28 febrero 2012

DISCOS

TINDERSTICKS. The Something Rain.

La eterna bienvenida.

El Melómano Volador no lo pudo expresar mejor: Tindersticks son como un viejo amigo que vuelve a hacerte una visita cuando estabas a punto de olvidarlo. Ese amigo que llegó a significarlo todo, que te endulzó la vida en un instante, salvándote de la estulticia y la chabacanería. Ese amigo al que, a fuerza de deberle cosas, eres incapaz de decir no. Así que cada álbum de estos tipos es recibido con los brazos abiertos y una aquiescencia anticipada. Que entren por la puerta y se quiten los abrigos, que se pongan cómodos e inicien su perorata: somos todo oídos. Y da igual que vengan contando las mismas cosas de siempre; más vale lo bueno conocido.

Pues bien, raro se hace que empiece la historia y no sea la voz de Stuart Staples la que hable. Los primeros acordes de “Chocolate”, exquisita creación narrativa de David Boulter, enamoran con su calidez por sí solos avanzando un desarrollo interesante. Y en efecto, “The Something Rain” (2012) es de lo más interesante que los de Nothingham han firmado en años, una pequeña obra de ingeniería con canciones extensas y bien trabajadas, un cóctel donde el pop, el soul y el jazz vuelven a fundirse en un compacto todo. De nuevo queda patente que ahora prefieren los metales a las cuerdas, aunque de estas aún queda un bello vestigio en “Medicine”. Las sobresalientes “Show Me Everything”, “This Fire of Autumn” o “Slippin´ Shoes” devuelven a unos Tindersticks en estado de honda inspiración. Una inspiración que se torna divina gracia en “Frozen”, un bombazo entre funk y free jazz que deja sin aliento, un toque de oscuridad y doblez siniestra al estilo “Bathtime”. Y aunque en “A Night To Still” o “Come Inside” se condensen los vapores de esas pequeñas viejas cosas de siempre, también es justo y necesario conservar un milímetro de identidad. Hablar de identidad es hablar de esa personalidad suya tan única, marcada y genuina: cuando suenan son ellos, solo ellos y nadie más. Un clásico del romanticismo contemporáneo. Una apuesta segura. Un aplastante sí o sí.


26 febrero 2012

CANCIONERO

THE SUNDAYS. Joy.

Cuando hablo a la gente de The Sundays, todos creen que les estoy hablando de los Drivers. Jesús, qué paciencia hay que tener. Pues entérense todos, The Sundays fueron una banda delicada, exquisita y también efímera, admirada entre otras cosas por la encantadora voz de Harriet Wheeler. Publicaban su primer largo allá por el 90, permaneciendo activos apenas siete años. Después hubo dos discos más. Nos dejaron pocas canciones, pero qué canciones. “Joy” es una de ellas, una triste delicia, un amargo café con un terrón de azúcar y un chorreón de melancolía. Se hacía de rogar en su primer trabajo, aquel esperanzador “Reading, Writing & Arithmetics” (90), disco premiado con casi 5 estrellas por la All Music Guide. Ocupaba el último lugar en ese álbum, ni siquiera fue promocionada como single, pero puede considerarse como una de las mejores canciones de los londinenses. The Sundays supieron agarrar las últimas cenizas del post-punk y guardarlas en una urna con ternura. Breves pero inolvidables.

JOY

The Lone Ranger sold his wardrobe
The Lone Ranger sold his bad dog
Well you saw him and you could hardly know
´Cause times change, I know

On some days he´s more than humble
Yet on some days he´s cold and mad, mad as hell
Well you saw him and you could hardly know
It´s so strange and well I, I know

Those lakes of golden water
Those lakes of gold are all running out
Well you saw him and you could hardly know
It´s so strange and well I, I know

Joy, joy, joy
Work, work, work harder
Sure as the hours
Joy, joy, joy
Work, work, work harder
You say


21 febrero 2012

RETROSPECTIVAS

MIDNIGHT OIL. Diesel and Dust.


Joyas de los 80.


¿Por qué son tan buenos los grupos australianos?. Ahora mismo no se me ocurre ninguno que no lo sea, aunque los habrá como en todas partes. ¿Qué tendrán las Antípodas, ese paraiso al que todos querríamos ir al menos una vez en la vida, para algunos el destino idílico para una placentera jubilación?. Pero Australia también tiene sus crisis, sus problemas sociales, su lado oscuro. Y si no que se lo pregunten a Peter Garrett. De músico activista a político con cartera. El ex lider de Midnight Oil colgó el micro por la corbata, y ahora forma parte de la clase más estafadora y sospechosa del planeta. Si lo hace bien o mal no lo sabemos. Así que hablemos de su pasado, de aquella estupenda banda en la que militó, y cómo no, de una de sus obras más impactantes: “Diesel and Dust” (87).

Precedido por algunos álbumes muy notables, este disco supuso el cénit en la carrera de la banda de Sydney. ¿Quién no conoce “Beds Are Burning”?. ¿Quién no la ha tareado o bailado alguna vez?. Su segundo introductorio de trompetas ya es un clásico de nuestros días y nuestros bares. Esta canción es solo una muestra del poder que desplegaron Garrett, Jim Moginie y Robert Hirst en este trabajo, cazando melodías inmensas y gestionándolas a la perfección. Un disco en el que la banda se mueve entre lo heavy y lo ligero. La garganta de Garrett aportaba ese granito de arena rebelde y guerrillero, efecto difuminado al sumergirse entre acordes pop y acompañamientos. Sus estribillos interpretados a dos, tres o más voces se han convertido en una reliquia interina del mejor rock contemporáneo. Y un buen puñado de sus mejores temas se concentra en esta joya absoluta del 87, cuarenta y seis minutos sin un solo instante de morralla. Habría un grupo de cabeza, el de las grandiosas, copado por la mencionada “Beds Are Burning”, “Dreamworld” y “The Dead Heart”, tres de los singles apropiadamente extraidos del álbum. Luego encontraríamos un segundo y nutrido grupo para las fabulosas “Put Down That Weapon”, “Warakurna”, “Bullroarer”, “Sell My Soul” y “Sometimes”. En otra sección entrarían “Arctic World” y “Whoah”, los momentos tranquilos de un álbum donde no solo cabe la acción-reacción. Y por último queda “Gunbarrel Highway”, la canción maldita, eliminada de la edición americana por contener versos “netamente ofensivos” para el comedido y decoroso yanki medio (sí, ese que anda por ahí con una pistola en el bolsillo).

