28 octubre 2009

CONCIERTOS

PETER MURPHY. Madrid. Heineken. 26-10-2009.

Cita con el príncipe de las tinieblas.

Es un hecho necesariamente asumible que el tren Bauhaus pasó. Oportunidades perdidas en La Riviera y Oporto ya no volverán aunque, al contrario que Bela Lugosi, el príncipe de las tinieblas siempre seguirá vivo. Peter Murphy ha optado finalmente por centrarse en su mundo, y su mundo es plena actualidad a la par que recuerdo, ambivalencia clásica a la par que experimento. La idea global de su concierto en Madrid es la confirmación de que la escuela de la oscuridad sigue de moda en la sombra. Y mientras los licenciados se sobreexcitan con el epitafio de una muerte anunciada y la bocina de un nuevo barco que llega a puerto, los aprendices absorben como esponjas el discurso de un chamán que, pese a haber guardado en el ropero el glamour terrorífico de antaño, mantiene su elegancia intacta. Gran exhibición y sobredosis de intensidad para empezar la semana.

Y en lo que a la que suscribe atañe, hay que confesar que la discografía de este hombre es como un océano negro y profundo en el que para nada vale la experiencia nadadora. Quizá por eso el cuerpo principal del show, sujetado por vigas de hormigón (gigantescos amplificadores ocupando medio escenario) y huidizo de facilidades, fue un duro empeño para superar la apnea. Y entre brazadas torpes y respiración en deceso aparecieron “I´ll Fall With Your Knife”, “Marlene Dietrich´s Favourite Poem”, “Huuvola” y “Deep Ocean, Vast Sea” aportando un poco de oxígeno. Los más modernos Bauhaus emergieron en “Too Much 21th Century”, rescatada del último y no bien ponderado “Go Away White” (2008). Y también se hizo visible (audible) un John Lennon con forma de sirena latiendo en “Instant Karma”. Enhorabuena, señor Murphy, por su buen gusto tomando canciones a préstamo.

Pero en alguna lápida estaba escrito que el gran momento serían los bises. Y así fue. Oh, sí, aire, aire fresco. “Strange Kind of Love”, majestuosa, sutilmente atada al apéndice de “Bela Lugosi Is Dead”, destapó la jodida caja de Pandora. La mecha se convirtió en llamas con “The Passion of Lovers” y “She´s in Parties” (por fin, Bauhaus en todo su esplendor) y en incendio descontrolado con las versiones más esperadas: “Ziggy Stardust” y “Transmission”. En la segunda tanda aparecieron “Cuts You Up” y la muy enigmática versión de “Space Oddity”. La tercera no parecía previsible tras una interactiva despedida llena de agasajo y amor, pero haberse evaporado entre el humo y las cenizas haciendo vacío al sonoro eco de “All Night Long” hubiera estado feo. Y es que, lejos de los socorridos títulos nobiliarios de padrino gótico, estigma influyente del rock contemporáneo o príncipe de las tinieblas, el tío Murphy es ante todo un caballero. Que aprenda Morrissey, por ejemplo.

www.petermurphy.info


25 octubre 2009

CONCIERTOS

BOWERBIRDS. Madrid. Neu! Club. 24-10-2009.

Arte natural.

Fueron una de las renuncias inevitables en el pasado Primavera Sound. Y alguien escribió que allí el sonido fue tan nefasto que era imposible concluir si tocan bien o mal. Confirmado: saben tocar. Es más, lo hacen de maravilla. Aunque lo que verdaderamente llama la atención es que sean capaces de expedir tanta pureza y belleza con un equipaje tan rústico. La máxima frugalidad de sus canciones se traspone al directo. Guitarras de segunda mano sujetas de un cordel, que reposan sobre su funda esperando el turno. Ya no sé si siguen viviendo entre árboles y pájaros, pero ésa es la sensación que dan: la de unos tipos en absoluta armonía con el mundo. Una gente tan natural como sus vecinos de cabaña.

Y no pudieron arrancar con más acierto, con dos de las favoritas: “My Oldest Memory” y “Crooked Lust”. Y en un plis ya tenían a la sala entera en el bolsillo. Momento éste el adecuado para hacer un pequeño homenaje a la afición madrileña: un público que, cuando quiere, es capaz de arropar y espolear al artista hasta el infinito, dándole un cariño que el músico recibe por lo general con los brazos abiertos. Éstos acabaron obligados a repetir por segunda vez y brindar la demandada “Bur Oak”, habiendo exprimido su repertorio casi hasta la última gota. Antes había transcurrido una hora de hipnosis folk, al vaivén mecedor del primitivo fingerpicking y la gran voz del simpático Phil Moore y con la sensual Beth Tacular basculando entre teclado y acordeón. Ahora gira con ellos un nuevo y barbudo baterista que sabe bien lo que se trae entre manos, llenando de magia el puente de la conmovedora “Ghost Life” y el desenlace de “Silver Clouds”, y rehogando con mimo los compases imposibles de “Dark Horse”. Y en esa hora de hipnosis folk también tuvieron su lugar el folclore pseudo-cíngaro de “In Our Talons”, la oda a dos voces de una “Beneath Your Tree” que sonó todopoderosa, la savia relajante de “Northern Lights”, esos acongojantes episodios de acordeón en “Ticonderoga” o las construcciones impolutas de "Teeth" y "House of Diamonds". Incluso se marcaron, sin miedo, una “Bright Future” a pelo y desamplificada, poniendo a prueba la acústica de la Neu!, elevada por Phil con generosidad a la categoría de teatro. Una hora larga de bienestar que podía haber durado toda la noche. Naturalmente, Bowerbirds.

www.bowerbirds.org
www.myspace.com/bowerbirds

05 octubre 2009

DISCOS

YO LA TENGO. Popular Songs.

El último viaje del expreso de Hoboken.

Como ya se dijo en su día, está visto y comprobado que Yo La Tengo lo tienen todo. Bueno, mentira: todo excepto límites. Su último (que no definitivo) viaje recorre bastantes kilómetros, pasando por estaciones ya visitadas y con paradas en destinos nada extraños, como Detroit o el lado oscuro de la luna. "Here to Fall" hace sonar la bocina de partida al más puro estilo Pink Floyd, como una gema de rock perfeccionista de los setenta; los más que estimables arreglos de orquesta la convierten en una de las grandes de este disco. Pero el órdago a la progresividad está en el tridente final, en los 9:39, los 11:25 y los 15:54 de "More Stars than There Are in Heaven", "The Fireside" y "And The Glitter Is Gone", respectivamente. Sí, hablamos de minutos y segundos, de concienzudos tours de force, de pruebas de paciencia para el oído medio (el oído añejo ya está acostumbrado a las idas de pinza de Kaplan y compañía). La primera es casi post-rock, pura tristeza contemporánea; la segunda sí que es Pink Floyd 100%; y la tercera es aquel lapidario e interminable intro que inauguró su soberbio show en el pasado Primavera Sound, poniendo la adrenalina a cocción.

Por lo demás, "Popular Songs" (2009) responde a la perfección a su título: una muestra de los sonidos populares made in Yo La Tengo, sin experimentos arriesgados ni bombásticas sorpresas, sin cosas que no hayamos escuchado antes. "Avalon or Someone Very Similar" o "All Your Secrets" se enmarcan en el canon de canción pop de la banda, ese pop que clavan como antaño lo hacían Belle and Sebastian. En "If It´s True" (deliciosos arreglos también) y "Periodically Double or Triple" se cuela su última pasión confesada: el soul, los aires de Detroit y la Motown. Y de soul también está hecha "I´m on My Way", momento de gloria vocal (casi por regla, hay uno en cada álbum) de James McNew. Cancha merecida para un tipo que, al margen de sus andanzas con el matrimonio Kaplan-Hubley, tiene un currículum casero y súper-lo fi la mar de interesante bajo el nombre de Dump.

