03 febrero 2017

CONCIERTOS: CASS McCOMBS BAND

Madrid. Teatro Lara. 2 de febrero de 2017.


La afinidad, la empatía y el sortilegio a veces (casi siempre) condicionan la objetividad. Pero ¿a quién debemos objetividad? A nadie. La música no es un problema científico, pese a los intentos infértiles de poner piezas en orden para tener algo que contrastar, algo que contar. Con la música de Cass McCombs es muy difícil no solo encajar esas piezas, sino detectar su individualidad. Y eso es lo hermoso de la música, su heterogeneidad, su longevidad, su insólita permanencia. Puedes escuchar a un músico en la cuarentena y evadir la trinchera del tiempo, sumergirte en un riff de guitarra y no saber datarlo, no saber de qué remoto rincón de la tierra ha salido. Llámenlos caducos, nostálgicos o anacrónicos, pero estos artistas son los que de verdad portan la bandera de la probidad. Con este tipo de músicos la perfección no ha lugar; es el espíritu, la inspiración pagana, el tacto de la experiencia lo que va cimentando su aportación.

Y ofreció lo esperado. Errante por naturaleza y discreto por vocación, no es de Cass McCombs de quién quiere que se hable, sino de su arte. Y esa es la clave del artista que gana por mérito ese término, el de “artista”, usado a menudo tan falaz y gratuitamente. Lo que importa no es quién o cómo, sino el qué. Cuando una obra de arte nos emociona, sea canción, pintura, película o libro, el instinto siempre nos lleva a darle un título, ubicarlo en una casilla y pintarle un anagrama. Y en ese obsesivo afán clasificatorio nos olvidamos de prestar atención a lo que de verdad importa: el alma de la obra. Y así fluyen las canciones de Cass McCombs Band (sí, no olvidemos a la banda), como pequeños arroyos de sonidos, frescos y abundantes, danzantes y perennes. La disertación o el canto de una garganta con un potencial no del todo explotado, porque, volviendo a la filosofía, la voz no importa. Solo importa lo que se dice. Canciones como “Big Wheel”, “That´s That” o “Cry” retumban a golpe de grave, mientras otras como “Medusa´s Outhouse” o “County Line” embaucan y congelan el aire, y en todo momento está presente la huella de una Stratocaster que es capaz de volar entre los rascacielos de Nueva York, sobre las calles empinadas de San Francisco o en la servil sala de un estudio en Nashville. Hay que ser muy bueno para sacar un sonido tan maravilloso de un cacho de madera y metal. Marca de casa para subrayar esa reliquia popular que ya es “Dreams-Come-True-Girl”, seguida por deconstrucción e improvisaciones muy kraut y el turbador canto “Witchi Tai To” del free spirit Jim Pepper. Una secuencia esta que conquista el galardón a la mejor jugada del partido, aunque todo él fuera de altísima competición. No digan música, digan Cass. A fin de cuentas es lo justo.

El repertorio: “Bum Bum Bum”, “Opposite House”, “Big Wheel”, “Robin Egg Blue”, “Medusa´s Outhouse”, “Brighter!”, “That´s That”, “Cry”, “Dreams-Come-True-Girl/Witchi Tai To”, “Run Sister Run”, “County Line”// “I´m A Shoe

31 enero 2017

DISCOS EN RESCATE...

La música que sonó durante el stand by (3º parte)

Y en 2016 también hubo algunos agradables descubrimientos. He aquí los más notables.

ANGEL OLSEN “My Woman”

Tras colaborar con pesos pesados como Bonnie “Prince” Billy, Wilco o Cass McCombs, esta guapa mujer confirma su carrera con un disco que se ha colado entre lo más destacado del año pasado por derecho propio. Quizá por su catálogo exquisito de voces o por su versatilidad para abordar diferentes tempos y energías, “My Woman” es un álbum de etapas. Abre con sintetizadores (“Intern”), sigue con rock (fantástica “Shut Up Kiss Me”) y hacia el ecuador se sumerge en una intensa quietud folk y soul (espectacular “Woman”). No es su primer álbum (hay tres trabajos anteriores) pero sí la catapulta a un merecido titular.

EMMA RUTH RUNDLE “Marked for Death”

No todo es alegría. En el mundo del rock hay apartaderos tétricos, sinuosos y tristes. Las grandes bandas del grunge, el post-rock y el shoegaze en los noventa pusieron de moda la tribulaciones más oscuras del alma humana. Ella actúa en ese escenario y el título del álbum habla por sí solo. Canciones que anuncian si no un fin del mundo, sí un mundo cascado e irreparable. Su espléndida y límpida voz contrasta con la agonía de su mensaje sonoro. Y las detonaciones eléctricas subrayan esa rabia reprimida que hay que soltar para no morir de hastío. Ya nos lo revelaron los poemas de Baudelaire: también existe luz en las sombras.