Pero “Diesel and Dust” no solo merece una retro por su calidad musical, también por su significado social. Como todos los álbumes de los Oils, no le falta su por qué, no ya el meramente artístico-creativo sino el reivindicativo. El disco aboga por muchas causas nobles, como la defensa del medio ambiente y los derechos de propiedad de la comunidad aborígen australiana. Ya sabemos que hoy por hoy corren tiempos de recorte inmisericorde, privación de derechos, descontento y miedo general, así que esta podría ser una buena banda sonora para la lucha. Si es que a alguien le apetece luchar, claro.


16 febrero 2012

DISCOS

MARK LANEGAN. Blues Funeral.

Experiencias aplicadas.

Cómo pasa el tiempo. Ya hace más de siete años desde “Bubblegum” (2004), última referencia propia de Mark Lanegan. En todo este tiempo, el hombre con la voz más tremebunda del rock alternativo ha pasado por muchos estadios. Ha jugado a actor secundario, a colaborador usual, se ha enfrascado en múltiples y variopintas experiencias (al lado de Greg Dulli, Isobel Campbell y Soulsavers, básicamente) con las cuales parece haber logrado una expiación necesaria y un valioso aprendizaje. Al fin volvemos a tener canciones suyas, ¿y quién puede resistirse a un título como “Blues Funeral”?. Yo desde luego no. No es que el blues haya muerto; las flores de la portada no son flores de óbito sino de renacer, porque el blues ahora suena diferente, alcanzando unas texturas acorde con los tiempos que corren. Porque si algo ha aprendido Lanegan en su estimulante viaje es que toca mutar, adaptarse, reinventar un sonido moderno y vanguardista sin perder las semillas de orígen.

Así que muchos de los cortes de “Blues Funeral” (2012) suenan como lo harían, por ejemplo, los discos de TV on The Radio. Para algunos manejar cajas de ritmo y elementos electrónicos resulta una aventura fatal, pero asombrosamente en este caso el acierto es evidente. El gospel y el blues del siglo XXI se consagran gloriosamente en “Bleeding Muddy Water”, “St. Louis Elegy”, “Leviathan” o “Deep Black Vanishing Train”, conviviendo con latigazos de rock pantanoso (“Riot In My House”, “Quiver Syndrome”), pequeñas joyas de electro-pop (“Gray Goes Black”, “Harborview Hospital”) e incluso un grandioso y cautivador momento llenapistas (“Ode To Sad Disco”). No nos equivoquemos, el ex Screaming Trees no ha mudado del todo su piel negativa, triste y áspera. Pero al menos ahora suena como si, al menos, existiera una recóndita y minúscula esperanza.


13 febrero 2012

DISCOS

FIRST AID KIT. The Lion´s Roar.

Suecia saluda a América.

Terminaba la anterior entrada hablando de Youtube, esa bendita e infinita herramienta que Dios nos puso en la red, a la que todos echan mano para solventar sus dudas, deleitarse con una imagen deseada, mostrar las fechorías de fin de semana o vengarse del enemigo más odiado. Y mucho han de agradecer a Youtube estas criaturas escandinavas, pues gracias a una de esas versiones que se cuelgan para hacer el tonto o mostrar buenas dotes (“Tiger Mountain Pleasant Song” de Fleet Foxes) han llegado a donde están. Tras enamorar con aquel “The Big Black and The Blue” (2010) retornan con otra colección de canciones folk que miran cara a cara la más pura tradición americana. Quizá estemos acostumbrados a encontrar en Suecia grandes bandas de pop con el punto de mira orientado a las vecinas islas británicas; no es tan común hallar nombres que enfoquen su telescopio todavía más allá. Johanna y Klara Söderberg saben que quieren llegar más lejos, a las tierras un millón de veces exploradas pero no del todo descubiertas. Y lo que más sorprende es casar su sonido con sus fechas de nacimiento; la mayor apenas superar la veintena. Juventud, divino tesoro.

The Lion´s Roar” (2012) cuenta con la aportación del productor de moda de Saddle Creek, Mike Mogis, amén de colaboraciones que van en serio, como la del culillo de mal asiento Conor Oberst, que pone ingenio y voz en la tabernera “King of The World”. La economía de recursos se transforma en acompañamientos cuidadosos, en pianos, secciones de cuerda, percusiones y vientos que adornan las canciones y las hacen dignas de ser tomadas en serio. Y muy en serio hay que tomarse maravillas como “In the Hearts of Men”, “To a Poet” o “Dance to Another Tune”, por no hablar de la enorme tonada country “Emmylou”, que en su estribillo dice lo siguiente: “I´ll be your Emmylou and I´ll be your June if you´ll be my Gram and my Johnny too”. Nada más que añadir. Solo por invocar tales nombres estas chicas merecen su oportunidad.


12 febrero 2012

DESCUBRIENDO A...

WYE OAK

Bajo este extraño nombre de árbol autóctono descansa otro dúo, esta vez chico-chica. Es el formado en Baltimore por Andy Stack y Jenn Wasner. Se les compara recurrentemente con otra pareja de su generación capaz de hacer canciones de ensueño: Beach House. Sin embargo, la música de Wye Oak es más real, de carne y hueso, aunque a nadie amarga el sabor de una buena atmósfera a tiempo. A la chita callando van ya por su tercer largo, el notable “Civilian” (2011), con el que se confirman como firme promesa, si no ya como realidad tangible. Antes de este y sin mucho eco vieron la luz “If Children” (2008), “The Knot” (2009) y el EP “My Neighbor/My Creator” (2010).