Y como en todos los largos de Yo La Tengo hay una canción que pasa a la historia de repertorios, misceláneas y canturreos, la elegida aquí sería "Nothing to Hide", píldora de garage que vuelve a traer a cuento Detroit por el sabor sucio de esas guitarras tan Stooges. No es un farol: es el tema perfecto para formar trío con "Tom Courtenay" y "Sugarcube", y la pieza que perdurará cuando el disco pase de moda. Porque "Popular Songs" no estará en el saco de "Painful" (93) o "I Can Hear the Heart Beating As One" (97) sino más bien en el de "And Then Nothing Turned Itself Inside-Out" (2000) o "Summer Sun" (2003): el saco de los discos de Yo La Tengo necesarios pero no imprescindibles.

www.yolatengo.com


02 octubre 2009

AGENDA (Revisada)

GRANDES OFERTAS DE OTOÑO.

Me and my autumn sweater.

El cuerpo me pide agenda. Sí, qué curioso: recién pasada por bisturí y con más puntos que el Madrid en la Champions me debería pedir reposo, pero no, me pide agenda. Porque después de un verano que ha sido el colmo de la racanería y el aburrimiento (salvado in extremis por Leonard y Elvis), la caída de la hoja es la caída de lo exiguo, el fin de la parálisis (que no era permanente), la vuelta a las andadas y los viajes a la "capi". Resurgen los eventos, los nombres interesantes en las paredes, esos festivales de mil y un formatos, y se avecina un otoño-invierno de lo más cálido y agradable. Hay mucho donde elegir; veamos una muestra.

FESTIVALES

FIZ 09: En Zaragoza, días 9 y 10 octubre. Mogwai, Rufus Wainwright, Los Planetas, Russian Red, The Sunday Drivers, Love of Lesbian, Catpeople, Mark Eitzel, Franz Nicolay, Bigott, etc.

MONKEY WEEK: En El Puerto de Santa María (Cádiz), entre el 9 y el 12 octubre. En el apartado musical: Silver Apples, Wire, Los Coronas, Heavy Trash, Josh Rouse, Howe Gelb, Kitty, Daisy & Lewis, entre muchos otros.

I KNOW I´M JUST A SINGER-SONGWRITER (BUT I LIKE IT) FESTIVAL: En Madrid, sala Joy Eslava, 14 y 15 octubre. Nacho Vegas, Mark Eitzel, Franz Nicolay, Josh Rouse, Christina Rosenvinge, Victoria Williams & Simone White.

TWODAY FESTIVAL: En Salamanca y Valladolid, los días 6 y 7 noviembre respectivamente. Camera Obscura, Iván Ferreiro, Christina Rosenvinge, Sidonie, Second, Russian Red, La Bien Querida, Lagartija Nick, etc.

HEINEKEN GREENSPACE: En Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia, del 17 al 20 de noviembre. Micah P. Hinson, The Pains of Being Pure at Heart, Atlas Sound, The Duke & The King.

PRESENTACIÓN TANNED TIN- En Madrid y Barcelona, entre 12 y 15 de noviembre. Damien Jurado, Tiny Vipers, Early Day Miners, Dean & Britta, Spectrum, Dawn Landes, The Third Eye Foundation, etc. Por confirmar salas y precios.

PRIMAVERA CLUB 09: En Madrid y Barcelona, del 9 al 13 de diciembre. A Place to Bury Strangers, Devendra Banhart, The Soundtrack of Our Lives, Retribution Gospel Choir, The Black Heart Procession, Cass McCombs, Port O´Brien, Cymbal Eat Guitars, David Holmes, Marissa Nadler, Jason Molina/Will Johnson, Scout Niblett, Tara Jane O´Neil, Sr. Chinarro, The Pastels, The Ladybug Transistor, etc.

GIRAS

GIRLS + SWANTON BOMBS- 3 octubre. Barcelona. At La.
4 octubre. Madrid. Moby Dick.

WIRE- 7 octubre. Barcelona. La (2).
8 octubre. Madrid. Ramdall Music Live.

JOAN AS POLICE WOMAN- 7 octubre. Sevilla. Sala Malandar.
8 octubre. Madrid. El Sol.

THE MARY ONETTES- 8 octubre. Madrid. Círculo de Bellas Artes.
12 octubre. Vigo. La Fábrica de Chocolate.
13 octubre. Málaga. Centro Cultural Ollerías.
14 octubre. Zaragoza. Centro Cívico.
16 octubre. Barcelona. La (2).
17 octubre. Tarragona. Sala Zero.

KEN STRINGFELLOW- 8 octubre. Zaragoza. La Lata de Bombillas.
9 octubre. Madrid. Siroco.
10 octubre. Barcelona. La (2).

CASTANETS- 8 octubre. Vic (Barcelona). Sala Jazz Cava.
9 octubre. Bilbao. Jimmy Jazz.
10 octubre. Madrid. Nasti.
11 octubre. Don Benito (Badajoz). Rincón Don Pío.

BILLY BRAGG- 14 octubre. Madrid. Galileo Galilei.
15 octubre. Barcelona. Bikini.

JEREMY JAY- 13 octubre. Murcia. Auditorio Victor Villegas.
15 octubre. Madrid. Neu!.

WILLARD GRANT CONSPIRACY- 14 octubre. Barcelona. Sidecar.
16 octubre. Madrid. Moby Dick.

THE MAGNOLIA ELECTRIC CO.+THE HANDSOME FAMILY- 20 octubre. Cádiz. Aulario La Bomba.
21 octubre. Madrid. Heineken.
22 octubre. Alicante. Mint.
23 octubre. Barcelona. Apolo.
25 octubre. Mallorca. Teatro Lloseta.

THE DRONES- 21 octubre. Barcelona. La (2).
22 octubre. Madrid. Moby Dick.

BOWERBIRDS- 22 octubre. Barcelona. Sidecar.
24 octubre. Madrid. Neu!.

YOUNG FRESH FELLOWS- 16 octubre. Bilbao. Kafé Antzokia.
24 octubre. Madrid. El Sol.

ELLIOTT MURPHY- 22 octubre. Bilbao. Kafé Antzokia.
23 octubre. Oviedo. Teatro Filarmónica.
1 noviembre. Murcia. Auditorio Victor Villegas.
6 noviembre. Madrid. Círculo de Bellas Artes.
7 noviembre. Ávila. Sala por confirmar.
14 noviembre. ¡Toledo!. Sala por confirmar.

NICK CAVE- 24 octubre. Barcelona. Casino L´Aliança.

PETER MURPHY- 26 octubre. Madrid. Heineken.
27 octubre. Barcelona. Bikini.

RICHMOND FONTAINE- 27 octubre. Madrid. El Sol.
28 octubre. Valencia. Matisse.
29 octubre. Bilbao. Kafé Antzokia.

KINGS OF CONVENIENCE- 1 noviembre. Madrid. Teatro Circo.
3 noviembre. Vigo. Centro Cultural Caixanova.
7 noviembre. San Sebastián. Teatro Victoria Eugenia.

DEPECHE MODE+SOULSAVERS- 12 noviembre. Valencia. Feria.
16 y 17 noviembre. Madrid. Palacio de los Deportes.
20 y 21 noviembre. Barcelona. Palau Sant Jordi.

MICAH P. HINSON- 17 noviembre. Madrid. Teatro Circo.
18 noviembre. Barcelona. Bikini.
19 noviembre. Bilbao. Santana 27.
4 diciembre. La Coruña. Teatro Colón.
7 diciembre. Santander. Palacio de Festivales.

BASIA BULAT- 18 noviembre. Madrid. El Sol.

ANDREW BIRD- 21 noviembre. Madrid. Joy Eslava.
24 noviembre. Barcelona. Apolo.

Es hora de sacar el calendario y empezar a escoger. En la foto Peter Murphy porque ya es fijo.


20 septiembre 2009

CONCIERTOS


ELVIS PERKINS IN DEARLAND. Madrid. Heineken. 18-9-2009.

Su peso en oro, su peso en pena.

