29 marzo 2006

REPORTAJES


EL REGRESO DE LOS DINOSAURIOS.

Los viejos rockeros… ¿nunca mueren?.

El conocimiento y la evolución de la música es un flujo hacia delante. O por lo menos así lo habíamos creído hasta ahora. Cada uno tiene su historia temporal. Todo depende del momento inicial o punto de partida. Cuando el punto de partida son los 90 hay dos sentidos dentro de la línea del eje director: un avance natural hacia lo nuevo y un retroceso coyuntural hacia lo antiguo. Ambos son igual de importantes.

El paso hacia delante es un remedio relativo contra el aburrimiento: consiste básicamente en ir comprobando lo que son capaces de hacer nuestros contemporáneos, controlar lo que se pone o no de moda y refrescar las ideas. El paso hacia atrás tiene otro sentido, el de querer saber más, el cuándo, el cómo y el por qué. Cuando el primer camino parece no llevar a ninguna parte, se aceleran las retrospectivas. Porque de los viejos grupos y canciones no se espera nada extraordinario.

¿En qué punto de la línea estamos ahora?. Difícil. Posiblemente en un punto grande y redondo donde se han juntado (que no mezclado) el antes y el después.

Desde hace unos años vivimos inmersos en un fenómeno de resurrección de viejas bandas que a veces resulta patético y otras veces muy plausible. Un hecho curioso convertido en pan de cada día. Al regreso de los que nunca llegaron a desaparecer del todo (The Cure, New Order, Depeche Mode o Echo & the Bunnymen) hay que añadir todos aquellos nombres que salen de la tumba vestidos de arrugas y experiencia. Y no solo mitos de los no tan lejanos 80, como The Wedding Present, Madness, The House of Love o Bauhaus (en la foto), sino viejas glorias de los 60 y los 70 que se resisten a ceder el cetro de su reinado imaginario, como Television, Eagles, Deep Purple, The Buzzcocks o The Who (en la otra foto).

La pregunta es si realmente toda esta parafernalia tiene sentido. Y la respuesta es bastante ambigua. Los que no tuvimos la ocasión de ver a estas bandas en directo en su época tendemos a frotarnos las manos cada vez que se anuncia un nuevo retorno, pero en la bolsa de caramelos hay algunos envenenados. A nadie se le olvida el lamentable espectáculo de Love con Arthur Lee hace unos años en Benicasim; después de aquel concierto muchos los rebautizaron como “Hate”. Aunque luego está el caso contrario de bandas renacidas que siguen descargando energía y conectando con melómanos que podrían ser sus hijos, y a veces sus nietos; caso de los Stooges, The Fall, Wire o Kraftwerk.

El por qué del regreso de estas bandas tampoco obedece a una teoría irrefutable. En algunos casos está claro (el de los Pixies, sin ir más lejos): la pela es la pela. Pero en otros…. ¿por aburrimiento?, ¿por nostalgia?, ¿por un brote epidémico de síndrome Peter Pan?. ¿O quizá sea para reivindicar la originalidad de los planteamientos y los sonidos que los músicos de ahora les están copiando?.

En cualquier caso, sigamos con más preguntas. ¿Qué sentido tiene una nueva gira de los Who sin Keith Moon y John Entwistle?. ¿O cómo se come una reunión de los Clash sin Joe Strummer?. ¿O qué gracia puede tener actualmente ver a los Happy Mondays?. Y si Pink Floyd realmente cumplen su promesa de volver, ¿lo harán con Syd Barrett?.

Puestos a participar del cotarro, pongámonos exigentes y expresemos un ferviente y caluroso deseo: que vuelvan también los Talking Heads!.

19 marzo 2006

RETROSPECTIVAS

GALLON DRUNK. In the Long Still Night.

Dandys del infierno.

La década de los noventa en el Reino Unido dio a luz un fenómeno bautizado como la nueva ola de la nueva ola. Decenas de bandas alcanzaron su lugar de privilegio en el transitado mainstream. Pero si hubo una banda arriesgada y bien curtida, ésos eran Gallon Drunk. Surfeando con trajes de etiqueta por encima de esa ola y de todas las demás.

“In the Long Still Night” (96) es quizá su disco más abierto y resplandeciente. Londinenses, pero despegados del pop. Amigos del jazz, el blues y otras músicas originadas al otro lado del Atlántico. Inteligentes y completos. Muchas canciones (“Two Clear Eyes”, “It´s All Mine” y “Some Cast Fire”) los sitúan junto a sabios viscerales de la explosión y la fiebre como Nick Cave o Jon Spencer; son canciones para escuchar con el volumen a tope, cargadas de fuego, corrosivas y malditas, pero de una elegancia acomplejante. Otros temas, como “Up on Fire” o “Geraldine” conservan el pequeño aditivo pop no del todo ausente en sus propósitos; la primera recuerda a The Charlatans, mientras que la segunda rememora momentos dulces de unos Simple Minds, U2 o James.

Y de la otra orilla del océano llega el poder incandescente del soul (“Eternal Tide”), del country-blues y la americana (“The Road Ahead”) y de los cánticos de las plantaciones de algodón de Louisiana (“In the Long Still Night”). La versión de “To Love Somebody” de Nina Simone no hace más que refrendar la riqueza de esta banda y su capacidad para ver la realidad con lentes de aumento. Dicen que sus directos causaban estragos. No estaría mal que, en medio del actual renacimiento de los mitos, James Johnston se dejara caer de nuevo con regularidad por los escenarios. Susurrando esas viejas historias de decadencia y enfermedad; invocando a grito pelado la resurrección de los poetas muertos.

DISCOS

MOGWAI. Mr. Beast.

Recuerdos en blanco y negro.

Hay álbumes de fotos realmente interesantes; colecciones de retratos en blanco y negro, junto a paisajes llenos de colores que desprenden una intensa y cegadora luz. Las vidas suelen ser también así; llenas de fotos que tomamos inconscientemente y guardamos en un cajón del recuerdo. Y a veces, buscando alguna otra cosa, abrimos el cajón por casualidad y todas aquellas instantáneas vuelven a caer en nuestras manos.

Mogwai fueron la banda sonora de muchas fotos, todas oscuras y caóticas. Fotos de edificios en ruinas, de ríos contaminados, de humaredas negras, de gente abandonada y animales muertos. “Mr. Beast” (2006) no es un gran disco, pero ha sido la excusa para abrir ese cajón maldito. “Auto Rock”, “Travel is Dangerous” y “Friend of the Night” recuerdan aquellos días en los que “Katrien”, “Cody”, “May Nothing But Happiness Come Through Your Door” o “Helicon 1” construían las paredes de un mundo alejado del mundo. Un sitio en el que apartarse de todos para sentirse acompañado de verdad.

Repito, “Mr. Beast” no es un gran disco. Pero su valor personal se multiplica al comprobar que no hay odio, ni rencor ni arrepentimiento. Las turbulencias se han convertido en serenidad, y la música de los escoceses ahora nos habla suavemente en otro idioma. Y la cámara sigue apuntando, con su objetivo inquieto, hacia cosas que nada tienen que ver con aquéllas. Somos lo que somos porque así somos. Y no hay nada más emocionante que descubrirlo a través de un puñado de canciones.

15 marzo 2006

DISCOS

HUMBERT HUMBERT. Short Panic.

Delirium tremens.

Qué bien… Al fin otro grupo nacional al que dar cancha (¿cuál fue el último?, ¿Atom Rhumba?...). Es cuestión de alegrarse. Porque aunque la música no entienda de banderas, la mayoría de conciertos que hay al lado de casa son de bandas patrias. Los madrileños se desmarcan del soso-pop y ñoño-pop que abunda dentro de nuestras fronteras, y firman un álbum loco y revolucionario que tiene algo de Talking Heads, de Kiss, de Gang of Four, de Devo, de Aviador Dro, de T-Rex y de las Chicks on Speed. ¿Electro-punk?. Bueno, aceptamos electro-punk como etiqueta al uso.

“Short Panic” (2005) sin embargo es algo irregular, porque los momentos más impactantes se aglutinan en los cuatro primeros cortes. Los ritmos espasmódicos de “Down-Off” y “Can´t Tell the Difference”, el ajetreo punky de “Medical Research” (con ese estribillo irresistible) y la chispeante “Soul Weasel”. A partir de ahí todo parece más lineal aunque también más bruto, hasta llegar a “Hit on You”, otro acierto simple que viene a recordar el “Sexy Boy” de Air en cuanto arranca.

