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28 febrero 2025

REPORTAJES

MOGWAI: EL FUEGO MALO Y EL OÍDO ESTRESADO 

No, no os creáis que me he despistado y se me pasó que Mogwai estrenaban nuevo disco el 24 de enero. Qué va. De hecho, el álbum ya estaba comprado dos meses antes de su lanzamiento, así como entradas para asistir a su puesta de largo en sendas fechas en Hamburgo y Berlín. Pero se escribió tanto sobre él en aquellos días que más palabras sobraban. Y se siguen escribiendo cosas un mes después, mayormente en términos admirativos. No es para menos. Los de Glasgow han vuelto a cantar bingo. Era difícil igualar una obra como “As The Love Continues” (2021), incluso llegar a un nuevo top en los charts. Pero ya los conocemos: ellos jamás miran hacia atrás, solo hacia adelante, y las gestas son solo anecdóticas y coyunturales. Esta vez alcanzaron el número cinco, que tampoco está nada mal. Pero eso no es lo que cuenta; lo verdaderamente crucial es que “The Bad Fire” (2025) es otro disco enorme. No hace falta hablar más del nombre, de lo que significa el volcán ni de las crudas circunstancias personales que acompañaron en su creación. Tampoco hace falta insistir en que produce John Congleton por primera vez, ni en que Luke Sutherland (el sexto fantástico) vuelve a marcarse colaboración. Vayamos al contenido, a la chicha, que a fin de cuentas es lo que importa. 

Habíamos conocido previamente tres sencillos, en esas dosis de adelanto con las que les gusta inaugurar para poner los dientes largos al personal. Y las sensaciones eran nebulosas; algunos levantaban la ceja al encontrarse tres temas con presencias vocales, más cercanos al canon pop que al maremágnum eléctrico tradicional. Solo era una jugarreta, que en eso también son duchos y genuinos. “The Bad Fire” definitivamente no es un álbum pop, sino un poco de todo a la vez, como si los Mogwai de todos los tiempos se hubieran dado la mano en un compendio de diez cortes. Se puede escuchar a los Mogwai de crescendo y muro sónico en “Hi Chaos” y en “If You Find This World Bad, You Should See Some of The Others” (qué título); a los experimentales y polirrítmicos en “God Gets You Back”; a los de pop canturreable en “Fanzine Made of Flesh”; a los robóticos (vocoder mediante) en “Lion Rumpus”; a los digital-rock en “What Kind of Mix Is This?” o a los de banda sonora en “Pale Vegan Hip Pain” o “Fact Boy”. Y luego hay dos temas que abren una nueva puerta, dos florituras que demuestran que, después de treinta años, aún son capaces de sorprender al oyente asiduo, fanático y adivinador. Una es “18 Volcanos”, que los refleja en el espejo del shoegaze de una forma elegantísima. Otra es “Hammer Room”, el bombón del disco, una sorpresa que bebe de la electrónica juguetona de los 70, aparcando la solemnidad que siempre los caracterizó para mostrar su cara más infantil y rutilante. 

Todas las críticas leídas de este álbum hasta ahora son positivas. ¿Por qué será? Y claro, después de escuchar ese precioso vinilo verde (también lo hay en translúcido, negro, amarillo, rojo; cómo cuidan las ediciones, como buenos coleccionistas que son) surge la curiosidad de cómo sonarán esas nuevas canciones en directo. Así que nos vamos hasta Alemania para comprobarlo. En el pequeño Grosse Freiheit 36 de Hamburgo la cosa quema demasiado y los decibelios se vuelven veneno. Desde el primer balcón del Admiralspalast de Berlín se hace más llevadero, pero sigue doliendo un poquito. ¿Se les ha ido la cabeza? ¿Han subido el nivel de los Fender y los Orange del 11 al 12? ¿Han vuelto a los tiempos en los que abrían grietas en los suelos y espantaban a los cuervos? Bueno, nadie me ha sabido responder a esta pregunta, salvo mi otorrino (indirectamente). Se llama “síndrome del oído estresado”. De repente no puedes tolerar los sonidos (ni con tapones), no hablemos ya de un concierto de rock de pico de 120 dB. Así que, ojo: los shows de Mogwai están contraindicados para situaciones de estrés lacerante. Lo cual no impide el elogio hacia su archiconocida rotundidad en escena y su don para ofrecer exactamente el repertorio que no esperas. En Hamburgo rescataron “Ithica 27 o 9”, “Auto Rock” y “May Nothing But Happiness Come Through Your Door” contra todo pronóstico. En Berlín volvieron sobre “Friend of The Night” y “Cody”, y arrasaron con “My Father, My King”. Y por cierto: las nuevas canciones las clavan como si llevaran veinte años tocándolas. El único reparo quizá sea ese nuevo diseño visual con tubos de neón al estilo Pigalle en el que no se les termina de ver (mejor los simples focos giratorios). Ahora hay que curarse los oídos, los nervios y la mente, y poder disfrutarlos de nuevo (próximamente en Madrid) con la intensidad y el gozo de siempre. 



SET HAMBURGO (GROSSE FREIHEIT 36, 6-2-2025): “God Gets You Back”, “Hi Chaos”, “I´m Jim Morrison, I´m Dead”, “What Kind of Mix Is This?”, “If You Find THis World Bad, You Should See Some of THe Others”, “Ithica 27 o 9”, “Fanzine Made of Flesh”, “Auto Rock”, “2 Rights Make 1 Wrong”, “Ritchie Sacramento”, “Remurdered”, “Lion Rumpus”// ““May Nothing But Happiness Come Through Your Door”, “Like Herod”. 

SET BERLÍN (ADMIRALSPALAST, 11-2-2025): “Hi Chaos”, “Kids Will Be Skeletons”, “If You Find THis World Bad, You Should See Some of THe Others”, “Friend of The Night”, “Cody”, “Ritchie Sacramento”, “What Kind of Mix Is This?”, “2 Rights Make 1 Wrong”, “Fanzine Made of Flesh”, “Hammer Room”, “Lion Rumpus”, “We´re No Here”// “My Father, My King”.

20 diciembre 2024

REPORTAJES

JARVIS COCKER “Buen Pop, Mal Pop, Un inventario” 

Siguiendo con la manía de cazar memorias de artistas presuntamente cualificados para contar algo interesante, era de cajón que había que leer a Jarvis Cocker, un personaje icónico del pop por sus propios méritos. Nunca fuimos unos locos de Pulp, pero hay que reconocer que “Common People” sigue siendo un himno de nuestras andanzas desde 1995, “This Is Hardcore” y “Party Hard” lucen como diamantes en los recopilatorios caseros de aquella época, y que ver a Jarvis en acción (dentro de la banda o como artista en solitario) siempre nos ha resultado divertidísimo. Ahí va el tipo raro, el gafotas, el patoso, el payasete, esa entrañable parodia de crooner. Bien, estos pensamientos no son insultantes ni malévolos; están construidos desde el máximo respeto, y precisamente ahora descubrimos que el hombre-personaje no piensa otra cosa distinta de sí mismo. Y también descubrimos cuan inteligente e ingenioso es, sacándose de la manga (de una de sus camisas raras) una autobiografía parcial con un armazón y un argumento totalmente insólitos. 

