24 septiembre 2017

REPORTAJES: SONIC HIGHWAYS

LA GRAN OCURRENCIA DE DAVE GROHL

A rebufo de la actuación de Foo Fighters este verano y gracias a los habituales trabajos de familiarización previos, a mis manos llegó hace unas semanas un diamante en forma de serie documental. A Dave Grohl se le ocurren cosas muy originales y dicharacheras. Pero esta puede que haya sido su ocurrencia más épica y valiosa, desde un punto de vista personal (experiencia divertidísima, nostálgica y particularmente enriquecedora para la banda), pero también desde un punto de vista gráfico e histórico. La idea de “Sonic Highways” (2014, emitida en HBO) era simple y a la vez compleja: se trataba de grabar ocho canciones en ocho estudios de ocho ciudades diferentes, y a la vez bucear en la escena, legado y espíritu musical de cada una de esas cities. Los enclaves elegidos eran obvios: Chicago, Washington DC, Nashville, Austin, Los Angeles, Nueva Orleans, Seattle y Nueva York. Ocho ciudades que poseen la indudable franquicia cultural y sonora de un país entero, de norte a sur, de este a oeste. En ocho episodios (a cual más apasionante) la familia Foo Fighters se desplaza a cada uno de estos escenarios con la intención de grabar una canción, sí, pero además recabar declaraciones, imágenes, testimonios, recuerdos y sabores. Todo ello nutre el proceso compositivo de Dave Grohl, así como su potencial narrativo, didacta y analítico. Porque Grohl no solo es una rock star; también es un melómano, un estudioso, un fan, un fetichista, un alma todoterreno que se deja abastecer por todos los proveedores de la música popular. Y he aquí el resultado de tan plausible iniciativa: una soberbia superposición de sonidos e imágenes actuales y de archivo, un desfile majestuoso de grandes nombres (músicos, productores, editores, críticos…), una colección de enseñanzas memorables sobre los mundos (y submundos) nacidos en todos estos célebres rincones. En resumen: una auténtica celebración de esa cosa que tanto amamos y que tanto nos importa, esa cosa llamada música.   

Los ocho episodios de esta serie nos llevan a multitud de lugares emocionantes: a los clubs blueseros del Chicago de Muddy Waters o Buddy Guy; a la escena go-go de Washington creada por Chuck Brown; al Gran Ole Opry como plataforma de ídolos country en Nashville; al espacio mágico y divulgativo de Austin City Limits; a las fiestas de Palm Desert; a los desfiles dixieland de Nueva Orleans; al Seattle boyante de los 90 y el milagro Nirvana; al estallido hip-hop neoyorkino y al mítico CBGB. Un viaje alucinante apuntalado por las valiosas declaraciones de músicos como el propio Buddy Guy, Rick Nielsen, Dolly Parton, Emmylou Harris, Steve Earle, Tony Joe White, Willie Nelson, Joe Walsh, Roky Erickson, Billy Gibbons, Allen Toussaint, Cyril Neville, Dr. John, Ian McKaye, Chris Cornell, Josh Homme, Ben Gibbard, Gary Clark Jr., Thurston Moore o Chuck D. O de productores como Steve Albini, Rick Rubin, Tony Brown y Daniel Lanois. O de personajes perpetuadores de herencias culturales, como Ben Jaffe, Rodney Bingenheimer y Norah Guthrie 

Sonic Highways” (el disco) quizá no sea lo más laureado de Foo Fighters, pero sí que es su auténtico álbum-epopeya. Cachitos de fábula creados y producidos (por Butch Vig, cómo no) en rincones tan especiales como los Electrical Audio Studios de Steve Albini, el Inner Ear en Washington, la casa-estudio de Zac Brown en Nashville, el espacio del Austin City Limits, el turístico Rancho de Luna, el legendario Preservation Hall de Nueva Orleans, los estudios de Robert Lang en Seattle y el recientemente clausurado The Magic Shop de Steve Rosenthal en Nueva York. Canciones que contaron con el estimable apoyo de muchos de los testigos de esta magnífica invención (Rick Nielsen colabora en “Something from Nothing”, Zac Brown lo hace en “Congregation”, Gary Clark Jr. en “What Did I Do?/God as My Witness”, Joe Walsh en “Outside” o Ben Gibbard en “Subterranean”). Canciones que son una excusa para aprender, vivir, mirar más allá, y descubrir que todos los caminos de la música se cruzan en un mismo destino. Un destino inmaterial radicado en una ciudad imaginaria que todos hemos visitado y a la que siempre somos bienvenidos. 

