29 septiembre 2022

CONCIERTOS

REGRESO AL MUNDO DE LOS VIVOS: EXPERIENCIAS POST-PANDEMIA

Tomavistas, Antorchas, Mad Cool, etc.

Como ya ocurrió con los dos anteriores, 2022 está siendo un año para olvidar. De nuevo lo celebrable escasea, siendo lo mejor la vuelta a la música en vivo y a los festivales. Poco y selectivo, pero disfrutado como ya no nos acordábamos. Dos años y diez meses después volvimos a colocarnos delante de un escenario en Madrid, en la jornada de viernes del Tomavistas Festival, casi con palpitaciones y lagrimitas en los ojos. Allá vamos, a resucitar nuestros egos del pasado, con más quebrantos pero no menos ganas. Y así, cuando ves a los chicos de Rolling Blackouts Coastal Fever con algunas canas, entradas y barriguitas de más te percatas de que el tiempo y la crisis han hecho mella pero no nos han doblegado. Y cuando Kevin Morby declama eso de “this is what I´ll miss about being alive”, confirmas que estos son los instantes que marcan tu experiencia en la vida. Y cuando Brett Anderson se asoma a la ventana como un majestuoso Dorian Gray confirmas que el reloj es maquiavélico pero no invencible. Y cuando Slowdive sirven en bandeja los entremeses de hace veinte años te terminas de responder a la eterna pregunta: ¿de verdad los tiempos han cambiado tanto? Sí o no. Depende de nosotros, pero sobre todo de ellos.

El viernes del Tomavistas fue una experiencia de recuerdo y de refuerzo personal. Rolling Blackouts Coastal Fever van seguros y rodados, con tres largos ya bajo el brazo. Presentaron su nuevo “Endless Rooms” (2022) aireando temas como “The Way It Shatters”, “My Echo”, “Caught Low” o “Dive Deep”, pero no se saltaron la vibrante “Cars in Space” ni la adictiva “Talking Straight” ni la monumental “Fountain of Good Fortune”. El COVID no ha podido con su método y estrategia en escena, repartiéndose la gloria por tercio y apostando todo su patrimonio al pandemónium de guitarras. Y luego llegó Kevin Morby y se convirtió en la auténtica sensación, con su chaqueta de flecos. El tejano empieza a escribir su nombre con letras mayúsculas, en la dirección correcta de camino a la leyenda, bajo los focos de astros como Bob Dylan, Lou Reed o Townes Van Zandt. “This Is a Photograph” (2022) es su séptimo disco en menos de una década, y menudo disco. La apertura con el tema homónimo nos dejó claro que su directo ha evolucionado hacia el más absoluto esplendor y que sus brazos siguen abarcando todos los lugares comunes del sonido americano. Estacazos como “Rock Bottom”, “Wander”, “No Halo” o “Dorothy”, tránsitos eternos en “City Music” y “Harlem River”, la finura aplastante de “I Have Been to The Mountain”, el aire ancestral de “Campfire” o “Parade”. Grandiosa exhibición de toda la banda (saxo incluido). Ya está contado el presente, ahora vayamos al presente-pasado. Suede irrumpen regios en el escenario y la mente viaja veintitantos años atrás en el tiempo, al FIB de 1999. Se estrenan con “She”, “Trash”, “Animal Nitrate”, “Killing of a Flashboy” y “We Are the Pigs”, con Brett Anderson en plena forma y con muchas ganas. Nos tienen en el bolsillo, a partir de aquí ya no importa lo que toquen porque han cumplido con creces, aunque el remate con “So Young”, “Metal Mickey”, “Beautiful Ones” y “New Generation” es un plus de nostalgia y celebración que los vuelve a situar como referente de una era pop que nos dejó serias cicatrices. Luego llega el turno de Slowdive, asignatura pendiente desde hace mucho tiempo, los adorables Neil Halstead y Rachel Goswell a los que una vez llegamos a ver en vivo como Mojave 3. No era el escenario perfecto, ni el equipo de sonido perfecto, ni la hora perfecta, así que sus bucles y ráfagas de ruido amable se diluyen en el aire. Aún así es un placer volver a “Soulvaki Space Station”, “Crazy for You”, “Allison” o “Dagger”, así como degustar una “Sugar for the Pill” impecable.

Últimamente he adoptado la máxima de perseguir a las viejas leyendas vivas, por la solvencia que a menudo demuestran y la satisfacción que me aportan. Así que había que darse una vuelta por ese festival que se han inventado mis queridos paisanos albaceteños para las fiestas de San Juan, con el simpático nombre de Antorchas Festival, un evento que cruzaba a Love of Lesbian, Leiva, Lori Meyers, Nacho Vegas, Los Enemigos o Maika Makovski con Simple Minds. Sí, un festival para indies de libro, pero con un hermoso regalo para los de otros gustos o generaciones. Yo me apunto a Simple Minds sabiendo que han montado una nueva gira que está funcionando pero sin más información, salvo su caterva de grandes éxitos revisada y estudiada. Una apuesta por lo añejo que sale redonda desde el minuto uno y los primeros compases de “Act of Love”. Jim Kerr y Charlie Burchill, veteranos de guerra en plena facultad, comandan una orquesta en la que destaca la fuerza bruta de Cherisse Osei a las baquetas. Un cien por cien de calibración y entrega, y una colección de remembranzas donde no faltan las veneradas “Waterfront”, “She´s a River”, “Belfast Child” o “Sometimes Somewhere in Summertime”. Para cuando suena el clásico “The Walls Came Down” de The Call ya está todo el mundo feliz y tarareando (la mayoría sin saber que este tema no es original de la banda, pero da igual), y cuando llega “Don´t You (Forget About Me)” las brasas ya arden a todo trapo. Los bises nos regalan el impagable himno “Alive and Kicking” y “Sanctify Yourself” pone el broche a uno de esos flash-backs que tanto nos encantan. Lo dicho: los viejos no fallan.   