La cosa va de rebuscar y purgar en un viejo desván. De ahí se van rescatando recuerdos, antiguallas y reliquias, y el autor nos las muestra explicándonos el por qué de cada una y relacionándolas con un episodio vital o histórico. Vamos, como un “Yo fui a EGB” (de Sheffield). Con este formato el libro se hace entretenido, irresistible, y asombra con su imaginativo diseño gráfico. Es como leer un diario adolescente, un fanzine, un cómic o la guía de la tele, todo junto y bien revuelto. En esos capítulos vamos descubriendo a un tipo que tuvo bien claro desde pequeñito que quería ser artista, soñando con fundar una banda (que, sin duda, se llamaría Pulp) y desmontar las reglas del universo pop (o del universo a secas). Como a tantísimos músicos, el punk le ofreció la ilusión de poder hacer algo relevante sin saber nada o casi nada, solo a base de actitud. Se juntó con los más raritos del lugar para dar rienda suelta a su obsesión. Las pasó canutas para encajar las piezas de su invento. Pero jamás se rindió; ni los desastres escénicos, ni los accidentes, ni la decadencia local ni el thatcherismo pudieron pararle los pies. Ejemplo de contumacia y perseverancia, y de “me importa un bledo lo que penséis de mí y de nosotros”. 

A través de esos objetos tan peculiares (me quedo con la grabadora Tensai, el jersey de tres estrellas, la entrada del John Peel Roadshow, el recopilatorio de la Velvet y, por supuesto, con el Science Book nº 4 entero), Jarvis nos va narrando con un sentido del humor muy inglés una infancia y adolescencia que marcaron sus decisiones postreras. Entretanto mezcla el pasado con confesiones sobre las esquinas de su personalidad, taras variadas, estupideces cometidas, y sobre todo, ídolos y héroes. De querer ser como una mezcla entre Ian McCulloch, Hugh Cornwell y Elvis Costello hasta encontrar un estilo propio del que estar orgulloso. De hablar con Leonard Cohen, recibir una lección y aplicarla en adelante. De oír en bucle a Barry White y adorarlo hasta la eternidad. En fin, las andanzas de un cantante y compositor pop. Un tipo que llegado a los sesenta se plantea guardar o tirar (y guarda más que tira, la verdad). Porque, según él, la vida puede que se venda como azar, pero todo tiene una conexión. ¿O no? Lo que el bueno de Jarvis ofrece como entretenimiento se convierte en un manojo de teorías que noquean por su acierto. Gran sabio. Buen Pop.

19 septiembre 2024

REPORTAJES

MARK LANEGAN: “CANTAR HACIA ATRÁS Y LLORAR”/”EL DIABLO EN COMA” 

La noticia de la muerte de Mark Lanegan hace un par de años nos dejó en shock. Nos habíamos acostumbrado a recibir sus nuevos discos periódicamente, a desmenuzarlos recreándonos en una voz que se había convertido en un ítem balsámico para la vida. No habíamos abandonado el sueño de poder verlo de nuevo en vivo con su increíble banda, en formato protagonista, y no como simple colaborador. ¿Lanegan se ha ido? Imposible. ¿Por qué? 

Sabíamos que había salido de aquel infierno en el que vivió durante muchos años, enganchado a las drogas y los problemas, embutido en una etiqueta de músico enfermo y conflictivo que se había ganado a pulso. Pero aquello era el pasado. Desde hacía bastante tiempo vivía en un nuevo presente, no exento de traumas y dudas, pero nada remotamente parecido a lo anterior. En ese presente nos iba enamorando más y más con su prolífica y regular creación, cada álbum más hermoso e ingenioso que el anterior. Se había empeñado en dejar de ser un monstruo para volcarse en su verdadera pasión y su auténtico don, y estaba cumpliendo con creces. Cuando la vida se le había enderezado un poco, habiendo alcanzado el camino artístico deseado, recién mudado a la tranquila Irlanda, el COVID-19 lo cazó. El puto virus chino se propuso hacer un sucio trabajo: el que no habían conseguido el alcohol, la violencia, la depresión, la heroína, el crack y otros muchos enemigos. Y lo hizo, vaya que sí. O al menos le arrojó la primera piedra. Una injusticia. El mundo lloró una pérdida inesperada. En medio del estupor y la tristeza, decidimos que ya no podíamos volver a escuchar esa voz que tanto nos había inspirado. Guardamos sus discos en la vitrina de los inmortales y echamos el candado. 

Un año después supimos de la publicación en castellano de sus dos últimos libros: “Sing Backwards and Weep” (2020) y “Devil In a Coma” (2021). Todavía en medio de la negación y con un deje de melancolía, los compramos. Ambos se quedaron en el estante de lecturas pendientes a la espera. No nos atrevíamos con ellos. Nos miraban desde su balda desafiantes y palpitantes, pero aquello era demasiado. Sabíamos que la memoria y postreros días de Lanegan nos iban a destrozar, que sus palabras nos iban a machacar. No era el momento. Ya llegaría. 

Y ese momento llegó hace poco. Y decidimos empezar por el final, por “El Diablo en Coma”, esa obrita tan breve como capital, el libro que el músico aún tuvo ganas de escribir para recopilar las ingratas experiencias y oscuros pensamientos en sus más crudos días de enfermedad. Una agónica sinfonía de ideas que, alternando la prosa y el verso, muestra la desesperación y rabia de un alma frente al abismo. En sus últimos coletazos, el poeta maldito nos relataba su impotencia frente a la invalidez y sus sueños cataclísmicos, llevando la mente puntualmente a ese pasado que siempre le pasó factura, esclavo de un remordimiento perpetuo. En un acto heroico donde los haya, Lanegan nos dejaba un regalo más, retorciéndose como un pez en el anzuelo, resistiéndose a marchar sin decir la última palabra. Este pequeño compendio se ha convertido por derecho propio en un tesoro de valor incalculable; no solo es el suspiro final de un artista que peleó durísimo para lidiar con la puñetera vida, sino también el testimonio del estrago de la odiosa pandemia desde un punto intermedio entre el más acá y el más allá. Una píldora muy amarga. Un hachazo directo al corazón. 

Pero, en su vibrante impulso creativo, Lanegan ya había dejado otro documento de armas tomar: “Cantar Hacia Atrás y Llorar” (2020), su libro de memorias. El título proviene de la letra de “Fix”, una de las canciones de su álbum “Field Songs” (2002). Y es un título acertado, porque la vida de este tipo cantada hacia atrás es para echarse a llorar. Él mismo lo sabía. Por eso se comparaba habitualmente con el diablo, con un animal, con un perdedor o un infame, porque era consciente de haberlo sido, y en el examen de conciencia y el reconocimiento de los propios pecados está la absolución. Estas memorias, escritas con una sinceridad y detallismo brutales, dibujan los diez duros años que vivió en la ciudad de Seattle. La historia abarca desde su desdichada infancia hasta el momento de la inflexión, esto es, su proceso de desintoxicación tras llegar al auténtico fondo del agujero más negro jamás visto. Este no es otro típico relato del mítico “rock & roll way of life”; es la trágica historia de un hombre con mala suerte desde el minuto cero de su vida. Madre sádica y maltratadora, padre alcohólico, infancia infeliz y disfuncional, ambiente opresivo y ultraconservador, entumecimiento mental, falta de estímulo, todo eso hizo mella en el carácter de un chico de la América profunda enredado en una espiral autodestructiva. La música era el único salvoconducto para poder huir, y eso fueron precisamente Screaming Trees: un paquete de viaje para escapar del odioso mundo del día a día. No hay artista que haya aborrecido más a la banda que lo dio a conocer. Lanegan jamás se ha cortado a la hora de confesar su descontento dentro del proyecto, pero en estas páginas lo deja absolutamente cristalino. Los Trees eran una especie de trabajo vacío e insatisfactorio. Y aun así publicaron siete discos y giraron en bastantes ocasiones. Giras que en algunos momentos llegaron a ser un tormento para su vocalista, obsesionado por no poder encontrar en destino lo que tanto necesitaba para funcionar: un buen chute de lo que fuera. 