Bases y teclados, guitarras sucias y un agudo vocal crónico que no es el de Prince, ni el de Angus Young, ni el de Axel Rose, sino el de un tipo bien majo llamado Paco Alcázar. Una mezcla trivial y excitante, que los ha puesto de moda. Por algo será.

04 marzo 2006

AGENDA

AQUALUNG: ADIÓS CON EL CORAZÓN.

Hoy es un día triste. Y no por los nubarrones, que también. Hoy dice adiós una de las salas de conciertos más emblemáticas de Madrid, donde mejor se podía ver y escuchar la música: Divino Aqualung. The Magic Numbers tendrán el honor de cerrar el candado de un santuario vencido por la especulación, el negocio, en resumen, el sistema de mierda en el que estamos metidos.

Ellos cierran puertas, nosotros abriremos las ventanas. El Primavera Sound al fin ha movido ficha, presentando una mitad de cartel cuanto menos variopinta. Pesos pesados del indie (Yo La Tengo, The Flaming Lips, Mogwai), adrenalina a borbotones (Sleater-Kinney, Yeah Yeah Yeahs, Constantines), bichos raros de la experimentación (Animal Collective, The No Neck Blues Band, The Boredoms), ilustres gentlemen (Stuart Staples, Richard Hawley, Mick Harvey), glorias recuperadas (Killing Joke, Violent Femmes) y…¿¿¿Motörhead???.

Entretanto Sevilla se está erigiendo poco a poco como capital inquieta de la vanguardia, acogiendo este fin de semana el Festival Internacional de Spoken Word (con actuaciones como la del queridísimo Julian Cope) y preparando para los días 6, 7 y 8 de abril la celebración del South Pop Festival, en el que actuarán peritas en dulce como Dominique A, Tarwater, The Wedding Present, Matt Elliot y Experience, entre otros.

Un mes de marzo que carece del movimiento acelerado del pasado febrero, pero que cuenta con citas interesantes como el Festival de Música Avanzada de León los días 17 y 18 (Rinoçerose, Jeff Mills, Todd Terry o Saint Etienne), y con muchos artistas nacionales rulando por un sinfín de ciudades (Humbert Humbert, José Ignacio Lapido, Cultura Probase, Sidonie, 12Twelve). Ah, y con Marky Ramone de turista accidental por todos los antros del país.

03 marzo 2006

CONCIERTOS

YANN TIERSEN. Madrid. La Riviera. 24-2-2006.

Ser o no ser un verdadero músico.

El mismo día del concierto pude leer en un periódico nacional una pequeña entevista con el francés. El antetitular decía: Yann Tiersen, Músico. Aplastante verdad. Algunos músicos lo son simplemente porque se lo creen, otros porque alguien lo dice. Él es músico, del verbo ser. He ahí la diferencia.

Hay muchos pasajes de su concierto que se han quedado marcados en la piel. Por ejemplo, como un hombre puede someter a una multitud (La Riviera atestada, entradas agotadas hacía días) a un silencio absoluto. Un silencio capaz de estremecer y de hacer escuchar nítidamente la caja registradora del bar. Un silencio que nadie osaba romper; el que lo intentaba era increpado al instante.

Entre las virtudes de un gran músico siempre está la de formar pequeños puzzles con sus canciones. Añadiendo o quitando piezas, según le plazca. Y nada es lo que parece. Cada canción se transforma y se subleva al nuevo enfoque. Los franceses saben hacerlo muy bien. Ello conlleva que el protagonismo dado a otros en sus obras retroceda justamente al autor. Es lo que ocurre en “Le Jour de L´Ouverture”, “Monochrome”, “Bagatelle”, “Le Bras de Mer” o “Plus d´Hiver”; esa voz, que tanto insiste en ocultar, se revela cálida y misteriosa. En “A Secret Place” o “Kala” no existe siquiera voz, ni falta que hace, porque ahí están sus cuatro magníficos acompañantes (batería, bajo, guitarra y ondas Martenot) para poner los trozos que faltan y completar el dibujo. Absolutamente soberbio. Y hablando de cosas soberbias, ahora me viene a la mente otra de sus compañeras, Katel. Una maravillosa versión femenina del Dominique A áspero y doliente para abrir el telón.

Aunque el auténtico protagonista no deja de ser él. Porque sobre el escenario es un obrero en plena faena, entregado, concentrado, cumpliendo un horario y una tarea escrupulosa que no admite errar. Los instrumentos de juguete alcanzan un sonido mayor de edad entre sus manos, convirtiendo melodías como la de “Les Enfants” en fotogramas solemnes. Con el acordeón es muy productivo; “L´Horloge” y “La Veillée” lo ratifican. Delante del piano se convierte en el amo de las penumbras, y “Le Moulin” subyuga el ambiente. La guitarra eléctrica lo sumerge en la atmósfera general de ruido fáctico, escondido entre los demás, haciendo que “A Ceux qui Sont Malade par Mer Calme” o “La Terrase” desprendan humo. Y violín al hombro es sencillamente un genio de la rapsodia bohemia; “Sur le Fil” y “La Boulange” ponen los pelos de punta, dejando a un lado la retórica.

Así que los acontecimientos no pueden derivar en otra cosa: todos a sus pies, en una demostración de fidelidad que reafirma el poder de la música para unir ideologías y sentimientos. Los primeros bises, muy generosos, y en los que brilló esa nueva versión post-rock abrumadora de “La Valse d´Amèlie” (solo reconocible al final), no contentaron. Por éso hubo una segunda parte hasta completar un par de horas. Tiempo. ¿Qué es el tiempo?. Si todavía durara nadie se hubiera movido, todos seguiríamos allí. Es lo que tienen los músicos; que siempre te hacen caer en la trampa. Y luego….. luego es muy difícil salir.

28 febrero 2006

DISCOS

DIRTY THREE. Cinder.

El lenguaje de las palabras invisibles.

Hay quien dice que el silencio vale más que mil palabras. En este caso hay discurso, pero nadie abre la boca. Solo una mujer, Chan Marshall, en “Great Waves”. La historia la cuentan las cuerdas, no las vocales, las de una guitarra y una viola. Warren Ellis, Jim White y Mick Turner vuelven a poner en entredicho el lenguaje habitual, y en este “Cinder” (2005) exploran una vez más su lado trémulo. La conexión entre folk y slowcore queda patente en “Amy”, “It Happened” o “This Night”. Diecinueve cortes que ofrecen mucho donde elegir. También mucho que resumir. “Ever Since” (por su optimismo), “Sad Sexy” (por su influencia soul), “Doris” (por la explosión de gaitas) y “The Zither Player” (por el contagioso aire zíngaro) se convierten en favoritas. Aunque más maravillosos cuanto más desordenados: la hermosísima anarquía de “Flutter” y “Feral” ataca el corazón hasta hacerle pupa. Un disco bello. Una grata compañía para relajarse y hacer algo que hacemos poco: pensar.

20 febrero 2006

RETROSPECTIVAS

NICK DRAKE. Five Leaves Left.

El mito de Sísifo.

La leyenda vuelve. Toda la vida creyéndome Sísifo, y resulta que hay uno en cada esquina. “Five Leaves Left” (69), primer paso de un reo cargando la piedra cuesta arriba. Una sombra. Otro Baudelaire. El peso de la existencia cayendo suavemente hacia un costado. Sin hacer ruido, sin rechistar. Ahí va la sombra, con su guitarra. Abnegada. Tímida. Temerosa. “Time Has Told Me”, medicina para los problemas de una mente problemática. “Riverman”, mar de viento acariciando los acantilados del alma. “Three Hours” y “Cello Song”, sueños de libertad con forma de serpentina. “Way to Blue”, manual de la felicidad imposible. “Fruit Tree”, el brillo insostenible de la fama. “Man in a Shed”, Nina Simone y Ray Charles. “The Thoughts of Mary Jane”; quién pudiera conocer sus pensamientos, por qué vuela y sale cuando llueve, dónde ha estado y a quién ha visto en su viaje hacia las estrellas…

Caminó con resignación por los senderos de un mundo que le venía grande, ocultándose en la umbría de sus recodos. Hasta que la piedra se le escapó de entre los brazos. Justo a punto de alcanzar la cima. Y al final resultó que lo que verdaderamente le pesaba era la inmensidad de su talento. Demasiado triste. Demasiado tarde.

REPORTAJES

CAN. Pioneros, alquimistas y extraterrestres.

La era Damo Suzuki.

Cuando uno se pone a escuchar a día de hoy la música de Can, siempre hay una pregunta que flota en el aire: ¿qué efecto causaron en su época?. Porque analizar la descomunal dimensión de su obra es muy fácil desde posiciones ilustradas por la evolución de los sonidos contemporáneos. Pero ¿cómo encajaron en su década, marcada a hierro vivo por los efluvios del rock?. En la vieja Europa también pasaban cosas más allá del modernismo y glamour británicos.