Hagamos un experimento: metamos en la batidora a Buddy Holly, Woody Guthrie, Bob Dylan, Van Morrison, Nick Drake, Tom Waits, Elliott Smith, Jeff Buckley, Paul Simon, Donovan y Cat Stevens, y pongámosla en marcha. La mezcla se llama Elvis Perkins. Un tipo con una tremenda historia a sus espaldas, historia que ya todos sabemos. No hay medio informativo que no lo de a conocer sin basarse en ella. Cambiemos de tema, ¿no?. Hay que reconocer que a Elvis lo envuelve un aura de misterio, que despierta una ternura especial por su circunstancia, una empatía irremediable, ganas de darle un abrazo y decirle “lo siento”. Sus canciones exhiben un apasionante mundo interior, se clavan como puñales, tocan el alma, incitan a la reflexión y sirven de autoayuda. Pero cara a cara, la cosa es bien diferente: nada de cantautor (a él no le mencionen la expresión, la odia) de cabeza gacha, melancólico y derrotista. En persona Elvis es un tipo gracioso y espontáneo, con cara de pillín, con unas ganas locas de pasarlo en grande. La historia de cada cual es para siempre, y está claro que él nunca dejará de ser el chico con la espina en el costado. Pero su discreta, heroica y elegante huida hacia delante es casi tan encomiable como su calidad lírica y musical. Ha nacido un clásico, ha nacido una estrella.

Y no hablen de él como Elvis Perkins a secas, hablen de Elvis Perkins In Dearland. Hagamos un monumento a sus simpáticos colegas (Brigham, Wyndham y Nicholas, bonitos nombres), esos tres soles, esos tres encantos, brillantísima banda maximizadora de recursos (guitarra, Hammond, armonio, trombón, bajo, contrabajo, saxo, batería, bombo de hombre-orquesta, armónica, flautín y pandereta), animadora de festejos y transmisora de energía. Ellos dan a la música de Perkins el influjo que merece, la engrandecen poderosamente, arropando y cuidando a su amigo (uno más entre ellos, por cierto) como si fuera el hermano pequeño. El resultado de su comunión artístico-afectiva no puede ser más rico y variado, navegando por los siete mares de la música popular americana (gospel, blues, folk, country, soul, R&B y rock´n´roll) con una pulcritud exuberante, compartiendo con todos las vivencias de ese palpitante viaje, enseñándolo en pequeñas instantáneas color sepia. Viendo la actitud del conjunto en escena, nadie diría que están hablando de tristeza, muerte, soledad, la Biblia y el juicio final. Pero sí, hablan de ello y de qué manera más brutal. Con vehemencia y sentimiento, expulsando al diablo en cada grito, Elvis canta cosas como “I can´t hold my life in the march on glory”, “what am I if bound to walk in chains ´til I die”, “do you ever wonder where you go when you die?”, “black is the colour of my blood”, “when I go to heaven, I swear you will go with me”, “it´s dark in the night and I´m up here all alone” o “let´s plant a flowering-tree here in the rubble and debris, I´ll tend it with a tear”, y con cada una de esas sentencias hay un pequeño escalofrío. Acto seguido vuelve a renacer la juglaría, llega el alivio y la conclusión a la que todos parecemos querer llegar: qué puta es la vida, pero qué bello es vivir. Así son las cosas y así nos las han contado.

En cuanto al repertorio, poco importa que se olvidaran de “Ash Wednesday” y “123 Goodbye”, pues en su lugar aparecieron, como por arte de magia, la tristísima y magnética “The Night & The Liquor” y una versión acústica de “Moon Woman II” ante la que Elvis se mostraba dudoso por tenerla mucho tiempo olvidada (la bordó). Por supuesto, “Elvis Perkins In Dearland” (2009) fue el gran protagonista: “I Heard Your Voice in Dresden” y “Hey” contagiaron hermandad y diversión, “Chains, Chains, Chains” sonó a brisa de mar, “I´ll Be Arriving” se despojó del disfraz de Tom Waits para enfundarse el de Stevie Wonder, “Shampoo” se consagró definitivamente como nuevo clásico con una ejecución inmaculada, y “Hours Last Stand” y “How´s Forever Been Baby” desataron (en vivo, todavía más) la típica lluvia emocional, incontenida en privado, contenida en público. ¿Y “Doomsday”?. De ella hablaremos después. Por su parte, “While You Were Sleeping” volvió a la apertura como antaño, en aparición solitaria de Perkins y suma gradual del resto. La recreación western de “All the Night Without Love” y la solidez de “May Day” afirmaron a las claras la condición sine qua non del buen músico: destreza en la mutación de las composiciones a la hora de plasmarlas en directo. Y “Emile´s Vietnam in the Sky” se coló por ahí aportando un toque de intimidad; el sutil recital en francés trajo a la mente el “The Partisan” de Cohen una semana antes. También se mostraron ilusionados con la aparición de su nuevo “Doomsday EP” (en octubre), compendio ejemplificador de su devoción por raíces y antepasados. “Stay Zombie Stay”, “Weeping Mary” (canción de folclore, según Nick Kinsey en aceptable castellano), “Stop Drop Rock´n´Roll” y la sobrecogedora “Gypsy Davy” (nada que ver con la del clan Guthrie) son como el reflejo que devuelve el espejo de la tradición americana. Y es que América no solo da miedo y disgustos. A veces da alegrías muy grandes en forma de buena música. Y Elvis Perkins In Dearland son la última de esas alegrías, un faro al que seguir, una fuente de esperanza, un soplo de aire fresco para nuestros corazones, y la confirmación de que nuestra generación (la de los natos en los setenta, la de los treintañeros) tiene la pluma y la tinta para escribir un espléndido futuro. Con motivo de su anterior visita a Madrid y en una entrevista, el hijo de ya sabemos quienes decía lo siguiente: “Creo firmemente en el poder sanador e inspirador que una buena canción puede transmitirle a una buena persona”. Y yo, Elvis, y yo.

Momento “Doomsday”: Convertida a conciencia en jácara libérrima, el culmen de sus conciertos siempre acaba siendo esta canción. Con ella brindan apoteósicos números allá por donde vayan (en youtube.com hay un muestrario interesante). En Madrid no fue menos. Brigham y Wyndham dieron el toque de salida con saxo y trombón en medio del público, mientras el juguetón de Elvis les fastidiaba el solo con una lata de cerveza, abierta a micro abierto y a traición. Después la fiesta se concentra en escena, todos se desmelenan (Elvis se quita por fin el sombrero), se establecen conexiones y casi todo el mundo sale loco. Por supuesto, en vivo y bien cerca fue mucho mejor que cualquier video o leyenda. Fin del show y rendición absoluta a sus pies.

Apertura exquisita: La risueña Dawn Landes resultó ser un lujo de telonera para la ocasión, una grata sorpresa. Entre Joni Mitchell y PJ Harvey, con vientos de country colándose por cada hueco, vino a presentar su nuevo “Sweeetheart Rodeo”. La referencia al mítico álbum de The Byrds no es casual ni gratuita. Y sus dos compañeros en escena (batería-armónica, guitarra-bajo) deslumbraron. Hay que seguirle la pista.


www.elvisperkinsindearland.com

www.myspace.com/elvisperkinsindearland

www.myspace.com/dawnlandes

13 septiembre 2009

CONCIERTOS

LEONARD COHEN. Madrid. Palacio de los Deportes. 12-9-2009.

Tributo al ganador.

De las muchas bondades que posee el arte, la mejor de todas es la eternidad. Y como forma de arte, la música, que también es literatura (escoger y ordenar palabras), que también es pintura y escultura (modelar y combinar los innumerables colores del sonido), tiene un poder de supervivencia privilegiado. La demostración tiene nombre y apellido: Leonard Cohen. En su extensa gira veraniega por nuestro país, desembocando en una Madrid que ya no sabe si volverá a pisar alguna vez (75 años, nada menos), el hombre de todas las damas ha conseguido dos cosas: la primera, la más frívola, es volver a llenar su maltrecha cuenta para vivir con dignidad los últimos años de su vida; la segunda, la más profunda, ha sido la de hacer florecer los recuerdos de aquellos que perdieron el tren de la juventud. Y no solo eso: en el Palacio de los Deportes también había jóvenes, muchos jóvenes, capturados por el mensaje cautivador de la poesía hecha melodía, las enseñanzas de un eremita, de un vividor largamente vivido, de un entrañable abuelo dispuesto a contarnos sus batallas con inusitada pausa y distinción. Y es que ya lo reconocía el joven músico en ciernes, espeluznado tras el fin de la primera parte: “Observando estas cosas me doy cuenta de que toco mal y canto peor”. ¿Qué se le va a hacer?. La batalla contra la experiencia está perdida de antemano. Artistas como Cohen ponen en evidencia que existe un abismo entre dioses y monstruos. Y a un grande como él solo pueden acompañarle los mejores: los más preparados, los más diestros y los más elegantes. Mucha calidad y mucho conservatorio. Ah, y también muchas cuerdas: se vieron bajos de cinco y guitarras de doce.

