09 febrero 2008

RETROSPECTIVAS


SUGAR. Copper Blue / File Under: Easy Listening.

La canción 10.

La reciente publicación de “District Line” (2008), retorno de Bob Mould en solitario, ha llevado a rescatar del baúl de los recuerdos su ocupación de los 90: Sugar. Increíbles recuerdos, claro: la transición universitaria, una época de cambio mental y despertares en la que la sensibilidad musical empezó a florecer y las referencias en cartera a acrecentarse. En este punto me atrevo a homenajear a Francisco y Pepelu: todo fue gracias a ellos, a su generosidad y sapiencia (¿por dónde andáis, chicos?). Este proyecto, reafirmación en primera persona de Bob Mould (tras su estimable aportación a Hüsker Dü) en compañía de David Barbe y Malcolm Travis, fue un paréntesis en el tiempo del rock, tan intenso como breve. Apenas dos LPs, un EP y una colección de caras B que dejaron su huella particular. A “Copper Blue” (92) se le puede hacer un monumento en la plaza de cualquier pueblo. La New Musical Express (que a menudo la caga pero a veces acierta) ya lo ensalzó como álbum del año de Cobi y Curro. Razón no les faltaba, pues el disco es una inmensa oda a la canción perfecta. El arranque es fulgurante, con cuatro pesos pesados como “The Act We Act”, “A Good Idea”, “Changes” y “Helpless”. El ritmo es frenético e imparable, las guitarras se entretejen en marañas colosales y la voz de Mould se desdobla en mensajes repetitivos que se incrustan en el cerebro. Algunos temas van creciendo como la espuma (la mencionada “Changes” o “The Slim”) alcanzando cotas épicas. En otros emerge una mayor sensibilidad pop, como en la risueña “If I Can´t Change Your Mind” (todo un hit) o en la espléndida “Hoover Dam”, convertida en su canción más elaborada por obra y gracia de teclados y violines.

Y tan grande fue “Copper Blue” que tuvo un apéndice dignísimo en el EP “Beaster” (93), saco de temazos sin cabida en el debú. No hace falta refrescar el oído ni la memoria: la inquietante “Judas Cradle” y la hipnótica “Come Around” siguen vivas en la discoteca neuronal.

“File Under: Easy Listening” (94) es menos impactante, pero no está exento de interés. Y precisamente contiene una de las mejores (por no decir la mejor, la redonda, la absoluta) canciones del trío: “Panama City Motel”. “Gift”, “What You Want It to Be” o “Gee Angel” mantienen esa fuerza imbatible del primer disco, pero “Believe What You´re Saying” denota agotamiento y “Explode and Make Up” huele a presunta despedida. En esta entrega David Barbe puso su grano de arena con un tema de cosecha e interpretación propia (“Company Book”), pero al poco decidió rendirse, convirtiendo lo presunto en firme.

La ofrenda de Sugar es solo un párrafo de pocas líneas en la enciclopedia del rock americano. Una herencia minúscula pero intachable. Un recuerdo fugaz pero imborrable. Por cierto, “District Line” también es bueno con ganas.

www.granarymusic.com

05 febrero 2008

DISCOS

THE MAGNETIC FIELDS. Distortion.

La cafetera y el poeta.

La vuelta de Stephin Merritt a la actualidad musical se produce a bombo y platillo. La ecuménica colección de 69 canciones de amor (mentado incansablemente como su disco cénit) se hizo demasiado cuesta arriba, pero este “Distortion” (2008) nace provisto de una ligereza apetecible: solo trece canciones rondando los tres minutos cada una. ¿Para qué enredarse más?. Pocos artistas reconocen el hecho de haberse inspirado en (o copiado de) una obra ajena; a Merritt le duele ya la boca de decir que su referente se llama “Psychocandy” (85). Y ese prurito de sonar como The Jesus & Mary Chain (o Love & Rockets, o Suicide) lo ha arrastrado a sacarse el carné del club de amigos del feedback repetitivo, una forma de hacer fácil lo difícil (la creación) y difícil lo fácil (la escucha). De estas influencias y premisas nace un disco que nada tiene de especial en los tiempos que corren, pero que pinta saludable con poca atención que se le preste. Y la peor pesadilla de Phil Spector se convierte en realidad: el abotargante muro sónico se derrumba machacado por unas melodías (The Beach Boys, Cole Porter, Scott Walker y la Motown) que resuenan frescas pese al papel de estraza que las envuelve. Si el disco modelo de los hermanos Reid rechinaba (según palabras del propio Merritt) como una cafetera con ritmo, con éste no surge el acto reflejo de llevarse los dedos índice a los oídos. ¿Objetivo incumplido?. No. Más bien el triunfo de la sensibilidad del poeta.

www.houseoftomorrow.com

01 febrero 2008

DISCOS


IRON & WINE. The Shepherd´s Dog.

Pequeño gran héroe.

Hay discos que llegan tarde (no demasiado), que entran por los oídos, la piel y el corazón. "The Shepherd´s Dog" (2007) hace tanta mella que dejarlo pasar sería un sacrilegio. El bueno de Sam Beam siempre ha compuesto grandes canciones; esta vez, sus días dorados de inspiración cristalizan en doce cortes tan bellos y abrumadores que tumban. Avanzando página, el disco supone un riesgo más allá de la rústica pretérita, como una mudanza del campo a la gran ciudad. Superproducido y arreglado con exquisitez maestra, las guitarras y banjos viajan en compañía de bongos, sitares y teclados con la esperanza de encontrar una vida mejor. Y la encuentran en el punto de la creación en que el country-folk hace esquina con otras músicas. La alegre "Pagan Angel and a Borrowed Car" anima a afrontar el resto con ganas locas. "White Tooth Man" está impregnada de psicodelia. El sabor latino de "Lovesong of the Buzzard" o "Innocent Bones", la ruptura rockera de "The Devil Never Sleeps" o el punto reggae de "Wolves (Song of the Shepherd´s Dog)" son también bazas inéditas, bien jugadas por el barbudo de Florida. Y la increíble "Carousel", con ese inconfundible olor a incienso, es de esas canciones inmaculadas que glorifican el arte y al artista. Un artista erigido en nuevo héroe americano, capaz de alcanzar la más absoluta exuberancia sin perder la modestia. Es lo que tiene arrimarse tanto a Burns y Convertino.

25 enero 2008

AGENDA

FEBRERO Y LO QUE VENDRÁ DESPUÉS.

Promesas y conjeturas para 2008.

La noria sigue girando. La música sigue sonando. He aquí otro largo año musical por delante. ¿Qué pasará en 2008?. Pues por lo que se rumorea, de todo. Sucederá que habrá un montón de lanzamientos de los de aúpa (Tindersticks, Nick Cave & the Bad Seeds, Spiritualized, The Cure, REM…) y algunos ya estamos relamiéndonos. Sucederá que el imperio Sinnamon seguirá expandiéndose con sus tropas mediático-publicitarias: no contento con declarar abiertamente la guerra al FIB (lo de que coincidan en días no es nada sano), ahora amenaza seriamente al Primavera Sound, sacándose de la manga un tal Daydream Festival en fechas peligrosamente cercanas, sito en el Forum y que anuncia a bombo y platillo a Radiohead. ¡¡El Primavera no se toca!!. Portishead (en la foto), Six Organs of Admittance, Shipping News, Scout Niblett, Deerhunter, Les Savy Fav, The Felice Brothers… y este año no me espero a abril para comprar el abono. Fe ciega, que se llama. ¿Por dónde iba?.. Ah, sí, lo que sucederá en 2008. Puede suceder que se sigan reencontrando viejos amigos (o enemigos): Roxy Music prometen formalmente disco y gira, My Bloody Valentine se suben al carro de los ganchos festivaleros, lo de Led Zeppelin en Londres parece que no quedará en una mera reunión puntual de antiguos alumnos y el nuevo circo de los Sex Pistols ya es una lamentable realidad. Hasta el ilustre Leonard Cohen se pone las espuelas y coge el caballo. Por no hablar de Bob Dylan, que suma, sigue y visitará nuestro país en una extensa gira veraniega. Estamos condenados al revival. “I wanna see a revival”, que diría Mark Lanegan…

Estos son algunos conciertos de febrero:

THE SADIES. 4 febrero. Puerto de Santa María. Teatro Municipal.
5 febrero. Algeciras. Salón de Actos Politécnica.
6 febrero. Huelva. Cantero Cuadrado.
7 febrero. Madrid. Sala Dink.
8 febrero. Zaragoza. Casa del Loco.
9 febrero. Santander. Tropicana.