Reflexiones aparte, “Tago Mago” (71) y “Ege Bamyasi” (72) fueron dos álbumes que brindaron una etapa gloriosa de la banda (o colectivo anarquista, como ellos mismos se autodefinieron en ocasiones). Fue la etapa Damo Suzuki. El desquiciamiento de su primer vocalista, Malcolm Mooney, llevó a rescatar de las calles a este japonés sui-géneris que se adaptó a la sinestesia del grupo como un guante, dotando a los ambientes improvisatorios y experimentales de su música de una nueva dimensión, si cabe más frondosa y mística.

Pioneros. Inventaron su propia fórmula, un oasis subterráneo en el que la disciplina marcaba los desarrollos más inverosímiles e interminables, explotando hasta los límites el sentido del conjunto. Y lo hicieron sin máquinas, artilugios o ayudas paralelas. Ahora ya no se consigue un sonido así sin pulsar un botón y ver cientos de lucecitas de colores. Progreso equivale a pereza, comodidad, desnaturalización del trabajo.

Alquimistas. El secreto puede que residiera en las partes. Holger Czukay (bajo), Michael Karoli (guitarra), Irmin Schmidt (teclados) y Jaki Liebezeit (batería) eran la columna vertebral de la bestia. Poseían formaciones, personalidades e inquietudes tan diversas y aventureras que, al juntarse, provocaron un nuevo big-bang. El clasicismo instrumental, la pureza étnica, la profundidad de las culturas orientales, Jimi Hendrix, la Velvet Underground…

Extraterrestres. Capaces de encerrarse en un castillo en Colonia para concentrarse en la creación de atmósferas densas, en la deconstrucción de los métodos académicos de la música rock. Monjas de clausura entregadas a la oración y la repostería. Sesiones de ensayo no-premeditado de cinco, siete, hasta doce horas. Fusión orgánica en cuatro pistas.

Todo esto explica por qué “Tago Mago” y “Ege Bamyasi” son dos obras mágicas y trascendentes en la historia. En ellas el rock (“krautrock” lo llamaron algunos) alcanza otro estatus y se alía con el free-jazz, la psicodelia y el groove en una colección de piezas innovadoras y suicidas. Canciones como “Mushroom” y “Vitamin C” muestran el auténtico sello Can: ritmos hipnóticos y asimétricos que van y vienen, suben y bajan, en los que la batería de Liebezeit se erige en guía ultrasensorial. “One More Night” representa el lado espacial; los teclados de Schmidt cobran un protagonismo sacro pese al funcionamiento como un todo. El sentido improvisación e inacotación temporal tiene su claro ejemplo en “Halleluhwah” (18 minutos, 28 segundos), tema que en su primer desarrollo descubre la existencia del sonido Manchester mucho antes de nacer. La vertiente luminosa y espiritual de la banda, con influencias de la música hindú, es utilizada acertadamente para cerrar sus discos (“Bring Me Coffee or Tea”, “Spoon”) dejando una estela que tarda en desaparecer.

La presencia de Sukuzi destaca sobre todo en piezas como “Oh Yeah”, que emplea el método de la reversión vocal dentro de un groove adictivo y provocativo, introduciendo el exotismo de su lengua natal. O también en “Sing Swan Song”, donde la voz del japonés se ve envuelta en celofán de cuerda y percusión, creando una burbuja de misterio indescifrable. Preciosa, preciosa canción.

Y luego están esas otras historias inaccesibles, controvertidas, inclasificables, sucesos de onda, ruido y colisión que convierten a “Aumgn”, “Peking O” y “Soup” en osadas bandas sonoras para espectáculos de magia negra inspirados en cualquier relato de Kurosawa. Devaneos experimentales abiertos y sujetos a debate general en los círculos de entendidos. ¿Música o herejía?.

Irrepetibles y actuales. El mundo no se olvida de ellos. Algunos se despojan de sus aureolas para invocarlos y predicar que bebieron de sus fuentes para encontrar un camino con sentido. Ya lo cantaba Mark E. Smith, uno de sus admiradores célebres, sin tapujos: “I am Damo Suzuki”. Cada vez que surja algo nuevo, arriesgado o progresivo, llevará colgada la vitola Can como un pin en la solapa. La obra de los alemanes se reedita treinta y tantos años después para recordar lo que son a aquellos que aún ignoran lo que fueron. Una obra ejemplar, declarada aquí y ahora patrimonio de la humanidad.

12 febrero 2006

DISCOS

ARAB STRAP. The Last Romance.

Subiendo las persianas.

Una habitación cerrada. Oscuridad y contubernios del corazón. El mundo de Aidan Moffat nunca ha sido del todo accesible. Al contrario; demasiada angustia, demasiada destrucción. “The Last Romance” (2005) al fin rompe las cadenas, sube las persianas y deja entrar la luz. A través de la ventana se aprecia vida y continuidad. Un café caliente enfrente del cristal, un acordeón sosegado (“Chat in Amsterdam, Winter 2003”), un cello poderoso (“Confessions of a Big Brother”). Todo vuelve a empezar. Fuera los ornamentos, los artificios y la porquería. Pese a sus títulos, “Stink”, “(If There´s) No Hope for Us”, “Don´t Ask Me to Dance” y “Dream Sequence” son tan directas, concretas e intensamente emocionantes que empujan a abrir la ventana y echar a volar, respirando el aire de las cosas por conocer. “There Is No Ending” es el canto definitivo en pleno vuelo migratorio. Desde las fosas de la desesperación hasta los brazos de la irrenunciable esperanza. Mejor así.

09 febrero 2006

AGENDA

ACONTECIMIENTOS FEBRERO. Empieza el movimiento.

La temporada de acontecimientos musicales en nuestro país empieza a ponerse seria. Mientras el Primavera Sound de Barcelona sigue explotando sus ofertas de abonos a precio reducido (85 euros hasta el 21 de febrero, lo que costaba el año pasado, ¿a cuánto piensan ponerlo este año?), el todopoderoso FIB Heineken ya anuncia en su cartel (aparte del pelotazo Depeche Mode) a Franz Ferdinand, Echo & the Bunnymen, The Rakes o Jay-Jay Johanson. Nada que sorprenda o entusiasme. Y mientras tanto, los susodichos Dave Gahan, Andrew Fletcher y Martin Gore se pegan su primer paseo por nuestra geografía presentando “Playing the Angel” (con buenas críticas, parecer ser), ensombreciendo a otros en visita mucho más modesta y relajada, como Micah P. Hinson o Super Furry Animals.

Entre tanto, he aquí algunos buenos conciertos recomendables en la agenda de febrero (en lo sucesivo, la sección tratará de repetirse mensualmente):

BAUHAUS- Barcelona. Razzmatazz. 15-2-2006.
Madrid. La Riviera. 16-2-2006.

JOHN CALE AND BAND- Vitoria. Sala Azkena. 17-2-2006.
Madrid. Sala Heineken. 18-2-2006.

ARAB STRAP – Madrid. Sala Heineken. 24-2-2006.
Barcelona. Razzmatazz. 25-2-2006.

CLAP YOUR HANDS SAY YEAH – Barcelona. Razzmatazz. 24-2-2006.
Madrid. Sala Heineken. 25-2-2006.

KAISER CHIEFS + WE ARE SCIENTISTS- Barcelona. Razzmatazz. 25-2-2006.

YANN TIERSEN- San Sebastián. Sala Jareño. 23-2-2006.
Madrid. La Riviera. 24-2-2006. (anunciado el cambio de local, previsto inicialmente en Aqualung).
Salamanca. Centro Cultural Artes Escénicas y Música. 25-2-2006.

SNOW PATROL- Madrid. Sala El Sol. 28-2-2006.

Una pena no poder ir a todos, pero….

DISCOS

THE STROKES. First Impressions of Earth.

Misión imposible.

Los pequeños Rolling han llegado donde iban. El tercer álbum de Julian Casablancas y su panda ha sido tan esperado como decepcionante. Ya no son los Strokes despeinados y harapientos que en “Is This It?” (2001) contagiaban alegría y ansias de revuelta. En “First Impressions of Earth” (2006) son unos Strokes pro-sistema, engominados y estáticos. La sobredosis de caña en “Juicebox” no engaña; el resto naufraga en una balsa de aceite. No hay color, ni energía, ni giros suicidas, ni nada de lo que había en canciones como “The Modern Age”, “Soma”, “Last Nite” o “Meet Me in the Bathroom”. Solamente “You Only Live Once”, “Electricityscape” y “Killing Lies” proporcionan un poquito de sorpresa, calidad o simplemente gustirrinín. Quizá es cuestión de modas; o quizá cuestión de lógica. Quizá es el cerebro, que funciona a mayor velocidad que la industria, demandando cosas nuevas. A ver si vuelven a España, dan un concierto superior y nos callan la boca. A ver si puede ser.