Como era de esperar, la noche fue un repaso a toda una carrera llena de cumbres de categoría reina. La primera parte, impacto de tiempos modernos, tuvo un destacado sabor a soul. “The Future” (con pirueta de las hermanas Webb incluida), “Ain´t No Cure for Love” y “Everybody Knows” brillaron en plenitud. Pero la sensación más fuerte se vivió con “Who by Fire” y ese mágico intro de guitarra clásica del catalán Javier Mas. Tras un descanso demasiado largo, el segundo plato trajo por vianda un soplo de folk y los más ansiados clásicos. “Tower of Song” permitió al maestro juguetear con su órgano Cassio; “Suzanne” desgarró los corazones y “Sisters of Mercy” fue la puntilla para verter la lágrima en el filo; la rotunda “The Partisan” despertó las más airosas aclamaciones y “Hallellujah” sonó como lo que es, ese himno milenario, de todos los tiempos. “I´m Your Man” animó al respetable a un acompañamiento deseado de cánticos y palmas, y “Take This Walz” no empezó hasta no haber escuchado las tres palabras obvias: Federico García Lorca. Y así culminó la segunda mitad.

Y los bises fueron una extensa parte más, y “So Long, Marianne” y “First We Take Manhattan”, vívidas y animosas, con todo el recato y respeto perdidos en la macrosala, anunciaban un broche de oro para un concierto soberbio. Pero no: el baile de la vida no se ha acabado aún para Leonard, y había que danzar hasta el final. Así que añadamos “Famous Blue Raincoat”, “If I Bet Your Will” (interpretada por las exquisitas Webb Sisters y precedida de emocionante recitado), “Chelsea Hotel Nº 2”, “Closing Time” y alguna más (perdí la cuenta), y tendremos tres horas de concierto, lo comido por lo servido, lo pagado por lo comprado. El viejo, con su rotunda voz impoluta, se propuso devolvernos el precio de la entrada y lo hizo. Aunque ya poco o nada nos acordamos del dinero. Nos acordamos de que los designios del destino son indescifrables, y el destino de este hombre sabio y encantador como pocos probablemente era éste: volver, renacer, revivir, enseñar, agradecer y marcharse como un triunfador.

www.leonardcohen.com


11 septiembre 2009

DISCOS

BOWERBIRDS. Upper Air.

Un regalo para los oídos.

Hace poco escuchaba una interesante teoría de boca de David Bowie: en pleno siglo XXI, cuando ya no sepamos qué hacer con tanta tecnología, acabaremos volviendo hacia atrás, golpeando grandes pedazos de madera. Esto surgió en una entrevista, hace ya algunos años. Y es bien real lo que plantea: ¿qué ser humano es capaz de soportar tan tremebunda oleada de información?, ¿qué persona de carne y hueso quedará indemne al bombardeo de las luces, los iconos y las teclas?. El mundo se está convirtiendo en ceros y unos, y nosotros en meros procesadores de datos. La deshumanización de la raza es un hecho tan tangible que asusta, así que quizá haya llegado el momento de volver a la madera. Quizá inconscientemente ya está en marcha ese proceso; volvemos al pasado, a la pureza. El proceso pasa por apreciar las cosas más sencillas de la vida, las que tenemos frente a nuestras narices día a día, las que se nos dan gratis, sin pedir cuentas. En la música nos preguntamos por qué ese resurgimiento de lo antiguo, por qué hasta los noveles se despojan de arquitecturas rimbombantes para lanzarse al espacio de lo natural. La madera, señores, la madera. El proceso está en curso, y por eso Bowerbirds hacen tanto bien al oído: porque en sus canciones no hay códigos ni claves, cyborgs ni redes, solo sol y aire. Sí, estoy en plena regresión: bendita panda de nuevos folkies, benditos Alela Diane, Elvis Perkins o Fleet Foxes, y benditos estos maravillosos Bowerbirds.

“Upper Air” (2009) es el segundo trabajo de un trío nacido entre la flora y la fauna, tras el bonito aunque a ratos adormecedor “Hymns for a Dark Horse” (2007). Un disco para beberlo a sorbitos, para degustar con fruición, paladeando cada nota y frase como si fuera el único alimento del día. La reconfortante voz de Phil Moore y su guitarra acústica son la médula espinal de todas las canciones. Algunas muestran su desnudez sin pudor (“Silver Cloud”, “Bright Future”), otras se visten con cuidadosos adornos de piano (“House of Diamonds”, “Crooked Lust”) o acordeón (“Teeth”, “Beneath Your Tree”, “Chimes”), pero todas tienen la misma fuerza bruta: el poder de rellenar el vacío, y por qué no, de hacer llorar a moco tendido. Y luego están las letras, preciosos alegatos librepensadores y naturistas. Lo único que se echa de menos es más protagonismo para Beth Tacular: ¿por qué no algún otro dúo aparte del bordado en “Beneth Your Tree”?. Seamos justos: “Upper Air” lo tiene todo sin tener gran cosa y la frugalidad se agradece. La escultural “Ghost Life”, con su estribillo ahorrativo en palabras, proclama la combinación de modestia y grandeza más valiosa del año. Frente a las vacas flacas, medidas de austeridad. Pero de verdad.

www.bowerbirds.org

www.myspace.com/bowerbirds


01 septiembre 2009

REPORTAJES


WOODSTOCK 69: 40 AÑOS DESPUÉS.

El presente se inventó en los sesenta.

Como todos los bien informados aficionados musicales ya deben saber, este mes de agosto se cumplieron cuarenta años de la celebración del mítico Woodstock 69, el festival de rock por antonomasia. Un festival que, visto en la lejanía del tiempo, siempre tendrá ese duende, esa parte de romanticismo anti-sistema, de simbolismo pacifista. Una llamada a la que respondieron medio millón de personas: la llamada de la música. ¿Solo de la música?. No estuvimos allí (ni nacidos ni en proyecto), pero cuánto bien ha hecho el documental “Woodstock: 3 Días de Paz y Música” a las generaciones postreras, a los melómanos adictos, a los fanáticos del vinilo y demás gentecilla rara que va por ahí platicando sobre Jimi Hendrix o Jefferson Airplane en pleno siglo XXI, enfrentándose a caras de asombro e ignorancia, las de esos modernos a la última, tan fetichistas de los sellos y las marcas, tan apegados a sus FIBs, Sonoramas y Contempopráneas, que en su puñetera vida han oído hablar de este festival, de Newport, de Monterey, de los pioneros, de los sesenta ni de nada que se le parezca. En fin, al César lo que es del César: Woodstock tuvo su importancia histórica en muchos aspectos. La tuvo en el aspecto social: “¿de dónde puñetas ha salido toda esta marabunta de locos greñudos indecentes?” se preguntaban América y el mundo. Y también tuvo su importancia en el devenir del rock en directo y en las congregaciones masivas de artistas y público. Aunque hay quien reivindica (con gran acierto) que el auténtico caldo de cultivo se remonta al Festival de Monterey del 67, aquel evento en el que Hendrix y The Who se jugaron a cara o cruz el orden de sus actuaciones, compitiendo duramente por el premio al mayor y más virulento destrozo sobre el escenario. Así pues, una que es asidua a los festivales desde hace años, que vive en la música (que no “de la música”), que sigue fiel a unos principios vitales básicos cada vez más masacrados y demodé (a mucha honra), se enternece y regodea ante la visión de lo que sucedió en aquella campiña lindante a Nueva York en agosto de 1969. Sí, la parte romántica habla de tres días de paz y música, de miles de personas sonrientes y unidas por unos ideales, hastiadas del caos belicista y segregacionista norteamericano. Pero la parte romántica es la parte que nos venden. Woodstock también tuvo su lado oscuro: masificación, caos, insalubridad, desabastecimiento, delincuencia, colapso, incomunicación, la caprichosa meteorología. Aunque lo que más llama a la reflexión es que Woodstock se quedara simplemente en algo simbólico, una bella demostración de libertad, un rugido de protesta no violenta: el planeta siguió girando al ritmo impuesto por el dólar, instituciones de dudosa fiabilidad, caciques y podertenientes. Y así hasta nuestros días. De hecho, Woodstock quiso salirse del sistema pero ha sido adoptado como parte del mismo; el documental de marras obtuvo un año después el reconocimiento del tío Óscar, convirtiéndose en un chorro de lucro a presión. Y la ocasión del cuarenta aniversario ha sido la excusa perfecta para cargar la turbina de la maquinaria mercantil con nuevas publicaciones y homenajes.