21 julio 2017

CONCIERTOS

MAD COOL FESTIVAL

Madrid. Caja Mágica. 6, 7 y 8 de julio.

Hace ya dos semanas de la celebración del Mad Cool y todavía sigue coleando la resaca del evento. Las miradas preocupadas hacia el cielo, los aconteceres trágicos colaterales y, sobre todo, la música que sonó, la buenísima música que sonó. Que todos los festivales tienen su punto enriquecedor. Solo hay que ir con la mente abierta, pues cualquier artista no bien conocido puede desencadenar emociones insospechadas, y cualquier artista defenestrado puede devolverte a los momentos más dulces de tu pasado. El jueves comenzó con el interés por ver a uno de esos artistas desconocidos a priori deseables: George Ezra. Pero la tromba de agua solo permitió unos húmedos acordes de la magnífica “Cassy O” en la lejanía, un épico y maldito estreno de barro hasta el tobillo y agua hasta la rodilla. No fueron posibles las ansiadas “Listen to The Man” y “Song 6”, pero a este chico hay que apuntárselo para futuras citas. The Lumineers también se vieron damnificados por el tremendo chaparrón, demorando su actuación más de media hora y reduciéndola a la mínima expresión. Varios hits en la más incrédula frialdad y punto.

Claro que ya estaban Foals a continuación para subir los grados del termostato; y lo supieron hacer, o al menos lo intentaron. Reverencias para el repertorio escogido, con alusiones a aquel distinguido “Antidotes” de 2008 (“Olympic Airways” y “Red Socks Pugie” son dos bocados de gloria) y a su faceta más artesana, es decir, la de los arpegios y riffs magistrales, “Mountain at My Gates”, “My Number”, la milimétrica “Night Swimmers” o el homérico tour de force de “Black Gold”. Pero está claro que esos Foals de cátedra han quedado relegados (en el inconsciente festivo de la masa etílica) a su más reciente faceta dinamitera, porque solo “Inhaler” y “What Went Down” callaron bocazas parlanchinas y desataron fiebres. Un final volcánico para un show de tomar apuntes.

Las estrellas de la noche eran Foo Fighters, y yo los dejé atrás hace mucho tiempo. Pero Dave Grohl siempre ha sido ese personaje del rock que perdura y madura, el eterno y grandioso superviviente nirvánico. Y con sus temas bien repasados (algunos los has escuchado cien veces aunque no sepas dónde ni cuándo) te plantas frente al escenario esperando ver lo que realmente ves: una apisonadora. Un coloso devastador que hace entrada con pie de hierro al son de “Everlong” y “Monkey Wrench”, que desata una batalla atacando por los flancos y sin pausas, que solo se permite el respiro del engaño en versiones ligeras (“Big Me”, “Skin and Bones”) para luego volver a disparar a quemarropa. “Puedo estar gritando toda la noche” decía Grohl. Ya lo sé, hijo. La cuestión es: ¿cómo puedes estar gritando así toda la vida? Cuando la evidencia se hace carne hay que rendirse a ella: Foo Fighters han creado un arsenal de ingentes temas, una fábrica de adrenalina, y “Learn to Fly”, “The Pretender”, “Times Like This”,  “Congregation”, “All My Life” o “My Hero” no pueden más que desfilar orgullosas por el tomado campo de batalla. A Dave siempre lo quise (qué le vamos a hacer, siempre me enamoro de los feos) y desde ahora siempre lo querré. 

Pero hay otras cosas que me apetece recordar: quiero recordar los viejos tiempos, los tiempos en que éramos jóvenes y comprábamos nuestros primeros CDs (y no existían el streaming ni el mp3). Quiero recordar a Belle and Sebastian, pero no estaba programado, es solo fruto de la improvisación. Así que no he estudiado, voy pez, pero enseguida desempolvo los retales de “Seeing Other People”, “Judy and The Dream of Horses”, “The Stars of Track and Field” y “The Boy With The Arab Strap” que quedaban en mi cabeza, y comprendo por qué esta banda me gustaba tanto antaño. Porque son a la vez dulces como un pastel y listos como un zorro. Y además han evolucionado hacia un mundo lúdico-festivo que a veces resulta de lo más chic: a “Perfect Couple” y “The Party Line” me remito. 

La noche termina con las esperanzas puestas en unos Kurt Vile & The Violators que prometen (apertura inmejorable con “Jesus Fever”) pero resultan fríos, que suenan bárbaros pero se demoran en la languidez, que dejan la chicha para el final pero seccionan “Pretty Pimpin´” justo en lo mejor. Y que por fin se arrancan con una “Freak Train” que gozamos a medias, solo en plena retirada y con la fe harto mermada.