THE CHARLATANS. 5 febrero. Madrid. Joy Eslava.
6 febrero. Barcelona. Bikini.

THE GODFATHERS. 6 febrero. Barcelona. Apolo.
7 febrero. Valencia. Mirror.
8 febrero. Madrid. Heineken.
9 febrero. Bilbao. Antzokia.

THE MISSION. 8 febrero. Barcelona. Bikini.
9 febrero. Madrid. Heineken.
11 febrero. Valencia. Heineken Greenspace.

NADA SURF. 14 febrero. Madrid. Heineken.
15 febrero. Vigo. Sala A!.
16 febrero. Bilbao. Antzokia.

STEVE EARLE+ALLISON MOORER. 13 febrero. Madrid. Joy Eslava.
16 febrero. Barcelona. Bikini.

THE RAVEONETTES. 17 febrero. Madrid. Heineken.
18 febrero. Barcelona. Apolo.

AMERICAN MUSIC CLUB. 20 febrero. Gijón. Acapulco.
21 febrero. Madrid. Caracol.
22 febrero. Bilbao. Antzokia.
23 febrero. Barcelona. Bikini.

GIRLS AGAINST BOYS. 21 febrero. Barcelona. Be Cool.
22 febrero. Murcia. 12 & Medio.
23 febrero. Madrid. Gruta 77.

MICHAEL GIRA. 22 febrero. Barcelona. Apolo.

THE MEKONS. 27 febrero. Barcelona. Apolo.
29 febrero. Madrid. Gruta 77.
1 marzo. Murcia. 12 & Medio.

THE MARS VOLTA. 29 febrero. Madrid. La Riviera.
1 marzo. Barcelona. Razzmatazz.

Y esto solo es el principio.

Foto:
www.portishead.cn

07 enero 2008

REPORTAJES

ADIÓS 2007: EPÍLOGO Y RESUMEN.

Un hueco para los discos olvidados.

2007 llegó a su fin. Otro año de exilio, entre dos tierras, sin pena ni gloria. Por suerte, tampoco ha faltado la música. A mejor disco del año (opiniones unívocas, sin voto ni consulta) postularon con fuerza Grinderman, Bill Callahan, Low y recientemente Radiohead. Mejor canción es misión imposible; demasiadas para sopesar, aunque instantáneamente resurgen dos con mucho jugo: “Atlas” (Battles) y “No Pussy Blues” (Grinderman). De directos, los hubo abundantes, sin vencedores ni vencidos, pues a menudo los que más huella dejan no son precisamente los mejores. Y también salieron del archivo muchos clásicos (Leonard Cohen, David Bowie, The Who, Led Zeppelin, la ELO, Simon & Garfunkel, Brian Wilson, Spacemen 3, etc), sin tiempo para una justa retrospectiva. Lo comentado y redicho en el blog durante el año no representa ni la cuarta parte de todos los proyectos, ideas y propósitos creados por las neuronas. Hubo muchos discos que ocuparon minutos, horas y días, fabricando palabras que nunca fueron escritas. Es hora de solucionarlo y evitar que el año viejo muera definitivamente, incompleto.

BATTLES. Mirrored.
Desde luego, “Atlas” ya vale por todo el disco: el puntiagudo bajo y las voces de Papá Pitufo la convirtieron en la canción más rara y trepidante del año. “Race In” y “Tonto” también merecen varias escuchas y un aplauso. Pero el resto se atraganta como un polvorón sin masticar. Como si Tortoise de repente se hubieran vuelto locos y punkis.
La canción: “Atlas”.


BEIRUT. The Flying Club Cup.
Trombones, trompetas, acordeones y ukeleles siguen siendo la materia prima esencial, pero una orquesta y un piano a tiempo dan a la música de Zach Condon un punto de holgura senior. Creciendo, aprendiendo y mejorando. Afrancesado en la temática y los títulos (París es mucho), igualmente cerca de un convite zíngaro o un desfile tirolés. Nuevos aires para el underground.
La canción: “A Sunday Smile”.


BENJAMIN BIOLAY. Trash Ye-Yé.
Ni por asomo es su mejor álbum, pero gana con la reincidencia y en él se adivina un nuevo amigo imaginario: los 80. La clave está en los arreglos (voces angelicales, violines, samplers..), que sitúan cada canción un paso más allá de su recorrido. “La Chambre d´Amis”, “Laisse Aboyer les Chiens” o “Cactus Concerto ” confirman su indiscutible pole position en la parrilla de grandes chansonniers (con permiso del calvo, por supuesto).
La canción: “Qu´est-ce que ça peut faire”.

BOBBY CONN. King for a Day.
Del punch de “Rise Up!” (98) ya no quedan ni las raspas. Pero ahí sigue, buscando su lugar en el mundo. Esta vez le ha dado por la magalomanía de estadio, el heavy rancio, el power pop, el Sargento Pepper, Michael Jackson y Marvin Gaye, salpicando de momentos aceptables y otros muy triviales una rapsodia más elitista que bohemia. Menudo bicho.
La canción: “(I´m Through With) My Ego”.


THE CHEMICAL BROTHERS. We Are the Night.
Ellos son la noche: no es un farol, es la pura realidad. Cuando parecía que no tenían nada más que ofrecer, Rowlands y Simons contraatacan con su obra más adictiva y simpática en años. Basta enchufarse “Saturate”, “Do It Again”, “Das Spiegel” o “The Salmon Dance” para no parar de bailar. Como en sus mejores tiempos.
La canción: “Das Spiegel”.


DEERHUNTER. Cryptograms.
Aplastantes en directo, desconcertantes en disco. Hipnótico, metafísico y alucinógeno, raramente secuenciado y fuera de catálogo. Incomoda, vuelve del revés y, finalmente, convence. Es fácil viajar a las antípodas de lo material a su costa, especialmente al son de “Octet” o “White Ink”.
La canción: “Hazel St.”.


THE EARLIES. The Enemy Chorus.
Un intercambio transatlántico de ideas y pistas dio lugar a esta oda al hedonismo. Como en un buen cajón de sastre, puedes encontrar de todo: electrónica, folk, soul, psicodelia, krautrock, cortes cinematográficos. Las piezas están seleccionadas al detalle, medidas al milímetro y combinadas a la perfección. El resultado es un puzzle lleno de colores que no se ven, pero se oyen. Una experiencia sensorial.
La canción: “Breaking Point”.

EINSTÜRZENDE NEUBAUTEN. Alles Wieder Offen.
Asesorado y parcialmente sostenido por los fans a través de internet, he aquí otra obra maestra de los berlineses. Comienza con un piano anunciador del fin del mundo y termina con una guitarra española. Marciales y metálicos (“Weil, Weil, Weil”, “Von Wegen”) o elegantes y melódicos (“Nagorny Karabach”), se mueven sobre el hilo sin perder jamás el equilibrio. Otra condecoración más a su personalidad arrolladora.
La canción: “Susej”.

ELECTRELANE. No Shouts, No Calls.
Lo reconozco: no daba un duro por ellas. Este álbum me devuelve la moneda de la indiferencia en forma de furia distinguida, con brillantes desarrollos instrumentales, guitarras que se clavan en las sienes y un gusto exquisito por la oscuridad. Solo falta redondear esa débil faceta vocal para llegar a ser perfectas.
La canción: “Five”.



JOSEPH ARTHUR. Let´s Just Be.
Sello propio es sinónimo de explosión. Sin perder su excelencia creativa, el de Ohio se desmelena, bromea, improvisa, explora registros impensables, juega a la canción interminable (“Lonely Astronaut”, 20 minutos de nada) y se reencarna en Jagger o Bowie respetando fielmente su acento Dylan. Y da a luz un disco visceral, desordenado y casero que se sale. Musicazo.
La canción: “Spacemen”.