Estamos ante una autobiografía incompleta; el autor se centró en el verdadero quid de su viaje por el Hades, el periodo de su existencia más penoso y grotesco, mostrando una foto escalofriante del Seattle más inmundo en los 90. Sus manías, adicciones, conflictos y contradicciones. Su facilidad para estar en el lugar más chungo en el momento menos adecuado. Su descontento y descontrol, su pronto sanguinario y su falta de decoro. Tropezar una y otra vez en la misma piedra. Él lo expele todo sin arrepentimiento impostado, simplemente como narrador de un cuento de terror que debe airearse para no repetirse. Esto es lo que hay. Y es muy de elogiar que no le diera vergüenza retratarse como un auténtico despojo humano; porque hay que reconocer que lo fue, a veces por culpa de los demás, casi siempre por la suya propia. Los últimos capítulos de la obra lo muestran en el más terrible escalón de la dependencia toxicológica y la descomposición física y mental, enfangado hasta el cuello en la más sórdida nada. Sin techo, herido, desnutrido, mendigando y robando para poder consumir, perseguido por fantasmas, autoridades y acreedores, al borde de la locura como poco y de la muerte como máximo. Afortunadamente para él y para todos, consiguió esquivar la sombra del cuervo en la recta final. Y lo consiguió gracias a la bondad de la persona más sorprendente e insospechada. 

El libro también narra sus experiencias como inquilino poco modélico del mundo del rock. Habla con gratitud de su amistad con gente como Dylan Carlson, Mike McCready, Layne Staley o Josh Homme, de su admiración y acercamiento a ídolos como Jeffrey Lee Pierce o Johnny Cash. Especialmente entrañable resulta su cercana relación con Kurt Cobain, y el papel circunstancial de culpabilidad que le tocó asumir tras su pérdida. Están los relatos de la tortura que suponía grabar un disco con Screaming Trees, y su arduo trabajo autodidacta cuando quiso emprender la aventura en solitario. Por supuesto, hay anécdotas de giras y conciertos que resultan trágicas, pero también las hay muy cómicas. Entre la tragedia y la comedia está esa gira que los unió a los recién encumbrados Oasis, su toma y daca con un Liam Gallagher que se dedicó a tocarle las pelotas reiteradamente. ¿Sabía con quién se la estaba jugando? Probablemente no, y se libró por poco de lo que siempre se ha merecido: que alguien le parta la cara en tres. 

Como ya he dicho, esta es una biografía incompleta. De nuevo limpio de miseria, Lanegan empezaba otro verso de su epopeya. ¿Qué ocurrió después? No tendremos segundo volumen para saberlo, pero hay múltiples piezas que permiten hilvanar el puzle, al menos en lo que a la música se refiere. Lo que realmente quería Mark en términos artísticos era expresarse en su propia frecuencia. Admiraba a músicos como Nick Drake, Tim Buckley, Tim Hardin o Nick Cave, y ellos le mostraron la senda por la que discurrir. Los primeros discos bajo su propio nombre, con la forma de experimentos de novel, mostraban una sensibilidad marcada por la ingravidez existencial de un ser ahogado en la desgracia y enfadado con el mundo. Pero su oído privilegiado y buen gusto musical le fueron aportando los ingredientes para cocinar a fuego lento ese catálogo increíble e intachable que nos ha dejado como recuerdo. Su interés por estilos diferentes (post-punk, new wave, electrónica, krautrock), alejados de los cánones del sonido americano de siempre (R&R, blues, country, folk), lo llevaron a convertirse en uno de los mejores intérpretes y letristas de su generación, volcando su vastísima cultura y tacto especial en una serie de álbumes antológicos. Quizá “Bubblegum” (2004) fuera el pistoletazo de salida a su periplo de gloria, tras formar brillante sociedad con el músico y productor Alain Johannes. Luego llegaron “Blues Funeral” (2012), el disco de versiones “Imitations” (2013), “Phantom Radio” (2014), “Gargoyle” (2017), “Somebody´s Knocking” (2019) y “Straight Songs of Sorrow” (2020). Este último, publicado a la vez que su libro de memorias, supone una deliberada adenda al mismo, cerrando algún que otro círculo abierto. Entretanto, su legado se veía salpicado por incontables trabajos corporativos (Queens of The Stone Age, Isobel Campbell, Soulsavers, Greg Dulli, John Cale, Duke Garwood, etc, etc). Todos querían tenerlo entre sus filas. Por algo sería. Como él mismo solía decir, con un fino citerio y ningún egoísmo, cooperar es la mejor manera de aprender. 

La historia nunca fue bonita, pero es una lástima que acabara tan pronto. Existe la intuición de que este hombre aún tenía mucho que ofrecer. Porque, aunque siempre anduviera entre el sí y el no, con sus alergias duramente contenidas a los medios y al oficio, en eterno conflicto con la fea imagen de sí mismo, la música era la verdadera droga de la que no podía desengancharse. Y la persona que al principio nos intimidaba y repelía, al final consiguió emocionarnos intensamente. Y el lobo que durante mucho tiempo nos daba miedo, ahora lo único que nos causa es una honda y dolorosa pena. Descanse en paz.  

“Y el sufrimiento que padezco

Y todo el dolor que he causado

Algún día serán mi lamentable final

Así que pido disculpas ahora

 

Y aunque he fallado muchas veces

Y volveré a hacerlo

Dios conoce mi lado bueno”

(extracto del poema “La parte más oscura”- “Devil in a Coma”)


03 julio 2024

REPORTAJES

MOGWAI: IF THE STARS HAD A SOUND 

“For this music can put a human being in a trance like state

And give us a sneaking feeling of existing

Cause music is bigger than words and wider than pictures

If someone said that Mogwai are the stars I would not object

If the stars had a sound it would sound like this”. 

¿Recordáis esto? Con estas palabras comenzaba “Mogwai Young Team” (97), primer álbum de los escoceses Mogwai. Era un sampler sacado de la lectura de un artículo periodístico escrito en los albores de su carrera. Lo atraparon y lo usaron como aderezo, no porque se lo tomaran en serio, sino porque les pareció tronchante. Así son ellos. Casi treinta años después de que alguien los comparara con las estrellas, podría constatarse que se han convertido en una hermosa galaxia. No estrellas de gambito, superventas y tontería, sino estrellas de la perseverancia y la humildad, del trabajo duro y el amor por su oficio, de la música como forma de vida y pensamiento. Son gente que sabe ser y estar dentro del mundillo en el que les ha tocado vivir. Gente fiel a sus principios, a sus amigos, a su ciudad, a su público y a sus ídolos. Gente que lucha para no tener que cancelar una gira por más que se tuerzan las cosas. Gente que cede sus propiedades y conocimientos a los que quieren emularlos y ser como ellos. Gente que apoya causas justas de forma discreta y generosa. Gente que valora y promociona el trabajo de sus compañeros de profesión. Gente que siempre sonríe, que se resta importancia, que se divierte. Gente que nunca vende su espíritu. Y es gente que, tras casi tres décadas de viaje, ya metidos todos ellos en la larga cuarentena (o en la cincuentena algunos), son capaces de remangarse y ponerse a organizar un festival en Glasgow. Pero esta es otra historia para otro artículo que presumiblemente vendrá a continuación. 