El viernes es el día grande aunque al final se convierte en el día triste. Empieza más grande de lo previsto porque Aurora & The Betrayers se han colado en el escenario KOKO en lugar de Peter, Björn & John. Y no hay sol ardiente que pare a esta mujer, pura energía y voz, puro estilo y buen gusto. Otro ciclón escénico. Y lo mejor es que es nuestra, patrimonio nacional, made in Spain. Debemos estar orgullosos de ella y reservarle desde ya un hueco en nuestra fosca Historia. Y hablando de estilo y buen gusto, Spoon también andan sobrados. Leo en alguna parte que alguien los nombró “la mejor banda del mundo en los 2000s”. No puedo rebatirlo. Como diría un buen amigo, son tan buenos que dan miedo. Vienen con nuevo disco bajo el brazo, pero sus nuevas canciones se alían con las anteriores o con las antiguas en un engranaje ecléctico, recio, sólido. Muy americano. A veces muy funky. A veces muy chulesco. Me gustan las nuevas (“Do I Have to Talk You Into It” y “Hot Thoughs”). Me enganchan las anteriores (“Rent I Pay” y “Do You”). Me chiflan las anteriores a las anteriores (“Don´t You Evah”, “The Underdog” y “My Mathematical Mind”). Me apunto para siempre a esta banda, caminando a paso firme y en silencio hacia el Olimpo. Y después llega ese al que nunca hemos visto, que sabemos que existe porque nos lo juran, que lleva más de una década sin pisar España. Llega Ryan Adams y su concierto se anuncia con la prohibición de disparar flashes, y entonces afirmamos: es él. Dejando a un lado el personaje, es de justos reconocer el valor de su legado artístico (vasto, vastísimo), repertorio que podría hacer sombra al de Bruce Springsteen si uno y otro no fueran como son. “Do You Still Love Me?” arranca una actuación que se antoja histórica aunque finalmente solo acabe siendo notable. Porque si todo hubiera sido como “To Be Young” y “Shakedown on 9th Street”, eso sí que hubiera sido memorable. Pero Adams es un músico de matices, y todos ellos aparecen en su recital: garage rock, soul, folk, hasta exhibiciones de improvisación jazz. También es una inagotable fuente de grandes composiciones, pues tan soberbia es la reciente “Anything I Say to You Now” como la reconocida “New York, New York”. Se va dejando un ilustrativo muestrario de su todo entero. Y solo Dios sabe cuándo será la próxima.

Decido perderme a Green Day porque el mecanismo del remembering tiene un límite (aunque asisto de reojo al show circense de “Hitchin´a Ride”), y me lanzo a descubrir qué puede ofrecer Benjamin Booker en directo. Tengo puestas mis más grandes esperanzas en este joven músico negro, porque amo a los músicos negros, pues solo me dan alegrías. Pero lo que veo es solo ejecución y muy poco espectáculo. Espero un loco despliegue de energía y color, de expresión y alma, y solo veo cuatro músicos tocando en la noche. Nada más. Me voy un rato después de “Believe” y regreso luego para degustar “Witness”. Y el concierto queda encallado y perdido en los pliegues de la memoria. 

Pero que no decaiga el ánimo, amigos, que lo vamos a flipar con Matt Schultz (eso me dicen). En efecto, Cage The Elephant son la bomba. Y su cantante-saltimbanqui-contorsionista es digno de grabar un video. Su apoteósica entrada en escena con “Cry Baby” es solo el anuncio sonado de una hora de intensidad catalítica, de melodías que nos retrotraen a los mejores tiempos del british más salvaje, de flashes de los Who, de desenfrenadas carreras visuales hacia ese tío con colores del Athletic de Bilbao que canta, salta y se contorsiona como si no hubiera mañana. Ni el colapso de una torre de sonido durante algunos minutos empaña tal vomitona de carácter ni el entrañable estribillo de “Whole Wide World” (original de Wreckless Eric). Doy fe de que “In Our Ear”, “Spiderhead”, “Mess Around” o “Teeth” resucitan a los muertos. Y al oído me chivan que estos tíos han teloneado a Foo Fighters y que hasta Dave Grohl ha tocado con ellos. Vamos si me lo creo. Después de algo así nada puede mantener el nivel: ni el desenlace de Green Day ni la promesa de unos esperadísimos Slowdive (que luego decidieron no comparecer en un honrado gesto de máximo respeto).