Y la siguiente parada festivalera era un Mad Cool al que nos unimos por la fuerza de la corriente, y por apenas una docena de nombres verdaderamente apetecibles (de los cuales no pudimos ver ni a la mitad). Al traste Seasick Steve, Villagers y Wolf Alice el primer día por solapamientos e inclemencias horarias. Al traste Mother Mother el segundo por algo parecido. Al traste Warmduscher, que desaparecen del cartel el día del anuncio de horarios sin ninguna explicación. Al traste The Struts el sábado por aforo desmesurado en la carpa Amazon. Así que había que contentarse con Placebo, St. Vincent, Foals, Pixies, The War on Drugs, Editors y poco más. No soy fan de Metallica, aunque los visito con respeto un rato y admiro su grandeza y profesionalidad. No soy fan de Muse, aunque los visito un rato y acabo hastiada de tanta megalomanía. No soy fan de Kings of Leon pero me los tengo que tragar a la fuerza otra vez y vuelvo a reconocer que tienen algunos temas estupendos (“Crawl”, “Knocked Up”, “Fans”). Veo de reojo a Yungblud, Imagine Dragons, Haim o Parcels y todo me resulta desconcertante o indiferente. Y me cago en todo porque Jack White toca el domingo extra y ya no me quedan fuerzas ni recursos para aguantar.

Placebo dan la cara sobrados de experiencia y tablas, pero se echan de menos sus dos primeros discos (solo aparece por ahí “Bionic”). St. Vincent o Annie Clark se corona como jefa del festival dando un show lleno de clase, de aromas retro (coro gospel incluido), de precisión técnica (con músicos como el infalible Justin Meldal-Johnsen) y de super canciones (qué buenas son “New York”, “Fast Slow Disco”, “Cheerleader” y “The Melting of The Sun”). The War on Drugs clavan un soberbio recital con impecable sonido e impecable actitud, llegando a su máxima expresión de destreza con la interminable “Under The Pressure”. Pixies vuelven a hacer lo único que saben: éxitos, garras y agallas. Y lo hacen francamente bien, volviendo a reivindicar las eternas “Monkey Gone to Heaven”, “Here Comes Your Man”, “Bone Machine”, “Debaser”, etcétera (creo que solo se les escapó “Velouria”). En cuanto a Editors, menos mal que no siguieron la estrategia Placebo: se acordaron de “The Racing Rats”, “An End Has a Start”, “Blood”, “Smokers Outside the Hospital Doors” y “Munich”, cosa que se les agradece. 

Y para el final dejo lo mejor del festival, a juicio muy personal. Foals han ido creciendo como la espuma con los años, en cuanto a creación y a fuerza en directo. Aún recuerdo el impacto de “Antidotes” (2008), que los puso en la rampa de salida del entonces llamado math-rock, y aquel primer show que vimos en vivo en el Summercase del mismo año, con su extravagante disposición en escena y su orgía de guitarras locas. Desde entonces los hemos ido siguiendo discretamente, degustando serenamente cada disco y llevándonos muchísimas de sus canciones a la libreta de favoritas: “Olympic Airways”, “Red Socks Pugie”, “Big Big Love (Fig. 2)”, “Black Gold”, “Total Life Forever”, “After Glow”, “Providence”, “What Went Down”, “Night Swimmers”, “A Knife in The Ocean”, “Exits”, “In Degrees”, “Sunday”, “The Runner”, “2am”. Bueno, he aquí una lista de temas absolutamente soberbios y adictivos. Foals se han hecho mayores, ya nos lo avisaron en el Mad Cool de 2017 con aquel concierto redondo rematado con fuego a discreción. Pues sí, confirmado, ya son grandes, ya están en otro nivel (¿nivel cabeza de cartel?). El carisma de Yannis Philippakis y el caudal rítmico de Jack Bevan lideran un directo monstruoso, una coordinación extraordinaria de los estilos, los tempos y los ritmos, una historia con introducción, nudo y desenlace, ofreciendo sus aperitivos pop, disco y calipso como entrante para luego transformarse en el cuello de la bestia. Así lo hicieron nuevamente esta vez, poniéndonos a bailar al principio (“Wake Me Up”, “The Runner”, “2am”, “2001”, “In Degrees”), hipnotizándonos después (“Spanish Sahara”), sacándonos de la hipnosis a tortazos (“Providence”) para finalmente arrasarlo todo como un ejército de hunos (“Inhaler”, “Black Bull”, “What Went Down”, “Two Steps Twice”).

Aquí debería empezar la reseña del siguiente evento, el VisorFest. ¿Festival maldito? En 2019 la gota fría. En 2022 las tristes circunstancias. Me quedé con la miel de Mudhoney, James, The Lightning Seeds y Teenage Fanclub en los labios. A ver si el año que viene lo consigo por fin.  

05 septiembre 2022

DISCOS: MOGWAI "As The Love Continues"