PATRICK WATSON. Close to Paradise.
El gran descubrimiento del año. Ponlo a todo volumen, concéntrate en él y atraviesa el espejo: ya estás dentro del paraíso. Folk con atrezzos circenses, con mucho sabor clásico y con más detalles que un “todo a cien” chino. Y esa voz no es la de Jeff Buckley, pero cualquiera diría que ha resucitado. Colmado de premios en Canadá, y con razón.
La canción: “Daydreamer”.



THE POLYPHONIC SPREE. The Fragile Army.
Cuanto más oscuro está y más frío hace, más se agradece escucharlos. La banda más numerosa del planeta ha vuelto con las mismas: rollo mesiánico pelín agridulce en doce nuevas secciones con varios actos. Todas alicatadas hasta el techo con coros multitudinarios y millones de instrumentos. Algunas son sintonía para musicales de Broadway, otras solo para fiestas bastardas. Hay vida más allá de Arcade Fire.
La canción: “Overblow your Nest”.


RICHARD SWIFT. Dressed Up for the Letdown.
Se descolgó de Wilco en la gira española sin saber por qué (qué disgusto), pero nos dejó esta joya de recuerdo. Un retrato americano de ilusiones rotas e ironías, con melodías perfectas en las que resuenan Elvis Costello, Randy Newman o Bob Dylan, y con títulos tan sugerentes como “las canciones de la libertad nacional”, “vestido para la desilusión” o “la balada de tú sabes quién”.
La canción: “Artist & Repertoire”.


THE SHINS. Wincing the Night Away.
Con este trabajo han firmado su puesta de largo. Canciones bien vestidas y perfumadas de pop mayúsculo, que echan el freno antes de aproximarse al precipicio del estereotipo y la blandenguería. Y cuando quieren ponerse oníricos a lo Mercury Rev (“Black Wave”), también les sale bien. Menuda clase tienen, los jodíos.
La canción: “Phantom Limb”.

THE STOOGES. The Weirdness.
Ya lo dijo Black Francis: “¿No os gusta el disco?. Os jodéis, están en su derecho de cargarse su propio legado”. Tampoco es para tanto, porque el disco mola. Al menos tienen huevos para ir más allá que otros que viven de las rentas y no se divierten ni la mitad. Y “Free and Freaky”, “Idea of Fun” o “I´m Fried” podían suceder dignamente a “I Wanna Be Your Dog” como himno iguanesco. Larga vida a Iggy Rock.
La canción: “The Weirdness”.


THURSTON MOORE. Trees Outside the Academy.
Básicamente Sonic Youth con una capa de barniz. El respetado Thurston apuesta esta vez por colgarse la acústica, dejando la electricidad en manos de J Mascis (Dios los crea y ellos se juntan). También apuesta por un violín que encaja de perlas y por concretar, dando vacaciones a las habituales contorsiones y distorsiones. Básicamente un gran álbum. Tratándose de quien se trata, un axioma.
La canción: “Off Work”.


VIC CHESNUTT. North Star Deserter.
La leyenda del rock cuenta que es un iluminado. La leyenda del rock es sabia. Hoy decide acompañarse por un ejército de ruidistas experimentales (Goodspeed! You Black Emperor, Fugazi, A Silver Mt Zion) y de ahí surge su disco más lúgubre e inquietante. Las texturas eléctricas y orquestales quedan allá, en el horizonte, en segundo plano, sin ensombrecer el talento del poeta de la desdicha, la eminencia del country-rock más digno y sincero.
La canción: “Splendid”.

THE WHITE STRIPES. Icky Thump.
Cuando un disco tan esperado ve la luz, la costumbre suele ser besarlo o despellejarlo, sin medias tintas. Eso ocurrió este año con el último invento de Jack y Meg, uno de los más completos y variopintos de su trayectoria. Tienen gracia poniéndose celtarras (“Prickly Thorn, But Sweetly Worn”) o fandangueros (“Conquest”), pero su punto fuerte sigue siendo el aullido y el chirrido. Mejores cuanto más burros.
La canción: “Little Cream Soda”.

09 diciembre 2007

DISCOS

RADIOHEAD. In Rainbows.

Potencial disco del año.

Estamos a punto de decir adiós a 2007. Puede que esta sea la última crítica discográfica. Puede que este sea el mejor disco del año. Cuando parecía que se habían derretido como los glaciares de la Patagonia, el quinteto de Oxford ha vuelto para firmar su séptima obra maestra. Se han escrito ríos de tinta a propósito de su difusión en red (¿cuánto pagarías por él?). Se abre un nuevo camino para el futuro de la música. ¿Y quién se atreverá a seguirlo?.

“In Rainbows” (2007), aparte medios y formatos, es un lingote de oro de muchos quilates. Por la espera (eterna) y por el resultado (magnífico), sienta como un buen masaje. Se acabaron las pataletas electrónicas y los precipicios existenciales, aunque la oscuridad sigue impregnando muchas de las canciones en una fina membrana de decepción. Todo fluye más sereno (solo “Bodysnatchers” repliega la tranquilidad y pisa el acelerador). Todo parece más sencillo, aunque los desarrollos sean a menudo impredecibles. Capas y capas de guitarras afónicas, ritmos jazzy, aderezos sintetizados y ocasionales arreglos de cuerda que envuelven y aíslan del exterior, encerrando el cuerpo medio inerte en una cápsula a prueba de balas. “15 Step”, “Weird Fishes/Arpeggi”, “All I Need”, “House of Cards” y “Videotape” valen tanto que no hay bolsillo ni voluntad que las financie. Definitivamente, el disco del año.

Thom Yorke y los suyos no han hecho otra cosa que resucitar esperanzas. El éxito pretérito y masivo es también el éxito extraño, pues no hay evolución creativa más anti-mercado que la suya. Con “In Rainbows” se abre la puerta del futuro, interconectando puertos y desafiando leyes. Todo lo bueno que les pueda pasar a partir de ahora es absolutamente merecido y está plenamente justificado.

www.inrainbows.com

www.radiohead.com

25 noviembre 2007

REPORTAJES


BLANCAS BICICLETAS (JOE BOYD)

La música también se lee.

“Lo único mejor que la música es hablar de música”. Es la frase que encabeza el prólogo de la edición española de “Blancas Bicicletas. Creando Música en los 60”. Una frase que encierra la respuesta a un dilema que muchos nos planteamos cada día: ¿por qué escribo sobre música?, ¿realmente me compensa?, ¿qué gano con ello?, ¿qué aporta a mi vida?. Tener la posibilidad de comunicar al mundo anónimo las impresiones que no puedes compartir a diario con seres de carne y hueso es tan creativo como reconfortante. No da beneficios tangibles, pero sí alegrías, la satisfacción de un sentimiento perfectamente expresado, de un comentario ocasional.

Hay muchas formas y medios de escribir sobre música. Y a veces leerla es igual de interesante que escucharla. Es lo que ocurre con este libro; una fotografía de los años dorados del cambio. Sin estricto orden cronológico pero con gran delicadeza, Joe Boyd retrata una década vertiginosa, la de los sesenta (aunque según el propio autor, los sesenta empezaron en 1956 y acabaron en 1973) que marcó el comienzo de un camino en lo que a música se refiere. Y no hay nada mejor que conocer la historia de la mano de alguien que estuvo dentro de ella, y más que eso, que fue uno de los actores principales del reparto. Boyd fue descubridor de talentos, propulsor del antro hippy londinense por excelencia (el UFO), páter de Witchseason Productions, amigo, consejero o guardaespaldas de grandes personajes de la época, y acabó trabajando en Hollywood como creador de bandas sonoras y cineasta. La vida narrada por Boyd en “Blancas Bicicletas” es tan fascinante como un cuento de hadas. De hadas con guitarras, caftanes, pantalones de campana y hierba en los bolsillos, claro está.