Y platos fuertes para el sábado, precedidos por un artista, Xavier Rudd, del que habíamos leído mucha mitología: su estilo de vida, su ancho idealismo, su virtuosismo instrumental. Y qué rato tan especial, cuánta alegría y ternura, cuánto amor a espuertas y cuánta calidad. En formato trío, el australiano demostró que es un fiel apéndice de los grandes nombres del reggae, un Bob Marley de piel blanca y pelo rubio convencido de lo que hace y dice. Nuevos himnos rastafaris como “Creacient” o “Flag” que se te pegan a la piel y te acunan días y días, y que bien pueden acabar en una rave party inesperada a golpe de didgeridoo, sí, ese palitroque ancestral al que Xavier sabe sacar todo su jugo. Pero no todo es reggae y tradición; la fantástica “Bow Down” desprende mucha electricidad y “Follow The Sun” se celebra como un himno folk campestre a la vera de un río en una excursión de scouts. Lo dicho: qué rato tan especial. 

Como especiales son Wilco, sea donde sea, sea cuando sea, toquen lo que toquen. Siempre da gusto verlos, y cuanto más los ves más los admiras, más ganas te dan de llevártelos a casa en la mochila (al nuevo Jeff Tweedy con sus trenzas de Pocahontas me lo hubiera llevado sin dudar). Porque hay algo en ellos que huele bien, que sabe auténtico, que rezuma sabiduría y también honestidad. Hay algo en ellos que muy pocas bandas tienen y pocas bandas pueden llegar tan hondo como ellos. De las grandes “I Am Trying to Break Your Heart”, “War on War”, “Heavy Metal Drummer” o “I´m The Man Who Loves You” poco hay ya que recalcar. Anticipábamos, y así fue, que sus nuevos himnos lo-fi ganarían kilos en directo, y preveíamos un momento de gloria para Glen Kotche (“Via Chicago”) o para Nels Cline (“Imposible Germany”) en el sempiterno uno para todos y todos para uno. No sabíamos que también habría espacio para Billy Bragg (“California Stars”), pero no se puede estar en todo. Porque por más que los hayas estudiado siempre hay un detalle que se escapa, que no ves o que te pierdes. Por eso hace falta que sigan adelante; para poder disfrutarlos muchas veces más. Y aprender. Jóvenes músicos del mundo: mirad a Wilco y aprended. 

Y ya de paso, jóvenes músicos del mundo: mirad a Manic Street Preachers y aprended también. Que ni los años ni los baches ni las modas puedan con vosotros. Que la convicción os marque el camino y la perseverancia os lleve hasta el final. Hace 16 años que no veía a los Manic. Entonces estaban en auge, eran tremendos, eran los Manic del “todo debe continuar”. 16 años después siguen siendo tremendos. Con los posos y los callos de la madurez son incluso más grandes, atemporales y extrañamente familiares, y ya se encargan de dejarlo claro desde el minuto uno, blandiendo “Motorcycle Emptiness” como su más simbólica bandera. Solo un par de nuevas canciones inmersas en una plantación de recuerdos imborrables (“Everything Must Go”, “You Stole The Sun from My Heart”, “If You Tolerate This..”, “You Love Us”, “Ocean Spray”, “Tsunami”, no faltó ni una), tocados con el vigor y la fuerza del primer día. El final no podía ser otro que “A Design for Life”; con ella terminaron hace 16 años, con ella terminan ahora, el entusiasmo es inquebrantable y la emoción es la misma. Pura resistencia. Y después de lo previo solo quedan los restos. Con esto no quiero ofender a Kings of Leon, pero ¿dónde están los descendientes originales del abuelo León? Aquellos Followills de hace trece años, con greñas y pintas de comunidad amish, los que tanto nos divirtieron en el FIB 2004. Se los ha tragado la tierra. O las corrientes o las masas. Ahora son cabezas de cartel. Y me aburren. Porque no se puede ser más sosaina que Caleb Followill, sus últimos discos son un tostón, salen demasiado en los anuncios, me tengo que ir a “The Bucket”, “Fans”, “Knocked Up” o “Crawl” para que los pelos se me ericen un poco, y tener enterrado y olvidado “Youth & Young Manhood” (2003) es un crimen innombrable. Pero así es la vida y así es la música. Y así son los festivales y así serán. Que vengan muchos más.  

03 febrero 2017

CONCIERTOS: CASS McCOMBS BAND

Madrid. Teatro Lara. 2 de febrero de 2017.