Desde el rock y su hijo antisocial el post-rock, el shoegaze y el dream pop, su música está cosida con aguja de oro y las mejores telas: el resultado es altamente gratificante, y buena culpa de ello tiene la sobria y personalísima voz de Jenn Wasner. En “The Knot” había más ruido, sangre y misterio (espectaculares “Take It In”, “Talking About Money”, “Mary Is Mary” y “I Want for Nothing”). “Civilian” muestra un sonido más luminoso gracias a la magia de impactantes melodías; deliciosamente atractivas resultan “Two Small Deaths”, “The Altar”, “Civilian” y “Hot As Day”. Y como no puedo resistirme a la leyenda sobre la heterodoxa técnica de Andy Stack, me voy a Youtube a descubrirlo: en efecto, baqueta con una mano y teclas con la otra (a saber qué hará con los pies). Portentoso.


06 febrero 2012

CONCIERTOS

dEUS. Madrid. Joy Eslava. 5-2-2012.

No es la primera (ni quizá la última) vez que dEUS llaman a la puerta con machacona insistencia. Los belgas son una apuesta segura en directo, y pese a augurar una repetición de sensaciones, un más de lo mismo vivido en anteriores ocasiones, tienen tanta fuerza que vencen la resistencia del más estoico. Y efectivamente, esta superbanda nunca defrauda. Ni siquiera cuando piensas que el ayer se ha quedado en casa, cuando temes que no haya hueco para las de siempre. Sí, es justo entonces cuando alguien agita la varita y aparecen los revolucionarios “Worst Case Scenario” (94), “In A Bar Under The Sea” (96) y “The Ideal Crash” (99), discos que todavía viajan a años luz de los siguientes y recientes.

Si de algo pueden presumir dEUS es de una efectividad colosal sobre el escenario. Sus shows están llenos de entrega, gozan de una solidez envidiable y de una contundencia sin resquicios, alcanzando una temperatura que ni siquiera desciende cuando interpretan cosas suaves y melancólicas del tipo “Magdalena” o “Sister Dew”. La sección rítmica es irresistible, Mauro Paulovski cabalga entre la distinción chic y el arrebato demoniaco, Klaas Janzoons vuelve a ser el eficiente y hacendoso chico para todo (violín, percusiones, teclados, samplers) y Tom Barman sigue dejándose la piel como el primer día. Es difícil aportar nuevos argumentos respecto a crónicas pretéritas, sobre todo cuando las variantes son mínimas respecto a la última vez (hasta las camisas y trajes parecen ser los mismos). Intentemos, pues, componer una reflexión ecuánime. Hay dEUS para rato, pero los dEUS que más hacen vibrar son los de antaño, los viscosos y retorcidos, los autores (aunque solo quedan dos de ellos, Barman y Janzoons) de aquellas canciones desquiciantes y bohemias hechas a la medida del joven y rarito intelectual centroeuropeo. No hay más que comprobar el remonte anímico inducido por “Instant Street”, “Little Arithmetics”, “For The Roses”, “Theme from Turnpike”, “Morticiachair” o “Suds & Soda”. El resto muestran una fiereza devastadora (“Oh Your God”, “If You Don´t Get What You Want”), impolutas exhibiciones ejecutivas (“The Final Blast”, “Easy”, “Keep You Close”, “The End of Romance”), incursiones en la fiebre del sábado noche (“The Arquitect”, “Constant Now”), pero cualquier tiempo pasado fue notablemente mejor. Y mientras no pierdan la acertada costumbre de incluir las imprescindibles en el repertorio (metamos también en este saco la grandiosa “Bad Timing”), poco o nada importará que sigan pariendo álbumes cojos o intrascendentes.


01 febrero 2012

DESCUBRIENDO A...

PETER WOLF CRIER

Algo pasa con Peter Wolf Crier. Tienen hechuras serias de candidato a nuevo e insoportable grupo de moda, un sutil tufillo a Animal Collective en posición del loto, y algunos listos ya se han dado cuenta. Sin embargo hay algo en ellos, algo extraño, algo diferente, algo que entra fácil, que enamora aunque no a la primera. “Inter-Be” (2010) fue su primer trabajo, un disco automáticamente llevado por las bocas al terreno del nuevo folk o el folk rarito, pero ahí no se detiene la moto: detrás de sus composiciones sencillas pero bien pintadas soplan otros vientos. Y esto, que solo se adivinaba en su primer álbum, se hace absolutamente patente en el segundo “Garden of Arms” (2011), redonda y rotunda colección de canciones breves, directas y al grano recuperadas del rebufo de 2011. El folk forma filas con el pop casi psicodélico, el soul, el rock duro y un poco de música de baile, y cuando las filas se rompen y todo se mezcla es una auténtica delicia. Al final tienes que dar el visto bueno, quieras o no, hechizado por la magia oculta de “Beach”, “Settling It Off” o las explosivas y autoritarias “Krishnamurti” y “Hard Heart”. Que a “Inter-Be” tampoco le faltaban momentos mágicos, y a las especialísimas “Down Down Down”, “For Now” y “Demo 01” me remito.
 
Y todo esto lo firman dos tipos, solo dos, desde una tierra en la que hace tanto frío que no hay nada mejor que encerrarse en un sótano a grabar canciones: Minneapolis. Uno se llama Peter Pisano, y es el que compone, canta y toca la guitarra; otro se llama Brian Moen y es el que arregla, acompaña y pone el ritmo. No son nuevos, pues sus locas aventuras empiezan en otras bandas (The Wars of 1812, Amateur Love) a las que este proyecto en vías de éxito les costará seguramente caro.

25 enero 2012

REPORTAJES

EL ÚLTIMO VALS DE THE BAND

Cónclave de estrellas.

El documento que nos ocupa, y que permaneció escondido en un DVD inexplorado durante mucho tiempo, merece un sentido y honorable reportaje en este blog. Se trata de “The Last Waltz” (78), un film de Martin Scorsese, sí, el mismo, el de “Malas Calles” o “Taxi Driver”. La relación de Scorsese con la música es ya de sobra conocida, y quién mejor que él para inmortalizar la despedida de una de las bandas más reconocidas y respetadas del rock, la banda absoluta: THE BAND. Robbie Robertson, Levon Helm, Rick Danko, Richard Manuel y Garth Hudson bailaron su último vals juntos el Día de Acción de Gracias de 1976 en San Francisco. Y no bailaron solos, qué va. A la fiesta de despedida acudió todo un firmamento de mitos vivos del soul, el folk, el blues y el rock: Ronnie Hawkins, Dr. John, Muddy Waters, The Staples, Neil Young, Joni Mitchell, Emmylou Harris, Paul Butterfield, Neil Diamond, Eric Clapton, Van Morrison, Ringo Starr, Ron Wood y Bob Dylan. Como dirían en mi tierra, casi ná.