Leerse este libro es toda una aventura salpicada de nombres célebres (desde músicos a productores, pasando por empresarios, periodistas y otros frikis de la época), anécdotas entrañables (especial la de Joni Mitchell atrapada en plena redada nocturna, o el encontronazo con Bob Dylan en casa de Mary Vangi), apuntes técnicos (impagable el de cómo la tecnología ha eliminado la magia del factor acústica en las grabaciones) y sobre todo, un análisis soterrado y agridulce de cómo los sueños de aquellos días se quedaron en eso, solo sueños.

Es imposible ordenar y comentar las mil y una ideas del libro es unos cuantos párrafos, pero éstas sean quizá las historias más trascendentes, interesantes y reveladoras para un lector enamorado de la música.

NEWPORT FOLK FESTIVAL 65: Los millones de festivales actuales deben bastante a acontecimientos como este, un evento en el que se daban cita “folkies urbanos con contratos discográficos, hillbillies de los Apalaches que apenas habían salido de sus valles, una avanzadilla de grupos de ´músicas del mundo´ veinte años antes de su tiempo y artistas profesionales de blues, gospel y country que raramente actuaban ante audiencias de clase media”. Cualquier parecido con un festival del siglo XXI es pura coincidencia. Todo el mundo recuerda aquel domingo de abril del 65 como “el día del sacrilegio de Dylan”. Se ha elucubrado y fantaseado mucho sobre el tema, sobre lo que ocurrió en el escenario y las reacciones aledañas. Joe Boyd pone los puntos sobre las íes, desterrando para siempre engaños y mitos, y contando la verdad. No es cierto que Peter Seeger intentara boicotear la actuación en un ataque de ira; lo que hizo fue huir cariacontecido y despavorido hacia el parking del recinto. La mayoría de la gente no estaba preparada para tanto ruido. Transcribiendo: “Era algo que hoy damos por hecho, pero totalmente nuevo entonces: letras no lineales, una actitud total de desprecio por la expectación y los valores establecidos, acompañado todo ello de una ululante guitarra de blues y una potente sección rítmica, ejecutado por chicos jóvenes a volumen ensordecedor. Los Beatles todavía cantaban canciones de amor en 1965, mientras que los Stones tocaban una especie de pop sexy de raíces blues. Esto era distinto. Esto era el nacimiento del rock”. Sin más comentarios.

THE INCREDIBLE STRING BAND: Junto a Fairport Convention y Nick Drake, los escoceses fueron el mayor foco de satisfacciones (y de quebraderos de cabeza también) de Joe Boyd. El propio Joe define su primer encuentro con ellos de manera muy expresiva: “críos y drogas por todas partes, camisas y blusas floreadas, capas de terciopelo, pañuelos de seda y zuecos, todo imbuído del aroma del pachulí”. Al dúo inicial formado por Clive Palmer y Robin Williamson se fueron sumando posteriormente personajes que alteraron el rumbo del barco, en lo musical-escénico y en lo personal. Mike Heron asumió el brazo de almirante; Rose Simpson aprendió a tocar el bajo sobre la marcha y con una efectividad de pasmo; y Licorice se convirtió en un muñeco decorativo indispensable. De comuna psicodélica pasaron a reclutas de la cienciología, y sus maneras cambiaron radicalmente. El propio Boyd decidió indagar desde dentro en los misterios de la religión de moda, pero sus conclusiones (diplomáticas, eso sí) matan cualquier atisbo de interés (cienciología=negocio). “Blancas Bicicletas” despeja una duda crucial mantenida durante mucho tiempo: ¿por qué la Incredible String Band no aparece en la película sobre Woodstock?. Cuestiones meteorológicas, logísticas y del destino impidieron que el grupo alcanzara su gloria. Y Boyd se lamenta, y de qué manera, sobre ello.

El UFO: Montado inicialmente sobre los restos del decadente Blarney Club, el club UFO fue el santuario de los hippies de Londres y alrededores allá por el 67. Fue mucho más que una sala para conciertos. Era un espacio abierto a todo tipo de actividades (¿legales?, ¿ilegales?), donde se daban la mano músicos, revolucionarios, performers y todo hijo de vecino con necesidad de abstraerse del mundo exterior. Hasta Yoko Ono escogió a los actores de “Bottoms” entre el público del local. Como dice Boyd: “La gente se tragaba cualquier cosa”; conciertos de música rock, psicodélica, jazz de vanguardia, largometrajes de Kurosawa o Warhol, números de baile, luminotecnia. Lo que fuera con tal de alcanzar la gran evasión. De lo meramente musical, la lista de asiduos al escenario del UFO entre diciembre del 66 y septiembre del 67 estaba encabezada por unos Pink Floyd en plena ebullición. Junto a ellos, Soft Machine, Arthur Brown, The Social Deviants, Procol Harum, The Move, Tomorrow, The Knack, Pretty Things o Fairport Convention. El libro contiene la alucinante lista de programaciones diarias durante ese periodo.

PINK FLOYD: Joe Boyd define su música como la música de fondo del underground entre el 66 y el 67. Pese a descubrirlos y apostar por ellos, convirtiéndolos en cabeza de cartel casi continua del UFO, su trabajo común fue efímero (un par de singles). Según el propio Boyd: “el éxito de Pink Floyd es difícil de analizar o explicar; lo que trajeron de Cambridge era de cosecha propia, y el Londres de 1967 fue el primero en enamorarse de ello”. Rock ambiguo en conexión divina con la psicodelia, aderezado con luces en movimiento. El nombre de Pink Floyd siempre estará ligado (por los siglos de los siglos) al de Syd Barrett, pese a que la aportación de éste al proyecto fuera igualmente minúscula. Joe Boyd lo afirma: “Es posible que Syd sea el más famoso individuo de los Floyd, pero sus canciones han sido escuchadas solo por una pequeña fracción de los millones que han comprado discos de Pink Floyd”. El deterioro psico-químico llevó a Barrett a abandonar, y ahí empezó un nuevo episodio para la banda.

FAIRPORT CONVENTION: Al contrario que con los Floyd, el matrimonio con Fairport Convention fue sólido y duradero. En el lado opuesto de la Incredible String Band, Boyd define a los incipientes Fairport como “un grupo de chicos bien educados que se tomaban el rock and roll como si fuera una tesis doctoral”. La banda tiene un antes y un después, con punto de inflexión en el fatal accidente que, recién acabado “Unhalfbricking”, segó la vida de Martin Ramble. En ese antes y en el después, Richard Thompson es el faro guía, un guitarrista superdotado cuya forma de tocar evoca, todo según Boyd, “el sonido ininterrumpido de los gaiteros escoceses y la melodía del cantante, ecos de las guitarras de Barney Kessell y James Burton y el piano de Jerry Lee Lewis”. La otra gran pieza del rompecabezas es Sandy Denny. Boyd apostó por ella como voz del grupo desde el primer momento, dudando de que su personalidad no engullera al resto de la banda. El experimento funcionó durante algunas grabaciones, pero la ambición compositiva de Denny era demasiado fuerte y sus ansias de emancipación ilimitadas. La historia de Joe Boyd y Fairport Convention es una entrañable historia de admiración, fidelidad y amistad. Toda una lección.

NICK DRAKE: Existen muchas teorías y fábulas sobre él. La de Boyd es la definitiva, la creíble del todo, pues compartieron horas, juegos y discos. En sus descripciones sobre la figura de Drake, Joe Boyd no aporta nada que ya no se supiera: introspección, inseguridad, timidez. Lo espeluznante es el relato de cómo la letra de “Fruitree” (“seguro en tu lugar bajo tierra, entonces sabrán lo valioso que eras”) cobró sentido con el tiempo, después de la tragedia, creando sentimientos de culpabilidad por no prestar auxilio a alguien que lo pedía discretamente. En la aparente simplicidad de las canciones se escondía un Nick Drake revolucionario y virtuoso que sorprendía a todos, que enamoraba a todos. Lo dicen los que lo vieron tocar, los que sintieron sus acordes y estudiaron sus textos. Unanimidad absoluta. Su música despertó tantas expectativas que el mundo entero se volcó en ella (incluido el difícil John Cale), trabajando por y para ella, pero olvidando lo más importante: a la persona del músico. “Pink Moon” fue la solución drástica; solo guitarra y voz; la última (y quizá única) vez que Nick Drake hizo realidad un verdadero deseo. Ya lo decía “Fruitree”. Y ya lo dice Joe Boyd: “La música de Nick no fue banda sonora de los recuerdos de sus padres, por eso los oyentes modernos pueden hacerla suya”.

