30 noviembre 2011

CONCIERTOS

THE SISTERS OF MERCY. Madrid. La Riviera. 27-11-2011.

Karaoke Of Mercy.

Una crónica especial y personal por cortesía de Ángel Velasco.

Al que suscribe, que es un enamorado de la música en general, y de los sonidos densos y semi-angustiosos propios del gótico primigenio en particular, e incapaz de resistirse a un bajo alternante que pega sin contemplaciones mientras el resto de la banda intenta seguirle los pasos, pues ver a Sisters Of Mercy se le presentaba a priori como necesidad vital, máxime teniendo en cuenta que siempre ha sido uno de mis grupos de referencia y que jamás los había vivido en directo. Por ello, cuando me entero que vienen de gira por España celebrando su 30 aniversario me digo a mí mismo: “Ángel, ahora o nunca, ya dejaste escapar este verano a los Judas Priest no hagas lo mismo con estos, o te arrepentirás”. Dicho y hecho, me pillo la entrada y para Madrid que salgo zumbando. Por supuesto sólo, y no por nada, sino porque al final va a resultar que en esto de la música soy un bicho raro y a nadie de los míos les resultan atractivas estas bandas, ya me pasó lo mismo en octubre con Within Temptation… en fin, me consolaré con aquello de mejor solo que mal acompañado.

Y entramos en materia…, el día y hora señalada me persono en la sala, llego tarde y me pierdo a los teloneros, por lo tanto de ellos no comento nada por desconocimiento. Lo primero que me llama la atención es la gente, no sabría calcular cuantos éramos, pero una definición ajustada podría ser la de grupo medianamente numeroso, tirando a bajo, o lo que es lo mismo, que ni puta idea. Eso sí, como se dice en el ambiente se observaba cierta “marea negra”, y por supuesto mucha camiseta del grupo y de algún otro similar (por supuesto las había de Joy Division y de The Mission). Chicas encorsetadas sólo vi una, en ese aspecto abundaba más el tejano. También me llamó la atención que yo, a mis cuarenta y bastantes, no era el más anciano de la sala.

Después decido buscar una buena ubicación, me acerco al escenario y lo primero que me llama la atención es QUE NO HAY BATERÍA…???, empiezo a temerme lo peor pero quiero pensar en positivo y me digo, jó, ahora la bajarán del techo con alguna especie de plataforma hidráulica o saldrá del suelo por un ascensor mientras salen fuegos infernales tipo Rammstein… en fin, me dije, esperaremos… que emoción, esto promete!.

Comienza el espectáculo… comienza a salir humo del escenario, entre la neblina generada se empiezan a ver figuras humanas… uno, dos, tres y … y… y… y ya está, eran tres. Dos guitarras y el cantante, no había nadie más. Esto lo voy a volver a escribir por si alguien no lo ha entendido bien: ERAN TRES (3), y no salió ninguna batería del cielo… pero se oía una, eso sí. Como también se oía un bajo y en algunos temas arreglos de órgano… TODO GRABADO!!. Era un karaoke, señores, en el que uno cantaba y dos tocaban la guitarra. Miren ustedes, yo no suelo ir a muchos conciertos, la verdad, pero esto a mi no me parece muy normal. Yo puedo comprender que una banda utilice algún efecto pregrabado para comenzar o adornar algún tema, lo puedo entender, pero ¿llevar la batería, el bajo y el teclado pregrabado es normal?... a mí desde luego no me lo parece. Me sentí molesto y muy muy decepcionado, mucho.

Sé que desde hace tiempo la banda sustituyó la batería estándar por dispositivos electrónicos tipo secuenciadores y cajas de ritmos, incluso recuerdo que los utilizaron para grabar sus últimos discos. Desconozco como se presentan en directo, ya he manifestado que no los he visto nunca. Con ello quiero decir que es posible que sea tradición en la banda actuar en directo utilizando uno de esos prodigios tecnológicos, bajo esa premisa podría plantearse la pregunta de si es “perdonable” por ser lo acostumbrado, respuesta que necesariamente ha de ser negativa ya que en el mismo pack digital se incluían los teclados y sobre todo el bajo, y por ahí ya no paso.

Añadir que el concierto así planteado ya no me interesaba en demasía, la verdad. Sólo voy a destacar algo positivo que sí me agradó, y es la reinterpretación de los temas, sonaban bastante diferentes a los discos, mucho más guitarreros y rockeros y eso se agradece, aunque también es normal. Después de no grabar en mogollón de años y estar girando desde entonces tocando siempre lo mismo, sólo faltaba que encima lo interpretaran de la misma manera, pa cortarse las venas vamos. En ese sentido me encantó especialmente la versión del tema “This Corrosion”. Y poco más que contar. Se hicieron tres bises, previsibles claro está porque hasta que no sonara Lucretia y el Templo estaba claro que aquello no terminaba, y efectivamente así fue. El último bis arrancó con “Lucretia My Reflection”, seguida de “Vision Thing” y la cosa terminó con “Temple Of Love”. Como habréis podido intuir, sin un bajo real en el escenario la versión de “Lucretia My Reflection” sonó bastante desangelada.

Ah, otra cosa… el humo que salía del escenario fue constante, es algo normal en la escenografía del grupo, pero es que llegó un momento que desde mi ubicación apenas se distinguía la puerta de los servicios… había demasiado y resultaba molesto. Supongo que lo que se pretendía era precisamente eso, que el escenario no se viera tan desierto y vacío de gente, técnicas de camuflaje, supongo. De hecho cualquier músico que se echara dos pasos para atrás, sin foco que le “enchufara”, quedaba oculto.

En fin… ya no escribo más porque no merece la pena. Yo nunca he visto nada parecido ni espero repetir la experiencia. Ahora os dejo, voy a redactar una carta de queja a la productora para pedirles que me devuelvan la mitad de la entrada, al fin y al cabo sólo me ofrecieron la mitad de los músicos…

Angelito.


27 noviembre 2011

CONCIERTOS

FLEET FOXES + VETIVER. Madrid. La Riviera. 25-11-2011.

Que a una banda de una pureza tan angelical como Fleet Foxes se la utilice como mera mercadería es algo de muy mal gusto. Sí, sin duda eran lo más atractivo dentro del cartel del Primavera Club de este año, pero lo de tener que pagar una entrada aparte para su concierto se convierte en la enésima cicatería de sus inventores, usura de guante blanco. ¿Es que no nos roban, sangran y humillan ya bastante los que mandan?. El problema es que parte de la culpa también es nuestra: nos dejamos engañar como inocentes, saben que la música es nuestro escape y de ello se aprovechan. Pero yo solo me dejo engañar a medias y decido que únicamente voy a darles una parte. Por algo se empieza.