Un buen día los chicos de Mogwai recibieron un email de un tipo llamado Antony Crook. Era un fan que decía ser fotógrafo y ofrecía amablemente un ejemplo de su obra como inspiración visual para la banda. Hubo conexión. Hubo feeling. Y de esa audacia salió el artwork de un álbum tan magnífico como “Hardcore Will Never Die, But You Will” (2011), con aquellas bellas fotos de la Gran Manzana. La amistad y la colaboración continúa férrea hasta el punto en el que ambos, banda y artista visual, deciden hacer algo más trascendente juntos. Se planea grabar una exótica gira de presentación de “As The Love Continues” (2021) por las más salvajes tierras escocesas. El COVID contraataca, vuelven los encierros y la idea se va al garete. Pero no del todo. Porque cuando existe voluntad de emprender y ganas de crear, los obstáculos se salvan solos. Y entonces se pone en marcha el plan B, que no es otra cosa que un documental retrospectivo que marca una línea temporal y emocional, una visión de Mogwai a través de imágenes de archivo, testimonios de compañeros, colaboradores, artistas cercanos y fieles seguidores. El resultado es un impresionante collage de grandes y pequeños momentos, de grandes y pequeños sonidos, con la música de la banda susurrando o atronando, trazando una historia con un punto culminante y una moraleja. El punto culminante (hasta la fecha) quizá fuera su número 1 en los charts británicos en aquella loca última semana de febrero de 2021. Nadie les regaló ni les facilitó nada. Llegaron ahí caminando con sus propios pies, con la única promoción de un boca a boca concienzudo. No hubo campañas publicitarias fastuosas ni titulares de prensa rimbombantes. No hubo desfiles militares por las calles del Reino Unido. Solo hubo un deseo colectivo de ganar a los más fuertes, y esa colectividad de fans entregados y maravillosos (he conocido a algunos y sé que lo son) hizo realidad un hecho que ni Stuart, ni Barry, ni Dominic ni Martin habían siquiera soñado nunca. La moraleja a partir de aquí está más que clara: las semillas que vas sembrando forman un árbol que al final da sus frutos. Canción a canción, disco a disco, concierto a concierto, Mogwai han ido abonando el camino que les ha llevado a ser una de las bandas más respetadas a nivel internacional, con su vitola de infalibles y su leyenda de imperiosos. Mucha gente ha sido secuestrada por su música a lo largo de los años y ahora no puede salir de la red. Es música conectada con el interior, con los sentimientos, con las experiencias del día a día, música que duele o alivia según el caso. Y Antony Crook se hace eco sabiamente de esas versiones, de personas que viven sus vidas con la música de Mogwai como banda sonora. Porque la música de estos tipos tiene algo mágico y jamás caduca. 

Hay muchas opiniones y alegatos interesantes en la película, salvo de sus propios protagonistas. Ellos se mantienen al margen, tras el telón, y aunque son los que escriben y manejan la historia, esta vez la historia la cuentan otros. Sabia idea. No se pueden dar más detalles. No se puede hacer spoiler. El documental solo se ha mostrado de momento en Estados Unidos y Gran Bretaña. Probablemente en España ni se huela. Si queríamos tener un poquito más de Mogwai debíamos viajar a Escocia (otra vez), hacer ese esfuerzo para poderlo vivir en el Glasgow Film Theatre, en compañía del estupendo Stuart y su pequeño Prince, y del encantador director y su familia, y de todos esos corazones sinceros y expectantes que aman a esta banda tanto como nosotros. Mogwai son leyenda. Una leyenda modesta, sin ego, escondida, muy underground, pero inmensa. “If The Stars Had a Sound” es un documento precioso, brillante y honesto. Es una carta de amor de un verdadero fan y de un gran amigo. Un homenaje enormemente merecido.

27 mayo 2024

REPORTAJES

BESOS DE ALAMBRE DE ESPINO 

La historia de The Jesus and Mary Chain 

“Some said I was a freak, I am a freak

They said I was weak, I am a freak

They said I was incomplete, I am a freak, I am a freak” 

Estos son los versos iniciales de “Cracking Up”, tema que The Jesus and Mary Chain incluyeron en su LP “Munki” de 1998. Y es una estrofa que lleva en nuestras cabezas años, podría decirse retóricamente que siglos, echando mano de ella siempre que nos entra la vena revolucionaria. Porque en efecto, somos raros. No porque lo seamos en realidad, sino porque es un sambenito que nos han colgado los ignorantes, los planos mentales, los que se dejan llevar por la corriente de las masas. Si escuchas cierta música, eres raro. Si lees literatura europea del siglo XIX y XX, eres raro. Si te gusta el cine sin efectos especiales, eres raro. Si no vas a las fiestas de carnaval ni a la verbena del pueblo, eres raro. En fin, yo soy rara. “I am a freak”. A mucha honra. 

Y los hermanos Reid tampoco puede decirse que sean (o hayan sido) de lo más normalito. Ellos pusieron una pica en Flandes casi sin pretenderlo, entendiendo por pica su contundente sonido miasmático post-post-punk y por Flandes el panorama del rock británico en los ochenta. Eran raros porque no salían de su habitación, porque mientras todo el mundo hablaba de ellos, ellos se pasaban las horas muertas viendo la tele o inventando collages visuales caseros. Eran raros porque no se relacionaban normalmente con la gente, porque eran un pozo oscuro al que había que asomarse con tiento, porque la liaban parda a la mínima de cambio, y no porque fueran unos camorristas profesionales (solo bebedores profesionales), sino porque su espíritu introvertido y rotundamente freak los llevaba a esos extremos provocativos. Se subían al escenario y se transformaban en un volcán. Se ponían tan beodos que no controlaban el volumen, ni el efecto, ni la estrofa, ni el tempo ni el ambiente, de ahí que sus shows fueran al principio pequeñas reyertas de escasa media hora con gresca y daños colaterales. Ya lo contaba Bobby Gillespie en sus propias memorias; él, que asumió las baquetas del combo entre el 84 y el 86, narraba con humor aquellas batallas en las que había que esquivar botellas y puños volantes. Pensándolo ahora, da miedo. Pero aquellos eran otros tiempos y lugares. Era la época de la Thatcher, las crisis culturales, la desindustrialización y el paro, y de la búsqueda de nuevas formas de canalizar el descontento. Así los “Jesus Mari”, como siempre los hemos mentado cariñosamente, se encargaron de echar madera a la lumbre con unos primeros singles y un “Psychocandy” (85) que eran un puro desafío al recato sonoro y las buenas formas. Y el fuego prendió. 

Este libro narra la historia de la banda desde su génesis en East Kilbride a través de la exquisita pluma de la artista todoterreno y fanática musical Zöe Howe, apoyándose en las voces de sus protagonistas (excepto la de William Reid, que optó por tocar los huevos, como siempre). Y lo que a priori podría antojarse un relato oscuro y deprimente, a tenor de los hechos y el carácter marginal del grupo, deviene en una composición divertidísima, llena de citas clave, hilarantes confesiones y una luminosidad inédita. He aquí a los auténticos The Jesus and Mary Chain, que no son exactamente el cuadro gótico de tristeza, rictus mustios y pelos cardados que siempre los precedió. Evidentemente, el tiempo ha transcurrido, las adicciones se controlaron, las vidas se encarrilaron, y la madurez nuevamente aporta la calidad de visión retrospectiva y entonación del mea culpa eterno. Pero hay una cosa que nos choca y siempre nos chocará de esta banda, y ahí va la gran pregunta: ¿cómo es posible que haya logrado sobrevivir? De sobra es conocida (y más si lees este libro) la relación de amor-odio de Jim y William Reid, sus disputas, a veces ebrias, a veces estúpidas, sus choques de carrocería impulsivos y reiterados. Peleas constantes sobre las tablas, en los estudios, en los camerinos, en los bares. Quisieron matarse mutuamente en múltiples ocasiones, hablaron pestes el uno del otro en otras tantas, montando ese circo insoportable que gente como Douglas Hart, John Moore, Ben Lurie, Steve Monti o el propio Bobby Gillespie tuvieron que tragarse apretando los dientes. Se alejaron en ocasiones para respirar, y cuando parecía que nada ni nadie podría reflotar la nave, la fuerza magnética volvía a acercarlos para dar otro paso en forma de disco, homenaje o gira. Y ahí siguen: acaban de publicar un nuevo álbum, “Glasgow Eyes”, grabado en el Castle of Doom de Mogwai, y vuelven a lanzarse a la carretera. El sábado tocaron en el Tomavistas y los testigos cuentan que fue un show magnífico, potente, lapidario (la menda está coja y se lo perdió, ay), en el que no faltaron hitos como “Happy When It Rains”, “Head On”, “Sidewalking”, “Blues from a Gun” o “Reverence”. El flamante álbum tampoco defrauda. Sin perder su esencia, se trata del disco perfecto para contentar a los de siempre y ganar nuevos socios. Canciones como “Venal Joy”, “Mediterranean X Film”, “Discotheque” o “Chemical Animal” los muestran en un dulce momento creativo. Hasta se atreven a hacer un homenaje a las grandes bandas de los sesenta y setenta en “The Eagles and The Beatles”, o a The Velvet Underground en “Hey Lou Reid”. 