ADDENDA (LAS IMÁGENES): Además de muchos y variados relatos, “Blancas Bicicletas” contiene en sus páginas centrales una colección de fotos en blanco y negro que ponen cara a los protagonistas y dan veracidad a las descripciones. Bob Dylan aparece seguro de sí mismo en plena carretera a Woodstock en el 65. The Move posan con sus locas indumentarias y sus aires trascendentales. Dylan, Joan Baez, Peter, Paul & Mary, The Freedom Singers, Pete Seeger y Theodore Bikel interpretan “We Shall Overcome” cogidos de la mano en Newport 63. Nick Drake se asoma al abismo de un piano, elegante y dubitativo en el 68. La Incredible String Band (acompañada por el propio Boyd) sonríe a cámara en el 69. Fairport Convention ensayan para “Liege and Lief”, con Richard Thompson en el epicentro y Sandy Denny distraída y ausentada.

“Blancas Bicicletas. Creando música en los 60” está editado por Global Rhythm Press, traducido por Ignacio Juliá y es una auténtica maravilla.

16 noviembre 2007

CONCIERTOS

WILCO. Madrid. La Riviera. 9-11-2007.

Wilco-Machine.

He visto muchos conciertos en mi vida. He visto muchas bandas sobre los escenarios. Pero he visto pocas como Wilco. Y eso que por circunstancias me perdí sus dos actuaciones más memorables en España: la del Primavera Sound 2004 (por subnormal) y la de Madrid en 2005 (las infaustas oposiciones). Aprovechando un argot detestable pero muy descriptivo, los de Chicago juegan en la Champions, son un equipo compacto y sin fisuras que ataca como los brasileños y defiende como los italianos, pasando por encima de cualquier hipotético rival. No hay quien los pare. Están en su momento cumbre. Y hay que ver lo que se divierten, y lo que divierten a un grueso de seguidores que va creciendo con cada disco y cada visita. Con tanta entrega y calor, es normal que Jeff Tweedy acabe enamorado hasta las trancas de nuestro país (¿y quién no?).

Ya lo aprecié en Barcelona, y ya lo escribí antes: son una maquinaria infalible, una especie de orquesta que sabe hacer del rock clásico algo cercano, palpable y moderno sin mancillar sus raíces. Lo de Nels Cline no tiene nombre; de sus tropecientas guitarras y sus extraños pedales y aparatos de efectos (amén de sus dedos de Jimi Hendrix caucásico) brotan chorros de petróleo. Y sigo impactada sin remedio por Glenn Kotche y su batería arquitectónica. Jeff Tweedy, aparte de portador del brazalete de capitán, se revela como un portento con las seis cuerdas; sus guitarras juguetean con las de Nels Cline y Pat Sansone (increíble exhibición en “Impossible Germany”), sin que ninguna se meriende a la otra. El resultado es una revisión al alza de las canciones, mucho más jugosas que en grabación; se nota especialmente en las de “Sky Blue Sky”, con mención a “Walken”, todo un torbellino en directo. Otras como “War on War”, “I Am Trying to Break Your Heart”, “A Shot in the Arm”, “Late Greats” o “Heavy Metal Drummer” son perfectas por definición, pero incluso también saben mejorarlas. Y qué forma (pura psicodelia) de finiquitar “Handshake Drugs”, con brumas electrostáticas. O qué forma de introducir “I´m the Man Who Loves You”, con apelación al cántico masivo y suspense. Dos momentos para detenerse: 1) “On and On and On”, emocionante, con ese piano incandescente y Tweedy cantando como en su puñetera vida; 2) “Spiders”, grande, subidones de mareo; tras ella los segundos bises (prácticamente un homenaje al lejano “Being There”) ya casi no vienen a cuento.

Entrada: 30 euros. Alojamiento: otros 30. Viaje: 4,40. Un concierto de Wilco no tienen precio. Para todo lo demás…

www.wilcoworld.com

10 noviembre 2007

CONCIERTOS

BENJAMIN BIOLAY. Madrid. Heineken. 6-11-2007.

Un buen día.

En 2004 Benjamin Biolay se subió al escenario Rock de Lux del Primavera Sound y dejó al descubierto todas sus vergüenzas. En 2007 Benjamin Biolay se sube a las tablas de la sala Heineken y arrasa. Es la diferencia entre un mal y un buen día. Es la diferencia entre un mal y un buen trabajo de sonido. Y sobre todo, es la diferencia entre un artista desorientado y uno completamente centrado. Era cuestión de tiempo; canciones tan tremendas merecen lucir aplastantemente en directo.

Muchos dirán que en todo esto hay algo de timo, que tantas programaciones juntas (todos los ritmos, por ejemplo) no hacen más que estrangular los paradigmas de la música en vivo. Hay gente que vive para quejarse y otros que viven para gozar. Hubo mayoría de los segundos, gozo continuado de dos horas, generosidad e intensidad absolutas. Sonido excelente desde el primer acorde de “Bien Avant” (cosa rara en las salas madrileñas). Extraño espectáculo, mezcla de culto solemne, improvisación gamberra e inspiración nihilista.

Los músicos: solo un par, uno para guitarras y otro para teclados y programaciones. Dos piezas suficientes, porque Biolay es el artista total que rota y rota por el escenario, del piano a la guitarra o al cassiotone, paseando un micro que viaja a todas partes con él, disfrutando como un enano. Su voz en directo gana enteros, en volumen, en profundidad. Pese a su reputación de “niño bonito” y sus parentescos, glamour cero, ni falta que le hace. Su pose es más la de un “enfant terrible” al que le encanta emborracharse. Pero sin perder las formas ante la audiencia; entre pitillo y pitillo siempre hay tiempo para una sonrisa agradecida o una palabra en cortés castellano.

Las canciones: “Rose Kennedy” (2002) fue el gran olvidado; solo “Les Cerf-Volant” puso emociones al rojo vivo en el bis. “Négatif” (2003) estuvo bien presente con una versión algo diferente de “Des Lendemains qui Chantent” y con una “Négatif” apoteósica. La graciosa “Chaise à Tokyo” puso el desenfado y el acompañamiento de un público que se sabe muy bien lo de “no manga, no bongo”. “Home” (2004) apareció fugazmente con una encantadora “La Plage”, que sirvió para las presentaciones de rigor. Hay que romper una lanza a favor de “A l´Origine” (2005); no hay entrevistador o crítico reciente que no haya recordado su fiasco comercial. Pero lo cierto es que es un disco enorme, lo atestiguan “Tant le ciel était sombre”, “Mon Amour M´a Bessé” o “A l´Origine”; en esta última apareció ese ramalazo hip-hopero que tan guardado se tenía el francés y que ahora empieza a confesar. Y en cuanto a “Trash Yé-Yé” (2007), copó la gran parte, mayormente en la recta final. “Laisse Aboyer les Chiens” sonó impecable pero demasiado pronto, “La Chambre d´Amis” (momento de soledad frente al piano) erizó los pelos, “Rendez-Vous qui Sait” (con guiño a los Smiths) y “Dans la Merco Benz” (con solo de trompeta amplificada) animaron a bailar y “Qu-est ce que Ça Peut Faire” cerró de forma brutal un concierto que parecía que jamás llegaría a su fin. Eso no significa que se hiciera largo. Eso significa que el galo dio más de lo esperado, de lo merecido, de lo pactado y de lo prometido. Y la palabra que lo resume resuena en su lengua materna: chapeau. Aunque también valdría “de puta madre”…

www.benjaminbiolay.com

04 noviembre 2007

DISCOS

PJ HARVEY. White Chalk.

Canciones de porcelana.