Una no es muy aficionada a este tipo de shows de congregación y autohomenaje, pero hay que reconocer que “The Last Waltz” es un inestimable tesoro, un compendio integral que debería agregarse como anexo a la mejor enciclopedia sobre la historia de la música popular. A la película, de gran acierto visual y aderezada con pequeñas entrevistas a los miembros de la banda (bien abotargados por el alcohol, por cierto), se le puede achacar únicamente la artificialidad a la que ya estamos acostumbrados con este tipo de formatos: que no se respete la cronología ni la integridad del concierto. Pero vaya, es ponerle pegas porque sí. Porque aunque la banda de Toronto es la auténtica protagonista, este documento aporta varias ideas para la reflexión. En primer lugar, muestra la imagen macerada y consolidada de todos aquellos jovencitos que se atrevían a desafiar las reglas en los 60, que quisieron cambiar el mundo a través de la música. En segundo lugar, hay numerosos momentos en los que el blues más auténtico y ancestral burbujea sobre el escenario, blues mayormente interpretado por músicos blancos.

The Band dieron un giro a la música de raíces a través de álbumes tan notables como “Music From Big Pink” (68), “The Band” (69) o “Stage Fright” (70). Sus mejores temas están presentes aquí, como las enormes “Don´t Do It”, “Up On Cripple Creek”, “The Shape I´m In”, “It Makes No Difference”, “The Weight”, “Stage Fright”, “The Night They Drove Old Dixie Down” y “Ophelia”. Pero son los momentos compartidos los que aportan otra visión, una visión histórica, mítica y comunal de la música: como ese “Helpless” de Neil Young con Joni Mitchell a los coros, el “Who Do You Love?” de Bo Diddley en la voz de Ronnie Hawkins, la inmaculada “Such A Night” de Dr. John, el virtuoso mano a mano Robertson-Clapton en “Further On Up The Road”, la armónica de Paul Butterfield maqueando “Mystery Train”, el entrañable cameo de Neil Diamond con “Dry Your Eyes”, el desmelene de Van Morrison en “Caravan” o una concentradísima Joni Mitchell desenredando la mágica “Coyote”. Tampoco hay que olvidar las dos grabaciones paralelas añadidas: el lujoso acompañamiento de la familia Staples en “The Weight” y la cálida versión de “Evangeline” junto a una angelical Emmylou Harris. Y por supuesto, qué gran momento el del admirable Muddy Waters, marcando los tempos de “Mannish Boy” como el gran maestro del blues que es, y qué gran aparición la de Bob Dylan exhibiendo “Forever Young” y “Baby Let Me Follow You Down” junto a sus eternos amigos. La guinda final reúne a casi todos los participantes (más las baquetas de Ringo Starr y la guitarra de Ron Wood) en una interpretación colectiva emocionantísima de “I Shall Be Release”.

La despedida era mentira: The Band regresaron a la escena en 1983, aunque sin la peculiar guitarra de Robertson. Alegría para los fans, pena para los románticos, pues la historia debería detenerse justo aquí, con este hermoso y solemne baile.

23 enero 2012

DISCOS

A JIGSAW. Drunken Sailors & Happy Pirates.

La llama que se apaga.

Ponía la mano en el fuego por este disco. Pensaba en una digna continuación para el sabroso, lozano y exqusito “Like A Wolf” (2010). Y sin embargo, la banda lusa parece haberse estancado en un terreno lleno de barro, tratando de arrancar el motor de su 4*4 en vano. ¿Por qué dar un paso atrás cuando lo más difícil ya estaba hecho?. Lo más difícil era cruzar la línea del underground profundo, ese al que muy poca gente desciende, límite de flotación ampliamente sobrepasado con su anterior trabajo. “Drunken Sailors & Happy Pirates” (2012) se aferra a las mismas referencias que aquel (el blues y el folk siguen oliéndose a millas de distancia), pero de un modo menos ambicioso y más estático. La frugalidad da paso al aburrimiento, la modestia da paso al anonimato. Es cierto que la cálida entrada de “The Strangest Friend”, el sabor fronterizo de “My Name Is Drake”, la dolorosa “Remember When” o ese rotundo himno marcial llamado “Rooftop Joe” protagonizan momentos gratamente aprovechables, pero este disco es hijo de una cadena de producción, con canciones de un patrón estándar, sacadas del mismo horno y marcadas con el mismo hierro. Al final queda una sensación de estancamiento, aunque espejismos folclóricos como “Lovely Vessel” se empeñen en abrir pequeñas ventanas de esperanza. Faltan el contrapunto de la voz femenina, todos aquellos arreglos e instrumentos, la alegría de “Red Pony” o el vigor de “My Blood”. La llama se está apagando, que alguien la avive, por favor.


18 enero 2012

CANCIONERO

THE GO-BETWEENS. The House That Jack Kerouac Built.

Que empiece el año con buena música. Que empiece el año con una gran canción. Esa canción que suena de repente en el coche, a las 8 de la mañana, de camino al apestoso trabajo, en medio de un atasco que no quieres que termine nunca. “The House That Jack Kerouac Built” ha sido la banda sonora del 18 de enero de 2012, la absoluta obsesión del día. El envidiable catálogo de los australianos está lleno de momentos álgidos, pero esta es, con permiso de “The Streets of Your Town”, su canción total. Oscura e intensa sin perder un ápice del romanticismo crónico que regaba todos los trabajos de la banda. Esos chelos abriendo camino a las guitarras, la convincente alocución de Robert Forster cantando a uno de sus temas recurrentes (el amor) en clave de literatura poética, y alimentándose de símbolos sacados de las novelas de uno de sus escritores favoritos. Una muestra de inteligencia subliminal que demanda una lectura entre líneas. Una canción que hace si cabe más grande su disco “Tallulah” (87), aunque ¿hay algún disco de estos tipos que no sea grande?.