La afinidad, la empatía y el sortilegio a veces (casi siempre) condicionan la objetividad. Pero ¿a quién debemos objetividad? A nadie. La música no es un problema científico, pese a los intentos infértiles de poner piezas en orden para tener algo que contrastar, algo que contar. Con la música de Cass McCombs es muy difícil no solo encajar esas piezas, sino detectar su individualidad. Y eso es lo hermoso de la música, su heterogeneidad, su longevidad, su insólita permanencia. Puedes escuchar a un músico en la cuarentena y evadir la trinchera del tiempo, sumergirte en un riff de guitarra y no saber datarlo, no saber de qué remoto rincón de la tierra ha salido. Llámenlos caducos, nostálgicos o anacrónicos, pero estos artistas son los que de verdad portan la bandera de la probidad. Con este tipo de músicos la perfección no ha lugar; es el espíritu, la inspiración pagana, el tacto de la experiencia lo que va cimentando su aportación.

Y ofreció lo esperado. Errante por naturaleza y discreto por vocación, no es de Cass McCombs de quién quiere que se hable, sino de su arte. Y esa es la clave del artista que gana por mérito ese término, el de “artista”, usado a menudo tan falaz y gratuitamente. Lo que importa no es quién o cómo, sino el qué. Cuando una obra de arte nos emociona, sea canción, pintura, película o libro, el instinto siempre nos lleva a darle un título, ubicarlo en una casilla y pintarle un anagrama. Y en ese obsesivo afán clasificatorio nos olvidamos de prestar atención a lo que de verdad importa: el alma de la obra. Y así fluyen las canciones de Cass McCombs Band (sí, no olvidemos a la banda), como pequeños arroyos de sonidos, frescos y abundantes, danzantes y perennes. La disertación o el canto de una garganta con un potencial no del todo explotado, porque, volviendo a la filosofía, la voz no importa. Solo importa lo que se dice. Canciones como “Big Wheel”, “That´s That” o “Cry” retumban a golpe de grave, mientras otras como “Medusa´s Outhouse” o “County Line” embaucan y congelan el aire, y en todo momento está presente la huella de una Stratocaster que es capaz de volar entre los rascacielos de Nueva York, sobre las calles empinadas de San Francisco o en la servil sala de un estudio en Nashville. Hay que ser muy bueno para sacar un sonido tan maravilloso de un cacho de madera y metal. Marca de casa para subrayar esa reliquia popular que ya es “Dreams-Come-True-Girl”, seguida por deconstrucción e improvisaciones muy kraut y el turbador canto “Witchi Tai To” del free spirit Jim Pepper. Una secuencia esta que conquista el galardón a la mejor jugada del partido, aunque todo él fuera de altísima competición. No digan música, digan Cass. A fin de cuentas es lo justo.

El repertorio: “Bum Bum Bum”, “Opposite House”, “Big Wheel”, “Robin Egg Blue”, “Medusa´s Outhouse”, “Brighter!”, “That´s That”, “Cry”, “Dreams-Come-True-Girl/Witchi Tai To”, “Run Sister Run”, “County Line”// “I´m A Shoe

31 enero 2017

DISCOS EN RESCATE...

La música que sonó durante el stand by (3º parte)

Y en 2016 también hubo algunos agradables descubrimientos. He aquí los más notables.

ANGEL OLSEN “My Woman”

Tras colaborar con pesos pesados como Bonnie “Prince” Billy, Wilco o Cass McCombs, esta guapa mujer confirma su carrera con un disco que se ha colado entre lo más destacado del año pasado por derecho propio. Quizá por su catálogo exquisito de voces o por su versatilidad para abordar diferentes tempos y energías, “My Woman” es un álbum de etapas. Abre con sintetizadores (“Intern”), sigue con rock (fantástica “Shut Up Kiss Me”) y hacia el ecuador se sumerge en una intensa quietud folk y soul (espectacular “Woman”). No es su primer álbum (hay tres trabajos anteriores) pero sí la catapulta a un merecido titular.

EMMA RUTH RUNDLE “Marked for Death”

No todo es alegría. En el mundo del rock hay apartaderos tétricos, sinuosos y tristes. Las grandes bandas del grunge, el post-rock y el shoegaze en los noventa pusieron de moda la tribulaciones más oscuras del alma humana. Ella actúa en ese escenario y el título del álbum habla por sí solo. Canciones que anuncian si no un fin del mundo, sí un mundo cascado e irreparable. Su espléndida y límpida voz contrasta con la agonía de su mensaje sonoro. Y las detonaciones eléctricas subrayan esa rabia reprimida que hay que soltar para no morir de hastío. Ya nos lo revelaron los poemas de Baudelaire: también existe luz en las sombras.