07 febrero 2006

DISCOS

THE CORAL. The Invisible Invasion.

Cualquier tiempo pasado fue mejor.

A pesar de haber perdido la desvergüenza de sus primeros pasitos (sí, aquella que mezclaba el rock, la polka o el metal con valentía de órdago en su debú de 2002), no se puede negar que The Coral son una de las bandas más interesantes y trabajadoras de la actualidad. Aunque lo de telonear a Oasis restó crédito en su cuenta, “The Invisible Invasion” (2005) sigue mostrando su santa fidelidad a los setenta. Una fijación tan obsesiva que teletransporta directamente a la época, a sus ideas, a su moda. Y mucho más con canciones como “A Warning to the Curious”, que recrea aquel sonido con tal exactitud que ya no sabes si son ellos o The Doors (vaya por dios, la voz de James Skelly a veces hasta recuerda a la de Jim Morrison). Un disco con canciones prescindibles, y con otras realmente memorables. Entre estas últimas, que son mayoría, “She Sings the Mourning” y sus impecables arreglos, “The Operator” con esos teclados frenéticos, “Come Home” y su desenlace espacial que la engancha con la preciosa “Far from the Crowd”, puro Simon & Garfunkel. Entre las prescindibles está “In the Morning”, casualmente la que más suena acá y allá, con todas las papeletas para ser carne de sintonía televisiva (y si no, al tiempo). Y también algunas curiosidades que los adelantan una década: el comienzo de “Something Inside of Me” clava al de “London Calling” de The Clash; y “Arabian Sand” huele a homenaje en toda regla a The Fall. Gente joven enamorada de los clásicos: especies en peligro de extinción.

02 febrero 2006

CONCIERTOS

SLOAN + THE SOUNDTRACK OF OUR LIVES. Madrid. Aqualung. 24-1-2006.

Calorcete escandinavo.

The Soundtrack of Our Lives tienen caché. Lo avalan sus discos y lo avala su extensa gira por nuestro país. También lo avalan sus teloneros. Los veteranos Sloan abrieron la velada madrileña rememorando su curtida trayectoria a través de sus hits más conocidos y pegadizos. “The Good in Everyone”, “Money City Maniacs” y “The Other Man” fueron instantes brillantes de un directo en el que lo mejor es la presencia de Chris Murphy y sus incómodas gafas de culo vaso, ya sea al bajo, ya sea a la batería. Su forma de exhibirse con las baquetas convirtió “People of the Sky” y “All Used Up” en dos pelotazos pseudo-heavies. Descoordinados, pero entretenidos.

Los primeros humos de teclado con que los suecos hicieron su aparición presagiaban una noche de psicodelia babilónica, pero “Broken Imaginary Time” fue mero espejismo trascendental. Con tantas y tan variopintas canciones, escogieron un repertorio acertado y efectivo, picoteando de todos sus álbumes ordenadamente. Acentuando su vena rock, pero introduciendo esos momentos stand-by en mitad de canción (con arengas y filosofía incluídas) que los hacen inimitables y genuinos. Sonaron las que se querían escuchar y algunas otras que ganan puntos en vivo: “Infra Riot”, “Sister Surround”, “Lone Summer Dream”, “Confrontation Camp”, “Dow Jones Syndrome”, “Believe I´ve Found”, “Pass Through Fear”, “Galaxy Gramophone”, “Instant Repeater´99”, “Mother One Track Mind” o la interminable “21st Century Rip Off”. Pero las reinas del baile fueron “Bigtime”, perfecta para el jolgorio salvaje, y la escalofriante versión del “I´m Sick of You” de Iggy & the Stooges que Ebbot Lundberg se sacó de la manga de su túnica XXL.

El desenlace final a punto estuvo de ponerlos en entredicho. “Nevermore” derivó en rayada hippy, con el orondo Ebbot paseando sus chichas entre el público, repartiendo abrazos y pensamientos de predicador sectario. El espectáculo estaba en el foso; pero las caras del resto sobre el escenario fueron una alternativa digna de ver y en la que pocos repararon.

Genio y figura. Mr. Lundberg, todo un crack. The Soundtrack of Our Lives, toda una banda de rock´n´roll.

22 enero 2006

RETROSPECTIVAS

NICK CAVE & THE BAD SEEDS. Tender Prey.

Ojo por ojo.

Trabajo de chinos. La discografía del tosco australiano y las malas semillas es tan especial y prolífica que escoger un algo que la represente es tan difícil como apasionante resulta siempre escribir sobre ellos. Finalmente, “Tender Prey” (88) es el elegido, un disco que aglutina lo mejor de la banda en su periodo más activo y, por qué no, atractivo. Sinuoso, apocalíptico, dramático y exacerbado. Elegancia desafiante multiplicada por siete.

Y escoger “Tender Prey” tiene su explicación; el disco comienza con una de las mejores canciones, sin duda, jamás compuestas e interpretadas. Y sin personalizar en sus autores; jamás compuestas e interpretadas en general. “The Mercy Seat” es la canción con mayúsculas, un canto rabioso, desgarrado y oscuro, gobernado por el caos del ultimátum. Las cuerdas abruptas de Harvey, Bargeld y Powers, un nudo de turbulencias que amenaza con el abismo, poniendo el corazón en un puño. La historia se repite de forma similar, aunque menos grandilocuente, en “City of Refuge” y “Sugar, Sugar, Sugar”.

“Up Jumped the Devil” es otra de las grandes. Misteriosa y suave, perfecta para el engaño. Esos acordes de piano que acunan los sentidos, preludio de una invasión infernal imprevisible. Igual que “Sunday´s Slave”, con sus aires de western decadente, o la solemne “Mercy”, donde las semillas dejan de serlo para convertirse en altísimos matojos de hierbas venenosas y retorcidas.

Entre tanto aberrunto claustrofóbico, no hay que olvidarse de respirar. El oxígeno entra en forma de suave balada por “Watching Alice” y “Slowly Goes the Night”. También “Deanna” es un agujero salvador, una celebración cargada de ironía, pero singularmente alegre.

La obra arrancaba con una autosentencia lapidaria (“I´ve got nothing left to do and I´m not afraid to die”) y se cierra justamente al revés, dando las gracias por una nueva mañana (“New Morning”). ¿Moraleja?. Detrás de ese rictus frío y maquiavélico, de esa negra silueta, siempre ha habido un corazón latiendo con fuerza.

20 enero 2006

REPORTAJES

RUFUS & MARTHA: GARGANTAS SUPERDOTADAS.

La matemática de los genes.

Son hermanos. Se parecen. No lo pueden ocultar. Sus caminos son paralelos, partiendo de un origen común, buscando destinos alternativos que acaban irremediablemente dándose la mano. Rufus y Martha Wainwright, ésos dos privilegiados.

El camino arranca en Nueva York y continúa en Montreal. La dedicación a la música folk de sus progenitores, Loudon Wainwright III y Kate McGarrigle, hace bueno un dicho que pocas veces falla: de tal palo, tal astilla. Vocación temprana, inspirada o teledirigida, incluídos como piezas de un puzzle de sangre subido a un escenario. Foto familiar. McGarrigle Sisters and Family los llevó a hacer sus pinitos infanto-juveniles junto a su madre y su tía Anna. Evidentemente, en tales circunstancias no hay marcha atrás.

La historia de Rufus ya abarca cuatro discos de estudio, colaboraciones diversas, cameos cinematográficos y un lugar indiscutible en una escena a veces no bien preparada para su idiosincrasia y parapeto escénico-vital. Con formación clásica y moderna, sus trabajos son un combinado atemporal irresistible cargado de referencias múltiples. El rock, el soul, la música de cámara, la opereta, el cabaret, el gospel, y también el teatro. Sus últimas entregas, los interconectados “Want One” (2003) y “Want Two” (2004), republicados juntos en 2005, reflejan la mezcla al máximo nivel. “Old Whore´s Diet”, la sublime canción que cierra el segundo de ellos, es como una addenda-resumen de todas sus influencias y obsesiones, en compañía de su gran amigo Antony (Antony & the Johnsons). Amigos, personajes. Contracorriente, controvertidos, incomprendidos.