Hace ya tiempo que oí este disco por primera vez, y lo coloqué en la cola de asuntos pendientes de comentar. Sigue en la cola; es hora de sacarlo. Sobre todo porque hay alguien que lo está deseando (saludos, Rous). Si he tardado tanto es simplemente por dificultad. La primera escucha aturde de pura claustrofobia y frialdad (cómo influye el estado físico en los sentimientos musicales y viceversa). Pero es inevitable volver sobre los pasos caminados, aunque solo sea por sagrada devoción a esta mujer que sabe metamorfosearse como nadie. La Polly rockera desapareció. Ha nacido la Polly barroca. Atrás queda la adrenalina del pasado, el nick de “pollyjean” que tantas conversaciones sobre la susodicha (y tantas amistades interesantes) me proporcionó en los chats. Ahora es señora, señoría o doña. Una artista que ha decidido despojarse de cualquier cliché amenazante con rotundidad salomónica, renovando registro, estilo y vestuario. Enhorabuena.

“White Chalk” (2007) es intimista y pálido. Ya se sabe, está plagado de pianos, instrumento que nunca ha querido dar más guerra de la necesaria. Y aunque representa un cambio, el sello PJ Harvey sigue estando impreso como una marca de agua, especialmente en “Dear Darkness” y “When Under Ether”. La voz (siempre grandiosa) explora cuevas abandonadas y las canciones, delicadas, exquisitas y caras como la porcelana, se sostienen sobre una repisa que se tambalea peligrosamente. Las baquetas genuinas de Jim White ponen topes salvadores a “White Chalk”, “Silence” y “Before Departure”, pero “Grow Grow Grow”, “Broken Harp”, “To Talk to You” o “The Mountain” parece que se van a hacer añicos en cualquier momento. ¿Y quién pagará el desastre?. Le pondré una etiqueta de “muy frágil” y lo guardaré en el trastero, junto a las cosas que no quiero tener cerca pero de las que no quiero desprenderme.

www.pjharvey.net

01 noviembre 2007

AGENDA

ACONTECIMIENTOS EN NOVIEMBRE

Vale más una lista de conciertos que mil palabras.

ILIKETRAINS- Madrid. 3 noviembre. Moby Dick.
Barcelona. 4 noviembre. Apolo.

BENJAMIN BIOLAY + LLOYD COLE- Cartagena. 3 noviembre. Nuevo Teatro Circo.

RUFUS WAINWRIGHT- Barcelona. 4 noviembre. Auditori.
San Sebastián. 7 noviembre. Kursaal.
Cartagena. 9 noviembre. Nuevo Teatro Circo.
Málaga. 10 noviembre. Teatro Cervantes.
Madrid. 12 noviembre. Teatro Coliseum.

INTERPOL + BLONDE REDHEAD- Madrid. 8 noviembre. La Riviera.
Barcelona. 9 noviembre. Razzmatazz.

BENJAMIN BIOLAY
- Madrid. 6 noviembre. Heineken.
Valencia. 7 noviembre. Heineken Greenspace.
Barcelona. 10 noviembre. Bikini.

THE NEW YORK DOLLS- Madrid. 7 noviembre. Joy Eslava.
Valencia. 8 noviembre. Cormorán.

WILCO- Barcelona. 8 noviembre. Razzmatazz.
Madrid. 9 noviembre. La Riviera.
Zaragoza. 10 noviembre. Oasis.
Bilbao. 11 noviembre. Palacio Euskalduna.

ROBOCOP KRAUS- Madrid. 15 noviembre. Caracol.
Bilbao. 16 noviembre. Azkena.

SUPER FURRY ANIMALS + RATATAT (Wintercase 2007)
Valencia. 15 noviembre. Cormorán.
Madrid. 16 noviembre. Joy Eslava.
Bilbao. 17 noviembre. Santa 27.
Barcelona. 18 noviembre. Razzmatazz.

EDITORS + HOW I BECAME THE BOMB (Wintercase 2007)
Bilbao. 15 noviembre. Santa 27.
Madrid. 17 noviembre. Joy Eslava.
Valencia. 19 noviembre. Cormorán.
Barcelona. 20 noviembre. Razzmatazz.

SPOON + EXPLOSIONS IN THE SKY (Wintercase 2007)
Bilbao. 21 noviembre. Santana 27.
Valencia. 22 noviembre. Cormorán.
Madrid. 23 noviembre. Joy Eslava.
Barcelona. 24 noviembre. Razzmatazz.

THE NATIONAL- Barcelona. 17 noviembre. Apolo.

DEVENDRA BANHART- Madrid. 20 noviembre. Joy Eslava.
Barcelona. 22 noviembre. Apolo.

JOSÉ GONZÁLEZ- Madrid. 21 noviembre. Heineken.
Barcelona. 22 noviembre. Razzmatazz.

JOSH ROUSE- Murcia. 21 noviembre. Auditorio.
Madrid. 22 noviembre. Joy Eslava.
Barcelona. 24 noviembre. Bikini.

COCOROSIE- Barcelona. 23 noviembre. Apolo.
Murcia. 24 noviembre. Auditorio.
Valencia. 25 noviembre. Heineken Greenspace.

AIR- Barcelona. 30 noviembre. Razzmatazz.
Madrid. 1 diciembre. La Riviera.

TWO GALLANTS- Barcelona. 30 noviembre. Apolo.
Madrid. 1 diciembre. El Sol.

28 octubre 2007

CONCIERTOS

THE WATERBOYS. Madrid. Joy Eslava. 24-10-2007.

Impartiendo lecciones de rock´n´folk.

Que caiga una somanta de agua por la A-42 cuando vas hacia Madrid para reunirte con los Waterboys es una casualidad la mar de hermosa. El legado que han ido dejando con los años (cuarto de siglo, más o menos) es de un impecable que asusta. Y muchas de sus canciones son ya historia; quizá no Historia con mayúscula, pero sí historia de risas, bares y confesiones amistosas. Su nueva visita a Madrid congregó a muchos fieles y se convirtió en un apoteósico episodio de recuerdo y adoración. El seguidor de siempre corea cada estribillo y se quita veinte años de encima. El que los ve por vez primera alucina, y sale preguntándose por qué ya no hay bandas auténticas como las de antes. La lección que Mike Scott (que parece conservado en formol) y compañía dieron en la capital es de las que devuelven ese sentimiento a veces titubeante de fe ciega en el rock. Un rock con infinitas interconexiones, un reino que se expande más allá de las fronteras.

Empecemos por el final, para variar: el gran festival estuvo sin duda en los bises, donde la colosal “The Pan Within” y el clásico popular “Fisherman´s Blues” rozaron la eternidad. Antes hubo tiempo para las obvias, las escondidas, para exhibiciones, variantes y excitantes demostraciones de stop and go. Sonaron “Glastonbury Song” (grande, pero afeada por el turbio sonido), “Killing My Heart” (soberbia), “Old England” (pelín estática) o “Medicine Bow” (explosiva). “The Raggle Taggle Gypsy” y “When Will We Be Married” convirtieron la noche madrileña en un jolgorio dublinés, y el violín y teclado de Steve Wickham y Richard Naiff despertaron a los druidas con su duelo en “Red Army Blues”. Pero la que no podía faltar era “The Whole of the Moon”, con Scott liberado por primera y única vez de toda atadura instrumental: pasan los años, pasan las canciones, y sigue luciendo en todas las listas de favoritas. Después de oírla mil veces en un reproductor, sentirla en directo es como la liberación final de un yugo incómodo.

En fin, la excusa era airear “Book of Lightning”, pero su protagonismo fue discreto. “It´s Gonna Rain”, “Love Will Shoot You Down”, “Sustain” o “She Tried To Hold Me” hicieron el papel de guarnición entre manjares copiosos. Y aunque se echó de menos el vendaval del saxo y canciones como “Don´t Bang the Drum” o “A Girl Called Johnny”, un concierto así hace olvidar hasta el prohibido cigarrito.

www.mikescottwaterboys.com

23 octubre 2007

DISCOS


JOSÉ GONZÁLEZ. In Our Nature.

El arte de la sencillez.