KEVIN MORBY “Singing Saw”

Y si amo a Cass McCombs, ¿cómo no voy a amar a este tipo? Como que dos más dos son cuatro. Kevin Morby se suma a la ola de jóvenes músicos borrachos de nostalgia, como el mencionado Cass, M.Ward o Elvis Perkins. Su tercer disco requiere plena atención, el estudio de cada fraseo y cada nota. Un fluir de temas con aroma clásico, simples pero íntimos, y llenos de arreglos soterrados que los ensanchan como toques de pincel maestro. Trompetas, un piano, unas cuerdas, una coral, un saxofón. ¿Por qué será que el recuerdo de Dylan late desaforado en “Drunk and On a Star” o “Black Flowers”? ¿Por qué será que “Ferris Wheel” suena a una versión alternativa de “Blowin´In The Wind”? Quizá porque el ex bajista de Woods se declara fiel admirador del vigente Premio Nobel. Y los amores platónicos condicionan nuestro destino.

KNIFEWORLD “Bottled Out of Eden”

A la hora de definir a esta tropa británica la gente suele mencionar nombres como REM o The Smiths. Todo se queda corto. Hace falta un índice de muchas páginas para ilustrar las influencias presentes en su música. De difícil encasillamiento, libérrimos, funambulistas e impredecibles. Piensas que a continuación vendrá un fa sostenido o una repetición, pero… ay ingenuo de ti, todo son sorpresas desde el minuto uno de esa frenética y gigantesca “High/Aflame”. Este disco, efectivamente, no ha salido del Edén, sino de una fiesta loca de jazz, punk, psicodelia, calipso y rock progresivo, una de esas bacanales que solo son capaces de orquestar los inigualables Phish. Bingo: he aquí unos dignísimos y fehacientes discípulos de Phish.

SUGAR CANDY MOUNTAIN “666”

No puedo evitar pirrarme por estos grupos, artistas de ahora que parecen resucitados de los sesenta. Sugar Candy Mountain son de esos; suenan como si hubieran estado crionizados largas décadas. “666” revive el ABC de la psicodelia, el rock lisérgico de aquellos Electric Prunes, el pop de los Beach Boys o de aquellos Beatles o Byrds que se dejaron seducir por los alucinógenos (a la ilustrativa “Time” me remito). Y qué destreza para dibujar la melodía eléctrica más adictiva (“Window”, “Tired”, “Eye on You”, "Summer of Our Discontent") o el estribillo más categórico (“666”, "Who I Am"). Sí, la música original se acabó hace tiempo, pero aún existen magníficas posibilidades de exprimir las herencias. 

23 enero 2017

DISCOS EN RESCATE

La música que sonó durante el stand by (2º parte)

CASS McCOMBS “Mangy Love”

Amo a Cass. Lo amo desde “Lionkiller” y “Dream-Come-True-Girl”. Lo he seguido amando desde entonces y lo amaré mientras siga creando discos como este. Discos que capturan todas las músicas del universo, el jazz, el soul, el folk, el rock´n´roll,  el blues, el funk, sujetándolas entre los brazos con respeto y devoción. Pues “Mangy Love” está lleno de todo eso. Delicias como “Bum, Bum, Bum”, “Laugther Is The Best Medicine”, “Opposite House”, “Low Flyin´ Bird”, “In a Chinese Alley” o “Switch” abanderan una colección exquisita de cabo a rabo, deleite para paladares de alcurnia y colmo del buen gusto. No hay límites: incluso es el momento de coger trenes de largo recorrido y montar una fiesta a ritmo de cumbia (“Run, Sister, Run”) a la que se apuntarían Calexico si el tren pasara por Tucson. Amor incondicional y cita el próximo 2 de febrero.

FAT WHITE FAMILY “Songs for Our Mothers”

Si “Champagne Holocaust” (2013) era un excitante caleidoscopio, un loco viaje de Pink Floyd a Lou Reed, de The Cramps a Daniel Johnston, de The Monks a The Stooges, parece que en este nuevo trabajo han encontrado su sitio y su sonido. Sitio al que se atan con cadenas y no se mueven un milímetro. Sonido que se asienta en un punto a medio camino entre Pere Ubu y The Velvet Underground. Dicen que la experiencia es un grado y la madurez una virtud, pero a estos chicos demenciados e irreverentes el amateurismo les sentaba mejor. Aún así, rompamos una pequeña lanza a favor de “Whitest Boy on The Beach”, “Tinfoil Deathstar” o la macabra “We Must Learn to Rise”.