THE HOUSE THAT JACK KEROUAC BUILT

You and I together, with nothing showing at all,
In a darkened cinema, I’ll give you pleasure in the stalls
Want to give you tenderness, and my affection too
If it’s through clenched teeth, that’s what you driven me to
I want us to be lovers, I want us to be friends
Want it like, it’s the living end
Keep me away from her

With your kittens on the patchwork quilt,
Oh no, what am I doing here, in the house Jack Kerouac built
There’s white magic and bad rock’n’roll,
Your friend there says, he’s the gatekeeper to my soul
The velvet curtains, the chinese bell
With friends like these; you’re damned as well
Keep me away from her

Shake off your despondency, and your country girl act
You are reading me poetry, that’s irish and so black
I know you’re warm, the warmest person alive,
But are you warm deep down inside?
I want us to be lovers, I want us to be friends
I want it like, the world crumbles and then it ends
Keep me away from her

Baby, I’m lonely
You’re on the road with a bad crowd


09 enero 2012

REPORTAJES

REVISIÓN 2011 (PARTE 2)

Los discos que se quedaron fuera.

ADAM COHEN. Like A Man.

Este sí que tiene que ver con Leonard, y mucho. El hijo del ilustrísimo ha tardado siete años en alumbrar una nueva referencia en solitario. “Like A Man” no tiene nada del otro mundo; es folk de andar por casa, mucha guitarra acústica condimentada con pellizcos de teclado y coros femeninos. Un poco de Nick Drake por acá, otro poco de Paul Simon por allá. Un disco sin riesgo ni sorpresas, con aroma a clásico, portador de todos los tópicos habidos y por haber sobre el amor en sus letras. Porque está claro que es un disco de amor, quizá demasiado infantil y edulcorado. Aunque también es un disco inocente, aceptable e incapaz de agredir a nadie. A los que se hagan la gran pregunta: no, Adam no sigue para nada los pasos de su progenitor.

BON IVER. Bon Iver.

Difícil lo tenía Justin Vernon después del loado y considerado debú con “For Emma, Forever Ago” (2007). Así que, para no estrellarse, decide girar y emprender un nuevo rumbo. Un rumbo parecido al elegido por Sam Beam (Iron & Wine). Un álbum en el que las líneas del folk se diluyen, sumergiéndose en atmósferas cargadas y ambiciosas, no exentas de una belleza que hay trabajarse a base de oído. La inicial “Perth” ya es toda una sorpresa, un acercamiento al post-rock de un tipo del que jamás habríamos esperando semejante cosa. Sin embargo, los mejores momentos son aquellos que, pese a verse amenazados constantemente por el diente de la vanguardia, consiguen conservar su esencia elemental: como las preciosas “Holocene”, “Michicant” y “Wash”. Y todo esto le vale una nominación a los Grammy, toma ya. Valiente entuerto en el que te han metido, amigo.

DOLOREAN. The Unfazed.

Dolorean son esa banda americana como tantas otras, como South San Gabriel, Richmond Fontaine, The Magnolia Electric Co., Lambchop o Pernice Brothers. Bandas que, influidas por la tradición sureña de su país, permanecen bajo la agradable sombra de un árbol sin hacer más ruido del necesario. Pero a veces esas bandas pueden ofrecerte una canción que cambia tu perspectiva para siempre. Ya pasó con otras y ahora pasa con ellos. Pasa con “Thinskinned”, “Hard Working Dogs”, “Fools Gold Ring” y “These Slopes Gave Me Hope”, canciones incluidas en el cuatro LP de los de Portland, aparentemente inofensivas pero de profundo calado espiritual. Es el canto del pájaro, cosecha en un campo fértil, historia y sabiduría. Es americana sin trampa ni cartón: pan de hace tres días para los duros de mollera, manjar exquisito para los amantes de lo justo y necesario.

FEIST. Metals.

Bravo por Leslie Feist. Cuando el éxito llama a la puerta principal, ella se escapa por la de servicio. Eso demuestra tener mucha personalidad. Tanta como tiene su nueva entrega, un reclamo para paladares exquisitos y una venganza contra la radiofórmula. En “Metals” la canadiense se arroja a los brazos del folk, el jazz, el soul y el country, aunque tampoco está mal disfrazarse de PJ Harvey, a la que emula a la perfección sin pretenderlo en las intrigantes “The Bad In Each Other”, “A Commotion” y “Undiscovered First”. La otra cara de la moneda son cortes intimistas, trémulos y elegantes que acarician como la seda. No hay nada menos comercial ni más hermoso que “Graveyard”, “Caught A Long Wind”, “The Circle Married The Line”, “Anti-Pioneer”, “Cicadas and Gulls” o “Comfort Me”. Disco enorme y nueva etapa.

JEFFREY LEWIS. A Turn In The Dream-Songs.

Jeffrey Lewis se merece justicia. Ya es hora de prestarle atención, de ponerlo en el sitio que le corresponde. Él pertenece a una casta muy especial, esa casta de músicos económicos y agridulces que con cuatro instrumentos, mucha imaginación y sinceridad consiguen ganarse las simpatías del oyente más minimalista y sensible. “A Turn In The Dream-Songs” es una buena razón, un gran salto hacia delante. Basta con escuchar la primera canción, “To Go And Return”, con esos deliciosos puntos de mandolina, violín y saxo, para sucumbir a la necesidad: inmejorable comienzo para un álbum lleno de familiaridad, de mensajes extraños y a la vez entrañables. A esta ceremonia se apunta todo quisqui: miembros de The Wave Pictures, The Vaselines, Au Revoir Simone o Dr. Dog colaboran en una obra simpática y hogareña, donde el folk (¿o mejor anti-folk?), el country y el pop conviven en grata armonía. Ahora o nunca.

JOE HENRY. Reverie.