Alguien a quien quiero mucho me planteaba hace poco la siguiente cuestión: ¿cuál es tu grupo favorito del mundo, del que tienes todos los discos, que más veces has visto en concierto y del que sabes casi todo? Uff, vaya pregunta. Días y días dando vueltas a la cabeza para acabar con un selecto grupo de finalistas: Yo la Tengo, Nick Cave and The Bad Seeds, Dominique A, Calexico, Tindersticks, Mercury Rev, Mogwai... Que haya fair play: empiezo a otorgar puntos en función del número de audiciones, lecturas, shows en vivo, visionados en Youtube, búsqueda de rarezas y curiosidades, ranking de días seguidos escuchando a ese grupo y solo a ese, capacidad de retentiva y reproducción en la memoria de mayor número de canciones en su integridad. Y finalmente los ganadores son… MOGWAI. Y no por los pelos, precisamente. Porque los escoceses nunca se van, a lo sumo se quedan en stand-by y cada equis tiempo emergen, resucitan como un titán y vuelven a azuzarme los oídos (ay, pobres oídos), las neuronas, las vísceras y, permitiéndome un poco de cursilería, también el alma. No sé qué tiene su música, quizá sea un ejemplo de eso que llaman música orgánica, lo que quiera que esa etiqueta signifique. Desde luego post-rock ya está claro que no es porque, como ellos mismos defienden, el término post-rock sugiere la muerte del rock y el rock nunca morirá (ya sabemos eso de “hardcore will never die”). Así que el poder del sonido de la banda de Glasgow puede que sea un misterio. ¿O puede que no? ¿O puede que de repente ese sonido se haya colado por las peligrosas grietas que se han abierto recientemente en el mundo, en la sociedad, en nuestras cabezas y haya logrado empezar a sellarlas? Quién sabe. Lo cierto es que, después de 25 años de carrera y una pandemia del demonio, Mogwai sacan a la luz su décimo álbum de estudio (siempre sin hablar de su eminente colección de bandas sonoras) y se plantan en el número uno de las listas de ventas del Reino Unido del infame Boris Johnson. ¿Qué rayos está pasando? ¿Es que el mundo se ha vuelto loco? ¿O es que definitivamente nos hemos dado cuenta de la diferencia entre el provecho y la basura, el trabajo y la impostura, la presunción y la honestidad? Como no soy socióloga ni musicóloga ni psicóloga ni antropóloga dejo de hacerme más preguntas al respecto y acepto la noticia con asombro y alegría, ni más ni menos que como la aceptaron ellos. Extraterrestres en un mundo de voraces humanos o seres humanos en un planeta extraterrestre ridículo y extraño. Ellos se lo toman bien. Les da la risa. Son agradecidos y humildes. Se plantan en la gala de los Premios Mercury 2021 felices y naturales, sin pizca de glamur, dispuestos a abrazar una experiencia novedosa. Probablemente son los bichos raros pero les importa un comino. Y lo más relevante es que después de todo el paripé siguen sabiendo muy bien quiénes son, por dónde caminan y de qué pie cojean. Saben que a lo mejor ya no volverán a alcanzar nunca más el top, pero les sigue importando un comino. Ese es el secreto, el seguro de vida de esas grandes bandas que después de décadas siguen funcionando y creando más y más leyenda.

Y no es extraño que “As the Love Continues” (2021) recibiera una acogida tan fastuosa, no solo porque necesitábamos más Mogwai tras cuatro años, un duro confinamiento y varias vacunas, sino porque es sin duda su mejor disco en mucho tiempo. Y en su caso hablar de mejor es hablar de excelencia, pues no tienen disco malo (solo alguno un poco fragmentario). Los escoces han vivido y padecido la crisis del coronavirus (y un Brexit, para más inri) como cualquier hijo de vecino, entre el miedo, la frustración y el desaliento, y en ese penoso periplo han conseguido hacer lo que tantos y tantos se propusieron llenos de arrogancia y jamás consiguieron: sacar algo positivo del desastre, crear algo grande con las cenizas del incendio. Ellos suelen concebir sus creaciones desde la distancia, enviándose ideas que vuelan, van y vienen por los circuitos de la telecomunicación. Esta vez esa distancia se ha impuesto como norma, y he aquí un disco trabajado, modelado e incluso producido (por Dave Fridmann, nuevamente) haciendo encaje de bolillos virtual. Sorprende escuchar el resultado: una colección de canciones sin fractura, un ente sónico en el que nada falta y nada sobra. Algo más clásicos y eléctricos, pero sin renunciar a ese sintetizador que pone la nota cinematográfica, ese voccoder que añade la anécdota robótica o ese reverb que desata el aura psicodélica. Desde el crescendo épico de “To The Bin My Friend, Tonight We Vacate Earth” hasta el emotivo cuadro emo que representa “It´s What I Want to Do, Mum”, este disco logra algo muy difícil de conseguir: desatar una hermosa y caótica tormenta de vibraciones que no se resiente hasta el último acorde, y la necesidad vital, animal, casi instintiva de volver a empezar desde el principio una y otra vez.

Escribía hace un tiempo que Mogwai era en sus comienzos el grupo que te ponías a escuchar cuando estabas deprimido o cabreado, aquellos tétricos riffs de guitarra, esas explosiones de ira que te dejaban medio sordo. “Young Team” (97) y “Come On Die Young” (99) fueron la banda sonora de nuestras penas a finales de los 90. Más tarde llegó “Rock Action” (2001) y en él ya pudimos empezar a ver un poco de luz, sobre todo en canciones como “Take Me Somewhere Nice” o “2 Rights Make 1 Wrong”. Y luego titularon su cuarto álbum “Happy Songs for Happy People” (2003) y ya nos rompieron los esquemas, los muy canallas, certificando ese sentido del humor typical scottish que no es tan diferente del nuestro. Por eso, y en comparativa, es curioso escuchar ahora temas como “Here We, Here We, Here We Go Forever” o “Supposedly, We Were Nightmares”, que destilan tanto optimismo, tan bailables, luminosas y expansivas. O comprobar que pueden sacarse de la manga hits de digestión inmediata, como ocurrió en su anterior trabajo con “Party in The Dark” o como ocurre en este con “Ritchie Sacramento”. También es sorprendente acreditar cómo pueden llegar al máximo cénit sinfónico (gracias a la aportación de Atticus Ross, por cierto) en la inclasificable “Midnight Flit”, o su increíble estado de forma como arquitectos del sonido, construyendo muros colosales de ruido ladrillo a ladrillo, como ocurre en la implacable “Drive The Nail”. También siguen mostrando su destreza creando envolventes melódicas a través de la voz encriptada de Barry Burns y dibujando repeticiones heroicas y emocionalmente devastadoras, logrando sonar como una auténtica orquesta a base de sintetizador, redoble y pedal; todas estas cosas ocurren en “Fuck Off Money”, quizá una de las mayores epopeyas de su carrera. Desde luego en un disco de Mogwai no podían faltar las bofetadas en la cara, los nudos y miasmas de guitarras a toda potencia que raspan y dejan sin aliento, faceta que aquí queda representada en dos piezas como “Ceiling Granny” y “Pat Stains”. Y quedaría hablar de ese delicioso arquetipo ambient que es “Dry Fantasy”, de cómo hacer pura magia con un sol y un do de teclado.