Pero lo que hay que agradecer a los Mary Chain, aparte de su empecinamiento musical, es la integridad que han mostrado a lo largo de toda su carrera. Nacieron en los márgenes de una industria que detestaban, y se han mantenido en ellos hasta la fecha, sin vender su alma al diablo dólar (o euro, o libra). Es cierto que pasaron por algunos aros evitables, como aquel Lollapalloza de 1992, pero ¿por qué cuando uno piensa en una banda estrictamente independiente siempre se acuerda de ellos? A artistas así, con su autenticidad y su obstinación, hay que amarlos sí o sí. En eso consiste ser un verdadero freak. 

Algunas citas interesantes: 

“Queremos triunfar, pero queremos hacerlo a nuestra manera” Jim Reid a Picture Disc, 1985 

“La reacción a nuestra forma de ser era instantánea. La gente quería matarnos o echarnos del escenario. Eso sí: no había hipocresía” Douglas Hart 

“Eran auténticos frikis, sin mucha vida social. Bichos raros, como yo. Eran chavales de rock´n´roll, básicamente” Bobby Gillespie sobre The Jesus and Mary Chain 

“Jim es la estrella del rock. Yo soy más de batín y zapatillas” William Reid a Adam Sweeting para la revista Q 

“<Estrella del pop> no es más que un sinónimo de <montón de mierda>” Jim Reid 

“En un par de ocasiones de gira, sentí que mi verdadero papel era impedir que los Reid se mataran entre ellos” Steve Monti 

“¿Mis tres deseos? Que viniesen unos estraterrestres a gobernar el planeta y lograsen que todo el mundo fuera amable con los demás. Que trajeran muchas drogas sin efectos nocivos. Y que me diesen licencia para matar” Jim Reid a Kitty Empire en NME, 1998

03 mayo 2024

REPORTAJES

MAÑANAS NEGRAS COMO EL CARBÓN Y TARDES DE PERSIANAS BAJADAS 

Brett Anderson confiesa 

Es curioso lo de moda que se ha puesto que los músicos escriban sus memorias. Antes sudábamos para encontrar una biografía o autobiografía en condiciones, más allá de los llamados “clásicos malditos”, pero ahora hay historias por doquier (en la estantería tengo unas cuantas preparadas, amén de las ya leídas y pendientes de revisión). Aunque claro, cualquier músico no vale. Es decir, que sí, que hay músicos con excelente ingenio y capacidades sobradas, pero lo que de verdad parece importar es lo que dicen esos músicos que llevan años y años bregando contra la luz y las sombras, los contratos y las carreteras, los excesos y los remedios. Es el caso de Brett Anderson; más de treinta años al frente de Suede, con una década de hiato en la que no se estuvo quieto (The Tears, cuatro trabajos en solitario, colaboraciones). Y resulta curioso poder conocer a este tipo más allá de lo que siempre nos sugirió: un ser etéreo, una pose, un medio ciborg, con esa aura de androginia, misterio y fatalidad, muy a lo Bowie. Fuimos fans modestos de Suede en los 90; teníamos sus discos (grabados, no originales), tarareábamos sus canciones y las arpegiábamos como podíamos, asistimos a un par de conciertos. Pero eran un grupo más dentro de la vorágine del dichoso brit pop, aunque nacieran antes de que el globo estallase y nada tuvieran que ver con los otros agentes de la movida. 

Ha sido el presente el que nos ha reconciliado con esta banda. Sus últimas actuaciones hicieron que reverenciáramos su perseverancia, su rabia y generosidad sobre las tablas. Tras tantos años de idas y venidas siguen estando ahí, con la última de las formaciones (Brett Anderson, Mat Osman, Simon Gilbert, Richard Oakes y Neil Codling), con mejores o peores temas, pero dándolo todo a todos: a sus antiguos y obstinados seguidores (hola, Edu), a los hijos o sobrinos de estos, a la new generation con curiosidad por el pasado. Y quizá por eso, porque hemos visto a Brett en su mejor forma y con las mayores ganas, que nos entró el gusanillo de saber de qué es capaz de hablar más allá de su figura de popstar, aún a riesgo de encontrarnos con una biografía como tantas. 

No un libro, sino dos, ambos con títulos románticos y evocadores de tristes nostalgias. “Mañanas negras como el carbón”, publicado en 2018, nos acerca a su infancia en los suburbios londinenses y nos muestra algo que no imaginábamos: sus orígenes pobretones y marginales. Nos va llevando de la mano por una adolescencia y juventud llena de dubitación familiar, profesional y habitacional, en la búsqueda del yo y su lugar en el orbe. En estas páginas se gesta la pasión heredada por la música, el nacimiento de Suede, la importancia de Justine Frischmann en los albores existenciales del narrador y de la banda, así como los gérmenes de esa mítica alianza Anderson-Butler que tanto recuerda a la de Morrissey y Johnny Marr (quizá hable de ellos un día de estos). La historia de esta parte abarca hasta la firma del primer contrato discográfico con Nude Records, y deja la puerta abierta a una continuación necesaria. 

Y esa continuación llega, en efecto. A la mañana sigue la tarde. “Tardes de persianas bajadas” sale en 2019 para seguir con el relato, navegando por cada uno de los discos grabados hasta “A New Morning” (2002). Destacan sobre todo esas explicaciones sobre el nacimiento de muchas canciones, cómo brotaron y de qué estímulos surgieron, y cómo las ve su creador tras pasarlas por la depuradora de tres décadas. Por supuesto, el tiempo las ha convertido en laberintos y galimatías indescifrables, o libremente descifrables. Ahora ya no nos paramos a profundizar, a pensar qué quiere decir ese verso retorcido. Nos limitamos a canturrearlas: “High on diesel and gasoline”, “We are the pigs, we are the swine”, “Animal, he was an animal”, “We´re so young and so gone”, “I was born as a pantomime horse”, etc. Los años llevan estas melodías y sus codas al estatus de clásico, más allá de sus significados o trascendencia intelectual o filosófica. 

