

Aficionados a la rapsodia compleja y alérgicos a la estructura básica de canción, poder tararear un estribillo de estos muchachos estaba muy, muy caro. Hasta ahora: con “Mourning Sound” lo hemos conseguido, esa pequeña joya electro-pop que ilumina este disco. “Painted Ruins” los mantiene en su originalidad nata, moviéndose entre el trending y el barroquismo, siempre dando prioridad a este sobre aquel. Y asombra pensar en la ingente cantidad de trabajo que debe llevar cada uno de sus álbumes; de concepción, composición, memorización, mezcla, edición, de pura asimilación. Este no es para menos. Todavía con capaces de regalar arquetipos tan brillantes como “Cut-Out”, “Neighbor” o “Systole”. El león los tentó pero no se los tragó.

KEVIN MORBY “City Music”

Descubrir a Kevin Morby el año pasado fue todo un regalo. Sin tiempo casi de asumir la ganancia, llegó su nuevo álbum, otro baño de nostalgia y buen hacer, con olor a clásico instantáneo. Bob Dylan sigue siendo el referente, y sin embargo el tejano bien se cuida de no caer en el facsímil. Con una verosimilitud propia de una madurez precoz, Morby selecciona los mejores patrones del folk-rock y el soul (y el punk ramoniano, puntualmente en “1234”) para llevarlos a su taller. Y de ahí se saca un puñado de temas de corte impecable y factura maestra. Como las muy dylanianas “Crybaby”, “Aboard My Train” o “Tin Can”, las cadenciosas “Dry Your Eyes” y “Night Time” o la ideal pieza virtuosista que titula este gran, gran disco.

MARK LANEGAN BAND “Gargoyle”

Dicen que no hay disco malo de Mark Lanegan. Escuchando este se puede constatar la afirmación. Podría parecer en su comienzo que el artista de la voz oscura decide finalmente abandonarse a los brazos de la electrónica, pero no. “Gargoyle” es un disco que tiene de todo, que abarca multitud de campos, sin un solo instante menor. Del pop casi industrial de “Nocturne” o “Drunk on Destruction” al folk sofisticado de “Goodbye to Beauty”, del rock garajero de “Emperor” a la sensualidad arrítmica de “Blue Blue Sea” y “Sister”. Con las colaboraciones más que habituales de Greg Dulli, Josh Homme o Jack Irons y con la ventaja de una voz que jamás pasa desapercibida, Lanegan se cuelga otra merecida medalla en la pechera.

RHIANNON GIDDENS “Freedom Highway”

Otra mujer, otro descubrimiento de 2017. Paralelamente a su banda Carolina Chocolate Drops, esta banjista, violinista y magnífica cantante se prodiga igualmente en solitario para honrar de un plumazo todos los símbolos de la América ancestral y sureña. Sufrimiento, dolor, injusticia, encuentros con el diablo, todo se hace imagen en esta colección ejemplar de canciones que beben del gospel y el blues, de los pozos oscuros de la música tradicional americana, de Robert Johnson y Mississipi John Hurt, de Odetta y Leadbelly, del jazz de Nueva Orleans. Y también, por qué no, de Joan Baez, Joni Mitchell, Emmylou Harris, Aretha Franklin, y todas esas voces femeninas superlativas que han cantado por lo mismo durante años. Por un poco de dignidad.

SYD ARTHUR “Apricity”

Este es un disco que ha pasado muy desapercibido en 2017. Lo cual es una pena, pues estamos ante una banda que podría hacerse con el cetro del indie rock si el viento soplara un poco a su favor. Sus anteriores trabajos asombraron por su madurez y su destreza malabarística, y lo mismo ocurre con este. No pierden de vista los sonidos progresivos de los setenta, pero se quieren colocar en la parrilla de salida del math rock. Su fuerte son los ritmos imposibles, esos que agitan “Coal Mine”, “Plane Crash in Kansas”, “Seraphim”, “Apricity” o la maravillosa “Into Eternity” hasta convertirlas en efervescentes. Gran disco. Gran banda.

THE BLACK ANGELS “Death Song”

He aquí a la (posiblemente) mejor banda de rock psicodélico del momento. Estrenando sello discográfico, los de Austin se consolidan en un estatus intocable, armonizando como nadie la potencia sónica y una envidiable puntería melódica. Combinación abrumadora que alcanza el éxtasis en momentos como “Currency”, “Grab As Much (As You Can)”, “Estimate” o “I Dreamt”. Fuerza bruta para un disco que calibra el prolífico Phil Elk, sutil generador del brillo deslumbrante de bandas como Built to Spill, Band of Horses, Fleex Foxes o The Shins.

THE WAR ON DRUGS “A Deeper Understanding”

Wagonwheel Blues” (2008) y “Slave Ambient” (2011) eran tan sumamente grandes que creíamos estar ante un clásico renaciente del rock. Sin embargo, “Lost in the Dream” (2014) nos dio un buen cachete en la cara, ahogándonos con sus estructuras interminables y su diletante pretensión. Aún armados de paciencia y esperanza, había que echar un ojo (o una oreja) a este nuevo trabajo, máxime cuando la crítica lo ensalza hasta las puertas del Olimpo. Y aunque “Up All Night” asombra por su alegría festiva y abre una puerta a la novedad, no hay que dejarse camelar. Adam Granduciel tendrá las ideas muy claras, pero siempre son las mismas ideas, dilatadas hasta el hastío, cocinadas y masticadas una y otra vez.