La edición que cayó en mis manos por arte de magia hace unos días incluye además las demo originales de “To The Bin My Friend, Tonight We Vacate Earth”, “Here We, Here We, Here We Go Forever”, “Supposedly, We Were Nightmares”, “Drive The Nail” y “It´s What I Want to Do, Mum”. Y qué interesante resulta escucharlas, asistir al embrión, a la idea inicial, al esqueleto de la bestia, al ensayo y la intuición. Es como meterse en la cabeza y en el estudio de Stuart, o de Barry o de Dominic e imaginarse cómo trabajan, cómo inventan, qué fuerza divina los guía para lograr ser tan colosales.

Y después de toda esta vorágine de reconocimiento y suerte, cuesta imaginar cuál será el siguiente paso. Para nosotros, esperar con ilusión un nuevo capítulo y poder volver a verlos en vivo otra vez, quién sabe cuándo. Para ellos, seguramente seguir trabajando. Y no para amasar fortuna, pues no hay banda más anticapitalista en el mundo del rock (por ahí deben de ir los tiros del título “Fuck Off Money”). Tampoco para ganar finalmente el Mercury que, por cierto, en 2021 fue a parar a Arlo Parks. Seguirán trabajando para dar a la gente lo que la gente merece y espera, un quid pro quo entre banda y fans, la más bonita relación de amor que pueda existir en el mundo. No lo digo yo, lo dicen ellos. Dicen cosas muy interesantes, y no solo a través de su música y sus surrealistas títulos, sino en las numerosas entrevistas que regalan sin reparo, siempre con una sonrisa pese al jet lag y la resaca. Que nuestros músicos idolatrados resulten ser personas de calle, gente normal, nos dice algo muy importante: que no hemos perdido ni un solo minuto del tiempo que les hemos dedicado. De momento a estos les he dedicado 26 añitos, más de la mitad de mi vida llevando a Mogwai en el walkman, en el discman, en el mp3, en el coche, en los bolsillos, en la cabeza.  Y seguro que nos quedan unos cuantos años más, pues para ellos no parece haber ni techo ni fondo. “No tenemos ningún secreto. Sólo somos unos tíos que se aprecian, dedicándonos a hacer lo que más nos gusta”. Eso lo han repetido ya muchas veces ante la contumaz pregunta de cómo funciona Mogwai y por qué funciona tan bien. Pues nada, felicidades y adelante. Que el amor continúe otro poquito más.

Gracias, Stuart, Dominic, Barry y Martin, por haberme devuelto la inspiración y las ganas de escribir.

Gracias, Manolo, por haberme devuelto las ganas de publicar. 

03 enero 2020

DISCOS


Los mejores álbumes de 2019
  
ALDOUS HARDING “Designer”


ANGEL OLSEN “All Mirrors”


BECK “Hyperspace”


BIG THIEF “U.F.O.F.”


BLACK BELT EAGLE SCOUT “At The Party With My Brown Friends”


CASS McCOMBS “Tip of The Sphere”


DEERHUNTER “Why Hasn´t Everything Already Disappeared?”


EDWYN COLLINS “Badbea”


JIM JONES & THE RIGHTEOUS MIND “CollectiV”


KEVIN MORBY “Oh My God”


MICHAEL KIWANUKA “Kiwanuka”


SHARON VAN ETTEN “Remind Me Tomorrow”


STEVE GUNN “The Unseen In Between”


STEVE MASON “About The Light”


THE RACONTEURS “Help Us Stranger”


TINDERSTICKS “No Treasure But Hope”



17 julio 2019

MAD COOL 2019

Madrid. Valdebebas. 11, 12 y 13 de julio

SÁBADO

Es raro ver a JOHNNY MARR, toda una leyenda, abriendo una jornada festivalera a pleno sol. Y también, por qué no, ciertamente injusto que su real presencia nos sea escatimada a cincuenta pírricos minutos. Supo a poco. Su concierto fue uno de los de mayor calidad y virtuosismo del festival. Un sonido apoteósico (cómo sonaba esa batería, por dios) y un repertorio eminente que no dejó indiferente a nadie. Buena parte del mérito se debe a la reproducción de los viejos temas de The Smiths, tan celebrados, tan exultantes, tan precisamente ejecutados y tan legendarios. “Bigmouth Strikes Again”, “How Soon Is Now?” y “There Is A Light That Never Goes Out” fueron las elegidas, tres clásicos que todo el mundo puede cantar, o al menos tararear. Y resulta del todo reconfortante (y sorprendente quizá) escuchar un tema de The Smiths y no echar de menos a Morrissey. Marr se basta para resucitar los hitos de su ex banda, porque tiene voz de sobra, porque tiene un acompañamiento rotundo a sus espaldas, porque es uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos. No fueron los únicos recuerdos; también tuvieron cabida rescates de Electronic, como la estupenda “Get The Message”. No hay tema malo de este hombre; las nuevas, como “The Tracers”, “Hi Hello” y “Walk Into The Sea” también resultaron brillantes y poderosas. “Armatopia” (homenajeando el exangüe sonido Manchester) y “Easy Money” animaron al respetable a ejercitar las gargantas con sus melodías terriblemente adictivas. Lo dicho, supo a poco. Este as de las seis cuerdas merece más cortesía y protagonismo.