LUKE TEMPLE “A Hand Through The Cellar Door”

A caballo entre Here We Go Magic y sus andanzas particulares, el de Brooklyn sigue siendo la eterna promesa en la sombra. Si con su proyecto-banda se dedica a hacer malabarismos con cualquier género musical que se le antoje, sus viajes en solitario están llenos de latidos de intimismo e instrospección. Cronista, ensayista, filósofo o poeta, ocho canciones bastan para mostrar un fastuoso desfile de cuentos y reflexión. Las tremendas historias sobre Marianne, Louis Warren o los complicados hombres de los años 40, plenitud de inspiración y dominio del registro vocal, así lo atestiguan. Una pequeña joya.

MICHAEL KIWANUKA “Love & Hate”

Había sido tan ensalzado por los medios que había que dedicarle al menos una audición. Una que se ha convertido en muchas, pues en este caso la publicidad hace justicia. ¿El nuevo hijo del soul? Sí, ¿por qué no? “Love & Hate” es mágico, magistral. Viaja de la sumisión a la energía con sutilidad. Se mira en el espejo del pasado sin despreciar un presente cada vez más sometido a lo vintage. Este británico de ancestros ugandeses tiene voz, tiene talento, y desde luego, tiene alma. Contingencia de largo recorrido o flor de un día, ¿quién sabe? Pase lo que pase, temas como “Black Man in a White World”, “Place I Belong”, “Love & Hate”, “One More Night” o “Father´s Child” tienen madera para camuflarse entre los clásicos del género en la historia, a la vera de Otis Redding, Curtis Mayfield, Bill Whiters o Al Green. 

PARQUET COURTS “Human Performance”

No hacen nada que no hayan hecho antes The Clash, Wire o The Fall, pero el caso es que su sonido garage de corte sofisticado es ideal para recargar baterías. Canciones directas que desafían la simplicidad de los tres acordes y reivindican la guitarra eléctrica como manantial inagotable de posibilidades. Y tan fácil para ellos es bordar una canción de menos de dos minutos (“Outside”) como otra de media docena (“One Man No City”, hija engendrada de una relación furtiva entre Talking Heads y The Velvet Underground). No, no son nada nuevo, pero son justo el tipo de banda que le gustaría fichar a Richie Finestra para American Century Records (nota: ver la serie de televisión “Vinyl”).

PIANO MAGIC “Closure”

Retrospectiva. Quizá ya no queda mucho de aquellos Piano Magic que nos encandilaron con “Low Birth Weight” (99), “Artists´ Rifles” (2000), “Writers Without Home” (2002) y “The Trouble Sleep of Piano Magic” (2003). Después lo electrónico subyugó a lo eléctrico y sus discos se convirtieron en meros trámites. Pero en cada uno de ellos había una canción, sí, buscábamos esa canción que valía el disco entero. “Deleted Scenes” en “Disaffected” (2005), “Cities & Factories” en “Part Monster” (2007) o “You Never Loved This City” en “Ovations” (2009). Ahora llega este nuevo álbum y lo enfrentamos con el ánimo de hallar esa única canción. Y el prólogo “Closure” nos advierte que quizá la hemos encontrado; suenan los Piano Magic de antaño, la explosión de la guitarra que llora y los graves que retumban. Aleluya. El resto es un disco modesto pero esperanzador: lo eléctrico vuelve a la carga.

WILCO “Schmilco”

Wilco se han convertido en el verso libre del rock americano. Logrado todo lo soñado, ¿para qué estresarse y autoexigirse? ¿Para qué morir de éxito cuando hay tanta vida (musical) por delante? La sensación es que Tweedy y compañía ya están de vuelta del mainstream y el bla, bla, bla, y han decidido hacer lo que les pide el cuerpo. Por eso este “Schmilco” vuelve a sonar más analógico, anticuado pero bien guarnecido, a lo  Sargento Pepper. Música que sigue siendo grande en el fondo pero en la que ya no importa la forma. Porque, que quede claro: lo importante es la esencia. Y temas como “If I Ever Was a Child”, “Nope”, “Shrug and Destroy” o “We Aren´t The World (Safety Girl)” están llenos de ella. Pura esencia. Esencia de Wilco.
 