Y al final no importa lo que das, siempre es más lo que recibes. Se confirma la teoría de hace seis meses: Fleet Foxes son el último enigma sin resolver del siglo XXI. Si escuchas a Simon & Garfunkel y Crosby, Stills & Nash es que eres un carca y un rancio. Pero si oyes a Fleet Foxes eres superguay. Ni Iker Jiménez podría explicar que La Riviera se llene hasta la bandera de gente a la última para ver a unos antihéroes peludos y anacrónicos que no hacen música hedonista sino reflexiva. Muy turbador resulta que las veinteañeras se vuelvan locas y griten al verlos como si fueran los Backstreet Boys. El mundo se ha descolocado, los goznes se han roto y esto es un sin Dios. Pero ahí estamos, los unos y los otros, con motivaciones diferentes, viendo a estos benditos muchachos que saben lo que se traen entre manos. Saben hacer música, vestirla, transmitirla, y lo más importante: saben llegar a lo más hondo del corazón, al menos del mío. Canciones como “The Plains/Bitter Dancer” (menuda apertura, mamma mia), “Sim Sala Bim”, “Grown Ocean” o “Blue Ridge Mountains” son capaces de lograr algo inédito desde hace años: reblandecer el callo, exhumar sentimientos, liberar lágrimas silenciosas. Porque la música de estos tipos es algo conmovedor, sencillo pero trascendente. Es música regeneradora, mágica, es un cuento de hadas, es un viaje entre amigos, es el agua cuando tienes sed y el pan cuando tienes hambre, un fuego cuando tienes frío y un abrazo cuando estás solo. Es la mejor compañía para las orejas allá donde estés o a dondequiera que vayas.

Las armonías cristalinas de Pecknold, Wargo y Tillman te mecen solas, llevándote de la mano por el camino de los archiescuchados y requetesabidos “Fleet Foxes” (2008), “Sun Giant EP” (2008) y “Helplessness Blues” (2011). Impagable el duro trabajo en la sombra de Skjelset y Wescott. Y el ducho arte del adorno del exótico, extraño y con pinta de vagabundo Henderson. Y hablando de Pecknold, qué forma de puntear y arpegiar, de crear deliciosas miniaturas sonoras. Y hablando de Tillman (que no es un zorro sin más, pronto tendrá su lugar propio detrás de las cortinas), queda nombrado baterista más elegante del mundo con permiso de John Convertino. Si añadimos la luz justa y unas proyecciones humildes, tenemos el pastel completo. Hincarle el diente, saborearlo y deshacerse de gusto es todo uno.

Si algo puede achacarse a los de Seattle es que no se desvíen un milímetro del guión; aunque con un repertorio tan colosal quizá tampoco lo necesiten. Es la filosofía del buen hacer, del trabajo artesanal, sin poses, charlatanería, tracas ni películas. Un breve conato de improvisación free jazz para introducir “Blue Ridge Mountains” y al final de “The Shrine/An Argument”, y nada más. Se echa de menos "Montezuma" y también la calurosa y siempre olvidada "Quiet Houses", pero “Mykonos”, “English House”, “Battery Kinzie”, “Bedouin Dress”, “Your Protector”, “White Winter Hymnal”, “Ragged Wood”, “He Doesn´t Know Why”, "Lorelai", "Blue Spotted Tail", "Sun Rises" y “Helplessness Blues” vuelan alto con alas prefabricadas; unas alas tan fuertes y seguras que despeinan con su batir hasta al más calvo.

¿Y de Vetiver qué?. Borrados por los zorros de un plumazo. El proyecto de Andy Cabic ha mutado sutilmente de aderezo musical para merienda campestre hacia un clon de Yo La Tengo bastante descafeinado. Venían con un nuevo y decente “The Errant Charm” (2011) bajo el brazo, pero no se les esperaba tan metidos en sus nuevos movimientos pop. Conectaron en muy, muy pocos momentos, aunque dejaron al aire su gustosa querencia por las versiones, clavando una “Streets of Your Town” merecedora del OK de Robert Forster y el difunto Grant McLennan. Pero claro, contra unos compañeros de cartel tan beautiful hasta el más hacendoso pierde.



21 noviembre 2011

REPORTAJES

R.E.M.: EL FINAL INSOSPECHADO

Despedida con honores.

La noticia de la separación de R.E.M. ha sido uno de los tragos musicales más amargos de los últimos meses, junto a las dudas sobre la continuidad de Sonic Youth. Si las bandas serias y honestas hacen las maletas, el mundo se queda cojo. Ahora sí que hay crisis, mire usted. Que un grupo como R.E.M. anuncie su retirada duele. Y precisamente en un momento fulgurante, justo después de publicar sus dos mejores discos en años: “Accelerate” (2008) y “Collapse Into Now” (2011). Aunque como decían los compañeros de Hipersónica, quizá sea mejor dejar un bonito cadáver.

Los de Athens no solo son un capricho personal, sino un activo seguro para la escena musical desde hace 30 años, un santo y seña para viejos y aprendices, un ejemplo de profesionalidad, compromiso, constancia y buenas formas. Sus razones tienen y son más que respetables, ya se trate de ampliar horizontes o ganarse un respiro merecido. Al menos hay que agradecer que el sueño haya sido tan prolífico y duradero. R.E.M. nos dejan un legado envidiable, una colección de mitos vivos, un puñado de recuerdos imborrables en forma de canciones y discos que acompañaron toda una media-vida, en sus mejores y peores momentos. Ni pop-rock, ni folk-rock, ni punk-rock, ni siquiera rock a secas: Michael Stipe, Peter Buck y Mike Mills (y Bill Berry hasta el 97) han sido siempre inclasificables, solo definibles como músicos pluscuamperfectos. Esos recuerdos se recomponen por inercia nuevamente, animando a echar la vista atrás y repasar lo más granado de su triunfante carrera. Y así quedan rescatados cinco álbumes para enmarcar:

“MURMUR” (1983): En 1980 cuatro universitarios de Athens (Georgia, EE.UU.) deciden emprender aventura y tres años más tarde debutan en serio con un largo alucinante. Un disco de una solidez exquisita, abanderado por una “Radio Free Europe” que se convertiría en faro guía del nuevo rock alternativo americano. En “Murmur” la banda expone sus esquemas al desnudo, muestra sus cartas boca arriba: este es nuestro sonido y nadie logrará parecerse a nosotros. En efecto. “Talk About The Passion” y “Perfect Circle” se cuentan ya como grandes clásicos de una discografía sin mácula. Pero este álbum también recoge otras joyas ocultas como “Pilgrimage”, “Catapult”, “9-9” o “We Walk”.