KEVIN MORBY “Singing Saw”

Y si amo a Cass McCombs, ¿cómo no voy a amar a este tipo? Como que dos más dos son cuatro. Kevin Morby se suma a la ola de jóvenes músicos borrachos de nostalgia, como el mencionado Cass, M.Ward o Elvis Perkins. Su tercer disco requiere plena atención, el estudio de cada fraseo y cada nota. Un fluir de temas con aroma clásico, simples pero íntimos, y llenos de arreglos soterrados que los ensanchan como toques de pincel maestro. Trompetas, un piano, unas cuerdas, una coral, un saxofón. ¿Por qué será que el recuerdo de Dylan late desaforado en “Drunk and On a Star” o “Black Flowers”? ¿Por qué será que “Ferris Wheel” suena a una versión alternativa de “Blowin´In The Wind”? Quizá porque el ex bajista de Woods se declara fiel admirador del vigente Premio Nobel. Y los amores platónicos condicionan nuestro destino.

KNIFEWORLD “Bottled Out of Eden”

A la hora de definir a esta tropa británica la gente suele mencionar nombres como REM o The Smiths. Todo se queda corto. Hace falta un índice de muchas páginas para ilustrar las influencias presentes en su música. De difícil encasillamiento, libérrimos, funambulistas e impredecibles. Piensas que a continuación vendrá un fa sostenido o una repetición, pero… ay ingenuo de ti, todo son sorpresas desde el minuto uno de esa frenética y gigantesca “High/Aflame”. Este disco, efectivamente, no ha salido del Edén, sino de una fiesta loca de jazz, punk, psicodelia, calipso y rock progresivo, una de esas bacanales que solo son capaces de orquestar los inigualables Phish. Bingo: he aquí unos dignísimos y fehacientes discípulos de Phish.

SUGAR CANDY MOUNTAIN “666”

No puedo evitar pirrarme por estos grupos, artistas de ahora que parecen resucitados de los sesenta. Sugar Candy Mountain son de esos; suenan como si hubieran estado crionizados largas décadas. “666” revive el ABC de la psicodelia, el rock lisérgico de aquellos Electric Prunes, el pop de los Beach Boys o de aquellos Beatles o Byrds que se dejaron seducir por los alucinógenos (a la ilustrativa “Time” me remito). Y qué destreza para dibujar la melodía eléctrica más adictiva (“Window”, “Tired”, “Eye on You”, "Summer of Our Discontent") o el estribillo más categórico (“666”, "Who I Am"). Sí, la música original se acabó hace tiempo, pero aún existen magníficas posibilidades de exprimir las herencias. 

23 enero 2017

DISCOS EN RESCATE

La música que sonó durante el stand by (2º parte)

CASS McCOMBS “Mangy Love”

Amo a Cass. Lo amo desde “Lionkiller” y “Dream-Come-True-Girl”. Lo he seguido amando desde entonces y lo amaré mientras siga creando discos como este. Discos que capturan todas las músicas del universo, el jazz, el soul, el folk, el rock´n´roll,  el blues, el funk, sujetándolas entre los brazos con respeto y devoción. Pues “Mangy Love” está lleno de todo eso. Delicias como “Bum, Bum, Bum”, “Laugther Is The Best Medicine”, “Opposite House”, “Low Flyin´ Bird”, “In a Chinese Alley” o “Switch” abanderan una colección exquisita de cabo a rabo, deleite para paladares de alcurnia y colmo del buen gusto. No hay límites: incluso es el momento de coger trenes de largo recorrido y montar una fiesta a ritmo de cumbia (“Run, Sister, Run”) a la que se apuntarían Calexico si el tren pasara por Tucson. Amor incondicional y cita el próximo 2 de febrero.

FAT WHITE FAMILY “Songs for Our Mothers”

Si “Champagne Holocaust” (2013) era un excitante caleidoscopio, un loco viaje de Pink Floyd a Lou Reed, de The Cramps a Daniel Johnston, de The Monks a The Stooges, parece que en este nuevo trabajo han encontrado su sitio y su sonido. Sitio al que se atan con cadenas y no se mueven un milímetro. Sonido que se asienta en un punto a medio camino entre Pere Ubu y The Velvet Underground. Dicen que la experiencia es un grado y la madurez una virtud, pero a estos chicos demenciados e irreverentes el amateurismo les sentaba mejor. Aún así, rompamos una pequeña lanza a favor de “Whitest Boy on The Beach”, “Tinfoil Deathstar” o la macabra “We Must Learn to Rise”.