Todos esos elementos convierten sus canciones en un espacio abierto y participativo, invirtiendo los solitarios esquemas de una voz que emociona, feroz e inquebrantable. Una voz y un planteamiento de historias profundas, reivindicativas e intelectuales que lo emparenta con Ron Sexsmith, con Mark Eitzel, con gente a la que recuerda pero a la que no se acaba de parecer. Un barco que navega sin tocar tierra firme.

La historia de Martha en solitario comienza en 2005, con la publicación de su debú homónimo, después de haber sido llave maestra de apoyo y acompañamiento para su hermano, en definitiva, para toda su familia. Un disco cálido y sensible, que acaricia los oidos con una base country-folk-rock pura e indiscutible. Canciones que hablan de la vida, la soledad, la tristeza, la superación, cosas cotidianamente bellas. “Take my hand across the crowd”. “I have no children, I have no husband, I have no reason to be alive” (“Far Away”). Otra voz inmensa y delicada, que sube, que baja, que amenaza con quebrarse, que agota sus recursos, que susurra (“These Flowers”, “This Life”), que estalla de pena incontenida (“Bloody Motherfucking Asshole”, “Ball and Chain”). En la onda de las más veneradas, Édit Piaf, Nancy Sinatra, Joan Baez, Joni Mitchell… Bienvenida y celebrada.

Dos hermanos, dos historias. Galopando en caballos distintos que beben del mismo abrevadero. Dos gargantas superdotadas capaces de emitir al mundo en frecuencias saturadas de emoción. La genética no falla. En ellos está la prueba.

16 enero 2006

DISCOS

JERONIMO. 12h33.

El mundo con él.

“Un Monde sans Moi” (2003) lo dió a conocer a un mundo que, hasta entonces, sobrevivía sin él. “12h33” (2005) fue la esperada continuación, certificando el talento compositor de este belga rebelde y sereno a partes iguales. En esta ocasión más pausa, menos electricidad. Preciosas canciones pop, como “La Fille que J´Aime”, “Moi Je Voudrais” y “La Chienne de Baikonour “, son la principal materia prima de su nueva travesía, tocando la fibra sensible de todo hijo de vecino. “Corrina, Corrina” y “Ce que Nous Ont Laissé les Vieux” descubren su faceta blues y folk (armónica incluída), haciendo adivinar una presunta devoción por grandes como Dylan o Springsteen. Aunque el rock también está presente, a divino cuentagotas, en “Tout les Gents que Tu Aimes Vont Mourir un Jour” (apabullante y cruel verdad) o en las absolutas “Je Vais Tout Plaquer Sauf Toi” y “Les Mains Qui Tremblent”. Un disco completo que va creciendo hacia una atmósfera tensa, una humareda entre psicodelia y post-rock que en la instrumental “Pour Partir” acaba cortando el aire en finísimas rebanadas. El mundo con él es otra cosa.

10 enero 2006

RETROSPECTIVAS

DOMINIQUE A. Remué.

Alma pensante en movimiento.

Artista. Músico. Poeta. También persona. Se llama Dominique Ané. ¿Hay alguien que todavía no lo conozca?. Dejad que os cuente algo sobre él…

“Remué” (99) es duelo, controversia y reflexión. El álbum más crudo y espinoso del francés hasta su fecha. También hasta la fecha actual. Sus curvas duras, góticas y desgastadas se salpican de pequeños halos de luz inalcanzable. Algo estaba pasando en su interior. Alma en conflicto, cabeza en movimiento. Catorce relatos donde la belleza y el dolor se funden en una sola cosa.

“Comment Certains Vivent”. Cómo viven algunos. Cómo vivimos todos. Primera encrucijada. Guitarras que aullan y se retuercen, demandando un oído que las escuche y una mano que las acaricie.

“Péres”. Padres. Referencia. Más guitarras tejiendo una malla ficticia sobre la que planea el recuerdo, el ideal, en definitiva, el engaño. Al caer solo hay suelo, el frío suelo.

“Encore”. Más ruido, agitación. Y de repente la calma, un piano abriendo un abanico de seda que oculta lo que espera al otro lado.

“Je Suis une Ville”. Soy una ciudad. Me ofrezco al mundo, para que sus ojos me admiren. Pero todo pasa y yo sigo aquí. Las mismas calles, los mismos parques. Todo melancolía. La más bella, quizá.

“Tu Vas Voir Ailleurs”. Vas a ver en otra parte… lo que no puedes ver aquí. Cadencia oscura y susurros preocupados. Más distorsión eléctrica.

“Avant L´Enfer”. Antes del infierno. Una reflexión previa llena de sosiego y evocación. Guitarra española, piano y oboe formando una familia entera y unida.

“Exit”. Salida. Al infierno, quizá. Un triste responso acompañando a un funeral bajo un manto de lluvia espesa y turgente, con instrumentos que lloran y rinden tributo póstumo a coro.

“Douanes”. Aduanas. Lugar de control, lugar de confluencia. Experimentación y melodía. Máquinas de ritmos, atmósferas sintetizadas. Producto total y perfecto apto para la importación.

“Ma Vieille Téte”. Mi vieja cabeza. Cansada de dar vueltas, de tribular. Otra de las imprescindibles. Estrofas lineales y milimétricas. Un típico viaje en tren, sin paradas, giros ni perturbaciones.

“Le Détour”. La vuelta, el recodo. Otra vez la tranquilidad del agotamiento. Guitarras acústicas. Retoques de viento en progresión jazz; claro, el jazz, arte convulso por excelencia.

“Rien Qu´A Voir”. Nada que ver. Segundo himno funerario, segunda parte del anterior, una vez que las nubes se han marchado, y los primeros rayos de sol confirman que la vida sigue.

“Retrouvailles”. Reencuentros. Deseados, dolorosos, buscados, inevitables. Chanson por excelencia. Golpes percutores asesinos, y más guitarras llorosas y difusas.

“Surestimé”. Sobrestimado. Se refiere al amor. Resultado de desengaño, imposibilidades, guerra interior. Hondamente melancólica, grandiosamente hermosa. Duele.

“Le Morceau Caché”. El pedazo escondido. Locura, muerte y sinsentido. Sello perfecto para franquear una carta llena de heridas, preguntas y miedos, arrojarla al buzón de las casualidades sin destinatario y esperar que llegue a quien deseamos.

Removida, conmovida, trajinada. La sinceridad compartida de un ser que es humano, aunque no lo parezca. Como las buenas obras de arte contemporáneo: rara, retorcida, absurda, inaccesible, y lo más importante de todo, libremente interpretable.

03 enero 2006

DISCOS

BROKEN SOCIAL SCENE. Broken Social Scene.

Uno para todos, todos para uno.

En un entorno musical paradójico en que los grupos nuevos afloran a la misma velocidad que las ideas se estancan, aún hay gente capaz de hacer girar el planeta. El colectivo de Toronto se sitúa, junto a bandas como The Arcade Fire, Animal Collective, British Sea Power o The Polyphonic Spree, a la cabeza de aquellos que ven el bosque en lugar de árboles. Heterodoxas procedencias, heterodoxos enfoques. “Broken Social Scene” (2005) logra el dificilísimo reto de superar a “You Forgot It in the People” (2002), dando otra vuelta de tuerca a la proliferación de instrumentos, efectos y voces. Cercano a la psicodelia fluorescente de los primeros Mercury Rev, a la distorsión casera de Pavement, a la melodía espesa de Yo la Tengo, a las tupidas guitarras de Slowdive y al muro sónico de Phil Spector. Un disco que incluso se atreve, en su segunda mitad, a realizar incursiones suicidas en la electrónica y el R&B, sin perder con ello un ápice de coherencia y expresividad. Una excursión por sendas recargadas y revueltas, lleno de vaivenes, colores y sorpresas. Y todo ello impregnado de un aroma a años setenta que invita a inspirar hasta que los pulmones revienten. “Major Label Debut”, “Ibi Dreams of Pavement”, “7/4 (Shoreline)”, “Fire Eyed Boy”, “Windsurfing Nation” y “Superconnected” deberían ser obligatorias por imposición de ley. Seguro que ésta la cumpliría todo el mundo. Y de buen grado.

28 diciembre 2005

REPORTAJES

TOM BARMAN & GUY VAN NUETEN.

El inquieto políglota y su amigo el pianista.