04 enero 2018

DISCOS EN RESCATE

La música que sonó en 2017 (1ª parte)

BECK “Colors”

Muchos meses estuvo en barbecho este disco, y todo por culpa de Donald Trump. Superado el disgusto y el luto, Beck decide que no hay mejor manera de combatir al enemigo que con una buena juerga. Porque su nuevo trabajo no es otra cosa que una fiesta supina, una auténtico jubileo de funk y dance. Cuidado: “Colors”, “Seventh Heaven”, “I´m So Free” o “Dreams” son corrosivamente adictivas. Aquí no hay nada que no hayan hecho antes los más modernos del lugar, aunque tratándose de quien se trata es más fácil prestar atención y asumir el resultado. Haga lo que haga, su imponderable itinerario artístico y su prestigio lo avalan. A bailar se ha dicho.

BENJAMIN CLEMENTINE “I Tell a Fly”

Poeta, bohemio, músico autodidacta, ex sin techo y ex artista callejero, la biografía de este británico es sin duda un cuento de película. De ahí que su música resulte tan particularísima y no deje indiferente. Cita como sus héroes a Nina Simone, Tom Waits y Nick Cave, así que no es casualidad que el espíritu de los tres deambule por este “I Tell a Fly”, un álbum sinuoso, ambicioso y elegíaco. Piano y clavecín (o algo parecido) son las herramientas más empleadas, aunque el protagonismo se lo lleve nuevamente la voz del bardo y su infinidad de recursos vocales. Ungido por las sombras de sus héroes, de ancestros soñados y de clásicos como Satie, Debussy o Chopin, compone una obra inclasificable y atemporal, puente entre el pasado y un futuro aún intangible, solo imaginable.

COLIN HAY “Fierce Mercy”

A veces hay discos que entran por los ojos. Este lo hace a través de su preciosa portada. Músico y actor, veterano en la sombra, lento pero constante, Hay lleva componiendo desde los ochenta y ha participado en multitud de proyectos musicales y televisivos. Su último trabajo se estrena sobrado de poderío y esperanzas, con dos joyas como “Come Tumblin´Down” y “Secret Love”. Después todo se estanca en un diccionario country-pop de medios tiempos, correcto pero pantanoso. Un disco que, a pesar de todo, lo convierte en pariente lejano de dos monstruos como Ray Davis o Paul Weller.

FLEET FOXES “Crack-Up”

El disco del año. Indudable e intocable. Seis años para concebir y alumbrar una obra que, por dedicación y obstinación, estaba obligada a ser lo que se esperaba que fuera: otra hermosísima epopeya onírica y pastoral. Sumamente valiente es la apertura con “I Am All That I Need/Arroyo Seco/Thumbprint Car”, un triple movimiento que bien puede enganchar por el cuello o tirar de espaldas. Una vez superado el trance, “Crack-Up” fluye y refulge a su antojo. Afincado definitivamente en las más altas cimas compositivas e interpretativas, Robin Pecknold vuelve a demostrar que lo que llamamos folk no es sinónimo de simplismo: es todo un mundo y aún no está agotado. Delicada y decorosa obra maestra lograda ensartando pequeñas labores orfebres, del calado y la belleza de “Cassius,-“, “Kept Woman”, “Mearcstapa”, “On Another Ocean (January/July)” o “Fool´s Errand”. Un disco monumental.

MODERN ENGLISH “Take Me to The Trees”

Pequeño homenaje merecido para esta banda, grandes de los 80, gregarios de lujo en la escena británica new wave. Difícil seguir la estela de un grupo que aparece y desaparece como el Guadiana. Por casualidad atrapamos “Take Me To The Trees” a mediados de año, un álbum que ni pintado para rescatar destellos ochenteros. No los artificiales años 80 de pega que se fabrican ahora, no; los auténticos 80, la economía de sonido, la gravedad y la claustrofobia. Con pelotazos como “Moonbeam”, “Sweet Revenge” o “Flood of Light”, o con melodías como las de “I Feel Small” o “Trees” (un guiño presuntamente involuntario al “Heroes” de David Bowie), es fácil echar de menos cualquier tiempo pasado. Aunque esto sea el presente.  

MOGWAI “Every Country´s Sun”

¿Quién dijo que Mogwai fueran cosa fácil? Hay que dedicarles tiempo y paciencia. El tiempo y la paciencia que requiere su último álbum, mayormente neutro en las primeras escuchas. Pero qué bueno es vivir la música en directo, pues no hay directo como el suyo para asentar conceptos. No es un disco relevante, pero a base de tenacidad “Coolverine”, “Brain Sweeties” o “Crossing The Road Material” se transforman en clásicos concienzudamente macerados, “Old Poisons” desbanca a “Glasgow Mega-Snake” y “Batcat” como filón diabólico, y “Party in The Dark” consigue introducirlos en el universo pop por la puerta grande.

RYAN ADAMS “Prisoner”

De Ryan Adams ya se dijo todo lo que había que decir en las crónicas de su paso por España el pasado verano. De “Prisoner” cabe decir que es su vigésimo trabajo (solo, con Whiskeytown o con The Cardinals), parido a lo grande como siempre, con un reverso de caras B adicional que lo multiplica más que por dos. Canciones de extremada corrección, rígidos moldes del estilo americana-para-todos-los-públicos, deudoras a veces de Dylan, a veces de Sprinsgteen. Demasiado insulso en su global, pero salvado por “Do You Still Love Me?” y “Anything I Say to You Now”. Dos canciones épicas y contundentes que sonaron y sonaron sin descanso en el 2017.