“GREEN” (1988): Tras varios trabajos algo difusos, R.E.M. centran el tiro en este espectacular “Green”, dando el pistoletazo de salida a su periplo más glorioso y de más impacto comercial. Este es un disco pleno, contundente, sin ningún minuto de desecho. Canciones como “Pop Song 89”, “Orange Crush” o “Turn You Inside-Out” se muestran recias e incontestables, mientras que “You Are The Everything”, “The Wrong Child” o “Hairshirt” enamoran con sus dulces ukeleles. Ni sobra ni falta de nada; quizá solo se eche de menos un buen título para el tema que le da cierre magistral.

“OUT OF TIME” (1991): El gran boom comercial se produce con este disco, y “Losing My Religion” se eleva al altar como cordero de Dios. Sin embargo, no es un disco de una pieza; más bien un muestrario que intercala canciones sublimes y experimentos ligeros. El esplendor luminoso de “Near Wild Heaven”, “Shiny Happy People” o “Me In Honey” contrasta con la oscuridad de “Low” o “Country Feedback”. Por su parte, las magníficas “Radio Song” y “Texarcana” muestran las dos puntas del abanico de sonidos abarcable por una banda ya férreamente consolidada.

“AUTOMATIC FOR THE PEOPLE” (1992): Tras el ingente éxito de su antecesor, el reto era enorme. Y sin embargo, Stipe y los suyos no se arredran y alumbran otro disco dignísimo, lleno de bellas canciones, algo más sereno y sombrío, y mucho más adornado. De hecho, se atreven a poner pequeños arreglos de orquesta, nada ostentosos, en canciones como “Drive”, “Everybody Hurts” o “The Sidewinder Sleeps Tonite”. La general palidez del álbum lo hace quizá el más difícil hasta la fecha, con las excepciones que representan una nostálgica “Man on the Moon” convertida en todo un himno, o ese bombazo febril llamado “Ignoreland”.

“MONSTER” (1994): Y después de la calma, llega la tormenta. Este álbum supone un salto al vacío, variando radicalmente la tendencia. El resultado es un ruidoso monstruito con guiños a la memoria de los caídos (Kurt Cobain, River Phoenix...). Muestra a unos R.E.M. explosivos, contundentes y aventureros, aliados con el reverb y la electricidad. “What´s the Frequency, Kenneth” fue el tema estrella, pero hay otros que se distinguen por su fogosidad plutónica, como “Crush With Eyeliner”, “Star 69” o “Circus Envy”. Entre tanto masma también hay sitio para las melodías, “I Don´t Sleep, I Dream” o “Strange Currencies” lo atestiguan. Una patada rabiosa, un disco brutal e injustamente maltratado por sectores críticos radicales.

Esta es parte de la historia de una gran banda. De esas que ya no existen. De las que ya no se llevan. Sin embargo ellos siempre estuvieron de moda, siempre fueron bienqueridos. El mismo cuento de tantas ocasiones: ahora se anuncia un recopilatorio de despedida de todo punto innecesario. El libro maestro de R.E.M. ya está escrito, mil veces leído y hasta subrayado. Adiós es un hasta luego. Porque estas canciones seguirán en la cabeza por muchos años más: la otra media-vida que nos queda.



18 noviembre 2011

DISCOS

WILCO. The Whole Love.

En busca de la gran canción.

Jeff Tweedy está fértil. Y por ende, Wilco no dejan de rodar. Cada dos añitos, puntuales como el transiberiano. Aquí llega “The Whole Love” (2011), lleno de esperanzas aunque los anteriores no fueran bien tratados por la exigente crítica. Da igual que saquen un álbum mediocre; la fe en ellos se resiste a morir. Y bien es cierto que de ellos hace tiempo que no esperamos un gran disco, sino la gran canción dentro de su nuevo disco. Como “Imposible Germany” en “Sky Blue Sky” (2007) o “Bull Black Nova” en “Wilco” (2009). ¿Y cuál podría ser la elegida en este trabajo?. Aquí está más difícil. Está claro que “Art of Almost” queda descartada; su intento por emular a Radiohead resulta bastante desconcertante. También queda fuera de juego “One Sunday Morning (Song for Jane Smiley´s Boyfriend)”, pues sus más de doce minutos no hay cuerpo que los resista sin doblar rodilla. “Black Moon” y “Rising Red Lung” asoman como humildes candidatas sin ser el tipo de canción que se lleva el gato al agua; dos preciosas baladas folk de tempo mínimo e intimidad reconfortante. “I Might” y “Dawned on Me” presentan un currículum intachable; enérgicas, pegadizas, perfectas para un directo interactivo. La amable “Whole Love” se posiciona con ventaja tras tres o cuatro escuchas, aunque es “Standing O” la que más ruido hace, la que resucita del sueño, todo un peso pesado. Y sin embargo… ¿y sin embargo?. Quizá “The Whole Love” no sea disco de una gran canción sino de muchas canciones aceptables. Sí, sabe a más de lo mismo, pero Wilco siempre tienen buen sabor.

14 noviembre 2011

RETROSPECTIVAS

NICK GARRIE. The Nightmare of J.B. Stanislas.

Joyas de los 60.

Tras las sesiones de clásicos por décadas del pasado, es hora de desacotar. A partir de ahora las retrospectivas no tendrán regla ni método. La resurrección comienza de nuevo en los 60, con uno de esos discos que muchos llaman “de culto” o que otros llaman “malditos”. La historia de Nick Garrie es la triste historia del trovador que recorre las calles del reino sin que nadie realmente lo escuche. “The Nightmare of J.B. Stanislas” (69) reunía las hechuras más pulidas y apasionadas del pop, la fórmula del crooner acompañado de una gran orquesta. Algo muy apropiado para los ingleses, pero es que los ingleses apenas se enteraron. Fueron los franceses los que tuvieron la suerte de acogerlo, descubrir sus bondades y guardarlas a buen recaudo hasta muchos años después. ¿Y qué hubiera pasado si Nick Garrie hubiera nacido y grabado en América?. Quizá hubiera tenido más suerte. La suerte de un Scott Walker al que, bajo un punto de vista muy personal, nada tenía que envidiar.

El caso es que este disco apenas gozó de eco en sus orígenes. Un proyecto ambicioso que cayó en agua de borrajas por un revés del destino (el suicidio de su valedor Lucien Morisse), dejando a su autor (un jovencito ambicioso e impresionable por aquel entonces) sumido en la más honda decepción. Por suerte el tiempo le hace justicia, y ahora se cuenta como lo que es, una auténtica obra maestra, reeditada con todos los honores en 2005 y después en 2010. El álbum está colmado de sencillas pero exuberantes composiciones, con exquisitos arreglos y una lírica conmovedora. Canciones como “The Nightmare of J.B. Stanislas”, “Bungles Tours”, “Ink Pot Eyes”, “Little Bird” o “Evening” demuestran el ingente poder de Garrie para escribir e interpretar, y nos regalan esa preciosa voz, transparente y cálida, que nos susurra sobre sueños y amores difíciles en clave surrealista.