Cuando todavía uno anda sumergido en las mareas post-Deus comeback, la celestial casualidad sigue haciendo de las suyas. Esta vez deja caer entre las manos un legado delicado como el cristal, digno de los héroes del Renacimiento. Un verdadero hallazgo. Pecado mortal consentir que se pierda en el olvido. Tom Barman, el tipo que vendió su alma al diablo para no estarse quieto jamás, decidió un buen día emplear su hiperactividad creativa en unir su voz y su guitarra al sugerente piano del músico belga Guy Van Nueten, para hacer un homenaje dignísimo, elegantísimo y emocionantísimo a su pasión amiga, la música. Una gira que les llevó entre 2001 y 2004 a rodar juntos por muchos auditorios europeos, desembocando en Amsterdam, ciudad abierta. Un encuentro donde el desenfado y el respeto se conjugaron para que cada acorde fuera un sueño y cada estrofa una lección.

Nick Drake con “Riverman”, “Pink Moon” y “Fruit Tree”, David Bowie con “Memory of a Free Festival“, Serge Gainsbourg con “Le Poinçonneur des Lilas”, Randy Newman con “Lousiana”, The Velvet Underground con “Some Kinda Love”, Rogers & Hart con “My Funny Valentine”, Captain Beefheart con “Harry Irene”, J.J.Cale con “After Midnight”… Todos ellos fueron los invitados de excepción al banquete del recuerdo, a la vez que ídolos, a la vez que compañeros de camino. Y entre canciones ajenas y hermosas tomadas como préstamo para pagar el peso de la vida, versiones desnudas e inocentes de las propias, ésas que no existirían o no serían de ese modo sin la impagable inspiración de las anteriores: “Magdalena”, “The Magic Hour”, “Instant Street”, “Luxury”, “Serpentine”, “Right as Rain”, “Nothing Really Ends” o “If You Don´t Get What You Want”.

El antes y el después. Un eco íntimo, cálido y espontáneo. Y como conclusión final, la declaración de culpabilidad en primera persona (“Guilty”) que sólo se atreven a hacer los valientes o los que ya no tienen nada que perder. Tan sobrada de sinceridad que es capaz de transformar la admiración en un interminable escalofrío. Así soy yo, y así os lo he contado.

25 diciembre 2005

DISCOS

DEVENDRA BANHART. Cripple Crow.

Pájaro loco.

Devendra está de moda. Las flores, los bordados y el pelo largo han vuelto. Reacción contra-progreso. El hombre que quería ser pájaro brinda una nueva ofrenda a su madre la naturaleza y demás ancestros de la estirpe. “Cripple Crow” (2005) no ha perdido la pureza primitiva de los anteriores, pero esta vez las canciones se adornan con nuevos abalorios en forma de coros, violines, cellos, banjos, pianos, flautas traveseras, tablas y sitares. El resultado: la comunión del folk con otros viejos amigos como el rock, el soul, el tango y la música espiritual. Y el alma nómada del artista se mueve entre los tiempos con la misma facilidad que transita los lugares donde hay algo que aprender o algo que respirar; acercándose cariñosamente a Crosby, Still & Nash (“Now That I Know”), a Caetano Veloso (“Pensando en ti”), a Jefferson Airplane (“Long Haired Child”), a George Harrison (“Lazy Butterfly”), a Bob Dylan (“I Feel Like a Child”, “Chinese Children”), a The Mamas & the Papas (“When They Come”, “Mama Wolf”), a Gardel (“Luna de Margarita”) o a Otis Redding (“Little Boys”). Una dádiva para sitios, ritos y personas. Una forma de agradecer la vida que fluye de las cosas que son inertes. Un abrazo gigante que trata de abarcarlo todo con esas poderosas alas de cuervo castigado.

22 diciembre 2005

RETROSPECTIVAS

A CERTAIN RATIO. To Each…/Sextet.

Los boy-scouts del ritmo.

De Manchester al infierno. Unos se ganaron la fama, y otros cardaron la lana. A Certain Ratio fueron la apuesta arriesgada del sello Factory Records, sin olvidar al sufrido Viny Reilly (ver el
film de Michael Winterbottom “24 Hours Party People” para más detalle). Moviéndose siempre a la sombra de convecinos mejor avenidos (Joy Division, New Order, The Happy Mondays), pusieron en Flandes una pica que más tarde han recogido bandas como !!!, Rinoçerose o LCD Soundsystem.

Y es que no deja de sorprender que de unas mentes y dedos tan pueriles pudiera salir ese sonido rupturista, anárquico y retorcido que caracterizó su música (¿música?). Una tortilla punk-funky-jazz-étnica difícil de digerir al principio, pero que acabó alimentando a base de bien.

“To Each…” (81) y “Sextet” (82) marcaron sus principios, la época en la que Simon Topping y Martha Tilson ponían las voces y la máquinas los ritmos. En el primero de ellos se aprecia la tendencia pendulante entre el rock oscuro y afectado de la época y el ansia por fusionar. Hay canciones que no se alejan demasiado de Joy Division (“My Spirit”, “Choir” y “Oceans”), con una voz de ultratumba que pasaría por la de Ian Curtis sin dificultad. Aunque en “Felch” y “Loss” ya empiezan a aparecer las trompetas lejanas, acompañando a los ritmos contundentes estroboscópicos. Pero sin duda lo suculento de este disco son los festines de percusiones en las interminables “Back to the Start” y “Winter Hill”. Y es curioso que esta última, todo un atracón de psicodelia tribal, sea quizá una de las mejores canciones de la banda prescindiendo total y absolutamente del bajo.

Sí, el bajo.. En “Sextet” es el rey. Los atronadores primeros acordes de “Lucinda” lo dejan claro. Más trompetas, más percusión, más ritmo. Y una iniciación a los elementos electrónicos ocultos. Martha Tilson cobra protagonismo en las voces peculiares y despistadas. La oscuridad sigue latente en temas como “Crystal” o “Rialto”, absolutamente claustrofóbicas. Y el funky más puro se manifiesta en algunos pasajes de “Below the Canal” o “Day One”, pero salpicado de saltos, giros y piruetas imposibles. “Slipskada” introducía un nuevo aire a las intenciones excéntricas del combo, con sus ridículos golpes de samba carnavalera. Aunque la canción fetén de este disco era sin duda “Knife Slits Water”, A Certain Ratio 100%; siete minutos de distorsiones vocales siniestras, desconcierto de bongos, martillos y maracas, y las cuatro cuerdas propinando latigazos en las entrañas.

El resto de la historia no fue lo mismo. Cambios decisivos en la formación y peregrinaje por sellos varios. Una banda perdida en medio de una nada relativa por su enconado interés en la experimentación, el caos y la indisciplina. Para el mercado, villanos. Para muchos, unos héroes.

19 diciembre 2005

DISCOS

COLDER. Heat.

Azul y negro.

Después de debutar satisfactoriamente con “Again” (2003), el galo Marc Nguyen parece haber cogido gusto a ésto, y lo que se suponía un pasatiempo ocasional del sello Output tiene su continuación en un nuevo trabajo que se hace llamar “Heat” (2005), pero que suena a azul, a negro, a hielo, a cuero, a nocturnidad. Bucles electrónicos, ritmos enlatados, descargas de guitarra y, cómo no, esas secuencias de bajo saturado que en canciones como “Losing Myself” o “To the Music” son como martillos hidráulicos. La voz, fría, distante y estática, se esconde tímida entre el resto, creando una atmósfera densa y susurrante. Escapismo. Movimiento repetitivo, esclavo e inconsciente. Desde el primer segundo, con la excitante “Wrong Baby”, hasta ese final cinematográfico que enlaza “Your Face”, “Fade Away” y “Burnt Out”, a cual más apetitosa y relajante. La elegante “Tonight” recuerda a una segunda parte del clásico “Confusion”, “Downtown” coquetea con el drum´n´bass y “On My Mind” refleja el punto intermedio exacto de una conversión de Joy Division (ésta vez sí) en Kraftwerk. Experimentos interesantes que demuestran que jugar con las máquinas, a veces, trae premio.

14 diciembre 2005

DISCOS

THE WALKABOUTS. Acetylene.

Los replicantes.

Chris Eckman y Carla Torgerson vuelven a calzarse las botas de cuero para pisar el asfalto. "Acetylene" (2005) invade de nuevo las autopistas del rock, dejando atrás el terciopelo, como colección de canciones surgidas del descontento y la rabia antisistema. Un álbum en el que las guitarras son las auténticas protagonistas, acotando incluso el terreno de esas dos maravillosas voces, rasgadas, pulcras, personales, diferentes y ante todo, complementarias. Un trabajo que consigue con éxito rotundo acercarse a los sonidos ansiados (Neil Young o Patti Smith), con temas redondos como “Kalashnikov”, “Fuck Your Fear” o “Acetylene”, asumibles a la primera, frescos como la novedad, familiares como si se hubieran escuchado antes. “Whisper” y “The Last Ones” rebajan las revoluciones de la réplica mirándose en un espejo en el que se reflejan sin remedio bandas como Low o Codeine. Y “Before the City Wakes” se asoma a las puertas del rock psicodélico de los 70 con insólito atrevimiento. Un disco directo y homogéneo. Rock en estado puro. Y todo desde Seattle, ciudad que aún está en el mapa, donde todavía se vive y se respira.