La música le debe mucho a este hombre. Él es un eslabón perfecto entre culturas, mundos y generaciones. Su forma de exhumar a los genios del jazz y el blues, aquellos hombres y mujeres que sudaron tinta en clubes de mala muerte, ejemplifica el tópico de la inmortalidad. Bienvenidos seáis, Billie Holiday, Louis Armstrong, Ella Fitzgerald o Robert Johnson, a este banquete sin recato. “Reverie” es la continuación lógica tras los exquisitos “Civilians” (2007) y “Blood from Stars” (2009). El cuñado de Madonna no tiene nada nuevo que ofrecer, pues es concienzudo con su credo. ¿Y quién mejor que él es capaz de unificar blues, jazz y country en un objeto de una sola pieza?. “Odetta”, “Grand Street”, “Deathbed Version” y “Eyes Out of You” encabezan su ristra de invocaciones, resultando difícilmente superables. La deuda del hoy con el ayer queda bastante clara.

MICK HARVEY. Sketches from The Book of Dead.

Una reputación inmaculada avala al ex-Bad Seeds. Aparte de sus labores generosas para otros (gran aportación la suya a “Let England Shake” de PJ Harvey, uno de los mejores discos del recién cerrado año), el australiano guarda una buena tanda de cartas en la manga. Cartas que va lanzando al tapete poco a poco; cuatro años han pasado desde su último “Two of Diamonds” (2007). Este quizá no sea su mejor trabajo, pero sí el más ambicioso. Un disco dedicado íntegramente a ese ceñudo amigo que nos espera al final del camino: la muerte. Intimista y reflexivo en general, hace sucumbir en sus momentos más ásperos: como esas “October Boy”, “Frankie T & Frankie C” o “Famoust Last Words” que nos hacen recordar irremediablemente la gran banda a la cual perteneció, a la vera de ese genio del que una vez fue fiel escudero.

MOON DUO. Mazes.

Hace poco hablábamos de Wooden Shjips. Pues bien, Moon Duo es el otro proyecto de Erik “Ripley” Johnson junto a su compañera Sanae Yamada. El mismo perro pero con distinto collar. Más loops, psicodelia, hipnosis y cuelgue colectivo. “Mazes” es su primera colección completa de canciones, y con ellas consiguen un efecto ya familiar. Teclados humeantes y repetitivos que se prolongan hasta el infinito, sobre los que cabalgan guitarras reverberantes, densas y azarosas. En “Seer” o “In The Sun” apenas se aprecia la diferencia entre un nombre y el otro, aunque aquí la voz de Johnson aparece más nítida, regresando de aquella galaxia tan lejana. Y aunque el manto psicodélico nunca desaparezca, también hay finos acercamiento al power pop, garage y punk en las infecciosas “Mazes”, “Fallout”, “When You Cut” o “Run Around”. Otro viaje de muchos kilómetros y gratis.

THE WAR ON DRUGS. Slave Ambient.

Y para acabar, ¿el mejor disco de 2011?. Con permiso de PJ Harvey, Jesse Sykes, Anna Calvi, The Cave Singers y Kurt Vile, por supuesto. Y hablando de Kurt Vile, mentira parece que ya no sea el socio de Adam Granduciel, pues “Slave Ambient” rebosa de su impronta por los cuatro costados. Si “Wagonwheel Blues” (2008) era magnífico, este incluso lo supera. Se sigue sintiendo la presencia de Bob Dylan y Bruce Springsteen, sumergidos en baños de feedback, sonidos clásicos que flotan dentro de una cápsula espacial. Un apretón de manos entre el rock primitivo y las nuevas tecnologías, con un meridiano ejemplo en la rotunda “Your Love Is Calling My Name”. He aquí una obra suprema, vigorosa y visionaria, que puede devorarse de un bocado y sabe a gloria. Como los bucles de “Best Night”, la digestiva “Brothers”, el piano generoso y armónica final de “I Was There”, los ritmos atávicos de “Come To The City”, los paisajes acústicos pintados en “It´s Your Destiny”, el frenesí épico de “Baby Missiles” o la frescura sin maquillaje de “Blackwater”. Prueba y compara. O mejor no compares, pues no hay nada semejante en la actualidad.

03 enero 2012

REPORTAJES

REVISIÓN 2011 (PARTE 1)

Los discos que se quedaron fuera.

Tras un 2011 algo atípico, lleno de hiatos y paréntesis, aquí está la recopilación habitual de discos para los que no hubo hueco en CURTAINS a lo largo del año. No perdamos las buenas costumbres.

BLACK JOE LEWIS & THE HONEYBEARS. Scandalous.

Todo el mundo habla de Eli “Paperboy” Reed, pero ¿qué pasa con Joe Lewis?. ¿Acaso no estamos ante un monstruo del soul y el rhythm and blues?. Ah claro, es que es negro, y que los negros hagan soul y rhythm and blues no tiene nada de extraordinario. Pero es que este tipo lo hace especialmente bien, sonando rabiosamente actual sin perder la esencia original. “Scandalous” es un catecismo absoluto del género, brillando sobremanera canciones como “I´m Gonna Leave You”, “She´s So Scandalous”, “Mustang Ranch” o “You Been Lying”. Este último tema cuenta con la inestimable colaboración de las brillantes voces gospel de The Relatives. Si James Brown y Wilson Pickett levantaran la cabeza, darían su visto bueno sin dudar.

CASS McCOMBS. Humor Risk.

En 2011 Cass McCombs se apunta al 2x1, que por algo estamos en crisis. Tras el profundo “Wit´s End”, vuelve a sorprendernos con otra referencia en tiempo récord. Mientras que en su primer disco del año se enfundaba el traje de los domingos, en este “Humor Risk” toca vestir casual. Cass engrasa los pistones y echa más carbón, mostrándose gratamente roquero en las espectaculares “Love Thine Enemy” y “Mystery Mail”. “The Living Word”, “To Every Man His Chimera” y “Meet Me at The Mannequin Gallery” vuelven a poner en valor su potencial como intérprete soul, y “Robin Egg Blue” y la extraordinaria “The Same Thing” (la mejor canción del año o casi) resucitan su alianza con el folk. Para cerrar, una pieza insólita, misteriosa y perturbadora llamada “Mariah” deja las puertas abiertas de par en par. América es suya y para él no hay fronteras.

DEATH CAB FOR CUTIE. Codes and Keys.