Esperando el estreno en escena de CAT POWER soñábamos con encontrar al mítico Jim White a la batería, como ya ocurriera en el pasado. No fue así, desgraciadamente, aunque la baterista del momento también merece una medalla. No es fácil el repertorio de Chan Marshall; no hay un solo hit en su discografía, ni una sola melodía que se capte a la primera, que se adhiera a las meninges sin remedio. Todo es etéreo y exclusivo, quizá no es lo que esperas, quizá te pille a contrapié, quizá bosteces en algún momento. Hay que comprenderlo: no es música divertida, ni alegre, ni condenadamente festivalera. Es música selecta, elegante y oscura. Pero tiene muchos fieles, sí, esos seguidores que no despegaron el pico ni pestañearon en toda la hora de recital. Elegantísima en su vestido de terciopelo, volvió a sacar todo lo que lleva dentro sin poder ocultar sus veleidades; imposible ignorar ese halo de debilidad que la envuelve constantemente. Incómoda en muchas fases del concierto con el sonido, siempre en el límite del derrumbe. Pero aguantó, se vació y nos ofreció cosas como “Cross Bones Styles” y “Manhattan” (los momentos más rítmicos), como “The Greatest” o “Good Woman”, amén de algunas versiones de esas que solo ella sabe hacer, desvistiendo la canción original y convirtiéndola en un esqueleto folk o soul a su medida. Aguas calmadas en un maremágnum de rock sin fin.

Los siguientes en la lista eran PARQUET COURTS. Otro incomprensible capricho del festival, pues esta banda debería haber estado en otro escenario (más grande) con otras concesiones y otros honores. También supieron a muy poco. Lo que ocurrió en este concierto fue un poco extraño, a la par que entrañable; a la altura del segundo tema (“Dust”, su mejor canción) el sonido se va, batería, teclados y micros se apagan, pero ellos siguen y siguen, y se marcan una improvisación hasta que alguien (a buenas horas, mangas verdes) se da cuenta de que algo no marcha y mete el enchufe en la clavija correcta. Así, “Dust” se convierte en diez minutos accidentados pero heroicos, con una ovación a tanta sangre fría y profesionalidad. Impresionante. Incidente aparte, la banda neoyorquina es febrilmente solvente y efectiva, no solo en sus momentos más punk y saltarines (“Total Football”, “Almost Had to Start a Fight/In and Out of Patience”, “Master of My Craft” o “Borrowed Time”), sino también cuando se ponen country (“Freebird II”) o soul (“Before the Water Gets Too High”). Nos encantan, y sobre todo nos encanta Austin Brown, con ese peinado entre Joey Ramone y Roger McGuinn. Entre efluvios psicodélicos y mientras suena “She´s Rolling” decidimos ahuecar, muy a nuestro pesar, y quedarnos con la duda de si tocarán o no la bombástica “Wide Awake!”.

Pero es que claro, en otro escenario están tocando MOGWAI. Y ya es extraño que nuestros escoceses favoritos toquen en un festival y no estemos allí rindiendo pleitesía. La elección a veces es inevitable (y dura). Sin embargo, aún hay tiempo de echarles un vistazo y asistir a la recta final. Nos recibe Mogwai y nos recibe Satán, vomitando vatios por todo el barrio de Valdebebas. Y lo primero que llama la atención es que Martin Bulloch ha vuelto a tomar las baquetas tras su larga ausencia por enfermedad; toda una alegría. Deleitan con “Remurdered” y “Old Poisons” (un poco de electro, un poco de hardcore), ya archisabidas de memoria. Y aun así, qué tendrán, no importan las repeticiones, vuelven a hacerlo: vuelven a tejer esa tela de araña de ruido y flash de la que es imposible escapar. La pena es que acaben con “We´re No Here” de nuevo, tan poco amable y tan dura de roer.  

Llegaba la hora de THE CURE. Reconozcámoslo: no vinimos a este festival por hacernos los valientes o los chulos, vinimos por The Cure. Así de claro. Y mereció la pena gastarse el dinero, los malabarismos para encontrar un entretenimiento musical a medida, el calor sofocante. Mereció la pena venir a este festival solo por verlos a ellos. Porque sus casi dos horas y media de concierto rozaron la más absoluta perfección. La hubieran alcanzado del todo si: primero, no hubieran cavado tan profundo en la historia mediado el concierto, rescatando unas “Primary”, “Shake Dog Shake” o “39” que dejaron fríos a muchos; segundo, si “Disintegration” no se hubiera visto envuelta en imprecisiones de sonido que desconcertaron y cabrearon de lo lindo a Roger O´Donnell y Simon Gallup, respectivamente. El resto, auténtica magia. Leía en alguna crónica postrera que se echaron de menos hits conocidos en la primera parte, afirmación que es absolutamente imprecisa. Las grandes canciones estuvieron presentes desde el primer minuto y citemos: “Plainsong”, “Pictures of You”, “High”, “Lovesong”, “Last Dance”, “Fascination Street”, “Never Enough”, “Push”, “In Between Days”, “Just Like Heaven”, “A Night Like This”, “Play for Today”. ¿No son todas ellas temas proverbiales en su discografía? Sin embargo, hubo momentos menos célebres que se transformaron en emociones líquidas, en puro fuego, en simple apología. Fue el caso de “Burn” (incluida en la banda sonora de “The Crow” de 1994), rotunda y machacante hasta los cimientos; o de la bellísima “From The Edge of The Deep Green Sea”, que parecía que nunca acabaría, que no queríamos que se acabara nunca; o por supuesto, “A Forest”, con su trote de bajos lúgubre y majestuoso. Estaba claro que habría unos bises como dios manda, bises que empezaron con una “Lullaby” que en vivo sigue luciendo una musculatura culturista. Tras ella, “The Caterpillar” y “The Walk” hacían temer otra incursión en los archivos más ocultos del pleistoceno, pero no. “Friday I´m In Love”, “Close to Me”, “Why Can´t I Be You?” y “Boys Don´t Cry” consiguieron alegrar la noche a los curiosos, a los oyentes ocasionales, a los que pasaban por allí. También a los entusiastas y afliliados, faltaría más. Emocionado estaba Robert Smith (su voz se conserva impecable, prístina) al final del concierto y no es para menos. Ya no es solo la sensación de gozo del aplauso recibido, sino también ese orgullo de grandeza y prosperidad que debe correrte por las venas cuando, después de cuarenta años, sigues siendo feliz con lo que haces. The Cure son historia viva del rock. Un pasado hecho presente para gracia y delirio de todos.