SHADOW BAND “Wilderness of Love”

El folk sigue estando de moda. No fue una vorágine de un día; sigue habiendo muchos músicos que buscan su inspiración y su camino en el sonido hedonista y psicodélico de los 60. Y nosotros, amantes de aquella década, encantados. La oferta es amplia y hay de todo, dentro de la comúnmente denominada escena neo-folk. Esta banda de Filadelfia aporta la parte lúgubre y funeraria al legado; “Wilderness of Love” suena lánguido, soterrado y perezoso, como una fotografía desenfocada, como un jugoso guiso a medio cocinar. Y qué buenas serían “Green Riverside”, “Indian Summer”, “Mad John” o “Darksiders´ Blues” con un poquito más de cocción. Con algo más de luz, el efecto sería mucho más amable.

SLOWDIVE “Slowdive”

Qué elocuente y bienvenido regreso. Qué placer que bandas como esta vuelvan, se crezcan y mantengan el orgullo intacto. Slowdive han renacido tras 22 años de aquel inclasificable “Pygmalion” (95). Y esta ha sido quizá una de las mejores noticias de 2017. Sobre todo porque, lejos de perder su esencia original, reivindican no solo su nombre, sino también su estilo. Un estilo que parecía andar en horas bajas, defenestrado o simplemente malinterpretado. Ocho canciones que vuelven a poner en valor el poder del ruido, y la capacidad ingénita de convertirlo en algo bello. Maremágnum de guitarras y susurros que vuelven a sumergirnos en un océano de prodigioso bienestar. “Star Roving”, “Sugar for The Pill”, “No Longer Making Time” y “Go Get It” conforman la columna vertebral de un álbum que camina erguido, y bien erguido.

SPOON “Hot Thoughts”

El aparente vuelco electrónico de Spoon ha dado sus frutos y los ha puesto en el punto de mira tras largos años de meritorio esfuerzo y rácana atención. Una pena o una alegría, según se mire. Nunca es tarde para hacer justicia. Y sí, quizá este sea su disco de influencia más digital, pero Britt Daniel es hijo del rock y no lo puede evitar. Por eso “Hot Thoughts”, “Do I Have to Talk You Into It” y “Can I Sit Next to You” despuntan sobre el resto. Un disco que va de más a menos, que se desinfla levemente a la altura de “I Ain´t The One”, culminando con el enésimo quiebro estilístico de la banda en la experimental, jazzística y muy, muy sorprendente “Us”.

TEMPLES “Volcano”

Con un debú absolutamente perfecto, ¿qué queda para después? Rezumando psicodelia por cada poro, alzando escaleras melódicas sinuosas, pisando el pedal del falsete hasta el derrape y tirando de sintetizador hasta el hartazgo, “Volcano” es superable e irregular. Cosas que arraigan pero no a la primera (“Oh The Saviour”, “Born into The Sunset”, “Open Air”), pasajes inofensivos (“Certainty”, “How Would You Like to Go?”) y desechos huérfanos de inspiración (“Celebration”, “Mystery of Pop”). En cuanto a “Roman God-Like Man”, alguien está robando algo en alguna parte, pero no sé dónde ni el qué. Larga vida al intocable “Sun Structures” (2014).

THE FLAMING LIPS “Oczy Mlody”

Símbolo consolidado de actos lúdicos, de humor negro y cultura naif, la madurez   sigue arrastrando a The Flaming Lips a nuevos test de laboratorio. Otro experimento de bucles, ecos y fanfarria, sobredotado de efectismo y grandilocuencia, y sin embargo menos sedante que aquel “The Terror” (2013). Ensamblado todo dentro de un mismo hilo argumental, escasean las piezas acreedoras del término “canción”, y en aquellas que lo parecen (“Sunrise”, “The Castle”, “We A Famly”) rozan peligrosamente el autoplagio. Su extravagancia y osadía tienden a infinito.

16 noviembre 2017

CONCIERTOS: SPOON

Madrid. La Riviera. 15 de noviembre de 2017.


Britt Daniel es un superclase, dentro y fuera del escenario. También es un compositor sublime. A su alrededor orbita una congregación de adláteres sobresalientes, y todo ello deriva en un resultado irrebatible e imponente. Enséñenme una opinión o reseña negativa sobre Spoon, una sola. Es difícil encontrarla. Será porque estos tipos llevan más de veinte años haciendo las cosas bien, con cabeza y corazón, manteniéndose en un eterno segundo plano en el que no parecen sentirse incómodos. Bien es sabido que en el rock hay héroes o anti-héroes. Nosotros idolatramos a los segundos, ese concepto romántico de que el músico es un ser de carne y hueso, una persona corriente, un compañero de camino. Britt y sus muchachos parecen serlo, y eso hace mucho más interesante y convincente su propuesta. El pasado verano en el Mad Cool ofrecieron un concierto perfecto y ahí fue donde prometí serles fiel con ánimo de devoto peregrino. Si aquel concierto fue perfecto, el de anoche fue pluscuamperfecto. Una demostración de pluralidad sonora y de elegancia en las tablas. Sí, a nuestro amigo Daniel le sale la elegancia por las orejas, y no es algo impostado y prevenido: es la seguridad de poder cantar lo que uno quiere y compartirlo con los demás sin temor al juicio sumarísimo. Un rédito que solo se consigue con los años y el trabajo. A Spoon les queda un largo recorrido pero ya son un poquito de Historia con mayúscula.
 