10 diciembre 2005

REPORTAJES

JEFF BUCKLEY: ¿QUÉ HUBIERA PASADO?.

Otro mito construído por el destino.

Eran los 90 y el grunge nos consumía. Buscábamos desesperadamente música a la que aferrarnos e ideas que defender. Nuestra personalidad pugnaba por definirse en medio de vacíos inmensos y agujeros oscuros. Un futuro incierto. Miedo a las decisiones. “Smells Like Teen Spirit” sonando una y otra vez en la cabeza…

Un buen día un amigo me dejó un disco. “Esto es lo más tremendo que vas a escuchar en toda tu puñetera vida” me dijo. En la portada, un chico aferrado a un micro, con la mirada perdida en la tierra, pensativo y desolado. Había que escucharlo. Era diferente. No era fácil. Canciones cargadas de aspereza y tosquedad, pero también de un sentimiento colmado que al principio no llegué a comprender. “No, no quiero complicarme la vida. No quiero pensar. No quiero llorar”.

El disco se llamaba “Grace”, y se quedó en la estantería durante algún tiempo, meses, años. Aparcado, pero no olvidado. En la primavera del 97 una noticia oída en la radio o en la televisión (no recuerdo bien) decía que el río Misisipi se había tragado la vida de ese chico triste. De repente me sentí culpable. Culpable no sé de qué. De no haberle dado la oportunidad merecida, a lo mejor. El disco volvió a caer entre mis manos, en mis oídos, en mi cabeza, y entonces me dí cuenta de que ya no había marcha atrás. Y entonces mi vida se complicó, me dio por pensar y me dio por llorar.

“I´m not afraid to die, but it takes so slow..”. ¿Era resignación o era una llamada de ayuda?. Leía las letras de cada canción todos los días. Sueños y premoniciones. ¿Él lo sabía?. ¿Él realmente lo quería?. Hay varias leyendas al respecto. El hecho es que hoy, después de casi una década, muchos nos seguimos preguntando qué hubiera pasado si todo aquello no hubiera sucedido.

Hipótesis personal 1: el disco “Grace” sigue apolillado en la estantería de mi habitación. Se publica su segundo trabajo, al que apenas me interesa prestar atención, pese a la insistencia de mi amigo, fan devoto incontestable.

Hipótesis personal 2: el disco “Grace” sigue apolillado en la estantería hasta que el nombre de Jeff Buckley aparece en el cartel de un festival de verano. Entonces lo rescato y me pongo a oirlo pacientemente, encontrándole su verdadera fuerza, y rindiéndome ante él después de un memorable, encoraginado y emotivo concierto en un macroescenario.

Hipótesis general 1: después de la benévola acogida de “Grace”, la publicación de su segundo trabajo supone una pequeña decepción, incapaz de superar la intensidad del primero, defenestrado por la crítica a las primeras de cambio y condenado a un olvido relativo, insalvable pese a la publicación postrera de un tercer, cuarto y quinto discos ridículamente minoritarios.

Hipótesis general 2: después de la benévola acogida de “Grace”, la publicación de su segundo trabajo lo consagra, fichando por una multinacional que lo convierte en la gallina de los huevos de oro, carne de emisora y de estadio, de limusina y portada de revista.

Es difícil apostar por una hipótesis. Aunque hay algunas pistas que se mueven a favor de un Jeff Buckley en ascensión creativa. Los bocetos de “Sketches from My Sweetheart The Drunk” (98) así lo demuestran. Sin embargo, su temperamento dubitativo y temeroso, disfrazado de broma y sonrisa, ¿hasta dónde hubiese resistido?. Seguramente hoy sería un gran artista, con un gran repertorio, sometido a la presión de la mutación, pero fiel a sus pautas de composición y a sus referentes clásicos irrefutables. Pero ¿pasaría de ser sencillamente uno más?. Es un misterio. Un misterio sin respuesta exacta, pero con una posible respuesta aventurada: seguramente no. Las circunstancias hacen al mito. El mito se crea por el paso del tiempo o por la desgracia. En este caso por lo segundo. Muchos se interesaron (nos interesamos) por este personaje por lo extraño y desventurado de su historia, esa mezcla de duda, tragedia y romanticismo que envuelve siempre una pérdida temprana. Pasó con Hendrix, con Joplin, con Morrison, con Lennon o con Cobain. Son casos parecidos, aunque diferentes. El de Buckley se tiñe todavía más oscuro por el hecho de ser accidental, estúpido y no premeditado, y más amargo por el hecho de ser repetitivo dentro de su clan.

Pero, ¿realmente fue accidental, estúpido y no premeditado?. La mayoría de las voces vivas aseguran que sí. Eso sí que es un auténtico interrogante que ya no tendrá respuesta, ni teórica ni exacta.

Barajar todas estas posibilidades simplemente es un juego. Un ejercicio infantil para matar el tiempo que nos sobra por no tener nuevas canciones que escuchar de un tipo que quería dar su alma pero no encontró a quién…

RETROSPECTIVAS

TALKING HEADS. Remain in Light.

Ingeniería afrodisiaca.

Empezaron con improvisaciones toscas y casuales en el CB GB, cuna de la contracultura neoyorkina, y acabaron como símbolo de culto estético y musical. Culturetas de serie B deconstruyendo las estructuras sistemáticas lineales y queriendo ser modernos. De esta manera llegaron a un público difícil, consumidor de música adictiva y radical, pero a la vez abierto a la experimentación y el cambio.

Con "Remain in Light" (80), la banda de David Byrne alcanzaba la cúspide de una trayectoria marcada por la innovación del punk, acercándolo más que nunca a los sonidos negros. La producción superlativa a cargo del ilustre Brian Eno convierte este disco en una obra de ingeniería del ritmo, una noria caleidoscópica que ensambla a la perfección el funk de James Brown o Sly Stone con escalas orientales, ritmos calientes y psicodelia. Basta sumergirse en los bucles guitarreros con aromas polinesios de “Born Under Punches (The Heat Goes On)” para empezar un apasionante viaje a través del laberinto. El festín de percusiones de “Crosseyed and Painless” se agarra a la cabeza y al cuerpo como una lapa, mientras que “The Great Curve”, con su tam-tam frenético, dibuja una extraña carrera de relevos donde todos pugnan por colaborar, en una sucesión gloriosa de octavillas y riffs superpuestos. “Once in a Lifetime” bautiza otro de esos estribillos míticos de la banda, y en “Houses in Motion” las recias líneas de bajo que marca Tina Weymouth navegan por un río de mantras y seda. “Seen and Not Seen” es la puerta de entrada a un sistema de circuítos integrados donde el reggae y el funky se sincronizan a la perfección, y la legión de autómatas sigue presente en “Listening Wind”, con la voz de Byrne en distorsión metálica y distante. El desenlace apocalíptico y mortuorio de “The Overload” recuerda la oscuridad de compañeros coetáneos de viaje como The Cure o Bauhaus.

Un disco mínimo, pero abrumadoramente intenso. Una muestra de heterodoxia, disfunción y talento imprescindible para inquietos.

09 diciembre 2005

CONCIERTOS

dEUS. Madrid. Sala Copérnico. 2-12-2005.

El retorno soñado.

La vuelta de los belgas a la actualidad musical y a los escenarios ha sido, sin duda, el gran acontecimiento del 2005 para muchos. Después de haber andado dedicados desde finales de la década pasada a otros campos del arte y la lúdica (hay curiosidad por ver “Any Way The Wind Blows”, el largometraje coral urbanita dirigido por Tom Barman), “Pocket Revolution” (2005) ha sido la excusa para un reencuentro celebrado. Y han vuelto por todo lo alto, con una nueva formación en la que sólo subsiste la presencia magnética de Barman y las virguerías de Klaas Janzoons con el violín eléctrico. Mauro Pawlowski se consolida a las guitarras y a la voz (adaptable a todo matiz, blues, melódica o hardcore según se tercie). Stéphane Misseghers en la batería y Alan Gevaert al bajo completan un nuevo quinteto que funciona como arma de precisión, apuntando y dando donde más duele.