La banda de Ben Gibbard sigue en su sitio: en el punto medio, entre el todo y la nada, entre lo clásico y lo moderno, entre lo mediático y lo underground, en un cómodo y accesible purgatorio. Siguen esforzándose por lograr la canción de pop perfecta, y en su séptimo álbum están a un pelo de conseguirlo. Bastante cerca en “Home Is a Fire”, “Codes and Keys”, “Doors Unlocked And Open” y “St. Peter´s Cathedral”. Muy cerca, prácticamente rozándolo en la espectral y bellísima “Unobstructed Views”, con la que incluso ponen un pie en el Olimpo Radiohead. “Narrow Stairs” (2008) dejó el listón muy alto, pero siguen progresando adecuadamente.

DEUS. Keep You Close.

El antes y después de los belgas queda confirmado en este nuevo disco. El después del cambio en la tripulación ya es una realidad, y los dEUS de ahora no son los de “Suds and Soda”; ahora hay menos recovecos y más glamour. Aún así, las referencias no cambian: J.J. Cale, Captain Beefheart, Tom Waits e incluso Pink Floyd. “Keep You Close” se hace más amigable a cada escucha; ahora se atreven a añadir rellenos orquestales, presentes en la obertura homónima y en esa inquietante pieza final llamada “Easy”. También son capaces de acercarse al jazz y al soul, ponerse góticos o industriales, rubricando un sonido que ya va siendo marca de la casa. Y como ocurriera con “The Arquitect”, aquí también hay un anzuelo chispeante y muy bailable (“Constant Now”) al que pocos pececitos podrán resistirse.

MARISSA NADLER. Marissa Nadler.

Hablábamos hace poco de jóvenes mujeres tocadas por los dedos de las hadas, y en la lista faltaba Marissa Nadler. Su quinto trabajo nos vuelve a traer melancolía a raudales y minimalismo antiséptico. El puro fluir de los sentimientos, bello y cristalino, agazapado en los recodos de cada acorde, con la figura de Hope Sandoval reflejada al otro lado del espejo. Los amantes de las formas folk más sencillas encontrarán aquí un álbum sin desperdicio, y celebrarán el poder sanador de temas como “The Sun Always Reminds Me of You”, “Baby I Will Leave You In The Morning”, “Wedding” o “Daisy, Where Did You Go?”.

OKKERVIL RIVER. I Am Very Far.

Comienza a sonar “The Valley” y pienso que han decidido tirar la casa por la ventana. Pero luego llega “Piratess” y pienso que se han vuelto locos. Por suerte “Rider” y “Lay of The Last Survivor” los devuelven a los parámetros tradicionales, y “White Shadow Waltz” lanza un destello de luz. Con “We Need A Myth” y “Hanging from A Hit” se me ocurre que, sin una razón concreta, prefiero a Shearwater. Pero “Show Yourself” y “Your Past Life as A Blast” confirman que pueden ofrecer grandes canciones, aunque a veces las desenfoquen en demasía. “Wake And Be Fine” me hace preguntarme por qué todos los grupos de ahora se empeñan en parecerse a otros. Y mientras me dejo envolver por el bello desenlace de “The Rise” (muy Fleet Foxes, por cierto) concluyo que posiblemente ya no vuelva a escuchar este disco nunca más. Al cajón y a otra cosa, mariposa.

SONNY & THE SUNSETS. Hit After Hit.

El inquieto y polifacético Sonny Smith no puede esconder sus referentes musicales. Canciones sacadas del álbum de recortes de los sesenta, polaroids de The Kinks, The Rascals, Manfred Mann o The Troggs. “Hit after Hit” es fiel a su nombre, pues cada tema es un acierto que despierta añoranzas y se pega a la ropa. Difícil deshacerse del aroma retro que desprenden las espectaculares “She Plays Yo Yo With My Mind” y “Teen Age Thugs” o los cuasi-instrumentales “The Bad Energy from L.A. Is Killing Me” y “Acres of Lust”. Y todo cubierto por un encantador manto de amateurismo, a baja fidelidad y con mínimos recursos. Buscando (y encontrando) en el baúl de los recuerdos.

THE DODOS. No Color.

Tras el pequeño traspiés que supuso “Time To Die” (2009), The Dodos volvían en 2011 con una posible revancha. ¿Levantando el vuelo?. Pues no del todo. “No Color” tiene algunos momentos apetecibles pero muchas grietas. “Black Night”, “Good” o la encantadora “Companions” (con guitarreo introductorio a lo Paco de Lucía) intentaban remontar, pero sin despegar muchos metros del suelo. Pese a todo, a estos chicos hay que darles un aplauso: por el esfuerzo físico que suponen esas torturas guitarriles y ritmos imposibles, por sonar tan originales, caníbales y primitivos. Portando su propia bandera, hablando un dialecto único y sin casarse con nadie. Bueno sí, en esta ocasión con Neko Case, invitada ilustre aunque un tanto infrautilizada.

THE FEELIES. Here Before.

Ha llovido mucho desde “Crazy Rhythms” (80). Tanto que casi no esperábamos degustar un nuevo largo de Glenn Mercer y compañía, pero aquí está. ¿Quién puede resistirse a otros cuantos minutos de gloria?. En este disco su sonido se vuelve mucho más estándar y comedido, pero siguen siendo alguien. “Here Before” transcurre sin sobresaltos, no epata pero tampoco incomoda, es ligero y homogéneo, de tarifa plana. Ninguna canción destaca sobre las demás, todas se ayudan, se complementan y guardan el debido respeto. “Way Down”, “Change Your Mind” y la velvetiana “On and On” asoman un pelín la frente entre tanta melodía perfecta y guitarra burbujeante. Tan difícil es hacer un disco bueno como uno tan inmensamente proporcionado. Un placer tenerlos aquí de nuevo.

THE LEISURE SOCIETY. Into The Murky Water.

The Sleeper” (2009) presentaba a The Leisure Society como la nueva esperanza británica, otro de esos grupos de las islas capaces de hacer sombra a las bandas americanas noveles. Un disco que adolecía de exceso de edulcorante y falta de músculo. Exactamente lo mismo ocurre con su segundo trabajo, un quiero y no puedo flagrante, pese a comenzar con una asombrosa pieza de orfebrería instrumental (“Into The Murky Water”). Los adornos generosos de flautas y violines consiguen dar un toque de folclore agradecido a temas como “You Could Keep Me Talking” y “This Phantom Life”, pero mejor cuanto más serenos, lánguidos y a medio tiempo. “I Shall Forever Remain An Amateur” y “Just Like The Knife” sí que dan la talla, logrando captar el interés entrados ya los postres.