Pero merece la pena hablar del trabajo de Michael Wadleigh, puntualmente rescatado en estos días de canícula infinita. En una sucesión de preciosas imágenes y con un montaje original y exquisito, la película expone lo sucedido en aquellos tres días con objetividad, ofreciendo una perspectiva de gran angular, aunque incompleta, del acontecimiento. La indiscutible preferencia de la música se complementa con un amplísimo muestrario de planos y opiniones que retratan e inmortalizan el perfil de los otros protagonistas: los miles y miles de jóvenes congregados en la granja de Bethel, de todos los colores y razas, de todas las edades, bajo los efectos de todo tipo de sustancias, en convivencia armónica, inmutables a las penosas condiciones de vivir como animales para la ocasión, atrapados por el embrujo de la naturaleza y la música. En la faceta musical el documento es parcialmente cuestionable; sorprende la presencia de los Sha-Na-Na frente a la ausencia de The Band, Grateful Dead, Creedence Clearwater Revival, Ravi Shankar, Paul Butterfield Blues Band, The Incredible String Band o del set eléctrico de Crosby, Stills, Nash & Young. Pecados injustificados y bailes cronológicos aparte, el metraje (tres horas y media, pónganse cómodos) está lleno de momentos memorables: desde el protagonizado por Richie Havens con su espeluznante “Freedom” hasta la ruidosa apología americana de Jimi Hendrix, pasando por la generosidad de Pete Townsend regalando su guitarra, la virtuosísima exhibición de Santana, los karaokes incitados por Country Joe McDonald o Sly Stone, la plañidera fiereza de Janis Joplin o el mágico despertar matutino con los Jefferson Airplane.

Observando esta cinta uno se sorprende de que hayan pasado cuarenta años, pues hay imágenes no muy diferentes a las vistas en otros festivales de ahora: técnicos pululando por el escenario, cuerpos rotos sobre la hierba, mochilas enormes a las espaldas, arco iris de tiendas de campaña, colas para casi todo, hasta la versión sesentera de los famosos Poly-Klyn. Básicamente, el concepto de festival sigue siendo el mismo: muchos artistas para mucha gente. Sin embargo, los tiempos han cambiado. ¿Por qué fueron los jóvenes a Woodstock?. ¿Solo por la música?. Sí, muchos fueron por la música, otros por hallar un espacio de desinhibición, otros por encontrarse encontrando la respuesta a su incomodidad existencial. Todo son teorías, pues no hay estadísticas que iluminen las motivaciones de aquellas gentes, aunque haya miles de definiciones sobre la idiosincrasia del movimiento hippie. Woodstock fue un momento histórico porque sucedió en un momento histórico, transgrediendo las leyes de la normalidad. ¿Por qué vamos ahora a los festivales?. Pregunta difícil de abordar. En la era del materialismo ya no hay búsqueda que valga, nada por lo que protestar. Las concentraciones humanas en pos de la música ya no tienen significado espiritual alguno, salvo para esas pequeñas minorías de raros que todavía pueden sentir el lejano eco de Woodstock, que todavía confían en la música como medio de realización, expresión y curación. Aquel espíritu de los sesenta se disolvió como un azucarillo en un vaso de agua, pero todos somos deudores de su herencia. Dejemos de mirarnos el ombligo, levantemos la cabeza y aprendámonos la historia.

http://es.wikipedia.org/wiki/Festival_de_Woodstock


10 agosto 2009

RETROSPECTIVAS

SILVER APPLES. Contact.

Joyas de los sesenta (4ª parte).

Tras un breve paréntesis, vuelve la serie de homenaje a los años 60, que no había culminado con Crosby, Stills & Nash ni mucho menos. Y en este caso cabe hablar de uno de los nombres más singulares de la década, surgido a finales de la misma, pioneros de lo que se viene a entender como los nuevos sonidos electrónicos al servicio del rock. Silver Apples cortaron la cinta inaugural de muchas de las cosas que sucederían a continuación: el estallido del rock progresivo (King Crimson, Soft Machine, Yes, Van der Graaf Generator), el imperio de las máquinas (Kraftwerk, Cabaret Voltaire) y el krautrock (Can, Neu!, Faust, Cluster). Influjo que no se ha detenido nunca, alcanzando con su onda expansiva a artistas de la actualidad como Portishead, Tortoise, Tarwater, Stereolab o Spectrum, entre otros muchos ejemplos. Simeon y Danny Taylor parieron un curioso engendro de sonidos espaciales, basado en el caos organizado, a través de dos herramientas: la percusión metronómica y los ruidos exprimidos en ese extraño aparato oscilador creado por el propio Simeon en un alarde de ingeniería gamberra. Sorprendentemente de todo ello brotaron canciones. No tanto en su debú, “Silver Apples” (68), que fue un ensayo bruto de lo que podría dar de sí el invento, como en este espectacular “Contact” (69), en el que ya se saborean melodías. Además, el dúo incorporó el banjo como tercer elemento, dotando a “Ruby” y “Confusion” de genuinos aires blue grass.

Encuadrar este disco en una corriente o estilo determinado es como sembrar en barbecho. El oído sucumbe a multitud de experiencias, atrapando símiles sobre ideas que se expanden en todas direcciones: rock psicodélico, electrónica, bebop y topetazos funky, así como un misterioso y diabólico sabor a blues, alimentado por una voz de negrura manifiesta. En él el movimiento queda atrapado, introducido en una probeta para experimentos y arrojado en pequeñas dosis invertebradas, que abocan al trance inactivo (“Water”, “Gypsy Love”) o al baile (“A Pox on You”) y que en determinados casos promueven el ejercicio reflexivo (“You and I”, “I Have Known Love”). Porque no solo de industria vive el hombre: algunas de las letras contienen profundos mensajes sobre la existencia y el amor fallido. Un espacio común para la ciencia y el sentimiento, para el frío y el calor, para marcianos y terrícolas.

www.silverapples.com

09 agosto 2009

DISCOS

ELVIS PERKINS. Elvis Perkins in Dearland.

De música, películas y la muerte.

Atrás quedan aquellos tiempos en los que a menudo hablábamos de música, de películas y de la muerte. Tres asuntos que embadurnan la historia de Perkins hijo, bautizado como el rey del rock más por accidente que como homenaje. Pero el que quiera conocer los cuchicheos de la vida personal de este tipo, con pinta entre erudito decimonónico y hippy ibicenco, más calcado a Lennon que a su propio padre, está en el sitio equivocado. Que busque en otra parte, que alimente su sed de tragedia en otros foros. Porque lo que hay dentro y alrededor de este nuevo Elvis nada tiene que ver con el pasado; es más bien un presente rutilante y asombroso, el nacimiento de una nueva voz que habla en clave sobre la vida, escondida en un bosque artístico tan tupido que abruma: el nuevo folk-rock norteamericano. “Ash Wednesday” (2007) fue un estreno que, sin pasar a los anales, revelaba las exquisitas maneras de un músico plúmbeo y poético, enraizado en la tierra de los ancestros. Comparativas con Van Morrison y Bob Dylan empezaron a oírse por doquier. Pero es este “Elvis Perkins in Dearland” (2009) el disco de la fortuna, el de la fruta madura. Tan arrebatadoramente puro y a la vez tan lleno de aristas que cuesta digerirlo a la primera. Como las novelas de Nabokov o de Philip Roth, hace falta sumergirse en él con tiempo y paciencia. Elvis se ha soltado la melena; a golpe de contrabajo, pandereta y bombo, sus canciones atrapan la esencia del festín agridulce de la vida, de las preguntas sin respuesta y de las oportunidades perdidas, exhibiendo nuevamente ausencia de recato en el minutaje ("I Send My Fond Regards to Lonelyville"), licencia necesaria para su lluvia torrencial de versos. Y a la rebelión de los instintos, abandono de la vergüenza y transfiguración mesiánica, se une una nueva forma de cantar, más ambigua y desgreñada, nacida de impulsos viscerales. “Shampoo”, “I Heard Your Voice in Dresden”, “Chains, Chains, Chains” o “123 Goodbye” son pura apología de la tradición, el cogito ergo sum de un artista potencial. La leyenda cuenta que en directo el potencial se multiplica hasta la visión de fanfarria callejera o combo cimarrón. Oportunidad habrá de comprobarlo en septiembre.

www.elvisperkinsindearland.com

02 agosto 2009

DISCOS

WILCO. Wilco (The Album).