Pero lo que da un valor agregado a las memorias de este tipo es su capacidad para la narrativa implacable, resultando absolutamente aplastante y adictivo. Su desahogo es un ejercicio brutal de autocrítica, vertiendo opiniones, confesiones y teorías sobre sí mismo sin filtro. De manera elegante, poética y sincera, Brett nos demuestra su carácter leído y vivido, haciendo un análisis de la evolución musical y personal del grupo y de sí mismo. También de su relación tortuosa con los medios, que los vendieron como moderna caricatura de la decadencia más chic. Hay palabras amables para todos los actores secundarios que tuvieron un papel importante en la vida y en la banda, e ignorancia hacia los seres irrelevantes o los capítulos escabrosos. Hay mucha sabiduría en sus palabras, descubriéndonos a un gran escritor rezagado. Y curiosamente, ese escritor insiste en dejar claro que, como músico e instrumentista, siempre ha sido pésimo. Bueno, quizá no tanto. Lo que está claro es que a través de sus memorias hemos conocido que no estamos ante un extraterrestre, sino ante un ser humano razonado y sereno, de vuelta de los engaños de la industria y el mundo en general. Y es bueno acercarte a los iconos o ídolos de una era y comprender que están hechos de la misma pasta que tú. O quizá es que cerca o más allá de los cincuenta a todos nos da por lo mismo: ponernos melancólicos y hacer balance de lo que fuimos y en qué nos hemos convertido. Quizá Brett Anderson no sea una excepción. Quizá, definitivamente, él sea igual que todos, igual que nosotros.  

21 diciembre 2023

REPORTAJES

“UNA LUZ ABRASADORA, EL SOL Y TODO LO DEMÁS” por Jon Savage

JOY DIVISION: LA HISTORIA ORAL 

De Joy Division creíamos que lo sabíamos casi todo. La historia de su ascenso, impacto y caída, su papel en Factory Records, la polémica sobre su ideología, la controvertida corta vida de Ian Curtis. Libros de memorias, reportajes, películas, leyendas. Y cómo no, sus trabajos, “Unknown Pleasures” (79) y “Closer” (80), las misceláneas “Still” (81) y “Substance” (88), siempre a la búsqueda del resquicio perdido. Dicen algunos entendidos que en los versos de Curtis se concentra toda la historia de la banda, motivaciones, dolores, oscuridades. Pero quizá necesitábamos también un poco de esto: la voz directa de sus protagonistas, desde todos los ángulos del prisma. Todos ellos nos ayudan a comprender el relato, a enfocarlo debidamente y a experimentar nuevos respetos, penas y nostalgias. 

Con su larga experiencia periodística como credencial, Jon Savage ha sido el encargado de dar luz a este mágico desfile de voces a través de cuatrocientas páginas, extractando partes de decenas de entrevistas realizadas para otros usos u ocasiones. Voces que hablan con sinceridad, reconocimiento, culpa o resignación. Voces que son las de todos, directos e indirectos, principales y secundarios, líderes y acólitos. Las voces de Bernard Sumner, Peter Hook y Stephen Morris resuenan por encima de las demás. La de Ian Curtis también aparece brevemente, para recordar que estuvo y que, pese a todo, tenía cosas que decir. Están las voces de los más allegados profesionalmente, como Terry Mason, Tony Wilson, Rob Gretton, Martin Hannett o Peter Saville, testigos de primera mano de la génesis como banda identitaria de Manchester, de su inusual proceso creativo, su simbiosis natural y su ausencia de pretensiones. También están las voces de profesionales que asistieron al espectáculo desde la barrera, pero bien arrimados a ella; tal es el caso de los periodistas Paul Morley o Mary Harron, los fotógrafos Kevin Cummins y Anton Corbijn, o compañeros de mundillo y labor como C.P. Lee, Pete Shelley, Richard Boon o Jeremy Kerr. Por supuesto no faltan las voces de los allegados carnales o sentimentales, los que sufrieron o gozaron a las personas más que a los músicos, como Deborah Curtis, Iain Gray, Lindsay Reade o Annik Honoré. Y todas estas voces construyen la efigie de una banda que definió una nueva forma de entender la vida y la música, un enfoque más introspectivo y sofisticado del punk, llevando el orgullo de nuevo a un emplazamiento geográfico que había perdido todo su espíritu por obra del progreso, los poderes fácticos, la limpieza cultural o vete tú a saber qué. Joy Division no eran estrellas, eran chavales de barrios como Salford o Mcclesfield, personas con historias familiares tristes o descontentas con sus entornos de miseria y conformismo. Eran gente normal que quiso hacer algo diferente, y por inercia se metieron en el pasatiempo de moda de muchos jóvenes de por entonces. Aprendieron a tocar como buenamente pudieron, y de repente se vieron concibiendo ideas, construyendo cosas, un sonido, una identidad. Se menciona que las canciones salían solas, como por arte de ensalmo. Se dice que los ritmos y melodías nacían como un hijo independiente, y que luego las letras (recopiladas en los concienzudos cuadernos de Curtis) buscaban su cobijo dentro del sonido en matrimonios de conveniencia. De ese trabajo serio y apasionado nacieron temas que han devenido inmortales con el paso de las décadas, hasta el punto de servir de referencia a muchos grupos del nuevo siglo. Así pues, el legado de Joy Division, aunque breve, fue determinante en todos los ámbitos considerables. 

Aunque el mito también tiene bastante que ver. Me refiero al aura de mártir de un Ian Curtis convertido en icono pop por muchas razones: por sus textos, sus aficiones, su transfiguración escénica, sus dolencias y su terrible final. Este libro da que pensar en muchos aspectos, y no solo en los meramente históricos o temáticos. Da que pensar sobre la insatisfacción, el sufrimiento silencioso, la enfermedad, la impotencia y la frustración. Nadie trata de justificar nada, pero todos piensan lo mismo: el punto de saturación, el estado límite, hasta dónde es capaz de aguantar el ser humano. Porque ante todo, Ian era un ser humano que reía, bailaba, amaba, pensaba y leía. Quizá más de lo razonable en ocasiones. Quizá menos de lo necesario en otras tantas. Y como tal, lo que transmite este libro de él no es solo el retrato del artista, que también, sino el éter de un alma que condicionó sin pretenderlo la vida de los que lo rodeaban. Todos lo hablan a su manera y lo hacen de una forma honesta, sin miedo, aunque con cierta culpa insubsanable. La rueda gira, el juego sigue. Pero siempre quedan los posos de lo que pudo haber sido y no fue.


27 enero 2023

REPORTAJES

STUART BRAITHWAITE “Spaceships over Glasgow” 

El fantasma de Glasgow me persigue. O quizá soy yo la que lo busco. De Stuart Braithwaite ya sabíamos muchas cosas. Hijo de médica y científico, guitarrista en constante experimentación y aprendizaje, enciclopedia musical humana, adicto a los conciertos, coleccionista de libros y vinilos, aficionado al skateboard, activista social, político, ecologista y pro-vacuna COVID, fanático del Celtic y campeón olímpico de levantamiento de vidrio en barra fija. También sabíamos que a veces se dedica a ofrecer conciertos minimalistas en solitario homenajeando a algunos de sus clásicos preferidos (The Velvet Underground, Joy Division, Blind Lemon Jefferson, Spacemen 3) o trazando el esbozo de algunas de las canciones (con letra) de su banda (“Take Me Somewhere Nice”, “Teenage Exorcists”, “Devil Rides”, “Hound of Winter”, “Cody”). A ver, ¿quién no se iría a tomar unas birras con él? No te hagas ilusiones: seguro que te tumba. 