THURSTON MOORE. Demolished Thoughts.

Puede que haya crisis personal, profesional o matrimonial, pero ¿crisis creativa?. Nunca. Thurston ha sido siempre la dinamo de Sonic Youth y sus discos en solitario lo corroboran. Aquí aparece el Thurston más desnudo, pero el Thurston de siempre. ¿O no resultan familiares muchas de las estrofas de este disco íntimo y conmovedor?. ¿No parece que las hayamos oído antes, en cualquier disco de la banda?. Y nos da igual, porque ¿a quién no le apetece seguir oyendo a los reyes del noise, aunque sea desenchufados y reducidos a la cuarta parte?. “Demolished Thoughts” está construido a base de guitarra acústica y sección de cuerda. La combinación es gloriosa. Y de ella nacen canciones directas al cielo, como “Iluminine”, “Circulation”, “Blood Never Lies”, “Mina Loy” o “January”. Quizá no todo está perdido.

WIRE. Red Barked Tree.

Colin Newman y Graham Lewis saben más por viejos que por diablos. Tras 25 años de música (obviemos la sequía de los 90) y una docena de grabaciones, la mayor parte del territorio está explorada. Es por ello por lo que su último trabajo muestra un bouquet tan especial. Dos joyas para enmarcar (“Please Take” y “Red Barked Tree”) abren y cierran respectivamente un disco sofisticado, moderno y tentacular, directo y sin rodeos. Se muestran melódicos en esa pegajosa “Please Take”, “Adapt” y “Clay”, muy cercanos y discotequeros en “Bad Worn Thing”, pero no pierden su vena punk (“Now Was” y “A Flat Tent”) ni sus instintos pirómanos (“Two Minutes”, “Moreover”). Gasolina y muselina juntas otra vez.

YELLOWBIRDS. The Color.

Tras el pseudónimo Yellowbirds se esconde un tipo llamado Sam Cohen que nada tiene que ver con Leonard. Y detrás de una portada tan extravagante descansa su primer álbum como tal, tras el proyecto Apollo Sunshine y otros trabajos mercenarios. “The Color” es un compendio de folk, psicodelia, soul y musical americano donde los ecos de Frank Sinatra se mezclan con los de The Byrds en el aire sin apenas molestarse. La producción se inspira en preceptos spectorianos, con capas y capas de sonido que se acumulan a veces sin dejar respiro. Es quizá su mayor defecto: canciones bonitas pero excesivamente acolchadas, recargadas hasta una rimbombancia sin mesura. Y es una pena, porque despojado de polvo y paja podría hacerle sombra al mismísimo Cass McCombs.

Continuará….

22 diciembre 2011

DESCUBRIENDO A...

J. TILLMAN

Que quede claro: Joshua Tillman fue cocinero antes que fraile. O para entendernos: fue autor de sus propias canciones antes que fleet fox. Aunque sus primeros pinitos tuvieran más que ver con el post-rock (como cofundador del proyecto Saxon Shore junto a su hermano Zach), el folk es su auténtica biblia y el country y el blues sus libros de salmos. Un músico de vasta cultura y selectos gustos. Y así de revelador y encantador es el cartel del festival de sus sueños que circula por Youtube: Nick Drake (performing “Pink Moon”), John Lee Hooker, Maurice Ravel, Neil Young (performing “Tonight´s The Night”), Lightnin´Hopkins, Phosphorescent, Trees, The Band, D´Angelo, Ali Farka Touré y Nirvana. Un festival que, por supuesto, sería gratis. Vivamos de nuestra imaginación y nuestras ilusiones para no morir de pena.

El talento de J. Tillman floreció al abrigo de otra de las voces más íntimas y sinceras de la escena de Seattle: Damien Jurado. Y en la onda de su mecenas circulan sus creaciones. Siete álbumes desde 2004, todo un dechado de fertilidad. Para Tillman no existen las prisas ni las galas. Canciones que desafían el transcurso del tiempo: tempos mínimos, arreglos frugales y eficientes, y sobre todo, unos textos bellísimos y una voz que regala calidez y sosiego a manos llenas. Música no apta para impacientes, estresados o hiperactivos. Música para la tregua y el respiro.

Esta sólida trayectoria comienza con los autoproducidos “I Will Return” (2005) y “Long May You Run, J.Tillman” (2006) y va creciendo hasta “Singing Ax” (2010). Entre medias hay todo un mundo de odas a la gentileza y la debilidad del ser humano, invocaciones y espejismos, susurros que se cuelan por las grietas de las almas desgarradas y que animan a un profundo examen de conciencia. En su discurso y sus formas asoma la cabeza de aquel que abandera su quimérico festival, el Nick Drake minimalista de “Pink Moon”. Sí, Josh Tillman podría ser un nuevo Nick Drake, más pastoril, hirsuto y sonriente, pero igualmente capaz de tocar la fibra del vecino. De sus discos todos valen, pero los hay especiales. Como “Minor Works” (2006), donde lo acústico se vuelve eléctrico por arte de magia. O como “Cancer and Delirium” (2007), gestado en noches parisinas de soledad pero más cercano a cualquier rincón de Tennessee que a la ciudad de las luces (el banjo, ese banjo). O como el variopinto “Vacilando Territory Blues” (2009), sede de los únicos momentos de ruido y explosión que el músico cuenta en su haber (“Steel On Steel”, “New Imperial Grand Blues”). O como el delicioso “Year In The Kingdom” (2009), casa de acogida para el instrumento excelencia del folk tradicional, el dulcimer. ¿Que por dónde empezar?. Pues por ejemplo por “Milk White Air”, “With Wolves”, “Darling Night”, “Ribbons of Glass”, “Crosswinds”, “Earthly Bodies”, “There Is No Good In Me”, “Firstborn” o “Diamondback”. Cualquiera es perfecta para una primera cita con el hombre tranquilo.