Hot Thoughts” (2017) puede que sea sin duda uno de los discos de este año. Aunque los rockeros puristas vean con recelo contenido sus avances electrónicos, no, este no es un disco electrónico ni mucho menos. Es simplemente lo que toca, el eslabón que faltaba en la larga cadena de estilos con los que Daniel coquetea en cada álbum e incluso a veces dentro de una misma canción. Y aunque hay muchos teclados, los de un Alex Fischel que se ha convertido en el virrey de la banda en los estudios y en los escenarios, ¿quién puede ignorar ese pálpito bluesero de “Do I Have to Talk You Into It”, el bajo aplastante de “Can I Sit Next to You” o el vírico riff de “Hot Thoughts”? Sí que es cierto que Britt le va cogiendo el gusto a eso de dejar la guitarra en modo reposo, que puede explayarse mucho mejor en sus ejecuciones vocales (peculiar y gran voz la suya), en su aristocracia teatral y en su cómplice trato con la audiencia. Y hablando de audiencia, no quiero dejar pasar la siguiente reflexión, contrastada en todos y cada uno de los conciertos de Spoon que he visto: quizá no sean demasiados (una Riviera a medio aforo anoche) pero sus admiradores son de una fidelidad y entrega envidiables. A la luz quedó en momentos como “The Underdog” o “Hot Thoughts”, que fueron dos jubileos masivos inenarrables.

El caso es que, quitando algunos momentos altamente sintetizados (“Inside Out”, WhisperIlllistentohearit”, “Pink Up” o esa densísima tregua que hacen llamar “Via Kannela”), lo que primó anoche fue el rock. Y entendamos rock en el amplio sentido del término, junto al roll, al funk, al pop, al punk, etcétera. Porque ya lo dice el estribillo de “The Beast and Dragon, Adored”: “I got to believe it come from rock and roll”. Pues eso: cada uno en su casa y el rock en la de todos. La impoluta discografía de Spoon da alimento para cientos de inmensos conciertos, siempre diversos, nunca monográficos. Ayer volvieron a aferrarse a lo clásico, a temas como “I Turn My Camera On”, “Don´t You Evah”, “Do You”, “Don´t Make Me a Target“ o “The Underdog”, que más que tópicas ya son proverbiales, y que cada vez lucen con más matiz y más vigor (qué importante es ese quinto elemento para su directo). Echaron la vista aún más atrás para rescatar la estupenda “Everything Hits at Once” (casi diecisiete años tiene ya la criatura) y volvieron a convertir “My Mathematical Mind” en un titánico Goliat. La soltura de Britt quedó patente en la versión en solitario de “I Summon You”, que tan buena es vestida como desnuda. “Hot Thoughts” puede que sea la mejor canción del año, pero combinada con “Rent I Pay” es una rúbrica real, una decorosa y para nada inmodesta autoafirmación de categoría. Impecables tanto en grandes como en pequeñas citas, Spoon son la apuesta sin riesgo y la verdad a voces. Gigantes del rock sin cetro, pero con leyenda.

SET: “Do I Have to Talk You Into It”, “Inside Out”, “I Turn My Camera On”, “WhisperIlllistentohearit”, “The Beast and Dragon, Adored”, “Don´t You Evah”, “Do You”, “Via Kannela”, “I Ain´t The One”, “Everything Hits at Once”, “Can I Sit Next to You”, “My Mathematical Mind”, “Don´t Make Me a Target”, “The Underdog”, “Got Nuffin”, “Black Like Me”// “I Summon You”, “Pink Up”, “Hot Thoughts”, “Rent I Pay”.

26 octubre 2017

CONCIERTOS: MOGWAI

Madrid. La Riviera. 25 de octubre de 2017.


Después de un atracón sin precedentes hace un par de años (concierto en Lisboa, revisión de discos y rarezas, videos de youtube a porrillo), esta nueva cita demandaba no querer saber. Solo un par de audiciones de “Every Country´s Sun” (2017), un disco que no dice casi nada nuevo de ellos. Es inútil ilustrarse sobre qué pueden ofrecer, pues no hay dos conciertos iguales de Mogwai en una misma gira. “Os conozco demasiado bien, no me vais a sorprender” pienso en la tensa espera. ¿O sí? John no está. Martin tampoco. Y Dominic (que nunca ha tenido mucho pelo pero ahora sí, ¿eeein?) se ha transformado en Rasputín. Menos mal que Barry sigue siendo Barry, y Stuart sigue siendo Stuart; si no, hubiera pensado que me había equivocado de fecha o de sala. Pero yo los quería a los cinco. A la pandilla completa de amigotes. A los cinco que he seguido desde jovencita, en las duras y en las maduras. No concibo a Mogwai sin sus tres calvos. Así, 20 Size” (la apertura) transcurre en estado de shock y estupefacción, pero la devastadora e intacta épica de “I´m Jim Morrison, I´m Dead” desvela rotundamente que no hay ni una mínima fisura. Todo está sellado y bien sellado. Investigaciones posteriores me aclaran las dudas: John abandonó el barco hace un tiempo y Martin anda convaleciente de lo suyo. El deceso de Sonic Youth me enseñó la lección de que nada es eterno. Parece mentira que ayer no me acordara.