Casi todo lo demás está aquí, en este libro de memorias que, como suele ocurrir con las memorias de los músicos, no solo es la foto de una vida (loquísima, por cierto) sino el retrato más amplio de una era (los 90), un enclave (Glasgow), un sonido (el rock underground) y una generación (la de los nacidos en la segunda mitad de los 70, la suya y la nuestra). Y como todo libro de memorias, estamos ante otro cuento de hadas, el del adolescente que, por ejemplo, descubre la música de The Cure, se enamora de ella, se convierte en fan empedernido y acaba quince años después tomando unas copas con Robert Smith en un backstage. O el cabecilla de una banda que se encuentra de repente siendo teloneada por algunos de los que fueron sus ídolos de juventud (David Pajo, Bardo Pond, Stephen Malkmus, Eugene Kelly). Los sueños, las ideas claras y el trabajo duro pueden en muchos casos dar inmensos frutos. Porque este muchachito de Lanark tuvo claro desde el principio que lo suyo era la música. A la mierda el colegio, los estudios, lo convencional y lo correcto. La música underground (sí, cuanto más esquiva y underground mejor) le infectó el cerebro y las venas y a partir de ahí nadie lo pudo parar. Decidió que quería dedicarse a ella y al rock´n´roll way of life. Y bien joven empezó, colándose en salas de conciertos y festivales sin edad legal (gracias a la bondad de su paciente hermana), descubriendo el poder sugestivo y transformador del rock. Su explicitud a la hora de describir los efectos que la música tiene en el pensamiento y sentimiento humanos nos resulta del todo familiar. Porque al mismo tiempo que él, en otras latitudes y escenarios, nosotros estábamos pasando por un trance parecido. Andábamos descubriendo todo un mundo musical que desconocíamos, a The Cure, Iggy & The Stooges, Nirvana, The Jesus & Mary Chain, Sonic Youth, encontrando en todo ello nuestra razón de ser y de vivir. Por asimilación, su historia es parecida a la nuestra, y por ello resulta tan evocadora. Al menos hasta el punto en el que nace esa bestia parda llamada Mogwai. 

Hay pocas bandas a las que yo haya seguido con total fe y regularidad, y Mogwai es una de ellas (ya lo sabéis). Cada disco era un acontecimiento, cada festival con ellos en cartel un aliciente. Así que descubrir la génesis, evolución y entresijos de una banda a la que amas, siendo una banda poco mediática y nada exhibicionista (no importan sus caras ni sus nombres, solo importa su música) resulta una aventura emocionante. Y en realidad, la historia de Mogwai no es tan diferente a la del resto. A uno se le mete en la cabeza que quiere montar un grupo (Stuart), conoce a otro con las mismas pretensiones, gustos y obsesiones (Dominic), reclutan a un tercero (Martin) y a un cuarto (John) para poder mostrar su creación en pequeñas salas locales, y luego fichan a una estrella (Barry) para completar el young team y jugar en las ligas mayores. Todo de la forma más natural. El apoyo económico, moral y logístico de la familia también es un punto a favor del sueño. El intensivo ambiente musical en Glasgow en los 90 la convertía en un escenario idóneo para progresar, sobre todo gracias a espacios como The 13th Note y a personajes tan generosos y amantísimos de la cultura como Alex Huntley (posteriormente Alex Kapranos). A partir de aquí todo es trabajo, ensayo, perseverancia, encontrar buenos amigos que te apoyen y valoren, y la suerte de caerle en gracia a algún pez gordo del mundillo (como John Peel, sin ir más lejos). Entonces el monstruito empieza a caminar, a hablar, a crecer. Y de repente, esos palurdos chavales (dicho con todo mi cariño), absolutos outsiders, empiezan a grabar discos, a tocar en lugares insospechados (como el Astoria de Londres), a aparecer en publicaciones como NME y a salir de sus casas para viajar por el mundo. Todo feliz y maravilloso. ¿O no? Hay que tener muchos huevos o meterse mucho de todo para poder soportar tanto estrés. Que es lo que hacía el pequeño Stuart, básicamente. El subtítulo del libro reza “MOGWAI, MAYHEM AND MISSPENT YOUTH”. Siempre con guasa, cómo no. El propio Stuart anunciaba sus memorias como un libro sobre “la idiotez adolescente, la vida en general, los conciertos y Mogwai”, y todo resulta bastante exacto. Creyó en su sueño, se empeñó febrilmente en hacerlo realidad, pero también hizo el imbécil como un bellaco. Lo más tierno de todo es que no se avergüenza al reconocerlo. ¿Quién se avergüenza realmente de las chorradas que hizo en su loca juventud? 

Así pues, aquí está la verdadera historia de una banda que ha ido haciendo camino al andar. Con las bodas de plata ya bien cumplidas, esta crónica viene a confirmar más o menos el por qué del éxito, la avenencia y la continuidad: mucho trabajo, valentía, risas y amistad. Mogwai es un ente colaborativo y democrático, y eso se antoja indispensable para que cualquier proyecto funcione. Aunque no todo ha sido un plácido paseo por el campo. Estuvieron las psicóticas y opresivas sesiones de grabación de “Mogwai Young Team” (97), las productivas fiestas en la casa perdida de Dave Friedmann dando forma a “Come on Die Young” (99) o la carísima odisea maniaca americana en el alumbramiento de “Rock Action” (2001). De regreso al trabajo de producción en la vieja Escocia y con las cabezas más asentadas nacen “Happy Songs for Happy People” (2003) y “Mr. Beast” (2006), y comienza su aventura como brillantes y cotizados compositores de bandas sonoras con “Zidane. A 21th Century Portrait” (2006). Más tarde llega “The Hawk Is Howling” (2008) y se revela el gran misterio de su magnetismo y ausencia total de lírica: sus canciones procedían de un proyecto de banda sonora para un film que no llegó a buen puerto. Y entonces, finiquitado el contrato con PIAS, la banda decide hacer el movimiento más arriesgado y audaz de su historia: autopublicar su siguiente álbum en su propio sello Rock Action. Si funciona, perfecto. Si no funciona, es la muerte. La jugada les salió bien porque se empeñaron en crear un álbum redondo. Y lo consiguieron: “Hardcore Will Never Die, But You Will” (2011). 

Y entre tanto, la vida de la banda se mueve en una montaña rusa de giras y más giras, conciertos y más conciertos, pura sangre de directo. Salas grandes, salas pequeñas, festivales, barcos, tiendas, antros o teatros. Da igual donde, allá que van. Sonando a todo volumen, eso sí, como un avión en pleno despegue (así lo describe el propio autor). 132 decibelios se contabilizaron en un show en Nueva Zelanda en una ocasión. De locos. Anécdotas de conciertos las hay a decenas: el debú a lo grande en el Astoria en el 97, el caótico y demente show en The Garage en Londres, el primer Glastonbury, el FIB del 98 (fundidos y agónicos el domingo, después de tres días de juerga festivalera non stop), el emotivo estreno en el mítico Barrowlands, el desprecio y maltrato sufrido por las hordas de fans de Manic Street Preachers o aquel bizarro tributo a “Mogwai Young Team” en el Summercase del 2008 (allí estaba yo, en Boadilla) por el que les ofrecieron un potosí que jamás llegaron a cobrar. Con mucho sentido del humor y un poco de nostalgia también, Stuart nos relata cientos de episodios trascendentes e hilarantes, sobre su banda, sus amigos, sus locuras, sus verbenas, su bocaza, sus decepciones y sus pasiones, con el respeto y la perspectiva que te dan la edad y la experiencia. Totalmente sincero. A veces condescendiente, salvo consigo mismo. Su narración desvela episodios que hacen temblar o reír, reforzando la simpatía por ellos. Por ejemplo, ya conocíamos su especial arte del absurdo poniendo nombre a sus creaciones; ahora sabemos exactamente de dónde vienen los títulos de sus discos o de temas como “New Paths to Helicon #1”, “Yes! I Am a Long Way from Home”, “With Portfolio”, “Oh! How the Dogs Stack Up”, “Christmas Steps”, “Take Me Somewhere Nice”, “Hunted by a Freak”, “I´m Jim Morrison, I´m Dead”, “Kings Meadow” o “The Precipice”. Historias muy divertidas, o a veces no tanto. También hemos conocido el origen del extraño símbolo gráfico de la banda (MYT), ese que todos se tatuaron en alguna parte de su cuerpo en un pacto de entrega eterna. Y como extra hemos descubierto la asombrosa historia subyacente de Martin Bulloch, ese colosal batería y mejor persona, todo un luchador, un puñetero héroe. El libro termina en 2011 porque tiene que acabar ahí. Después vinieron más discos, más giras, más bandas sonoras, pero la secuencia debía concluir precisamente donde acaba: en el momento en el que la vida te da una hostia de las buenas. Ese instante en el que te das cuenta de por qué eres quién eres y por qué estás donde estás, y acabas atrapado en las redes de la sabia moraleja de tu propio relato. En ese momento todo cambia, hay un antes y un después, enfocas de nuevo tus prioridades y maduras en un suspiro. Sí, el libro debía acabar aquí. Sabia decisión, señor Braithwaite. Ha sido un auténtico placer viajar por estas páginas, recorriendo una vida que transcurría paralela y lejana, pero indirectamente interconectada a la nuestra. Si todo va bien, nos vemos en unos días.