Continuidad, comodidad.

Tengo el síndrome de la contraria, lo reconozco. Con “Sky Blue Sky” (2007) coincidía en la apreciación general: traspiés perdonable de una banda consagrada, si bien con ciertos pasajes dignos de mención. Pero la crítica mundial se empeña en definir casi unánimemente el nuevo trabajo de Wilco como uno de los mejores de su carrera: desacuerdo total. Es verdad que la sensación cambia con cada nueva escucha. Cuando sabes que puede ser magnífico se queda en flojo. Cuando ya sabes que es flojo, se torna pasable. Cuando sabes que es pasable, acaba sonando incluso correcto. Wilco son Wilco, y su solvencia como banda eminentemente de directo no admite debate a estas alturas. Y posiblemente bautizar el disco y una de sus canciones de forma homónima no signifique nada, pero existe el riesgo de asimilación a relajación, déficit de ideas o una afirmación chulesca de “somos Wilco, somos grandes, no necesitamos calentarnos los cascos porque os tenemos en el bote”. A veces la exactitud milimétrica en el mundo del rock es sinónimo de aburrimiento.

Dentro del contexto de su carrera, “Wilco (The Album)” (2009) no se desmanda, sino que aporta la continuación del anterior. No escatiman en baladas y medios tiempos, tolerables en el caso de “Deeper Down”, “Solitaire” y “Everlasting Everything”, vacuos y obvios en el de “You and I” (pese a la aportación de Leslie Feist) y “Country Disappeared”. El resto del álbum está cortado con un patrón manido hasta el extremo, apuntando no a la tradición sino al desgaste. “Wilco (The Song)”, “I´ll Fight” y “Sonny Feeling”, aunque bien construidas e impecablemente ejecutadas, atufan a déjà vu. Claro que, como ocurría en “Sky Blue Sky”, también hay trozos altamente aprovechables: “One Wing” no expone novedad alguna pero agrada, “You Never Know” reivindica el lado extrovertido del grupo y “Bull Black Nova” queda a años luz de todas las demás, en una apocalipsis creciente que hace recordar aquella esplendorosa “Spiders”, símbolo de mejores tiempos. Tiempos gloriosos que no quedan lejos en la teoría, pero sí en la práctica.

www.wilcoworld.net

12 julio 2009

RETROSPECTIVAS

MAGAZINE. Real Life.

THE PSYCHEDELIC FURS. The Psychedelic Furs.

Extraños en el FIB.

Quedan escasos días para una nueva edición del FIB, ese festival otrora majestuoso, convertido con los años en territorio comanche fanático-mediático. Ahora las bandas potencialmente interesantes y con crédito artístico son convidados de piedra frente a cabezas de cartel cuestionables, condenadas al ostracismo de escenarios y horarios menores. La edición 2009 no está exenta de cosas apetecibles, pero una vez más el interés sucumbe a la pereza. Magazine y The Psychedelic Furs son dos ejemplos de “extraños en el FIB”. En el pasado hubieran sido reclamos innegables. Ahora pertenecen al grupo de nombres escritos en tipografía pequeña. Y menos mal que alguien ha tenido a bien programar a los segundos en el Verde, convirtiéndolos junto a Paul Weller en lo más decente que pisará el mastodóntico escenario. La actualidad lleva a desempolvar el debú de ambas bandas. Diferentes pero unidas por una época, nacidas ambas al rebufo del punk y reaparecidas en el presente bajo la sospecha que acecha a toda reunión ocasional sin nuevos materiales: la sospecha del oportunismo. Sin embargo, oportunistas o no, está claro que podrían darle una buena patada en el culo a Oasis, Franz Ferdinand y The Killers.

Howard Devoto venía de los Buzzcocks, luego Magazine venían sin duda del punk. Algo de poso quedaba en sus venas, pero “Real Life” (78) tenía otros planteamientos, más abyectos y sosegados. Su ópera prima refleja a la perfección los comienzos de la evolución británica hacia elementos electrónicos (viva el sintetizador), impregnada de un sutil matiz glam de parentesco con David Bowie o Bryan Ferry. “Burst” es ejemplificadora, tan deudora de Bowie que confundiría fuera de contexto. La burbujeante magia sintetizada se pone de manifiesto en temas como “Definitive Gaze” o “My Tulpa” y el poso añejo protopunk en “Recoil”. Disco éste que ofreció dos singles de impresión: “Shot by Both Sides” y “The Light Pours Out of Me”, canciones sempiternas llamadas a ser dos clásicos indiscutibles de la recién inaugurada new wave. Aunque los términos post-punk y new wave en el caso de Magazine se quedan ciertamente cortos: “The Great Beautician in the Sky” y “Parade” apuntaban a una paleta de estilos e influencias mucho más amplia, desde herencias vodevilescas a primeros pasitos del nuevo romanticismo. Pese a su corta vida y discreta relevancia (banda de culto en el más claro sentido de la expresión), firmaron un magnífico primer disco, tratando de tú a tú a coetáneos en boga (The Clash) y allanando el camino a inminentes con ideas similares (Bauhaus).

Por su parte y con la new wave ya calentita, “The Psychedelic Furs” (80) ponía en el mapa de la nueva savia británica a la banda de los hermanos Butler, en un estreno exuberante y absolutamente digno. Faltaba el perfeccionamiento, la imposición de manos, pero sus primeras canciones dejaban ya trazos de su exquisitez en una nueva canalización del rock hacia lo sofisticado, con las impagables notas de saxofón salpicando los nudos de guitarras. Trallazos como “Fall”, “We Love You” y “Pulse” eran el botón de muestra del nuevo viraje adoptado por el punk-rock, que lejos de perder su esencia seminal se pintaba la cara de otra manera. Con canciones de bandera como “Sister Europe” y “Wedding Song”, The Psychedelic Furs empezaban su postulación a banda de credenciales únicas (la hierática y rasgada voz de Richard Butler es una de ellas), personalísima e imprescindible. Casi treinta años después siguen sonando igual de frescos y actuales, para nada pasados de moda.

Magazine tocarán el viernes 17, a las 21:30 en el escenario Fiberfib.com. The Psychedelic Furs lo harán el domingo 19, a las 23:00 en el escenario Verde. El que se los pierda, allá él.

www.myspace.com/magazineofficial


07 julio 2009

REPORTAJES

DANIEL JOHNSTON: ARTE Y DEMONIOS.

La vida más triste jamás contada.

Fin de semana aburrido. No hay nada que hacer. Salvo echar mano del histórico de música-video y vegetar encima del sofá. A veces solo es un pasatiempo más; a veces el documento elegido te parten en dos. La oportunidad trae de nuevo al presente a Daniel Johnston, a través del documental que en 2005 retrató su zozobrante existencia, su impronosticada influencia y la pulsión de una lucha colectiva en pos de su integridad artística y mental: “The Devil and Daniel Johnston”. No es un largometraje musical sin más; es un drama en imágenes, algunas reales y otras muchas recreadas, el drama de un hombre condenado a la enfermedad. Pero también es el retrato de un artista genial y compulsivo, y en definitiva, una romántica visión sobre el desequilibrio y la creatividad, el sufrimiento y el autocastigo.