Pero pese a esos minutos de tambaleo, el affair con los escoceses continúa, porque el amor hacia ellos y hacia tantas de sus canciones es inconmensurable, y ni siquiera un disco trivial puede con él. Ahorran en juguetitos esta vez, apartando a un lado la era digital, se centran en las guitarras y pedales, y construyen nuevos panteones como “Party in the Dark” (su hit más hit), “Battered at a Scramble” y “Old Poisons”, que como punto y aparte nada tiene que envidiar a la tremebunda “Batcat”. Quizá estamos ante los nuevos himnos del futuro, aunque sea tan difícil olvidar los del pasado. Insisten con “Hunted by a Freak” y “Rano Pano”, y es de agradecer. El alma y la fibra. Gran momento ese en el que Barry se levanta, agarra el bajo que le tiende Dominic y decimos al unísono: “¡¡ranopano!!”. O ese otro momento en el que Stuart se sienta y anticipamos extasiados: “¡¡heliconone!!”. Es como cantar gol antes de que la pelota entre. Somos fans de corazón.

Pues eso, “Hunted by a Freak”, “Rano Pano” y “Helicon 1”, degustadas y digeridas tantas veces, repetidas y archisabidas de pe a pa, ahora entra el bajo, ahora el pedal, ahora escampa, ahora estalla, aportan la misma sensación de plenitud y bendición a la cuadragésimotercera vez. Estas canciones alimentan. Me atrevo a decir incluso que engordan. Y lo mismo pasa con “Take Me Somewhere Nice”, la tierna joya que nos permite balbucir lo de “what was that for?” y sacudir ese mono de escolanía que siempre nos entra cuando suenan nuestros grupos favoritos (lo mismo haríamos con “2 Rights Make 1 Wrong” si entendiéramos su galimatías). Me gusta mucho que Stuart cante. En la justa medida para vindicar y no saturar. Y hablando de joyas, “Friend of the Night” no es solo un aparte más del repertorio: es todo un regalo. Un primer bis para comérselos a besos.

Y sabíamos que iban a tocar “Mogwai Fear Satan”. Es otra de las fijas, un emblema de su carrera y sus directos, siempre tan espesa e impetuosa. Relájate y déjate llevar. La cosa va a durar un buen rato. Anoche un silencio histórico envolvió La Riviera durante el dócil interludio. No se oía ni una mosca. Allí nadie se atrevía a pestañear. Hacía tiempo que no vivía algo igual. Yo, fiel defensora del respeto y el sigilo, anoche por un momento vi a Dios. O a Satán, qué más da.

No sé qué mano dirige la empresa de estos muchachos, pero hay una mano, lo sé, que los dota de una emocionante rotundidad. Porque, como la simple existencia, su música es un sube y baja, un aprieta y afloja del que uno va saliendo como buenamente puede. El ímpetu sobrenatural del superhéroe cotidiano, ese que tantas veces se cae y se levanta. Digamos que hay que gozarlos en vivo para entender de qué va el tema, aunque sea solo una vez. En su vigésimo cumpleaños hablé de perseverancia, y quizá ese sea a fin de cuentas el único secreto. Con John o sin John, con Martin o sin Martin, el campo lleva ya mucho tiempo abonado. Que la catarsis y la inmensidad sigan su curso.

El set: “20 Size”, “I´m Jim Morrison, I´m Dead”, “Party in the Dark”, “Take Me Somewhere Nice”, “Crossing the Road Material”, “Hunted by a Freak”, “Battered at a Scramble”, “Rano Pano”, “Helicon 1”, “Every Country´s Sun”, “2 Rights Make 1 Wrong”, “Old Poisons”//”Friend of the Night”, “Mogwai Fear Satan”.

24 septiembre 2017

REPORTAJES: SONIC HIGHWAYS

LA GRAN OCURRENCIA DE DAVE GROHL

A rebufo de la actuación de Foo Fighters este verano y gracias a los habituales trabajos de familiarización previos, a mis manos llegó hace unas semanas un diamante en forma de serie documental. A Dave Grohl se le ocurren cosas muy originales y dicharacheras. Pero esta puede que haya sido su ocurrencia más épica y valiosa, desde un punto de vista personal (experiencia divertidísima, nostálgica y particularmente enriquecedora para la banda), pero también desde un punto de vista gráfico e histórico. La idea de “Sonic Highways” (2014, emitida en HBO) era simple y a la vez compleja: se trataba de grabar ocho canciones en ocho estudios de ocho ciudades diferentes, y a la vez bucear en la escena, legado y espíritu musical de cada una de esas cities. Los enclaves elegidos eran obvios: Chicago, Washington DC, Nashville, Austin, Los Angeles, Nueva Orleans, Seattle y Nueva York. Ocho ciudades que poseen la indudable franquicia cultural y sonora de un país entero, de norte a sur, de este a oeste. En ocho episodios (a cual más apasionante) la familia Foo Fighters se desplaza a cada uno de estos escenarios con la intención de grabar una canción, sí, pero además recabar declaraciones, imágenes, testimonios, recuerdos y sabores. Todo ello nutre el proceso compositivo de Dave Grohl, así como su potencial narrativo, didacta y analítico. Porque Grohl no solo es una rock star; también es un melómano, un estudioso, un fan, un fetichista, un alma todoterreno que se deja abastecer por todos los proveedores de la música popular. Y he aquí el resultado de tan plausible iniciativa: una soberbia superposición de sonidos e imágenes actuales y de archivo, un desfile majestuoso de grandes nombres (músicos, productores, editores, críticos…), una colección de enseñanzas memorables sobre los mundos (y submundos) nacidos en todos estos célebres rincones. En resumen: una auténtica celebración de esa cosa que tanto amamos y que tanto nos importa, esa cosa llamada música.   