Muchos opinan que más vale tarde que nunca. La extraña y dilatada progresión de este hombre hace bueno el dicho, pues han tenido que pasar cuarenta años entre su primer trabajo y el segundo. “49 Arlington Gardens” (2008) es el último grito de un alma en busca del pan negado. Una particular lección de vida: siempre hay una oportunidad para sacarse las espinas. Y nunca es tarde si la dicha es buena. La suya y también la nuestra.


08 noviembre 2011

DESCUBRIENDO A...

CONNAN MOCKASIN

Qué alivio escuchar de vez en cuando algo diferente, algo que de tan inverosímil te hace cuestionarte la consciencia, algo como lo que se dedica a construir este neozelandés insistentemente comparado con el gran Syd Barrett. Connan Mockasin es de esos músicos marcianiles a los que jamás te imaginas con camiseta y vaqueros, sino acicalado con atuendos siderales, bajando de una nave nodriza al más puro estilo George Clinton. Su música es brumosa, ingrávida, desconcertante, adornada por ese punto andrógino que sugieren las voces digitalizadas. Ocurre lo mismo con los franceses Air, ¿de quién es esta voz?, ¿quién canta?, ¿es ella?, ¿es él?, ¿es un extraterrestre?. Y de hecho algunos temas se aproximan a las creaciones del dúo Dunckel-Godin, paralelismo que en el caso de “It´s Choade My Dear” y “Faking Jazz Together” resulta más que evidente. También existe una ligera conexión con los experimentos del inigualable Bertrand Burgalat, otro galo sin fronteras. “Please Turn Me Into The Snat” (2010) es el último disco de esta rara avis, su salto de calidad. Para aportar continuidad, en este 2011 se reedita bajo el nombre de “Forever Dolphin Love”, adoptando el título de su canción más famosa (y harto pegadiza), con el añadido de una colección de versiones en directo.



05 noviembre 2011

DISCOS

BLITZEN TRAPPER. American Goldwing.

Tributo a los maestros.

El año pasado Blitzen Trapper se destapaban con su mejor disco hasta entonces: “Destroyer of the Void” (2010) los mostraba como una banda en la cúspide de su carrera, justo en el estadio anterior a la respetable madurez. Sin tiempo para asimilar del todo aquella obra, con el esplendor de aquellas “Below The Hurricane”, “Evening Star” o “The Man Who Would Speak True” todavía vivo en el paladar, llega su nueva entrega. “American Goldwing” (2011) deja abierto el interrogante en su estreno; ni es tan variopinto ni goza de episodios tan memorables como el anterior. Sin embargo, es un álbum firme, cohesionado y con un amigable guiño a aquellas bandas que pintaron las marcas de la carretera en los 60-70. Hablo de The Band, Creedence Clearwater Revival o Lynyrd Skynyrd. Porque nadie podrá contradecir la certeza de que muchas de estas canciones suenan como si tuvieran arrugas y canas, con las almas (algunas vivas, otras no) de John Fogerty, Robbie Robertson, Levon Helm o Ronnie Van Zant sobrevolando el círculo de fuego en un aquelarre de country-blues-rock. Los momentos más ancestrales llegan con “Fletcher”, “My Home Town” y “American Goldwing”, los más briosos con “Your Crying Eye” y “Street Fighting Sun” y los más emotivos con “Love The Way You Walk Away”, “Girl In a Coat” y “Taking It Easy Too Long”. Un disco que no estará entre los mejores del año, pero sí entre los más agradecidos con el pasado. Si Wilco pueden, ¿por qué ellos no?.



03 noviembre 2011

DISCOS

BEIRUT. The Rip Tide.

Balcanes lejanos.

Zach Condon asombró a propios y extraños en los albores de su proyecto Beirut, con dos discos que bañaron los oídos curiosos de aires remotos y trazas de folclore olvidado. “Gulag Orkestar” (2006) y “The Flying Club Cup” (2007) se empapaban de sonidos fronterizos y gitanos en un esfuerzo hermanador inigualable. Había nacido una estrella, un peregrino que en su ansia exploradora había descubierto el lado más puro y simple de las cosas. Tras un EP bastante aséptico (“March of The Zapotec/Holland”) y un par de años de terapia revitalizadora, el joven músico regresa con este “The Rip Tide” (2011), una continuación parca en temas, menos conmovedora, muy alejada de aquella originalidad. En este álbum Condon se despide de sus amigos los zíngaros, posicionándose en un estrato creativo paralelo al de Stuart Murdoch, por poner un ejemplo. Esto es pop, técnicamente intachable aunque espiritualmente raso. La efectiva y pegadiza “Santa Fe” salva parcialmente los muebles a golpe de casiotone, mientras “Port of Call”, “The Peacock” o “The Rip Tide” parecen querer ondear de nuevo el bellísimo manto tejido en el pasado. Pero ni siquiera esos momentos, modestamente brillantes, aguantan por sí solos el peso de la renuncia. Condon ha dejado de ser diferente para sumergirse en la trivial generalidad.



01 noviembre 2011

DESCUBRIENDO A...

LUKE TEMPLE/HERE WE GO MAGIC

Corren tiempos extraños. Tiempos de asueto necesario, merecido y espontáneo. Las cortinas estaban cerradas pero la música seguía sonando dentro. Muy dosificada, bien seleccionada. Stop al ritmo que marca este mundo. Stop, stop. Entre cuestiones y rebeliones aparece un sujeto llamado Luke Temple, nacido en Manchester, pero el de Massachussets. Vuelta a la luz, renovada conexión aire-pulmones. A la vista de su primer y tercer disco como solista, podría ser otro nombre más que añadir a la caterva de veneradísimos, los Ward, Jurado, Ritter, González, Perkins, etcétera. Pero no hay que caer en el engaño: las propiedades de este tipo se expanden más allá de los confines del folk. Versátil hasta las trancas, con licencia para montar la gorda a golpe vodevilesco, experimentar texturas o sellar con cloroformo las grietas de cada pared. Y con una voz adaptable a cada estilo, volteada sutilmente para parecer un cantante de country con botas de espuelas, un vocalista soul con solapas de terciopelo o un castrati con pololos y babuchas.