LUKE TEMPLE “A Hand Through The Cellar Door”

A caballo entre Here We Go Magic y sus andanzas particulares, el de Brooklyn sigue siendo la eterna promesa en la sombra. Si con su proyecto-banda se dedica a hacer malabarismos con cualquier género musical que se le antoje, sus viajes en solitario están llenos de latidos de intimismo e instrospección. Cronista, ensayista, filósofo o poeta, ocho canciones bastan para mostrar un fastuoso desfile de cuentos y reflexión. Las tremendas historias sobre Marianne, Louis Warren o los complicados hombres de los años 40, plenitud de inspiración y dominio del registro vocal, así lo atestiguan. Una pequeña joya.

MICHAEL KIWANUKA “Love & Hate”

Había sido tan ensalzado por los medios que había que dedicarle al menos una audición. Una que se ha convertido en muchas, pues en este caso la publicidad hace justicia. ¿El nuevo hijo del soul? Sí, ¿por qué no? “Love & Hate” es mágico, magistral. Viaja de la sumisión a la energía con sutilidad. Se mira en el espejo del pasado sin despreciar un presente cada vez más sometido a lo vintage. Este británico de ancestros ugandeses tiene voz, tiene talento, y desde luego, tiene alma. Contingencia de largo recorrido o flor de un día, ¿quién sabe? Pase lo que pase, temas como “Black Man in a White World”, “Place I Belong”, “Love & Hate”, “One More Night” o “Father´s Child” tienen madera para camuflarse entre los clásicos del género en la historia, a la vera de Otis Redding, Curtis Mayfield, Bill Whiters o Al Green. 

PARQUET COURTS “Human Performance”

No hacen nada que no hayan hecho antes The Clash, Wire o The Fall, pero el caso es que su sonido garage de corte sofisticado es ideal para recargar baterías. Canciones directas que desafían la simplicidad de los tres acordes y reivindican la guitarra eléctrica como manantial inagotable de posibilidades. Y tan fácil para ellos es bordar una canción de menos de dos minutos (“Outside”) como otra de media docena (“One Man No City”, hija engendrada de una relación furtiva entre Talking Heads y The Velvet Underground). No, no son nada nuevo, pero son justo el tipo de banda que le gustaría fichar a Richie Finestra para American Century Records (nota: ver la serie de televisión “Vinyl”).

PIANO MAGIC “Closure”

Retrospectiva. Quizá ya no queda mucho de aquellos Piano Magic que nos encandilaron con “Low Birth Weight” (99), “Artists´ Rifles” (2000), “Writers Without Home” (2002) y “The Trouble Sleep of Piano Magic” (2003). Después lo electrónico subyugó a lo eléctrico y sus discos se convirtieron en meros trámites. Pero en cada uno de ellos había una canción, sí, buscábamos esa canción que valía el disco entero. “Deleted Scenes” en “Disaffected” (2005), “Cities & Factories” en “Part Monster” (2007) o “You Never Loved This City” en “Ovations” (2009). Ahora llega este nuevo álbum y lo enfrentamos con el ánimo de hallar esa única canción. Y el prólogo “Closure” nos advierte que quizá la hemos encontrado; suenan los Piano Magic de antaño, la explosión de la guitarra que llora y los graves que retumban. Aleluya. El resto es un disco modesto pero esperanzador: lo eléctrico vuelve a la carga.

WILCO “Schmilco”

Wilco se han convertido en el verso libre del rock americano. Logrado todo lo soñado, ¿para qué estresarse y autoexigirse? ¿Para qué morir de éxito cuando hay tanta vida (musical) por delante? La sensación es que Tweedy y compañía ya están de vuelta del mainstream y el bla, bla, bla, y han decidido hacer lo que les pide el cuerpo. Por eso este “Schmilco” vuelve a sonar más analógico, anticuado pero bien guarnecido, a lo  Sargento Pepper. Música que sigue siendo grande en el fondo pero en la que ya no importa la forma. Porque, que quede claro: lo importante es la esencia. Y temas como “If I Ever Was a Child”, “Nope”, “Shrug and Destroy” o “We Aren´t The World (Safety Girl)” están llenos de ella. Pura esencia. Esencia de Wilco.
 