Los ocho episodios de esta serie nos llevan a multitud de lugares emocionantes: a los clubs blueseros del Chicago de Muddy Waters o Buddy Guy; a la escena go-go de Washington creada por Chuck Brown; al Gran Ole Opry como plataforma de ídolos country en Nashville; al espacio mágico y divulgativo de Austin City Limits; a las fiestas de Palm Desert; a los desfiles dixieland de Nueva Orleans; al Seattle boyante de los 90 y el milagro Nirvana; al estallido hip-hop neoyorkino y al mítico CBGB. Un viaje alucinante apuntalado por las valiosas declaraciones de músicos como el propio Buddy Guy, Rick Nielsen, Dolly Parton, Emmylou Harris, Steve Earle, Tony Joe White, Willie Nelson, Joe Walsh, Roky Erickson, Billy Gibbons, Allen Toussaint, Cyril Neville, Dr. John, Ian McKaye, Chris Cornell, Josh Homme, Ben Gibbard, Gary Clark Jr., Thurston Moore o Chuck D. O de productores como Steve Albini, Rick Rubin, Tony Brown y Daniel Lanois. O de personajes perpetuadores de herencias culturales, como Ben Jaffe, Rodney Bingenheimer y Norah Guthrie 

Sonic Highways” (el disco) quizá no sea lo más laureado de Foo Fighters, pero sí que es su auténtico álbum-epopeya. Cachitos de fábula creados y producidos (por Butch Vig, cómo no) en rincones tan especiales como los Electrical Audio Studios de Steve Albini, el Inner Ear en Washington, la casa-estudio de Zac Brown en Nashville, el espacio del Austin City Limits, el turístico Rancho de Luna, el legendario Preservation Hall de Nueva Orleans, los estudios de Robert Lang en Seattle y el recientemente clausurado The Magic Shop de Steve Rosenthal en Nueva York. Canciones que contaron con el estimable apoyo de muchos de los testigos de esta magnífica invención (Rick Nielsen colabora en “Something from Nothing”, Zac Brown lo hace en “Congregation”, Gary Clark Jr. en “What Did I Do?/God as My Witness”, Joe Walsh en “Outside” o Ben Gibbard en “Subterranean”). Canciones que son una excusa para aprender, vivir, mirar más allá, y descubrir que todos los caminos de la música se cruzan en un mismo destino. Un destino inmaterial radicado en una ciudad imaginaria que todos hemos visitado y a la que siempre somos bienvenidos. 

21 julio 2017

CONCIERTOS

MAD COOL FESTIVAL

Madrid. Caja Mágica. 6, 7 y 8 de julio.

Hace ya dos semanas de la celebración del Mad Cool y todavía sigue coleando la resaca del evento. Las miradas preocupadas hacia el cielo, los aconteceres trágicos colaterales y, sobre todo, la música que sonó, la buenísima música que sonó. Que todos los festivales tienen su punto enriquecedor. Solo hay que ir con la mente abierta, pues cualquier artista no bien conocido puede desencadenar emociones insospechadas, y cualquier artista defenestrado puede devolverte a los momentos más dulces de tu pasado. El jueves comenzó con el interés por ver a uno de esos artistas desconocidos a priori deseables: George Ezra. Pero la tromba de agua solo permitió unos húmedos acordes de la magnífica “Cassy O” en la lejanía, un épico y maldito estreno de barro hasta el tobillo y agua hasta la rodilla. No fueron posibles las ansiadas “Listen to The Man” y “Song 6”, pero a este chico hay que apuntárselo para futuras citas. The Lumineers también se vieron damnificados por el tremendo chaparrón, demorando su actuación más de media hora y reduciéndola a la mínima expresión. Varios hits en la más incrédula frialdad y punto.

Claro que ya estaban Foals a continuación para subir los grados del termostato; y lo supieron hacer, o al menos lo intentaron. Reverencias para el repertorio escogido, con alusiones a aquel distinguido “Antidotes” de 2008 (“Olympic Airways” y “Red Socks Pugie” son dos bocados de gloria) y a su faceta más artesana, es decir, la de los arpegios y riffs magistrales, “Mountain at My Gates”, “My Number”, la milimétrica “Night Swimmers” o el homérico tour de force de “Black Gold”. Pero está claro que esos Foals de cátedra han quedado relegados (en el inconsciente festivo de la masa etílica) a su más reciente faceta dinamitera, porque solo “Inhaler” y “What Went Down” callaron bocazas parlanchinas y desataron fiebres. Un final volcánico para un show de tomar apuntes.