“Hold A Match for A Gasoline World” (2005) y el reciente “Don´t Act Like You Don´t Care” (2011) son sus dos títulos más cercanos a la música de raíz: folk, country, jazz y arrebatos de big band. Entre ambos se cuela el exótico, bizarro y radicalmente opuesto “Snowbeast” (2007), plagado de riesgo, barroquismo y lírica. Aparte de sus álbumes en solitario, Temple apadrina un proyecto colectivo para desarrollar con más fuerza su inclinación más moderna, experimental y a ratos bailable: Here We Go Magic es un poco de Grandaddy, un poco de The Flaming Lips y un poco de The Beach Boys. Las canciones del nada desdeñable “Pigeons” (2011) se mueven entre estos nombres sin perder de vista la psicodelia y el pop de los 80. Nada que ver con el sugerente aroma clásico de “Someone, Somewhere”, “More Than Muscle”, “Get Deep, Get Close”, “Ophelia” o “In The Open”, temas superlativos que agarran con extrema facilidad, como un chicle que nunca pierde su sabor.


28 julio 2011

DISCOS

EDDIE VEDDER. Ukulele Songs.

Eddie al desnudo.

Vaya con el dichoso ukelele, ese manejable retaco de cincuenta centímetros, cuatro cuerdas y exóticas credenciales. Ya era hora de dedicar un disco a este instrumento tan simpático. Con tal homenaje se atreve Eddie Vedder. ¿Quién más podría hacerlo?. Un valiente entre valientes, un hombre sin pudor a la hora de demostrar la desnudez más extrema. “Ukulele Songs” (2001) no tiene trampa ni cartón, es simple como el mecanismo de un chupete. Es pura economía e intimidad, dos escasos protagonistas (las cuerdas del instrumento y la versátil voz de Vedder) y algunos secundarios de lujo (el sutil chelo en “Longing To Belong” y los coros de Chan Marshall y Glenn Hansard). Remontando tópicos y usos comunes, las cuerdas de este pequeño amigo musical se confirman como algo poderoso, superando el límite del mero acompañamiento. ¿Acaso imaginábamos estos sonidos, esta fuerza, esta declaración de independencia?. Un vigor que se impone en la inicial “Can´t Keep” y ya no cesa, con un amplio espectro de tonos y matices.

Con un ukelele se pueden perpetrar varios trucos de magia, como lograr que canciones de corte rock se despojen de sus vestiduras (“Can´t Keep”, “You´re True” o “Light Today”) o acotar las dimensiones en las que se mueven el country y el soul (las cálidas versiones de clásicos como “Sleepless Nights”, “Tonight You Belong To Me”, “More Than You Know” y “Dream A Little Dream of Me”). Aunque lo más fácil acaba siendo cazar al vuelo las más hermosas melodías folk (ejemplos: “Sleeping By Myself”, “Goodbye” o “Satellite”), pues a fin de cuentas el ukelele es un instrumento para el folk: ese folk de sala de estar, de rincón improvisado, de hoguera nocturna. Sí, este es otro disco de folk. Es la voz de su autor solo ante el peligro, expuesta al abucheo y al silbido, al ninguneo o el bostezo. Es la arriesgada atmósfera que circunda al músico introspectivo, el que viaja sin más equipaje que sus verdades y sin más compañía que su instrumento, el que se sienta en una silla para abrir su pensamiento al que quiera leer entre líneas. No es un mundo nuevo para él: ya lo exploró (Sean Penn mediante) en aquel magnífico y cinematográfico “Into The Wild” (2007). Justo en el momento en que Pearl Jam cumplen 20 años, con antologías audiovisuales varias en proceso, su líder demuestra que es posible desmarcarse, reinventarse y liberarse. Y por cierto, bonita portada.

www.pearljam.com

16 julio 2011

DESCUBRIENDO A...

SAM AMIDON

Sigo revolviendo entre los discos pendientes de airear y me encuentro con “All Is Well” (2008) y “I See The Sign” (2010). Son dos gemas de un joven de Vermont que nos hace relamernos de gusto. Este tipo desenfadado y un poco loco ha bebido mucha música desde la cuna. Lo clásico y lo contemporáneo se dan la mano en una obra arcana, profunda y tan gélida como los paisajes donde fue ideada. Hablo de paisajes islandeses, esos que, cuando no están tiznados por las cenizas de volcanes rebeldes, irradian luz blanca. Porque el joven Amidon se apunta a la aventura de otros, como Ben Frost o Aaron Thomas, y se sumerge en las brumas nórdicas para crear un sonido que no puede negar su lugar de origen.

Las siluetas de Nick Drake, Paul Simon, Mark Kozelek o José González aparecen como fantasmas mientras suenan estas canciones. Unas canciones que piden a gritos la penumbra, la inactividad y la reflexión. Canciones que se mueven al ritmo de un péndulo que bascula a cámara lenta. Y hasta el mismo Woody Guthrie asoma la nariz para unirse a tan íntimo y riguroso ritual. En “All Is Well” (2007) el argumento es sólido y homogéneo. “I See The Sign” (2010) dirige ocasionalmente el periscopio hacia otros horizontes como la música étnica o el jazz. Una bendición para oídos saturados y exhaustos, parapetados contra polvo y paja.

www.samamidon.com

14 julio 2011

DESCUBRIENDO A...

O EMPEROR

El verano es mala época para casi todo. También para la inspiración. El calor abotarga las neuronas y las palabras se estancan. De ahí que ponerse a darle a la tecla suponga todo un esfuerzo y postear el resultado todo un triunfo. En estos días ralentizados de pereza descomunal la música pasa de razón de ser a mero entretenimiento ocasional. No es tiempo de ponerse a indagar, sino de sacar del almacén las cosas acumuladas y quitarles el precinto. Como “Hither Thither” (2010), primer y único disco de este quinteto irlandés al cual se llega por un caprichoso camino: la comparativa bondadosa con Grizzly Bear.

Hace falta tener las zarpas muy largas para alcanzar a los insuperables de Brooklyn. Las preciosas “Sedalia”, “Heisenberg” y “To The Sea” lo intentan, se aproximan al espejismo del oso aunque les resta un trecho para llegar a su excelsitud. Sin embargo O Emperor no son el penúltimo bollito folky de la hornada; son más bien un grupo de indie pop que se pone onírico o romántico según sople el viento. Como los Coldplay de ayer o los Radiohead de antes de ayer. Un resultado que, desde luego, nada tiene que ver con las influencias clásicas utilizadas en el aprendizaje (The Rolling Stones, Led Zeppelin, Pink Floyd). Su rol como teloneros de los súbitamente-elevados-a-cabeza-de-cartel-de-festivales Mumford & Sons ha contribuido a convertirlos en fuente de interés global. Plantados en un ecuador imaginario, entre el hype intranscendente y la indagación sincera y espiritual, veremos de qué lado se decanta la balanza.

www.oemperor.com

05 julio 2011

CANCIONERO

THE KINKS. Mister Pleasant.