Después del aceptable éxito de “Veneer” (2005) y de haber prestado sintonía a productos multinacionales, lo lógico en la carrera de José González hubiera sido dar un paso hacia delante. Pero algunos rechazan la lógica, bien para sentirse héroes o bien porque está en su propia naturaleza. Este sueco descendiente de argentinos exiliados es a todas luces de los segundos. Y que el título de su segundo trabajo sea tal no es más una casualidad en los juegos de ideas y palabras. “In Our Nature” (2007) podía haber sido un disco de consagración, de producción generosa, de limpieza exquisita y promoción fácil. Pero no lo es. Es un disco personal y profundo, de letras sombrías y sonido desgastado, el típico disco que un cantautor folk graba en su casa mientras el agua hierve en el fuego y los coches derrapan en la calle. “Down the Line”, “In Our Nature”, “Fold” o “Cycling Trivialities” son intensos aspersores de emociones que riegan los corazones más solitarios, reflexiones creadas por un hombre para sí mismo y accidentalmente compartidas con el mundo entero. Porque el mundo funciona gracias a las cosas más sencillas. Una guitarra y sus seis cuerdas son más que suficientes para decir todo lo que importa. Y así lo entiende José González. Hasta su nombre es pura y cálida sencillez.

http://www.jose-gonzalez.com/

14 octubre 2007

CONCIERTOS

SPIRITUALIZED + SOULSAVERS FT. MARK LANEGAN + MISHIMA. Madrid. Joy Eslava. 12-10-2007.

La noche litúrgica.

La gira presentación del Wintercase 2007 ha sido una ocasión única para cubrir tres objetivos. Primero: para celebrar de un modo abierto y alternativo el día de la Hispanidad. Segunda: para inaugurar la temporada de conciertos.
Tercera: para sacar las espinas clavadas en Primavera Sound y Summercase en un mismo lote. Una noche para recordar por los siglos de los siglos. El escenario de la Joy Eslava se iluminaba con puntualidad exquisita para acoger a Mishima, que no fue solo sino dúo. Presentando las canciones del que pronto será su nuevo disco (singular manifiesto en catalán para abortar rencillas en una fecha tan señalada), David Caraben y su partenaire hipnotizaron con la lluvia dulce de sus guitarras. Solo hubo una concesión al inglés, con Caraben haciendo trompetas con la boca y mutando por momentos en el mismísimo Richard Hawley.

El plato fuerte llegaba a continuación. “Esto va a ser orgásmico” decía alguien mientras los pipas colocaban diligentemente las set-guías en cada atril. Fue más que eso. Fue de una sutileza, elegancia y buen gusto que tiran de espaldas. Economizando hasta el último milímetro de la escasa superficie disponible, las líneas acústicas de Spiritualized brillaron hasta causar una ceguera irreversible. El cuarteto de cuerda, el trío de voces negras, el teclado-armónica y las guitarras acústicas crean un nuevo polvo de estrellas, fruto del desvanecimiento lento y sosegado del halo psicodélico. Y Jason Pierce (o J Spaceman), más serenidad, menos arrogancia, repite eso de “there´s a little time to do something, anything more” o “lord can you hear me when I call” con la credibilidad (y la contagiosa emoción) de alguien que ha sentido en sus carnes la amenaza del más allá. Y cuando digo más allá no me refiero a la flotación en el espacio, sino al otro barrio, visto de reojo a causa de una grave (y misteriosa) enfermedad.

El repertorio fue toda una celebración marcada por el signo de los tiempos. Recuperaciones de Spacemen 3 (“Amen” o “Walking with Jesus”), el “True Love Will Find You in the End” de Daniel Johnston o los himnos más “espiritualizados” de la creación reciente (“Lord Let It Rain on Me”, “Cool Waves”, “Broken Heart”, “Stop Your Crying”). Aunque hubo varios momentos de esos que se llaman especiales, que suspenden las agujas del reloj: la cristalina reconstrucción de “I Think I´m in Love”, que derivó en todo un festín gospel; el medley de “Anything More”, virando sorprendentemente hacia “Ladies and Gentlemen We Are Floating in the Space” y coronado con “I Can´t Help Falling in Love” de Elvis; o la eclesiástica “Lord Can You Hear Me”, el cenit mayúsculo de la agitación pagana. El éxtasis terminó con la revisión pintiparada del clásico “Oh Happy Day”, con un Jason Pierce agasajado y relamido de satisfacción, y con una de las gentiles violinistas regalando setlists a los de las primeras filas. Ah, y menuda experiencia tener acceso visual al cuaderno de Jason, con sus acordes, símbolos y notas escritos a mano. Fue como colarse en su universo íntimo intergaláctico.

Después de algo así, hacía falta un postre ligero y digestivo, pero los Soulsavers rompieron los esquemas de lo esperado. Nada de atmósferas suaves ni de bucles repetitivos. Músculo, garra y rock afincado en algún lugar entre el cañón del Colorado y los presbiterios sureños. El sutil inicio de “Ask the Dust” fue un mínimo espejismo hasta que estallaron el bajo y las tres guitarras, haciendo retumbar el suelo como no se recuerda. Y claro, faltaba la voz de Mark Lanegan para avivar la lumbre. Un Mark Lanegan que (comentario recurrente pero inevitable) cada día se parece más a Tom Waits, en todos los sentidos. “Ghosts of You & Me”, “Paper Money” y “Spiritual” queman el esófago como un buen trago de bourbon. El momentazo total fue, cómo no, “Kingdoms of Rain”, ese diamante rescatado del “Whiskey for the Holy Ghost” (94) y pulido para la ocasión. Tras “Revival” y casi sin despedirse, Lanegan dejó los minutos finales para exhibición de los salvadores de almas y sus dos coristas negras; minutos que cundieron y de qué manera, con un guiño al desaparecido Lee Hazlewood (“Some Velvet Morning”) y retirada gradual.

Después de una noche así, lo único que queda decir es: podemos ir en paz.

www.wintercase.com

11 octubre 2007

RETROSPECTIVAS

JOHN CALE & LOU REED. Songs for Drella.

En memoria de Andy Warhol.

En plena vorágine de revivalismo y resurrección compulsiva, la reunión estable de The Velvet Underground es un sueño probablemente imposible y seguramente innecesario. John Cale y Lou Reed decidieron hace años bifurcar sus caminos, como Tom Waits y John Lurie en “Down by Law” de Jim Jarmusch, pero de forma no tan amigable. En todo este tiempo solo ha habido una razón honesta y de peso para enterrar el hacha de guerra: la desaparición de Andy Warhol y la imperiosa necesidad de rendirle tributo. “Songs for Drella” (90) recoge canciones desnudas, sin esqueleto pero con alma, en las que los dos maestros ponen sus virtudes (las guitarras de Reed, los teclados de Cale) al servicio de una historia de reivindicación, incomprensión y dolor, la del artista que inmortalizó las sopas Campbell´s. Normalmente en primera persona, los textos narran datos y experiencias de la vida y pensamientos de Warhol, tan bien conocidas por ambos como para apropiarse de ellas. La sombría voz de Lou Reed pone voz a la mayoría, mientras que John Cale se reencarna en “Style It Takes” y “Forever Changed”.

Al margen de su valor como epitafio, homenaje o testamento, “Songs for Drella” es sobre todo una demostración rotunda del ingenio de Reed y Cale, de su capacidad para componer canciones que siempre serán eternas y de su don para emocionar incluso desde el primitivismo y la escasez. Lo publican sin censura los gloriosos duelos piano-guitarra en “Work”, “Trouble with Classicists”, “Starlight” y “I Believe”, el desquiciado violín de “Images” o el elegante teclado de “Faces and Names”. Para fans de la Velvet, de Warhol, de uno o de otro por separado, una obra total y absolutamente imprescindible.

www.john-cale.com

06 octubre 2007

DISCOS

GRAVENHURST. The Western Lands.

Estado de bienestar.

El médico me recomendó descanso. Por eso huí unos días, refugiándome en un cacho de tierra rodeado de mar, desconectando el móvil y escogiendo la mejor compañía moral posible: libros y música. Y entre toda esa música (más de cien discos, en serio) decidí escuchar a Gravenhurst. Quizá porque intuía que serían buena medicina para mi prescrito reposo. Justo.