Las estrellas de la noche eran Foo Fighters, y yo los dejé atrás hace mucho tiempo. Pero Dave Grohl siempre ha sido ese personaje del rock que perdura y madura, el eterno y grandioso superviviente nirvánico. Y con sus temas bien repasados (algunos los has escuchado cien veces aunque no sepas dónde ni cuándo) te plantas frente al escenario esperando ver lo que realmente ves: una apisonadora. Un coloso devastador que hace entrada con pie de hierro al son de “Everlong” y “Monkey Wrench”, que desata una batalla atacando por los flancos y sin pausas, que solo se permite el respiro del engaño en versiones ligeras (“Big Me”, “Skin and Bones”) para luego volver a disparar a quemarropa. “Puedo estar gritando toda la noche” decía Grohl. Ya lo sé, hijo. La cuestión es: ¿cómo puedes estar gritando así toda la vida? Cuando la evidencia se hace carne hay que rendirse a ella: Foo Fighters han creado un arsenal de ingentes temas, una fábrica de adrenalina, y “Learn to Fly”, “The Pretender”, “Times Like This”,  “Congregation”, “All My Life” o “My Hero” no pueden más que desfilar orgullosas por el tomado campo de batalla. A Dave siempre lo quise (qué le vamos a hacer, siempre me enamoro de los feos) y desde ahora siempre lo querré. 

Pero hay otras cosas que me apetece recordar: quiero recordar los viejos tiempos, los tiempos en que éramos jóvenes y comprábamos nuestros primeros CDs (y no existían el streaming ni el mp3). Quiero recordar a Belle and Sebastian, pero no estaba programado, es solo fruto de la improvisación. Así que no he estudiado, voy pez, pero enseguida desempolvo los retales de “Seeing Other People”, “Judy and The Dream of Horses”, “The Stars of Track and Field” y “The Boy With The Arab Strap” que quedaban en mi cabeza, y comprendo por qué esta banda me gustaba tanto antaño. Porque son a la vez dulces como un pastel y listos como un zorro. Y además han evolucionado hacia un mundo lúdico-festivo que a veces resulta de lo más chic: a “Perfect Couple” y “The Party Line” me remito. 

La noche termina con las esperanzas puestas en unos Kurt Vile & The Violators que prometen (apertura inmejorable con “Jesus Fever”) pero resultan fríos, que suenan bárbaros pero se demoran en la languidez, que dejan la chicha para el final pero seccionan “Pretty Pimpin´” justo en lo mejor. Y que por fin se arrancan con una “Freak Train” que gozamos a medias, solo en plena retirada y con la fe harto mermada.



El viernes es el día grande aunque al final se convierte en el día triste. Empieza más grande de lo previsto porque Aurora & The Betrayers se han colado en el escenario KOKO en lugar de Peter, Björn & John. Y no hay sol ardiente que pare a esta mujer, pura energía y voz, puro estilo y buen gusto. Otro ciclón escénico. Y lo mejor es que es nuestra, patrimonio nacional, made in Spain. Debemos estar orgullosos de ella y reservarle desde ya un hueco en nuestra fosca Historia. Y hablando de estilo y buen gusto, Spoon también andan sobrados. Leo en alguna parte que alguien los nombró “la mejor banda del mundo en los 2000s”. No puedo rebatirlo. Como diría un buen amigo, son tan buenos que dan miedo. Vienen con nuevo disco bajo el brazo, pero sus nuevas canciones se alían con las anteriores o con las antiguas en un engranaje ecléctico, recio, sólido. Muy americano. A veces muy funky. A veces muy chulesco. Me gustan las nuevas (“Do I Have to Talk You Into It” y “Hot Thoughs”). Me enganchan las anteriores (“Rent I Pay” y “Do You”). Me chiflan las anteriores a las anteriores (“Don´t You Evah”, “The Underdog” y “My Mathematical Mind”). Me apunto para siempre a esta banda, caminando a paso firme y en silencio hacia el Olimpo. Y después llega ese al que nunca hemos visto, que sabemos que existe porque nos lo juran, que lleva más de una década sin pisar España. Llega Ryan Adams y su concierto se anuncia con la prohibición de disparar flashes, y entonces afirmamos: es él. Dejando a un lado el personaje, es de justos reconocer el valor de su legado artístico (vasto, vastísimo), repertorio que podría hacer sombra al de Bruce Springsteen si uno y otro no fueran como son. “Do You Still Love Me?” arranca una actuación que se antoja histórica aunque finalmente solo acabe siendo notable. Porque si todo hubiera sido como “To Be Young” y “Shakedown on 9th Street”, eso sí que hubiera sido memorable. Pero Adams es un músico de matices, y todos ellos aparecen en su recital: garage rock, soul, folk, hasta exhibiciones de improvisación jazz. También es una inagotable fuente de grandes composiciones, pues tan soberbia es la reciente “Anything I Say to You Now” como la reconocida “New York, New York”. Se va dejando un ilustrativo muestrario de su todo entero. Y solo Dios sabe cuándo será la próxima.

Decido perderme a Green Day porque el mecanismo del remembering tiene un límite (aunque asisto de reojo al show circense de “Hitchin´a Ride”), y me lanzo a descubrir qué puede ofrecer Benjamin Booker en directo. Tengo puestas mis más grandes esperanzas en este joven músico negro, porque amo a los músicos negros, pues solo me dan alegrías. Pero lo que veo es solo ejecución y muy poco espectáculo. Espero un loco despliegue de energía y color, de expresión y alma, y solo veo cuatro músicos tocando en la noche. Nada más. Me voy un rato después de “Believe” y regreso luego para degustar “Witness”. Y el concierto queda encallado y perdido en los pliegues de la memoria. 