16 julio 2019

MAD COOL 2019

Madrid. Valdebebas. 11, 12 y 13 de julio

VIERNES

Que haya una banda llamada ROLLING BLACKOUTS COASTAL FEVER tiene su punto divertido. Primero: nadie es capaz de aprenderse su nombre de corrido. Segundo: mola mucho comentar eso de “voy a ver a los Rolling” y que el vecino de tren te mire como si estuvieras loco. Estos chicos deberían pagarnos una cerveza: el año pasado bajo la lluvia torrencial de Oporto, este año bajo la canícula madrileña de las seis de la tarde. Ahí estuvimos, incondicionales. La chispa de esas tres guitarras conversando frenéticamente entre ellas bien merece el esfuerzo. Menos mal que las benditas nubes taparon por un rato el sol, y pudimos disfrutar (sin morir) de una imagen muy semejante a la de hace un año. Aunque hoy ya son un poco más mayores, ya están en boca de prensa y tienen un largo bajo el brazo. Y sin embargo las canciones que más lucen siguen siendo las más amateurs. Comenzaron el concierto con algunas de ellas, “Clean Slate”, “Julie´s Place” y “Sick Bug”, sonando a gloria. Después, presentación de sus dos nuevos temas (“Read My Mind”, “In The Capital”), de buen nivel pero poca empatía. Luego el relleno de “Hope Downs”, con “An Air Conditioned Man”, “Bellarine”, “Exclusive Grave” y “Sister´s Jeans”, decentes pero dispersas. A partir de aquí el termostato subió de golpe al son de las magníficas (muy bailadas, muy coreadas) “Talking Straight” y “Mainland”, seguidas de la nueva versión mucho más ruda y potente de “Fountain of Good Fortune” y de su clásico de cierre “The French Press”, con jam session final de exhibición incluida. Una máquina de directo con dos líneas (la vanguardia estelar de voces y guitarras, la retaguardia rítmica) a cual más impactante.

Sin tiempo para el respiro SHARON VAN ETTEN hacía su aparición en el escenario grande. Y había curiosidad por saborear en directo los temas de “Remind Me Tomorrow” (2019), su último álbum y quizá el más arriesgado de su carrera. “Jupiter 4”, “Comeback Kid” y “No One´s Easy To Love” completaron una sólida presentación. Buena banda, buen sonido, magnífica actitud, deslumbrante voz. Sí, la norteamericana, que intentó comunicarse en castellano en todo momento, que es muy cercana y nada diva, impactó con todos sus recursos vocales posibles, llevados hasta el extremo en la espectral “Memorial Day”. Agradaron los rescates de sus viejos álbumes, en especial la aplaudida “One Day” y la heroica “All I Can”. Emocionó profundamente sentada al piano, interpretando esa joyita que abre su reciente trabajo, “I Told You Everything”. Guerrera, oscura, bulliciosa, melancólica; tiene muchas caras (algunas desconocidas hasta ahora) y en su show aparecieron todas, ordenadas y calibradas en su justa medida. Echó el cierre con otras dos excursiones al pasado (“Everytime the Sun Comes Up” y “Serpents”), y todos terminamos contentos.

Del concierto de MILES KANE se esperaba mucho. No hay más que echar una audición a sus discos para concluir que: primero, es un fiel representante del nuevo rock británico, que no por nuevo suena menos viejo que el de sus gloriosos antepasados; segundo, que tiene melodías y estribillos para parar un tren. Fiebre nostálgica y diversión aseguradas. Dicho y hecho. Todas las expectativas se vieron confirmadas desde el minuto uno de “Silverscreen”. Este tipo tiene garra, tiene gancho, sabe llevar camisas floreadas y sabe manejar a las masas. Y además se pone maquillaje, amplificando el recuerdo del glam y de T-Rex, presente sin remedio cuando suenan “Too Little Too Late” y “Cry on My Guitar”. Un primer cuarto de concierto epatante y lleno de energía, en el que destacaron con vida propia las endemoniadas “Inhaler” y “LA Five Four (309)”. Una segunda parte ciertamente comedida, una muestra preclara de su lado más soul (“Killing The Joke”, “Colour of The Trap”), para a continuación volver a pisar suavemente el acelerador al son de “Wrong Side of Life” y “Rearrange”, ambas de dulce. Pero la auténtica locura fue la recta final, primero enlazando el “Hot Stuff” de Donna Summer con la descomunal (y muy funky) “Coup de Grace”, después regalando sus dos superhits Don´t Forget Who You Are” y “Come Closer”. No, no somos muy aficionados a los numeritos de hacer cantar al público en plan hooligan, pero hay que reconocer que este tipo sabe cómo hacerlo sin que resulte ridículo. Qué energía y qué derroche de pasión. Y por cierto, qué buen guitarrista es.

Para esperar a las calabazas no había demasiado donde elegir: los pasos llevaban solos hacia SEX MUSEUM, esa banda madrileña grande, enorme, veteranísima, colocada a capón en un escenario menor, con solo cuarenta y cinco minutos para elegir algo de entre su granado repertorio. Uno nunca está donde debe cuando se trata de festivales. Escogieron algunos temas míticos, como “Dopamina”, “Two Sisters” o “Lucky Man”. Pero el momento por el que se recordará este concierto será la versión combinada de “Smoke on The Water” de Deep Purple y “Fight for Your Right To Party” de Beastie Boys, ambas ensambladas, sumadas, superpuestas con un resultado aplastante. Momento memorable escondido en las más recónditas entrañas del festival.