Empezaron tranquilos (decía Tom) como suelen acostumbrar, con “Pocket Revolution” y “Magdalena”, que fueron suficientes para aventurar un concierto omnipotente. La prontitud y efectividad de “Instant Street” y de la sorprendente “Fell Off the Floor, Man” (tocar esta especie de canción-collage como la tocaron sí que es para nota) dejaban claro que iba a ser una noche para recordar. Y el presagio se quedaba corto. Temas nuevos de la intensidad de “Start Stop Nature” y “If You Don´t Get What You Want” acompañados de grandes clásicos como la refulgente “Via” o esa apoteosis avant-jazz que es “W.C.S (First Draft)”, en la que la conjunción vocal Barman-Pawlowski alcanzaba lo insuperable. Los problemas técnicos, a los que parecen estar abonados (y Tom se quejaba de ello sin perder la cordialidad), hacían acto de presencia en “The Real Sugar”, que se quedó en un eco lánguido lejano. Breve bypass para echar un pitillo y vuelta al torrente de vatios, encadenando una segunda parte si cabe más animal, sublime y rompedora donde “Put the Freaks Up Front”, “Sun Ra” y “What We Talk About” pusieron los colores intensos y “Nothing Really Ends” y “Serpentine” el color pastel. Por su parte, “Theme from Turnpike” ya se había erigido como momento absoluto de la velada, acicalada de ritmos y electricidad, envolvente, sórdida, oscura y diabólica (“New Jersey Turnpike riding on a wet night” uff) , seguida de cerca por “For the Roses” y “Little Arithmetics” como flashes de fuego y hermandad. La locura final corría a cargo del mítico himno “Suds & Soda” y de “Bad Timing”, hipnótico y único bis de la noche, que reventaron los muros de la abarrotada Copérnico, los cuerpos y los tímpanos.

La máquina está limpia, cuidada y en funcionamiento. La máquina se mueve. Deus existe. Aleluya.

REPORTAJES

CUATRO AÑOS SIN JAMES. Resurrecciones imaginarias.

Hace ya cuatro años que el incontestable Tim Booth decidía poner fin a la aventura de una banda que nació y creció en Manchester, en medio de la vorágine descontrolada de unos ochenta que parecen no querer abandonarnos. Se fueron en su segundo o tercer momento de gloria, después de publicar uno de sus mejores trabajos, el sabroso “Pleased To Meet You” (2001), dejando un himno de principios (“getting away with it all messed up, that´s the living”) y una gira de despedida memorable. Echando un vistazo a ese último concierto de su historia, uno se pregunta si el mundo no está definitivamente al revés: los que vuelven no pueden aunque lo intentan; los que pueden no quieren volver a intentarlo.

Comenzaron siendo una banda atípica con una atípica forma de enfocar el rock; más que rock, ese punk desenfadado y abierto a agentes externos que ya se habían encargado de homologar mitos como The Clash. “Stutter” (86) y “Strip-mine” (88) alegaban entusiastas manifiestos rebeldes sin orden ni concierto. De aquella época ha perdurado el estribillo sobre el tipo que ardía en llamas (“Johnny Yen”), pero aquellos discos esconden muchos tesoros secretos que no desmerecen (“Why So Close”, “Scarecrow” o “Medieval”, por citar alguna).

“Gold Mother” (90) significó una clara frontera entre el antes y el después, dejando entrever un plato a plena cocción dentro de una olla express de inspiración. Canciones como “Come Home”, “Sit Down” o “Top of the World” lo rubrican. Y después llegó el momento de culminar la audacia, desmarcarse y definirse, surgiendo los gloriosos “Seven” (92) y “Laid” (93). El nombre de James aparecía ante el mundo, como una bailarina girando y girando en una caja de música. Entonces se fraguaron éxitos que hoy siguen sonando como cortes imprescindibles de la banda sonora del día a día: “Born of Frustration”, “Sometimes”, “Say Something”, “Ring the Bells”, “Laid” o “Sound”. Imposible desterrarlas del laberinto de las meninges.

“Whiplash” (97) supuso un nuevo reto, una ventana abierta a nuevos aires. Aunque no fue tan bien acogido, estaba igualmente repleto de tentaciones fulgurantes y traicioneras: “Waltzing Along”, “She´s a Star” o “Tomorrow”. Es verdad que “Millionaires” (99) resultó ser un experimento no muy bien enfocado, pero el retorno con el ya mentado “Pleased to Meet You” les devolvía a la senda de la coherencia. Las tribulaciones y las historias del señor Booth, mitad cuentacuentos, mitad predicador, volvían a florecer en la escena y en el recuerdo, como ráfagas de viento fresco que devuelven las ideas al estado primitivo de la inocencia, al pasado, a las experiencias que sabes que viviste, pero no recuerdas cuándo ni dónde. El sonido de una trompeta haciendo eco entre montañas… all this frustration, all this frustration…

Así que ése fue el último episodio de un relato bien contado. Su paseo final por nuestro país antes del desenlace (Festival de Benicasim 2001 y sala La Riviera de Madrid) pasó a los anales como una sucesión de imágenes, sonidos y palpitaciones imborrables que vuelven de vez en cuando, incluso cuando no son invitadas. El último show, recogido en el DVD “Getting Away With It..Live” (2002), muestra a unos James que se marchan tranquila y templadamente, con la dignidad como bandera, y con la lección bien enseñada y aprendida. Tim Booth (voz), Saul Davis (guitarra y violín), Mark Hunter (teclados), Jim Glennie (bajo), Adrian Oxaal (guitarra), Michael Kulas (guitarra) y Dave Bayton-Power (batería). Sin alardeos ni lágrimas. Sin pena ni arrepentimiento. Mirando hacia delante, y sabiendo que lo que queda atrás seguirá estando ahí para quienes deseen recordar.

Cuatro años de ausencia y siguen vivos. Sonando en el coche, en la oficina, en los bares y en la cabeza. Sonando en todas partes. Sonando siempre. “Sometimes.. when I look deep in your eyes I swear I can see your soul”.

07 diciembre 2005

DISCOS

STUART A. STAPLES. Lucky Dog Recordings 03-04.

Retrato de un hombre en la intimidad.

Dejando a un lado (transitoriamente) a los Tindersticks, la trémula voz de Staples vuelve para contar otras historias desde la aparente apatía de la soledad. En este experimento Stuart se viste la bata y las zapatillas de andar por casa, y la magnificencia orquestal de su banda se convierte en susurros, intimidad e imperfección. Rozando a veces el límite de la improvisación y el lo-fi, “Lucky Dog Recordings” (2005) transita en todas las direcciones a la vez. Desde los paisajes de banda sonora que tanto le gustan en “Somerset House” y “Marseille´s Sunshine”, hasta el gospel encubierto en “Live Come a Long Way”. Y entre medias, pellizcos de folk intenso en “Say Something Now”, de rock sureño en “Shame on You”, de funky meloso en “Untitled” y unas simpáticas gotas de jazz en “People Fall Down”. “She Don´t Have To Be Good To Me”, milimétricamente emotiva y perfecta, desprende polvo del desierto en la línea de los mejores Calexico. Solo, pero no abandonado: David Boulter, Neil Fraser, Terry Edwards o Yann Tiersen respaldan el manifiesto de un hombre lúcido, sabio y honesto al que no se le agotan los recursos.

DISCOS

EDITORS. The Back Room.

Otra joya en la corona.

Surgidos de la nueva y boyante escena británica, Editors se suman a la fiebre revivalista de los tiempos. Sin poder desligarse del parentesco sonoro fácil con Interpol, “The Back Room” (2005) es un nuevo telón de acero electrificado, con graffittis que homenajean a los clásicos del género (Echo & the Bunnymen, Joy Division, The Chameleons). Canciones directas y afiladas como “All Sparks”, “Someone Says” o “Munich” consiguen introducir la melodía en un agujero de oscuridad hecho a medida. Aunque es el medio tiempo lo que verdaderamente bordan; “Camera” trenza una red de psicodelia casi etérea con ayuda de sintetizador rudimentario y tremenda línea de bajo, y “Open Your Arms” serpentea hasta convertirse en canción de cuna para una noche de insomnio. Inspiración y fuerza. Simple, nada novedoso, pero sorprendentemente efectivo.
Presentación. Este es un blog que surge, como tantos otros, sin pretensión alguna. Simplemente para dar cabida a toda una serie de informaciones, sensaciones y opiniones compartidas sobre el universo que nos sostiene: la música. Nace de la necesidad de expresión y del deseo de crear. Así pues, nada es objetivo y todo es libre. A todo el que se acerque a este nuestro universo, bienvenido.