Próxima entrega: descubrimientos de 2016
 

15 enero 2017

DISCOS EN RESCATE

La música que sonó durante el stand by (1º parte)

Que no, que no me he ido. Aquí seguimos, en silencio y discreción. Es el resultado de dejarse llevar por la corriente, y la corriente a veces impone un stand by espontáneo y natural que hay que aceptar sin remordimientos. En estos meses de ausencia material (que no espiritual), la música ha seguido presente en un universo reconquistado por otras artes (literatura, cine, pintura y artes gráficas amateur). Ser prolífico no significa ser mejor. Los blogs no salvarán el mundo, lo dice la ley marcial de la obsolescencia. Y cuando no tienes nada interesante que decir, lo mejor es callarse.

Pero como es una injusticia y una pena dejar a la deriva los discos que sonaron durante el parón, he aquí una breve mención a todos ellos en sucesivas entregas.

DAMIEN JURADO & RICHARD SWIFT “Other People´s Songs Volume 1”
Sorprendente pero elemental y necesaria la ocurrencia que ha tenido esta magnífica asociación. Damien y Richard, mano a mano, protagonismo, elección, voz y crédito  compartidos en un homenaje a las canciones de otros. Tan difícil es construir una canción propia como llevar una ajena a tu terreno. Y estos dos individuos hacen que parezca fácil, como un acto reflejo repetido cada mañana. Ellos pueden con todo, siempre dentro de una acotación temporal (años 60, años 70). Desde Chubby Chekker a John Denver, pasando por Yes, Bill Fay y… (no, no es coña) hasta Kraftwerk. Resultado: un disco emocionante y curioso que hace justicia a un Swift que merecía salir por un día de detrás de las bambalinas. Y una buena noticia: lo de “volumen 1” ya anuncia la continuación. 

JAKE BUGG “On My Own”
Avanzando hacia lugares comunes del pop-rock, Jake se aleja de Buddy Holly. Quiere  dejar de ser la deliciosa anomalía retro y explorar nuevos y mejor retribuidos caminos. Resulta simpático en sus escarceos con el hip hop (“Ain´t No Rhyme”) pero trivial en los empeños electro (“Gimme The Love”) y de balada eurovisiva (“Love, Hope and Misery”). Las reliquias folk (“The Love We´re Hoping For”), soul (“Never Wanna Dance”) y country-blues (“On My Own”, “Put Out The Fire”, “Hold on You”) siguen marcando la auténtica diferencia.
 
PJ HARVEY “The Hope Six Demolition Project”
Confirmado: la cabeza de esta mujer es una mina. Implicada más que nunca en la sociopolítica, este es un hermoso y crítico canto a la justicia, que en su forma continúa con el método inventado para el espléndido “Let England Shake” (2011). Estructuras líricas entrelazadas con explosiones eléctricas, efectos sampleados y viejas fotos sonoras de western, gospel y blues. Su ejército de caballeros sigue al pie del cañón (Mick Harvey, John Parish, Flood, Jean-Marc Butty, qué grandes), con la añadidura de otros nombres nobles, como Terry Edwards (ministro de abundantes y sugerentes metales) y James Johnston (ministro de las teclas). ¿Y cuántas veces hemos visto a una coral masculina secundando el protagonismo vocal de una dama? Sin duda Polly lo vale.
 

NICK CAVE & THE BAD SEEDS “Skeleton Tree”
Los que amamos al Nick Cave rotundo, rimbombante y con mala hostia no estamos de enhorabuena para nada. Porque el tío Nick está en la etapa más minimalista y quizá experimental de su carrera. Veo en Mondosonoro que este ha sido elegido disco del 2016 y me quedo estupefacta. Está claro que la tragedia vende, y quizá por eso este disco vende: porque está marcado por la pérdida de un vástago. Por eso es lógico que “Skeleton Tree” sea una especie de susurro funerario, importante en literatura pero irrelevante en armonía. Un Nick Cave que declina cantar y opta por recitar, que prescinde de casi todos los redobles y del violín de su amigo Warren. El Nick Cave más desértico jamás conocido.
 

STEVE GUNN “Eyes on The Lines”
“Eyes on The Lines” podría y debería ser la obra de consagración de este excelente compositor y guitarrista. No obstante, es su trabajo más denso, elaborado y producido. Un artista que da un paso adelante y se atreve a ser imperativo e importante, reivindicando su propiedad tras años de timidez y de servicio a otros. Qué grande es Steve y qué grande es este disco. Un disco (que podría co-firmar su amigo Kurt Vile sin problema) con vitola de reliquia, donde siguen imperando esas guitarras prodigiosas, cada vez más psicodélicas. Canciones tan inmensas como “Ancient Jules”, “Conditions Wild”, “Nature Driver” o “Ark” ponen a este genio al alcance de todo aquel que quiera abrir los oídos y capturar esencias olvidadas.