Hay discos que te gustan porque sí; otros te gustan porque quieres que te gusten y haces lo indecible. Yo quería que este disco me gustara, porque Nick Talbot pertenece a una segunda división de grandes compositores que crece alimentada por su talento sin necesidad de comer de la mano del sistema, que funciona por amor al arte y no por amor a la pasta. “The Western Lands” (2007) es todo quietud, como ese remanso de agua que se expande frente a mí. Y todo pese a las nuevas aventuras electrificadas, a lo Sonic Youth, puestas de manifiesto en la logradísima “She Dances” y en “Hollow Man”, con su remolino de distorsión incluido. El disco empieza con una de esas melodías que se te pegan a la piel como un rayo de sol (“Saints”), herencia de la fragilidad de un Nick Drake que se asoma de vez en cuando al balcón. Después crece en intensidad, con las ya mencionadas “She Dances” y “Hollow Man”, se recuesta en una sombra con la medieval “Song Among the Pine”, amanece a un día velvetiano con “Trust” y pone banda sonora a una de vaqueros con “The Western Lands”. “Farewell, Farewell” (única versión) fotocopia la enciclopedia de recursos Yo La Tengo para dejar paso a “Hourglass”, otra de las enormes, con dos minutos finales para purgar delitos y faltas. “Grand Union Canal” vuelve a los sonidos de arenisca, recordando los momentos en que Calexico se ponen serios, y “The Collector” cierra con más distorsión controlada un disco donde, pese al ruido ocasional, todo transcurre sin sobresaltos. En fin, una terapia que relaja, aclara y cura con la efectividad liberadora de un suspiro. Verídico.

02 octubre 2007

AGENDA

OCTUBRE: La sequía ya es historia.

La madre del cordero, cómo ha empezado el otoño. Lanzamientos y más lanzamientos, anuncios de giras y más giras. Hay que empezar a contar euros y a contar días. ¿Sequía?. Ya se acabó. Llueve música a mares.

Por lo pronto, los festivales otoñales empiezan a comunicar sus nombres. El Wintercase 2007 comienza con una presentación de lujo que ya vale por toda la programación: Spiritualized (en la foto) en su nuevo formato gospel-sinfónico, Soulsavers ft. Mark Lanegan y Mishima darán el pistoletazo de salida a una edición que, dicho sea de paso y con las confirmaciones actuales en la mano, este año se presume ramplona. El Primavera Club también repite, nuevamente con nombres que se escapan de todas las quinielas (y de muchos conocimientos, vaya): The New Pornographers, Liars, Thurston Moore, Deerhunter, Joseph Arthur & The Lonely Astronauts, The Right Ons, Schwarz o Lagartija Nick suenan familiares, el resto no. Pero esto será en diciembre.

Más cercano está el Tanned Tin, otro de los festivales nacionales que abogan por el riesgo (qué pena, hay tan pocos) y en esta edición si cabe más. The Ex, Acid Mothers Temple, Deerhunter, Lisabö, Damien Jurado, Xiu Xiu o The Sea and Cake son algunos de los artistas que desfilaran entre el 31 de octubre y el 4 de noviembre por Castellón. Apetecible.

Y para los que no quieran atiborrarse de actuaciones consecutivas en uno de estos festivales, este mes hay dos opciones individuales bastante interesantes. The Waterboys y Gallon Drunk nos visitan para presentar sendos nuevos discos. Los de Mike Scott el 23 en Bilbao, 24 en Madrid, 26 en Valencia, 27 en Huesca y 28 en Guadalajara. Los de James Johnston el 24 en Madrid y el 25 en Santander. Sí señores, Huesca, Guadalajara y Santander, ¡¡las ciudades pequeñas también existen!!. La gran putada: que ambos coincidan en Madrid.

30 septiembre 2007

DISCOS

TARWATER. Spider Smile.

Ahora y antes.

El año 2007 comenzó, como todos, con una declaración de intenciones: la de escuchar más música electrónica y, por añadido, dedicarle mayor hueco en este minúsculo espacio de la blogosfera. Igual que el grueso de proposiciones de este tipo, no se ha cumplido. Quizá porque el abanico de opciones es tan amplio que dificulta la elección, o quizá porque hemos llegado a un punto en que la electrónica se funde con otros universos (llámese rock o pop) sin posibilidad de discernimiento. Sin embargo, “Spider Smile” (2007) sirve como estupendo reclamo para recuperar uno de los grandes nombres del género. El dúo germano Jestram-Lippock carga a su robusta espalda una carrera de discos excelentes y canciones de ensueño que deja en pañales a muchos otros gurús de la maquinita y el bailoteo. Seguramente porque su música está a años luz de la discoteca, pertrechada entre árboles frondosos, puestas de sol y baños turcos. Su nuevo trabajo no es el mejor en su trayectoria, pero anima a rescatar los que sí lo fueron, haciendo de este artículo un híbrido entre modesta crítica de disco y nostálgica retrospectiva.

“Silur” (98) y “Animals, Suns & Atoms” (2000) fueron un descubrimiento mágico, casi místico. En ellos se encerraban piezas llenas de romanticismo estoico, arreglos y melodías que traían a la memoria fotografías en color sepia, pinturas difuminadas y una liberadora sensación de paz interior. Canciones como “The Trees”, “At Low Frequency”, “Song of the Moth”, “The Watersample”, “Visit” o “Ford” conjugaban magistralmente lo espiritual y lo físico, la abundancia y el vacío, tierra, aire, fuego y agua. La parte más ocultista de aquellos trabajos se ha ido diluyendo con el paso del tiempo y “Spider Smile” perpetúa la saga que empezaba con “Dwellers on the Threshold” (2002) y seguía con “The Needle Was Travelling” (2005). Un sonido más abierto, ancho, espacioso y optimista.

Si hay una cosa especialmente atractiva en Tarwater es la voz de Ronald Lippock. Elegante y misteriosa como pocas, aparece en las canciones como una visión religiosa, llenándolas de solemnidad. Así, el análisis de “Spider Smile” puede hacerse dividiéndolo en dos partes: aquella en que esa voz superlativa está presente, aquella otra en la que no. En la primera destacan la rotunda “Lower Manhatten Pantoum”, centrada en un único concepto que se repite sin cansar; o la exótica “Sweet Home Under White”, ideal para ejercitar la danza del vientre. Otras, como “World of Things to Touch” o “When Love Was the Law in Los Angeles”, edulcoradas en exceso a base de cascabel y xilofón, quedan en segundo plano. En la parte instrumental sobresalen las encantadoras “Shirley Temple” y “Roderick Usher” (que los emparentan sin querer con Air) y la inaccesible “Witch Park”, testimonial de una especial querencia por lo étnico. Un disco sin demasiada trascendencia por sí solo, pero indispensable en el contexto de un proyecto apasionante, reivindicable y defendible hasta las últimas consecuencias.

www.tarwater.de

28 septiembre 2007

DISCOS


LIARS. Liars.

Transfiguraciones.

Hoy hace justo un año que prendieron fuego a la Moby Dick (cómo pasa el tiempo, coño) y ya es oficial: los mentirosos van a su rollo. Han vuelto a hacerlo, han vuelto a sorprender, aunque lo realmente sorprendente sería lo contrario. Sin preocuparse por buscar un título impactante para el cuarto largo (mejor; los dos primeros eran imposibles de memorizar), la gracia de “Liars” (2007) reside en que hay ratos en que dejan de ser Liars (o sea, únicos) para empadronarse con mayor o menor fidelidad en sonidos Happy Mondays (“Houseclouds”), Massive Attack (“Sailing to Byzantium”), The Jesus & Mary Chain (“Freak Out”) o My Bloody Valentine (“Pure Unevil”). A lo mejor fue intencionado, a lo mejor salió natural. El caso es que a tan imprevisible triángulo equilátero es imposible atribuirle cargos de usurpador, oportunista o payaso, por numerosas razones. Porque “Leather Prowler” y “The Dumb in the Rain” sí tienen ese espeluznante olor a campo de concentración marca de la casa; porque entre el desconcierto aún emerge esa canción trepidante fetén que te deja pasmado (“Plaster Casts of Everything” y “What Would They Know”, para quitarse el sombrero); porque un temazo como “Protection” (¿himno electro-pop del año?) merece indulgencia jacobea eterna, sea obra de quien sea. Pues eso, que sigan a su puñetera bola, que todo queda perdonado.

www.liarsliarsliars.com