Hay muchas canciones de The Kinks que podrían ocupar este espacio. Podrían ser las míticas “You Really Got Me” y “All Day and All of The Night” de sus comienzos. También podrían ser la pionera “See My Friends” o las entrañables “Sunny Afternoon” y “Waterloo Sunset”. Quizá también esa divertida y criticona “Dedicated Follower of Fashion”. Pero hay una canción en el repertorio de los hermanos Davies que siempre asoma la cabeza por encima de las demás, y es “Mister Pleasant”. Sus efectos sobre el ánimo son mágicos, misteriosos e inmediatos. A veces viene bien contar con un botiquín de canciones analgésicas y estimulantes para los momentos chungos.

Esta canción nunca llegó a coronarse como éxito notorio de la banda, ni siquiera brilló dentro de ninguno de sus álbumes (solo en los extras de la reedición digital de “Face To Face”), incluso se prescindió de su publicación como single en el Reino Unido. Pero ahí está, indispensable en cualquier recopilación de ese primer y fructífero periodo creativo que abarca desde 1965 hasta 1967. “Mister Pleasant” dedica guiños coquetos al Music Hall, y su letra es otro episodio más en la extensa serie de descripciones costumbristas implacables de Ray Davis. Lo dicho, un elixir revitalizante.

MISTER PLEASANT

Oh Mr. Pleasant, how is Mrs. Pleasant?
I hope the world is treating you right,
And your head's in the air,
And you're feeling so proud,
'Cause you're such a success,
And the whole wide world is on your side, hey hey.
How are you today?

People say Mr. Pleasant is good,
Mr. Pleasant is kind,
Mr. Pleasant's okay,
Mr. Pleasant don't mind.
As long as Mr. Pleasant's all right, hey hey.
How are you today?

How's your father, how's your mother?
How's your sister, how's your brother?
How's your brand new limousine,
Twenty-four inch TV screen?
Did you like prosperity
More than you liked poverty?
Life is easier, so much easier, life is easier now.

Oh Mr. Pleasant, how is Mrs. Pleasant?
Did you know she was flirting around
With another young man,
And he's taking her out
When you have to work late?
And it's not so pleasant after all, hey hey.
How are you today?

www.thekinks.info


18 junio 2011

DESCUBRIENDO A...

SEAN ROWE

El más reciente descubrimiento de la temporada es un músico de la zona de Nueva York de voz tremebunda y aficiones silvestres. Las comparaciones con Leonard Cohen y Van Morrison son la tónica general, y aunque tópicas, no son nada desacertadas. De hecho, Sean Rowe posee cualidades de barítono que deslumbran, conmueven y dejan huella. Y hablando de Cohen, hace unas semanas conocíamos una de las pocas noticias que en los últimos tiempos nos han hecho sonreír: su premio Príncipe de Asturias de las Letras. Pero volvamos a Rowe y a su álbum “Magic” (2011), obra a ratos rugosa y a ratos delicada. Poco acompañamiento hace falta para una garganta como la suya; pase lo que pase, esa voz siempre acapara el primer plano, todo lo demás es secundario.

Las comparaciones con los dos clásicos mencionados son evidentes, pero no menos digna es su conexión con un compositor al que se asemeja en estructuras, timbre y lírica: Mark Eitzel. La sombra del californiano ya se cierne sin atisbo de duda en la inicial “Surprise”. Tampoco es nimia su asimilación a otro nombre de profundidad vocal superlativa, casualmente otro tipo llamado Mark (Lanegan) con el que se establece un parentesco íntimo en “Old Black Dogde”. Sus tres puntos fuertes (folk, canción americana de autor y blues) germinan en maravillas como “Night”, “American” y “Wrong Side of the Bed”. Con todos los honores Rowe se cuela en una selecta lista capitaneada por el premiado canadiense y el león de Belfast; club de élite con comensales tan ilustres como Howe Gelb, Bill Callahan o Stuart Staples.

www.seanrowe.net

16 junio 2011

RETROSPECTIVAS

J.J.CALE. Naturally.

Joyas de los setenta (8ª parte).

Cuantísimo tiempo sin mirar atrás. ¿Por qué?. No lo sé. Son rachas. Hay días en los que el presente te parece la cosa más fantástica del mundo y días en los que si no viajas al pasado mueres. Para ser justos, “Naturally” (72) lleva más de un mes en perspectiva. Otro Cale después del último Cale. Hace un par de días sonaba “Call Me The Breeze” en la tele, poniendo ritmo a un anuncio de no sé qué (lo siento, no presto atención a la publicidad). Curioso esto de la televisión. Algunos siquiera podrán imaginar que la cancioncita tiene ya más de cuarenta tacos. Creerán que han descubierto la pólvora gracias a la caja tonta, la imagen de marca y el cruel consumismo. Se sentirán como Hernán Cortés, colonizando tierras que de nuevas nada. En alguna parte leí una vez algo que nunca olvidaré: “Definición de música indie: la que sale en los anuncios de la tele”. Reconozco que me fastidia que una canción que me gusta se apunte al juego de la compraventa y la engañifa. Pero esto es lo que hay, y me aguanto.

“Naturally” supone el álbum de debú de un artista dedicado muy a menudo a abonar la gloria de otros. De hecho, en este disco se concentra una sonora reivindicación de autoría: la de “After Midnight”, popularizada en sus orígenes por Eric Clapton, quizá una de las composiciones más sofisticadas y brillantes de J.J. Cale. Reivindicación sin un ápice de soberbia, que conste, pues el de Tulsa y Clapton siempre han sido buenos amigos y mejores colaboradores. Oh, Tulsa, esa ciudad prestada a las más variopintas leyendas, cuna de sonidos inconfundibles. Este álbum reproduce con inmejorable tino la esencia del “Tulsa sound”, ese mano a mano cálido y riguroso entre el blues, el jazz y el country. Ese sonido de andar por casa, hogareño y hasta un poco lo-fi. Un disco que hace honor a su nombre, exhibiendo una naturalidad casi milagrosa. Casi todas las canciones que lo componen mantienen inequívocas estructuras blues, avanzadas en revoluciones o adornadas para emparentarlo con palos tan diversos como psychobilly, swing, calipso o easy listening. Canciones de poco más de dos minutos que, sin mucha pretensión, lo dicen todo. Porque la música de Cale ha sido una de las más demandadas a préstamo de la historia y con razón. Sus canciones son dúctiles y maleables, adaptables al oído de cualquiera. He ahí la enorme cantidad de versiones de sus temas que pululan por las carreteras (principales y secundarias) de la miscelánea pop-rock. En este disco hay unas cuantas y ya hemos hablado del curioso caso de “After Mighnight”, a la que no solo Clapton echaba el guante, también Jerry Garcia. Pero hay más: Lynyrd Skynyrd se apropiaron de una “Call Me The Breeze” casi hecha a su medida; Kansas hicieron lo propio con la chispeante “Bringing It Back” y Waylon Jennings con el genuino aire sureño de “Clyde”. Funkadelic dieron una vuelta de tuerca a “Call The Doctor” y Johnny Rivers acunó el mojo de “Crazy Mama”. En tiempos más recientes, el intrépido Tom Barman (dEUS) se atrevía en la intimidad con “Magnolia” (también con “After Midnight”). Son solo algunos ejemplos. Recopilar todo el elenco de covers podría ser un pasatiempo interesante para estas vacaciones. O el tema principal de una tesis doctoral.

www.jjcale.com

09 junio 2011

DISCOS

JESSE SYKES & THE SWEET HEREAFTER. Marble Son.