Próxima entrega: descubrimientos de 2016
 

15 enero 2017

DISCOS EN RESCATE

La música que sonó durante el stand by (1º parte)

Que no, que no me he ido. Aquí seguimos, en silencio y discreción. Es el resultado de dejarse llevar por la corriente, y la corriente a veces impone un stand by espontáneo y natural que hay que aceptar sin remordimientos. En estos meses de ausencia material (que no espiritual), la música ha seguido presente en un universo reconquistado por otras artes (literatura, cine, pintura y artes gráficas amateur). Ser prolífico no significa ser mejor. Los blogs no salvarán el mundo, lo dice la ley marcial de la obsolescencia. Y cuando no tienes nada interesante que decir, lo mejor es callarse.

Pero como es una injusticia y una pena dejar a la deriva los discos que sonaron durante el parón, he aquí una breve mención a todos ellos en sucesivas entregas.

DAMIEN JURADO & RICHARD SWIFT “Other People´s Songs Volume 1”
Sorprendente pero elemental y necesaria la ocurrencia que ha tenido esta magnífica asociación. Damien y Richard, mano a mano, protagonismo, elección, voz y crédito  compartidos en un homenaje a las canciones de otros. Tan difícil es construir una canción propia como llevar una ajena a tu terreno. Y estos dos individuos hacen que parezca fácil, como un acto reflejo repetido cada mañana. Ellos pueden con todo, siempre dentro de una acotación temporal (años 60, años 70). Desde Chubby Chekker a John Denver, pasando por Yes, Bill Fay y… (no, no es coña) hasta Kraftwerk. Resultado: un disco emocionante y curioso que hace justicia a un Swift que merecía salir por un día de detrás de las bambalinas. Y una buena noticia: lo de “volumen 1” ya anuncia la continuación. 

JAKE BUGG “On My Own”
Avanzando hacia lugares comunes del pop-rock, Jake se aleja de Buddy Holly. Quiere  dejar de ser la deliciosa anomalía retro y explorar nuevos y mejor retribuidos caminos. Resulta simpático en sus escarceos con el hip hop (“Ain´t No Rhyme”) pero trivial en los empeños electro (“Gimme The Love”) y de balada eurovisiva (“Love, Hope and Misery”). Las reliquias folk (“The Love We´re Hoping For”), soul (“Never Wanna Dance”) y country-blues (“On My Own”, “Put Out The Fire”, “Hold on You”) siguen marcando la auténtica diferencia.
 
PJ HARVEY “The Hope Six Demolition Project”
Confirmado: la cabeza de esta mujer es una mina. Implicada más que nunca en la sociopolítica, este es un hermoso y crítico canto a la justicia, que en su forma continúa con el método inventado para el espléndido “Let England Shake” (2011). Estructuras líricas entrelazadas con explosiones eléctricas, efectos sampleados y viejas fotos sonoras de western, gospel y blues. Su ejército de caballeros sigue al pie del cañón (Mick Harvey, John Parish, Flood, Jean-Marc Butty, qué grandes), con la añadidura de otros nombres nobles, como Terry Edwards (ministro de abundantes y sugerentes metales) y James Johnston (ministro de las teclas). ¿Y cuántas veces hemos visto a una coral masculina secundando el protagonismo vocal de una dama? Sin duda Polly lo vale.
 

NICK CAVE & THE BAD SEEDS “Skeleton Tree”
Los que amamos al Nick Cave rotundo, rimbombante y con mala hostia no estamos de enhorabuena para nada. Porque el tío Nick está en la etapa más minimalista y quizá experimental de su carrera. Veo en Mondosonoro que este ha sido elegido disco del 2016 y me quedo estupefacta. Está claro que la tragedia vende, y quizá por eso este disco vende: porque está marcado por la pérdida de un vástago. Por eso es lógico que “Skeleton Tree” sea una especie de susurro funerario, importante en literatura pero irrelevante en armonía. Un Nick Cave que declina cantar y opta por recitar, que prescinde de casi todos los redobles y del violín de su amigo Warren. El Nick Cave más desértico jamás conocido.
 

STEVE GUNN “Eyes on The Lines”
“Eyes on The Lines” podría y debería ser la obra de consagración de este excelente compositor y guitarrista. No obstante, es su trabajo más denso, elaborado y producido. Un artista que da un paso adelante y se atreve a ser imperativo e importante, reivindicando su propiedad tras años de timidez y de servicio a otros. Qué grande es Steve y qué grande es este disco. Un disco (que podría co-firmar su amigo Kurt Vile sin problema) con vitola de reliquia, donde siguen imperando esas guitarras prodigiosas, cada vez más psicodélicas. Canciones tan inmensas como “Ancient Jules”, “Conditions Wild”, “Nature Driver” o “Ark” ponen a este genio al alcance de todo aquel que quiera abrir los oídos y capturar esencias olvidadas.