Está claro que SMASHING PUMPKINS ya no son lo que eran. El tiempo no ha sido tan benévolo con su música como con la de otros coetáneos de la comúnmente llamada era grunge, y comenzaron a cavar su hoyo cuando se pasaron a los experimentos electrónicos. Pues bien, el hoyo está ahí, pero ellos se resisten a ocuparlo. De momento. Es de honor dar nuevas oportunidades y se la dimos. Billy Corgan, antes muerto que sencillo: hay que tener muchos bemoles para calzarse una sotana de paño en lo más tórrido del estío ibérico. La producción escénica, impactante. James Iha, radiante y joven como nunca. Jimmy Chamberlin, soberano tras los bombos y platillos. Inauguración con música de Haendel, todo un detalle pomposamente chic. Pero al arrancar “Siva”, ay, de nuevo el mismo estupor. Falta volumen, falta evidencia, falta ecualización. Una cosa es sonar sucio (como siempre han querido), pero otra es sonar mal. A pesar de que el entuerto no se arregló en todo el concierto, a pesar de que tocaron muchas cosas post (“Solara”, “Knights of Malta”, “Tiberius”, “G.L.O.W.”, “The Everlasting Gaze”) y pocas pre (“Zero”, “Bullet With Butterfly Wings”, “Disarm”), lo mejor estaba por llegar. Para el final quedaba el gran memorándum: la mística de “Ava Adore”, el alma de “1979” y “Tonight, Tonight”, y ese pelotazo de rock harapiento que es “Cherub Rock”. Que a fin de cuentas es lo que la gente quería y con lo que todo el mundo vibró. Después hubo algo más (“The Aeroplane Flights High” y “Today”, parece ser) pero ya andábamos de retirada. Cualquier tiempo pasado, en este caso concreto, fue sin duda alguna mejor.

15 julio 2019

MAD COOL 2019

Madrid. Valdebebas. 11, 12 y 13 de julio

JUEVES

Sobrevivir al Mad Cool 2018 fue una hazaña de campeones. Había que ser muy kamikaze para regresar. Pues bien, premio para los valientes. La edición de 2019 no ha tenido nada que ver con la anterior. Números menores, impecable organización, relativas comodidades. Como la de poderte sentar sin problema en una mesa para cenar, no hacer ni una sola cola, o llegar a ver conciertos a pie de escenario sin apenas pretenderlo. Aire fresco para aquellos que van a estos eventos a escuchar música (y no a montar en las atracciones de feria, a hacerse trenzas, a maquillarse o a comprar un Mercedes). Apenas si hemos tenido que echar mano al icónico manual de supervivencia para crisis festivaleras. Claro que, como en España es una tradición eso de atacar renuncios y hurgar en las heridas, siempre hay vampiros que buscan el tropiezo para atacar a la presa. Y así tras la jornada del jueves se mentaba la baja calidad del cartel o las quejas de los vecinos del barrio. Pero esos intentos cabezones se diluyeron como azucarillo al cierre de un festival al que, definitivamente, no se le puede poner ni un pero. Un festival que nos deja una reflexión: los viejos siempre son apuesta segura. Y digo viejos desde el respeto más absoluto, la admiración más sincera y la envidia más sana. Yo de mayor quiero ser como ellos.

Empezó el jueves echando un vistazo a TASH SULTANA, esa jovencita australiana que se ha hecho eco a través de Youtube y del boca a boca en red. Demasiado escenario para tan poco capital humano, pero no seamos ingenuos, la chica sabe lo que se hace e intenta dominar ese mastodonte a base de briosos sprints. Curiosa propuesta la suya, amalgamando estilos como el rock progresivo, la electrónica, el soul o la música reggae. Yo me lo guiso, yo me lo como, en una alternancia de guitarras, loops, percusiones y trompeta. Y además, tiene una voz privilegiada. La soledad es dura y exige mucho esfuerzo: he aquí un botón de muestra.

A continuación solo quedaba aguardar al más deseado del día, ese que lleva diciendo años que se jubila (¡ja!), ese que ya ha cumplido 72 años, ese entrañable y malhablado clown, padre (o abuelo) de un punk rock que vive horas muy, muy bajas. ¿Que queréis punk? Pues dicho y hecho. Tomad “I Wanna Be Your Dog”, “Gimme Danger”, “The Passenger”, “Lust for Life” y “Skull Ring” de aperitivo. Así, sin anestesia. Toda una lección de cómo estrenar un concierto, un huracán, simbólica e infalible prédica para captar a jóvenes, mayores, ricos, pobres, deudos o incrédulos en un plis. IGGY POP y los que lo secunden jamás defraudan, ya sean los Stooges o ya sean los que sean (esta vez con sección de metales incluida). Y aunque los años ya no le permitan a la iguana tantos excesos físicos como antaño (y haya descendido ostensiblemente su promedio de motherfuckers por minuto), sabe mantener el tipo con una actitud tan admirable como emotiva, y sacarlo todo de dentro de su cuerpecillo arrugado mientras repasa mitos festivos como “Some Weird Sin”, “No Fun” y “Sixteen” o trallazos ariscos como “TV Eye”, o nos muestra que aún tiene cuerda para colar perlas de nueva factura (“Repo Man”) entre sus añejos monumentos. Tampoco pierde la actitud en los teóricos y casi tétricos respiros, mientras nos vomita “I´m Sick of You” o nos declama la escalofriante “Mass Production”, ni se le olvida homenajear a su amigo Bowie con la versión de “The Jean Genie”, préstamo que le sienta como anillo al dedo. Y claro, no podía faltar el baño de masas, arrojarse al foso para contactar con esos incondicionales (más preocupados por sacar la foto o el video perfecto que por tocarlo o mirarlo a la cara), y convertir “Search and Destroy” en un espectáculo imperdible y eficazmente retransmitido desde las grandes pantallas. En definitiva, Iggy Pop es Iggy Rock, claro y cristalino, todo un lujo veterano sobre los escenarios, bálsamo para  nostálgicos y clase magistral para principiantes. Lo realmente incomprensible es que no anduviera posicionado en los escenarios principales, pues sin duda era un cabeza de cartel indiscutible. Pero en la era del postureo y la impostura, los galones y los laureles ya no valen para nada.