Música de verdad.

Que paren el mundo que yo me apeo: con este disco bajo el brazo. Qué hermosura, qué grandeza, qué dolor. Pero dolor de placer. Es salvajemente bueno. El ahora o nunca, el gran salto de la mujer con la voz más gastada e intrigante de nuestra generación. Ella es Jesse Sykes y esta es su carta certificada de amor al rock. Porque sí, en “Marble Son” (2011) hay más rock de lo esperado, explosiones eléctricas que llenan de flores las tumbas de los mitos, riffs antológicos, roja sangre hirviendo. También hay folk, ese folk cadencioso dibujado en bellísimas canciones que embalsaman el oído y acarician la piel. Ella y ellos han sabido como nadie atrapar el viejo espíritu, entonando salvas a Neil Young y Jefferson Airplane. Un disco con poderes fácticos, inconmensurable de principio a fin.

Y es que su principio seduce de inmediato; la rompiente ruidosa de “Hushed By Devotion”, épica presentación de ocho minutos que combina el marasmo de sus estrofas susurrantes un poco a lo Slowdive en “Pygmalion” (95) con temblores guitarreros de quitar el habla. Pieza que establece la presunción de disco glorioso. El resto no hace más que confirmarlo. Sutilezas como “Marble Son”, “Come To Mary”, "Servant of Your Vision", “Be It Me Or Be It Done” y “Birds of Passerine” condensan el aire y dejan cicatrices de puro gusto. La vena ultrarockera se desata en temas como “Ceiling High” (Neil a tope), “Pleasuring The Divine” (Jefferson 100%) o “Your Own Kind”, con ese culminante punteo final cercenando la carne con saña. Una mención especial para los mil paisajes de niebla, mística y relax recreados en la poderosa “Instrumental”, en la que evidentemente no escucharás ni una sola palabra: ni falta que hace, las guitarras platican por sí solas y su discurso es universal.

58 minutos de pura magia, envolventes y sacros. “Marble Son” es de momento mi disco del año. Está lleno de música. Pero de música de la de verdad. Todas las puestas de sol en las bahías, todo el aceite vertido en las carreteras, todo el polvo levantado por los huracanes, toda el agua de las ciénagas del delta. Todo está aquí dentro, sí señor. Solo hay que descubrirlo. ¿Por qué vosotros, tristes mortales, os resistís a descubrirlo?.

http://www.jessesykes.com/

31 mayo 2011

CONCIERTOS

PRIMAVERA SOUND 2011

Sábado.

JOHN CALE: Acceso al auditorio sin ticket de reserva y por los pelos. Bingo. “Paris 1919” merece esa incertidumbre y tensa espera. John Cale es uno de esos grandes que siempre se había escapado por pitos o flautas. El concierto prometía, no solo por su temática, también por su formato. Y no defraudó. Los mitos como Cale jamás defraudan. Encorbatado, con falda galesa y muy bien arropado: por su banda, un trío exquisito que se lució (especialmente en los temas de regalo) y por BCN216, la orquesta residente del Auditori. Con tal cantidad de buenos músicos por metro cuadrado era obvio que el disco invitado debía sonar grandioso y especial. Y extraordinariamente especiales resultaron “The Endless Plain of Fortune”, “Paris 1919”, “McBeth” y “Half Past France”: dejando poso, despertando sensibilidades secretas, haciendo casi llorar. Grande no, enorme.


FLEET FOXES: No entiendo el fenómeno Fleet Foxes. No son nada modernos. Hacen folk puro y duro, música de hace cuarenta años. Música que, desgraciadamente, ya no mola, ya no vende. Pero ahí están, reventando el escenario San Miguel como jamás se había visto en este festival a estas horas de la tarde. Debe ser que la gente no es tan tonta y ha captado el mensaje de sus canciones hermosas sobre árboles, pájaros, amistad y tiempos mejores. Me cachis, sigo sin entenderlo: los mismos que corean esas canciones no paran de mirar el Twitter en sus móviles. En fin, su concierto fue de nota alta e inmaculado. Más o menos lo que se esperaba. Con tonadas y armonías tan requetebuenas y con lo bien que saben tocar, lo tienen todo hecho. Decidieron no abusar de “Helplessness Blues” y dedicar más tiempo a sus viejas canciones, esas que nunca tuvimos el placer de degustar en vivo porque es la primera vez que pisan suelo español. Y vaya, “Sim Sala Bim” y “The Shrine/An Argument” son tremendas, pero “Ragged Wood”, “Drops in The River”, “Mykonos”, “Your Protector”, “White Winter Hymnal” y “Blue Ridge Mountains” no tienen nombre. Son como una bocanada de aire fresco. El que no se deleite con ellas es que no tiene sangre en las venas.



EINSTÜRZENDE NEUBAUTEN: Faltan las palabras. Qué difícil es contar un concierto de los Neubauten. Ladrones de desguaces, recicladores de chatarra. Artistas e ingenieros. Padrinos de un sonido imposible de replicar. Alemanes, evidentemente. Máquinas perfectas haciendo música de otra esfera. Jugando con instrumentos y cachivaches nada convencionales, con el tiempo y el silencio. Diseñando y construyendo un show de antología. La leyenda es verdadera. Blixa Bargeld tuvo uno de sus buenos días, otro elegante, poderosísimo y marcial maestro de ceremonias al que no hay quien le tosa. Alexander Hacke y Jochen Arbeit son dos lobos feroces al bajo y la guitarra. Pero definitivos en la idiosincrasia de la banda son Rudolf Moser y Andrew Chudy; sin su delirio de percusiones catatónicas nada tendría sentido. “The Garden” abrió el surrealista recital, seguida por esa obra maestra post-industrial llamada “Die Befindlichkeit Des Landes”. “Let´s Do It A Da-Da” pulsó el botón del trance, “Haus Der Luege” el del metal extremo, “Sabrina” y “Susej” mostraron el lado humano de las bestias. Malditos festivales, ¿por qué grupos así tienen que marcharse tan pronto?. Ni siquiera los fogonazos de “Redukt” consiguieron aplacar el hambre. Indescriptibles, únicos, de otro mundo.