La película, dirigida por Jeff Feuerzeig, aborda la vida de Johnston desde el principio, desde la génesis misma de sus diferencias con el mundo políticamente correcto y superfluo que lo rodeaba. Usando como material narrativo sus canciones, las declaraciones de sus allegados y el contenido de sus centenares de cassettes grabadas, cuenta su aislamiento tempranero en el sótano de su casa y cómo las cintas, los cómics y una Super 8 llegaron a ser sus únicos y mejores amigos. Narra sus ansias creativas imparables desde la adolescencia, y sus diferencias con un entorno familiar que, en última instancia, ha sido su auténtico salvavidas. Describe el comienzo del deterioro, sus constantes entradas y salidas de hospitales psiquiátricos, y el voluntarioso aguante de muchos (sus entrañables progenitores, Kathy McCarthy, Steve Shelley, Jad Fair o su manager repudiado Jeff Tartakov) para cuidarlo y reconducirlo. Porque Daniel Johnston ha sido el ejemplo del artista que, tras crearse a sí mismo con delirante tozudez e imaginación, se ve abocado a una autodestrucción clínica e insostenible. Y ahí es donde empieza el trabajo de los demás, de sus amigos, su manager, su familia, de sus fans y de las legiones de músicos que han embellecido su obra a base de tomarla prestada y exponerla con tacto y con cariño.

El éxito de Daniel Johnston es el enésimo misterio del éxito. Anti-académico, lo-fi, bizarro y extremo, su conexión con la audiencia procedía de dentro, del pozo del corazón humano. Su forma primitiva de tocar y su grotesca forma de cantar eran el salvoconducto de unos textos tan geniales y profundos como los de los mejores poetas musicales del siglo XX, llámense Cohen o Dylan. Un artista que, en su bipolaridad lamentable e irreversible, ha expulsado toda la verdad que lleva dentro, dando luz a una leyenda que hace que escuchar una de sus canciones no sea un ejercicio común, sino una experiencia trágica y dolorosa. A partir de ahora “Story of an Artist”, “Casper The Friendly Ghost”, “Funeral Home”, “Running Water”, “Speeding Motorcycle” o “True Love Will Find You in the End” ya no provocarán exasperación o risas, sino reflexión y lágrimas.

www.hihowareyou.com

05 julio 2009

DISCOS

GRIZZLY BEAR. Veckatimest.

Pisando fuerte.

No diga extraño, diga Grizzly Bear. “Yellow House” (2006) fue una conmoción conceptual, un deleite para los sentidos. “Veckatimest” (2009) confirma su nudo de posibilidades, si bien no es como aquel, tan preñado de misticismo y ruiditos raros. Digamos que éste es el álbum de una banda adulta, que ha dejado de juguetear y se plantea hacer de su vida una vida de provecho. Más doctoral, más liviano, aunque lleno también de sugerentes curvas para recorrer en cada escucha. Sobre su imaginativo charco de ideas planea la sombra de The Incredible String Band, Brian Eno y Tears for Fears. En “Dory” y “Hold Still” asoman los movimientos campestres erráticos de Heron y Williamson, mientras “Two Weeks” y “Cheerleader” parecen recreaciones de Orzabal y Smith, y de paso muestran un lado más radioformulista y cómodo. Pero Grizzly Bear se han colgado el cartel de empollones del nuevo folk por méritos propios, y nuevamente se entregan al suspense y al paisajismo, sumergiéndose en la complejidad y la inquietud estructural, elaborando enormes piezas globalizadoras de una sutileza gigantesca y un talento innato. “Southern Point”, “Fine for Now”, “Ready, Able” o “I Live With You” responden a ese concepto de anti-canción, de composición fácil de seguir pero imposible de aprender, con diversas fases serpenteantes que las hacen realmente grandiosas. Aunque si quieren ceñirse a un parámetro fijo tampoco les sale mal, como ocurre en las selectas y concisas “About Face” y “Foreground”. Sin duda alguna, el oso sigue pisando fuerte.

www.grizzly-bear.net

04 julio 2009

DISCOS

SONIC YOUTH. The Eternal.

Electricidad en vena.

Intocables e inagotables. Cada nuevo disco que sacan es otra vomitona de elogios y la enésima comprobación de la teoría. “The Eternal” (2009) no es menos. Otro trabajo megalítico, hecho desde las entrañas y (al menos es lo que parece) casi sin esfuerzo. ¿Hay algún mal disco de Sonic Youth?. Hagamos memoria, hmmmm: no. Puede haberlos más o menos densos, más o menos duros, pero malo, lo que se dice malo… Ésa es una palabra que borraron hace años del diccionario. Y sin necesidad de hacer nada extravagante o novedoso vuelven a ponerse la corona. Y a dejar en ridículo a los demás. Asombroso derroche de abundancia. Muchas voces se empeñan en decir que ahora son más accesibles, más directos, más pop. Mentira, todo mentira. Declarar a Sonic Youth de interés general es un sacrilegio. Ellos siempre han sido el reverso de la moneda del rock, y ya es tarde para dar la vuelta a la tortilla. Sí es verdad que este álbum, como los anteriores “Sonic Nurse” (2004) y “Rather Ripped” (2006), ahorra retorcimientos innecesarios, pero las orgías de ruido y los riffs fugitivos siguen siendo la base de una estructura indemne y sin fisuras. ¿Y esa presunta nueva afición a las melodías?. Carajo, siempre las hubo. ¿O es que teníais los oídos llenos de cerumen?.

“The Eternal” son 54 intensos minutos de electricidad intravenosa y los comienzos vaporosos de “Malibu Gas Station” y “Massage the History” son solo espejismos de una calma chicha inexistente. Aquí hay bofetadas y fuego a discreción, bolas de energía lanzadas cuesta abajo, arpegios suicidas y en general, un banquete guitarril tela de goloso, con el protagonismo vocal compartido y rotatorio, como de costumbre. Kim 7, Thurston 6, Lee 2. La proporción se mantiene. Para no variar Lee se queda la mejor, la setentera “Walkin Blue”, que se pone a la cabeza en el ranking de canción del año junto a “Black Hearted Love” de Harvey & Parish. La perfección supera a la perfección, luego la perfección en su caso no existe. “Antenna”, “Poison Arrow”, “Malibu Gas Station”, “No Way” y “Massage the History” también alcanzan niveles estratosféricos, construidas sin artificios, echando mano de archivo en una superposición de viejos efectos y sonidos natos. Así, “The Eternal” es el presente de los neoyorquinos, pero encaja en su pasado como el pie en un zapato de su talla. ¿Y el futuro?. Uff, aventurar su futuro produce mareos.

www.sonicyouth.com

11 junio 2009

REPORTAJES

YO LA TENGO LO TIENEN TODO.

Homenaje a la banda definitiva del rock.

Señoras y señores, con ustedes YO LA TENGO. Sí, maldita sea, ya era hora de colgarles un homenaje al margen de actualidades pseudo periodísticas, de pasearlos a hombros. Su enésima exhibición en Barcelona ha sido el detonante para saldar esta deuda histórica, un post con fuegos artificiales en este blog. Digámoslo bien alto: Yo la Tengo son los emisarios del rock´n´roll universal y la banda definitiva del rock americano. Lo tienen todo: originalidad, incorruptibilidad, amplitud de horizontes y una vastísima cultura musical. Virtuosismo e improvisación, alma y sentido del humor, nobles compromisos y una profesionalidad que se confunde con el puro hobbie. Así, Yo la Tengo son únicos pero podrían ser cualquier cosa: Creedence Clearwater Revival, The Byrds, la Magic Band de Captain Beefheart, MC5, The Velvet Underground, los Ramones, The Miles Davis Trio o la orquesta de las fiestas del barrio San Antón. Tiene guasa decir todo esto cuando están a punto de cumplir 25 añitos de nada. Sí, bodas de plata artísticas de las que hemos vivido en presente simple algo más de la mitad, el resto en pretérito imperfecto. Yo la Tengo son la actualidad (en forma, omnipresentes, en estado de gracia perpetuo) pero a la vez la historia. Esa historia que han ido sembrando disco a disco desde su primera referencia en 1986 con “Ride the Tiger”, creando y recreando, rebuscando en los gigantescos baúles de la música de todos los tiempos y sacando a la luz las mejores reliquias, desempolvadas y lustradas. Porque ellos son a la vez prestamistas y prestatarios: un nexo de unión entre el ayer y el hoy, y un anzuelo implacable para pescar con éxito en las aguas del futuro.