12 diciembre 2022

REPORTAJES

BOBBY GILLESPIE “Un chaval de barrio”

Glasgow me persigue en los últimos tiempos: es un hecho. Y la cosa no termina aquí, tras la degustación de estas memorias. Digamos que, una vez estudiado el intenso periodo años 70-años 80 en la peligrosa e idiosincrática ciudad post-industrial, todavía queda tela por cortar y en ello estamos. Pero ahora toca hablar del insigne Bobby Gillespie y su tremenda obra autobiográfica. De siempre lo habíamos visto como el tipo misterioso, políticamente activo, al límite de los excesos, una pose única al frente de una banda inclasificable a tenor de su legado discográfico. Lo que no sabíamos es que Bobby todavía estaba muy vivo, es decir, que todavía le quedaban neuronas suficientes como para componer un retrato absolutamente brillante y demoledor de la sociedad, la evolución personal y el sueño de la música. El título del libro lo define bien: Bobby era un chico de barrio, pero de barrio chungo de verdad. Crecido entre privaciones y austeridad en medio de la granada a punto de estallar que era su ciudad durante los años setenta (y los ochenta, y quizá parte de los noventa), su historia no deja de ser una más entre cientos: la historia del joven que encuentra en la contracultura una vía de escape a su rabia y frustración. La contracultura en sus tiempos mozos estaba representada por el punk, esa nueva forma de expresión, catártica y visceral. Una imagen icónica, la de un Johnny Rotten cabreado y desafiante, inspiró a muchos chicos en aquella época. Bobby no fue la excepción. A partir de ahí se desata la obsesión por querer conocer más, vivir más, entrar de lleno en el vórtice de la movida, formar parte de la familia de portadores de la bandera de la rebelión. 

De ahí hasta el alumbramiento de “Screamadelica” (91), que es hasta donde llega la crónica, hay todo un periplo digno de novela en la lucha por lograr el affair definitivo con el éxito. Bobby quería hacer música, sí, lo tuvo claro desde el principio, pero no quería ser solo un músico más, quería ser la bomba mediática que cambiara el mundo. No sé si Primal Scream llegaron a serlo, pero hits como “Loaded”, “Come Together”, “Don´t Fight It, Feel It” o “Higher Than The Sun” pusieron patas arriba a principios de los noventa el mainstream británico. Cuando los Happy Mondays ya andaban dando tumbos erráticos (por su propia imbecilidad, seamos sinceros), los Scream, tocados por la mano mágica de Andrew Weatherall o The Orb, lograron heredar el testigo como gurús del pastiche bailable del momento, fusionando los principios del evangelio acid house y la salmodia soul. Muchos opinan que “Screamadelica” es uno de los discos más determinantes de la Historia. Quizá lo fuera en el contexto de su época; algunos no lo llegamos a comprender del todo porque nuestras cabezas andaban sumergidas en los nudos de guitarras del grunge (“Screamadelica” y “Nevermind” de Nirvana se publicaron el mismo día de septiembre de 1991). 

Pero antes del furor del éxtasis y el acid house, Gillespie tuvo muchos otros amores confesables: el consabido punk-rock y el post-punk resultante, el rhythm and blues, la psicodelia sesentera. De su deleite por estos géneros nacieron “Sonic Flower Groove” (87) y “Primal Scream” (89), tan inofensivos ahora en comparación con su posterior carrera. Anteriormente a todo esto, Bobby relata con sumo detalle sus etapas como asistente de Altered Images y bajista de The Wake. Aunque quizá su verdadero bautismo rockero estuviera tras la batería primitiva de The Jesus and Mary Chain. En este punto el autor traza un escalofriante retrato del mito de la banda de los hermanos Reid, de sus personalidades, su obsesión por la distorsión sensitiva, su chulería impostada, sus curdas, peleas, odios y bolos de alto riesgo. 

Bobby lo tenía claro desde el principio: quería ser el dueño de su propio destino. Primal Scream lograron echar a andar gracias a él (y a Jim Beattie y Alan McGee, por supuesto), sufrieron hasta poner a punto el carburador, con ideas y venidas hasta lograr la formación perfecta (aquella con Andrew Innes, Robert Young y Martin Duffy en filas; más tarde con la aportación estelar de Mani Mounfield y Kevin Shields), hicieron lo que les dio la gana en cada momento, se pusieron hasta las trancas como si no hubiera un mañana y alumbraron algunos álbumes realmente incendiarios. Dejad que meta aquí una mención de honor a “XTRMNTR” (2000): ese disco me voló el cerebro y me retorció los huesos. Si la inspiración creativa se debe al talento o a las drogas, yo no lo sé. Podríamos preguntarnos esto mismo para cientos de miles de discos o canciones compuestos a lo largo de las décadas. La cuestión es que Bobby o bien supo parar a tiempo, o bien está hecho de cemento armado. Su lucidez a la hora de recordar, plasmar, relatar y reivindicar es digna de un (sobrio) maestro. Un texto delirante que absorbe desde la primera página, mezclando cuentos, ensayo social y poesía en su justa medida y todo en uno. Una oda al inconformismo, al hedonismo y a ese vastísimo universo que es la música. 

“A veces el público es como un rebaño que pasta perezosamente en el campo a la espera de que lo lleven a otro sitio, siempre dirigido por otros, sin espíritu crítico, inconsciente. Pero el artista debe ser valiente; como reza el dicho, “el pionero se lleva todas las flechas”. Debe penetrar él solo en los márgenes, al filo de la percepción, en las regiones desconocidas de terror espiritual y desequilibrio psíquico donde no se aventuran los más precavidos; el gran rebaño se arremolina, avanza en bloque, elige la ruta segura, siempre en la misma dirección, y confía en que el granjero se encargue de alimentarlo. Conoce el lugar que ocupa dentro del gran (o no tan “gran”) panorama, mientras que el lobo solitario vaga hambriento, buscando los raquíticos desechos que la sociedad ha olvidado y considera inservibles; pero el lobo solitario utiliza esa “basura” cultural como alimento del alma y, mediante una especie de alquimia irracional, crea con ella un arte poderoso. Por usar la muy manida pero acertada frase de Kipling: “Viaja más rápido el que viaja solo” (…)”.