Pero que no decaiga el ánimo, amigos, que lo vamos a flipar con Matt Schultz (eso me dicen). En efecto, Cage The Elephant son la bomba. Y su cantante-saltimbanqui-contorsionista es digno de grabar un video. Su apoteósica entrada en escena con “Cry Baby” es solo el anuncio sonado de una hora de intensidad catalítica, de melodías que nos retrotraen a los mejores tiempos del british más salvaje, de flashes de los Who, de desenfrenadas carreras visuales hacia ese tío con colores del Athletic de Bilbao que canta, salta y se contorsiona como si no hubiera mañana. Ni el colapso de una torre de sonido durante algunos minutos empaña tal vomitona de carácter ni el entrañable estribillo de “Whole Wide World” (original de Wreckless Eric). Doy fe de que “In Our Ear”, “Spiderhead”, “Mess Around” o “Teeth” resucitan a los muertos. Y al oído me chivan que estos tíos han teloneado a Foo Fighters y que hasta Dave Grohl ha tocado con ellos. Vamos si me lo creo. Después de algo así nada puede mantener el nivel: ni el desenlace de Green Day ni la promesa de unos esperadísimos Slowdive (que luego decidieron no comparecer en un honrado gesto de máximo respeto).


Y platos fuertes para el sábado, precedidos por un artista, Xavier Rudd, del que habíamos leído mucha mitología: su estilo de vida, su ancho idealismo, su virtuosismo instrumental. Y qué rato tan especial, cuánta alegría y ternura, cuánto amor a espuertas y cuánta calidad. En formato trío, el australiano demostró que es un fiel apéndice de los grandes nombres del reggae, un Bob Marley de piel blanca y pelo rubio convencido de lo que hace y dice. Nuevos himnos rastafaris como “Creacient” o “Flag” que se te pegan a la piel y te acunan días y días, y que bien pueden acabar en una rave party inesperada a golpe de didgeridoo, sí, ese palitroque ancestral al que Xavier sabe sacar todo su jugo. Pero no todo es reggae y tradición; la fantástica “Bow Down” desprende mucha electricidad y “Follow The Sun” se celebra como un himno folk campestre a la vera de un río en una excursión de scouts. Lo dicho: qué rato tan especial. 

Como especiales son Wilco, sea donde sea, sea cuando sea, toquen lo que toquen. Siempre da gusto verlos, y cuanto más los ves más los admiras, más ganas te dan de llevártelos a casa en la mochila (al nuevo Jeff Tweedy con sus trenzas de Pocahontas me lo hubiera llevado sin dudar). Porque hay algo en ellos que huele bien, que sabe auténtico, que rezuma sabiduría y también honestidad. Hay algo en ellos que muy pocas bandas tienen y pocas bandas pueden llegar tan hondo como ellos. De las grandes “I Am Trying to Break Your Heart”, “War on War”, “Heavy Metal Drummer” o “I´m The Man Who Loves You” poco hay ya que recalcar. Anticipábamos, y así fue, que sus nuevos himnos lo-fi ganarían kilos en directo, y preveíamos un momento de gloria para Glen Kotche (“Via Chicago”) o para Nels Cline (“Imposible Germany”) en el sempiterno uno para todos y todos para uno. No sabíamos que también habría espacio para Billy Bragg (“California Stars”), pero no se puede estar en todo. Porque por más que los hayas estudiado siempre hay un detalle que se escapa, que no ves o que te pierdes. Por eso hace falta que sigan adelante; para poder disfrutarlos muchas veces más. Y aprender. Jóvenes músicos del mundo: mirad a Wilco y aprended. 

Y ya de paso, jóvenes músicos del mundo: mirad a Manic Street Preachers y aprended también. Que ni los años ni los baches ni las modas puedan con vosotros. Que la convicción os marque el camino y la perseverancia os lleve hasta el final. Hace 16 años que no veía a los Manic. Entonces estaban en auge, eran tremendos, eran los Manic del “todo debe continuar”. 16 años después siguen siendo tremendos. Con los posos y los callos de la madurez son incluso más grandes, atemporales y extrañamente familiares, y ya se encargan de dejarlo claro desde el minuto uno, blandiendo “Motorcycle Emptiness” como su más simbólica bandera. Solo un par de nuevas canciones inmersas en una plantación de recuerdos imborrables (“Everything Must Go”, “You Stole The Sun from My Heart”, “If You Tolerate This..”, “You Love Us”, “Ocean Spray”, “Tsunami”, no faltó ni una), tocados con el vigor y la fuerza del primer día. El final no podía ser otro que “A Design for Life”; con ella terminaron hace 16 años, con ella terminan ahora, el entusiasmo es inquebrantable y la emoción es la misma. Pura resistencia. Y después de lo previo solo quedan los restos. Con esto no quiero ofender a Kings of Leon, pero ¿dónde están los descendientes originales del abuelo León? Aquellos Followills de hace trece años, con greñas y pintas de comunidad amish, los que tanto nos divirtieron en el FIB 2004. Se los ha tragado la tierra. O las corrientes o las masas. Ahora son cabezas de cartel. Y me aburren. Porque no se puede ser más sosaina que Caleb Followill, sus últimos discos son un tostón, salen demasiado en los anuncios, me tengo que ir a “The Bucket”, “Fans”, “Knocked Up” o “Crawl” para que los pelos se me ericen un poco, y tener enterrado y olvidado “Youth & Young Manhood” (2003) es un crimen innombrable. Pero así es la vida y así es la música. Y así son los festivales y así serán. Que vengan muchos más.