Otro que se puede vanagloriar de sus galones es el líder de Jane´s Addiction, que ahora se ve embarcado en un nuevo proyecto con el épico nombre de PERRY FARRELL´S KIND HEAVEN ORCHESTRA. Como la sensación hace tres años fue tan positiva, había ganas de volver a verlo, y más después de escuchar la variada y lustrosa mezcla que es su último disco. Pues bien, bajo el embrujo de una puesta en escena onírica y colorida, al abrigo de una banda de hasta once piezas (cuerdas, coros, bailarines incluidos, amén de la pinturera presencia de la señora Farrell), el concierto fue una buena ocasión no solo de conocer nuevas canciones, sino de rendir tributo a toda una carrera. Y así pudimos rescatar dos de los mejores temas de Porno for Pyros, las colosales “Pets” y “Tahitian Moon”, que resultaron dos de los momentos más exquisitos del show. De entre las novedades destacó la chispa retro de (Red, White and Blue) Cheerfulness”, el arrojo rockero de “Pirate Punk Politician”, los números vodevilescos en las bailables “Snakes Have Many Hips” y “Spend The Body” y, cómo no, el alborozo de esa hermosura lírica llamada “Let´s All Pray for This World”. Los amantes de Jane´s Addiction tampoco se fueron descontentos, después de haber coreado a saco “Jane Says” o “Mountain Song”. Confirmado: Perry sigue entusiasmado con lo que hace, en buena forma y con cuerda para rato.

A falta de otro plato de mejor gusto había que acercarse a echar una ojeada a NOEL GALLAGHER´S HIGH FLYING BIRDS y comprobar lo que ya nos temíamos: que Oasis era Noel Gallagher, evidentemente. Batería de clásicos de la antigua banda en la recta final del concierto, encadenando “Little by Little”, “Half The World Away”, “Wonderwall” y “Stop Crying Your Heart Out”. La vistosa “AKA…What a Life” constata que el hermano mayor puede seguir componiendo todavía canciones poderosas y muy, muy cool, y que no le hace ni pizca de falta el lastre de su otro puñetero hermano. Todo ello no cambia que “Don´t Look Back In Anger” siga siendo una ñoñería insoportable, y que “All You Need Is Love” sea un lugar común demasiado machacado en la discografía de los Beatles (será por canciones de los Beatles donde elegir). El jueves terminaba asistiendo al comienzo de THE HIVES, tan cacareados como bestias pardas de escenario y divertimento sin fin. Come On!”, “Walk Idiot Walk”, “Main Offender” y pare usted de contar: a dormir. Sí, enérgicos, interactivos, impecablemente maqueados, pero después de ver a la iguana esto suena a nada y sabe a poco.

02 abril 2019

CONCIERTOS: DOMINIQUE A

Madrid. Teatro Lara. 1 de abril de 2019.


Solitario, ahorrativo, íntimo, sobre unas tablas minimalistas. Casi habíamos olvidado esta variante de Dominique A. Qué buen momento para recordarla, cuando hace ya veinte años de nuestro primer encuentro en vivo con él. Él da, la audiencia recibe. Y así se suceden años y discos y giras que siempre tienen la bondad de sorprender. Porque si algo hay que agradecerle es su enorme capacidad de adaptación, un magistral don de transformación tan sutil que apenas si le aleja de su esencia, de su yo, ese yo que tanto amamos y respetamos. Nos hay dos giras iguales, ni dos conciertos iguales, no hay dos formatos iguales ni dos versiones de la misma canción iguales. El repertorio fluye y se derrama por caminos múltiples, siempre reconocibles pero nunca obvios. Es el genio de un artista que no se limita a producir y vender arte, sino que la adopta, la acuna y la mima, la retroalimenta y la ofrece al mundo de mil formas diferentes. El francés es uno de esos músicos que llenan con su voz y su presencia cada uno de los centímetros del más vasto escenario, y por eso la soledad no preocupa ni condiciona, sino que casi alivia. Con las armas más básicas es capaz de conseguir cotas de intensidad infinitas, emboscadas hipnóticas y emocionales, dejando su firme huella en el corazón musical de neófitos y decanos. Un concierto suyo jamás se olvida. 
 
La Fragilité” (2018) es su último trabajo conocido, tras el experimental “Toute Latitude” (2018). Dos discos en un año, el sueño de todo insaciable adepto. Con la cincuentena recién estrenada, muestra unas ganas y una fortaleza intactas. Y es que no parece que hayan pasado veinte años desde aquel “Remué” (99); más bien parece que hoy sigue siendo ayer, y que dentro de un par de años (en otro escenario, quizá con una banda nueva, con camisa negra y la misma cabeza pelona) será más de lo mismo, pues ya no es oportuno ni necesario cambiar. Es el rédito meritorio del que lo da todo, siempre más de lo que se espera, como ocurrió anoche. Dos horas largas de recorrido vertiginoso por su elegante universo, haciendo magia con pies y pedales, desafiando y desterrando la vieja idea de que una guitarra eléctrica hace más ruido que una acústica. Pasando con una ligereza espeluznante de la intimidad (“La Poésie”, “La Memoire Neuve”, “Comme Au Jour Premier”, “Au Revoir Mon Amour”, “Éléor” o “Ce Gest Absent”) a la intensidad más bárbara (“Pour la Peau”, “Hôtel Congress”, “Corps de Ferme à l´Abandon”, “Antonia”, “Rendez-nous La Lumière” o “L´Horizon”), guiando el redescubrimiento de clásicos nunca bien ponderados (“Tout Sera Comme Avant”), mostrando las líneas ocultas de piezas  transfiguradas (“Central Otago” o “Le Courage des Oiseaux” en modo performance) y brindando homenajes a nombres semiocultos de la música gala (como Gisor o Étienne Daho). Las proyecciones seleccionadas contribuyeron a dar intensa vida a algunos de los temas novedosos (“Le Grand Silence des Campagnes”, “Le Splendeur”, “J´Avai Oublié Que Tu M´Aimais Autant”), la luz en general fue una tecla más de un piano perfectamente afinado: un 10 para la producción visual. Y por supuesto, no mencionemos solo al músico, sino también a la persona. Cuánto se agradece una pequeña broma, una palabra en tu idioma o una amable sonrisa entre canción y canción. Las dos caras son igual de imprescindibles para forjar una leyenda; la una la esculpe, la otra la barniza para que se conserve durante muchos años. Esperemos que otros veinte más.