Los Yo la Tengo prestatarios irrumpían desde muy temprano, en discos como el seminal “Ride the Tiger” (86), “Fakebook” (90) o “Genius+Love=Yo la Tengo” (96), plagados de brillantes versiones que eran como catálogos de “lo que hay que escuchar porque sí” o “los mejores clásicos del rock”. Quien no haya abrazado en su vida gracias de ellos a Wire (“Too Late”), Daniel Johnston (“Speeding Motorcycle”), Love (“A House Is Not a Motel”), The Kinks (“Oklahoma, U.S.A.”), The Flamin´ Groovies (“You Tore Me Down”), John Cale y Lou Reed (“Andalucia”, “I´m Set Free”), Cat Stevens (“Here Comes My Baby”), Jackson Browne (“Somebody´s Baby”), The Beach Boys (“Little Honda”) o Sun Ra (“Nuclear War”), que tire la primera piedra. Ese buen gusto por las covers se mantiene como un rito, saliendo a puñados de las altruistas maratones para la emisora americana WFMU y empaquetadas en tesoros ocultos como “Yo la Tengo Is Murdering the Classics” (2006). Los Yo la Tengo prestamistas son una central nuclear de melodías perfectas, subyugantes desarrollos, distorsiones y ritmos cuaternarios. Tan capaces de taladrar una idea en holocaustos sonoros de muchos minutos como de ir al grano en preciosas pastorales folk-rock. Tan capaces de ponerle al plato principal una guarnición de bossa-nova, jazz o ritmos tropicales como de dejar correr toda la sangre punk que llevan en las venas. De su amplio inventario sería pecado no citar la trilogía mágica de los noventa, con el gran (grande, grande en todos los sentidos) James McNew asentado ya como tercer vértice del triángulo equilátero: “Painful” (93), “Electr-O-Pura” (95) y “I Can Hear the Heart Beating As One” (97). Muchos de sus himnos de leyenda están contenidos en esos discos: “Big Day Coming”, “From a Motel 6”, “Decora”, “Tom Courtenay”, “Stockholm Syndrome”, “Autumn Sweater” o “Sugarcube”, amén de las monofásicas y monumentales “I Heard You Looking” y “Blue Line Swinger”. Todas son añosas pero forman parte del ahora: han sonado cien, tres mil o un millón de veces (en sus conciertos son santo y seña) pero siguen sabiendo como un bollito recién hecho.





Sin embargo, y aunque sus clásicos seguirán siendo los mismos por los siglos de los siglos, ninguno de sus centenares de temas tiene desperdicio. Rebusquemos un poco y veamos qué más cosas son capaces de hacer: tejer tupidas nebulosas, escupir moles de krautrock, pintar relajantes bandas sonoras. ¿Quién dijo límites?. Y lo más curioso de todo es que todo es diferente pero todo es Yo la Tengo. He aquí un muestrario de gemas semi-escondidas, rozando la perfección: “Barnaby, Hardly Working”, “The Summer”, “Sudden Organ”, “Flying Lesson (Hot Chicken #1)”, “Fog Over Frisco”, “Walking Away from You”, “Evanescent Psychic Pez Drop”, “Moby Octopad”, “Deeper Into Movies”, “Saturday”, “Tiny Birds”, “Shaker”, “Daphnia”, “The Room Got Heavy”, “The Race Is On Again”. Ahí queda éso.

Dejemos a un lado el sota, caballo y rey. Hablemos de aspectos extraordinarios, lo que los convierte en definitivos. A Yo la Tengo se les ha visto hacer de todo en sus discos, pero también sobre los escenarios. En España son el clásico entre clásicos, reverenciados y superqueridos. Y no solo por su nombre, primera bromita en los albores, anunciación de su ingenio y simpatía. A propósito del nombre, hay muchas anécdotas privadas que contar. Transcribamos algunas.

Anécdota 1: Repetición hasta el aburrimiento.
YO: “Me voy de concierto, a ver a Yo la Tengo”.
EL OTRO: “Esos son españoles, ¿no?”.

Anécdota 2: Encuentro con un listo.
YO: “Me voy de concierto, a ver a Yo la Tengo”.
EL LISTO: “No hace falta que lo traduzcas; los demás no somos indies pero también sabemos inglés”.

Anécdota 3: Tópico toledano.
YO: “Me voy de concierto, a ver a Yo la Tengo”.
JORGE: “Bueno, aquí en Toledo se llamarían Yo Le Tengo”.

Y así unas cuantas. Lo de “me voy a ver a Yo la Tengo” es ya común (mi querido hermano respondería estupefacto: ¿otra veeeeez?). Pues sí, otra vez, y otra, y las que hagan falta. Porque en sus conciertos uno no sabe lo que se va a encontrar y en directo es justamente donde afloran sus más encantadoras virguerías. Por ejemplo, son de las pocas bandas que a día de hoy se atreven a tocar más de dos horas y marcarse bises, trises y cuatrises. También son de las pocas bandas que pueden sostener un tema en escena durante veinte minutos sin aburrir ni incomodar. También se les ha visto solicitar peticiones a la audiencia y atenderlas sin pestañear; recuérdese lo que hicieron con “You Can Have It All” en su última visita a La Riviera madrileña. Y a propósito de esta canción (otra versión, cómo no), con ella han protagonizado en vivo algunos de sus momentos más desternillantes, y si no compruébese en el siguiente enlace, actuación estelar en el Fuji Rock Festival de 2000. Para partirse el culo.

http://www.youtube.com/watch?v=aWr6Ep8N3OU

Y si de echar unas risas y perder la vergüenza se trata, véanse sus dos videos más estupendos (“Tom Courtenay” y “Sugarcube”) con sus tremendas andanzas como grupo invitado de los Beatles y alumnos de la escuela del rock.


http://www.youtube.com/watch?v=ZtBDlNEME48


http://www.youtube.com/watch?v=zDgpQBaziy0


Y es que Ira Kaplan, Georgia Hubley y James McNew, aparte de ser insultantemente intocables como músicos, representan el karma del rock, el anti-esnobismo y la accesibilidad. Totalmente despreocupados por adaptarse a las estúpidas modas, han conseguido ser ellos mismos la moda. Y así, cada encuentro es como una instantánea tomada en la penúltima reunión. Los miras y piensas: “han pasado otros tres años y siempre igual”, “esa camiseta ya se la vi a Ira hace tiempo”, “Georgia no ha cambiado de corte de pelo”, “James lleva las mismas gafas”, “pero qué ricos son”. Y la sensación es de que el tiempo no pasa, de que se detuvo y no arrancó, y empiezas a creer en el jodido mito de la eterna juventud. Eso ocurrió en el pasado Primavera Sound: aparecen en escena y es como el reencuentro con un pariente al que hace tiempo que no ves pero al que nunca olvidas.

Y es que la admiración va algo más allá de la música y la parcialidad es inevitable. Porque otra de las cosas que se les ve hacer en sus giras es la de acercarse a la gente de a pie, autogestionarse, intercambiar opiniones y dejar regalos en forma de rúbrica, foto o sonrisa amable. Por eso son tan entrañables: porque de repente bajan del pedestal y te los encuentras codo con codo, y te inmortalizas junto a ellos en una foto de familia (a la que hace tiempo que no ves pero nunca olvidas). Incluso mientras echa una firma, el gran, grandísimo James te mira a la cara y te dice: “Oye, me gustan tus gafas”. Y yo me hincho como un globo, porque el tío de gafas debe entender un rato.

En fin, el próximo 8 de septiembre es el gran día, fecha anunciada de publicación para “Popular Songs”, su esperadísimo nuevo álbum. “Periodically Double or Triple”, avance que ya se puede oir en su web y que también se pudo saborear en Barcelona, anuncia otra colección de chuparse los dedos. Y aunque finalmente no lo sea, cosa dudosísima, ninguna criatura viva está en su derecho de toserles. Con un poco de suerte volverán pronto a nuestro país y allí acamparemos, contra viento y marea. OTRA VEZ. El que no pueda esperar que vuele a Nueva York en julio; allí actuarán como teloneros (sí, no estoy borracha, ¡¡teloneros!!) de Wilco.

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