PJ HARVEY: Hay que ver lo que cuida Polly últimamente la puesta en escena. Todo estudiado al milímetro. Como una aparición mística, de blanco y con plumas en el pelo. Y cómo no, acompañada por unos impecables Mick Harvey, John Parish y Jean-Marc Butty situados a muchos metros de ella y prácticamente invisibles. Bonito pero inapropiado para un escenario mastodóntico. Ni el sonido, ni su voz ni sus ondas magnéticas llegaban más allá de las primeras filas. Como la luz de una pequeña vela tratando de iluminar una nave industrial. “Let England Shake” sonó casi al completo, reproducido con una exactitud pasmosa. Y lo bueno que tiene PJ Harvey es que busca y rebusca en su baúl particular antes de cada concierto, y se saca de la manga no solo trapos y complementos asombrosos, sino esas canciones que nunca habrías esperado, que llevan tanto tiempo en barbecho. Esta vez le tocó el turno a “C´mon Billy”, “The Pocket Knife” o “Angelene”. También se sumaron “Down By The Water”, “The Sky Lit Up”, “Big Exit” y una final y aguerrida “Meet Ze Monsta”. Revisando todas las etapas de su historia pero sin viajar lo suficientemente atrás: faltaron “Dry” y “Rid of Me”. Pero es que claro, aquella y esta Polly Jean nada tienen que ver.



THE JON SPENCER BLUES EXPLOSION: La explosión blues ha resucitado: aleluya. Jon Spencer, Judah Bauer y Russell Simmins han vuelto por sus fueros, haciendo lo que mejor saben: dejarse la piel y la sangre en escena, volver loco al personal. Una hora y pico llena de blues-rock grasiento y desmadrado. Ni una pausa más larga de tres segundos, ni un jodido respiro. Ni te da tiempo a asimilarlo; sus conciertos son de esos en los que no dejas de repetirte “no sé qué están tocando pero me encanta”. Por ahí se adivinan “She Said”, “R.L. Got Soul” y “Bellbottoms”. Todo junto, a veces revuelto. Da igual, es todo un espectáculo. A media luz y echando toda la carne a la parrilla. Al final suena “Magical Colors” engordada a base de electricidad, espasmos y pedales, desembocando en un terremoto que parte los huesos al grito de guerra de “blueees explooosion”. Excitante, tremendo y agotador.



ANIMAL COLLECTIVE: Ya van dos. La segunda oportunidad que doy a Animal Collective y la segunda vez que no puedo soportarlos. Sí, seguro que son el grupo más innovador, molón y original del planeta, unos refrescantes geniecillos y bla, bla, bla. Pero ¿qué clase de aberración estaban perpetrando para clausurar el festival?. ¿Qué estaban tocando?. ¿Qué se traían entre manos?. Algunos bailan porque a esas horas todo les da igual, y otros se quedan mirando el escenario con cara de tontos. De repente “Brother Sport” devuelve un poco a la vida, pero nada, todo espejismo. Panda Bear y sus chicos han decidido nuevamente ser los más chulos del lugar. Y hay horas, plazas y situaciones en las que el riesgo se paga caro. Adiós, Animal Collective, adiós ahora y para siempre.


CONCIERTOS

PRIMAVERA SOUND 2011

Viernes.

AINARA LEGARDON: La jornada del viernes comenzaba más o menos como la del jueves: con una gran mujer rockera cara al sol. Solo que a la bilbaína se le nota más solidez, el rodaje fruto de la veteranía. Las comparaciones son odiosas, pero Ainara lleva a sus espaldas la etiqueta de émula de la PJ Harvey primitiva. Las canciones del último “We Once Wished” fueron las protagonistas de un show plagado de espasmos eléctricos, de surcos cavados en la tierra reseca, de vidas sin aire y plantas sin agua. “You Gave Me” es un ejemplo de cómo el rock puede remover las entrañas.


AVI BUFFALO: Contentos de estar por primera vez en España, el jovencísimo cuarteto de Long Beach pecó de novato, o quizá de suicida: decidieron regalar un puñado de canciones nuevas (que muy pocos conocían) en detrimento de su luminoso y virtuoso álbum de debú. Y no es que las nuevas estén mal (no, están de lujo), pero a algunos les apetecía algo más que corear el manido estribillo de “What´s In It For” o babear con la exhibición guitar hero de “Remember Last Time”. A su favor hay que decir que, amén de simpáticos, candorosos y ultracorrectos, poseen un don especial: tocar como curtidos profesionales y sonar como una banda consagrada.


THE MONOCHROME SET: De la reaparición de The Monochrome Set no se podía esperar otra cosa que un batallón de grandes éxitos. Dicho y hecho. Sin despeinarse, elevando la flema británica a la máxima expresión, asumiendo las inconveniencias con desparpajo (esos problemas con la guitarra de Bid), pulcros, exquisitos y enormes. Una gozada recuperar esas canciones directas a la yugular, como “The Monochrome Set” (comienzo obvio), “The Jet Set Junta”, “Eine Symphonie Des Grauens” o “Jacob´s Ladder”. Sí, esto son auténticos temazos y lo demás son tonterías. Apunte obligatorio para la sonrisa eterna de madre de la baterista Jennifer Denitto: qué amor de mujer.


M. WARD: Como no había tenido el gusto de coincidir nunca con este señor, no sabía realmente qué esperar. Todo un placer, Mr. Ward. Me hizo usted pasar uno de los momentos más vibrantes, carnosos y auténticos de todo el festival. Me hizo usted revivir a los clásicos que tanto amo y cerciorarme de que el mojo todavía existe. Me hizo usted deleitarme con el dulcísimo sabor de “Poison Cup”, “Chinese Translation” y “Fisher of Men”. Y aunque me privó de mi adorada y venerada “Stars of Leo”, se lo perdono. Gran sorpresa. Acompañado de una banda impresionante (con doble batería), centró su repertorio en los anacrónicos y espléndidos “Post-War” y “Hold Time”, sin escatimar en guiños interesantes: a su entretenimiento paralelo Monsters of Folk, a Buddy Holly (“Rave On”), a Howlin´Wolf (“Howlin´for My Baby”), a Daniel Johnston (“To Go Home”) y hasta al amo Chuck Berry (“Roll Over Beethoven”). Demostrando una actitud en el escenario propia de los más grandes, postulando a la categoría de hijo adoptivo de Neil Young. Torero.


PERE UBU: David Thomas ya no es el mismo, ¿o si?. Convertido en la mitad, machacado por unos años que no pasan en balde, pero genio y figura ante todo. Un maestro de ceremonias implacable para dictar los caminos de un disco que marcó una época, una nueva lectura del punk y el garage. Y “The Modern Dance” jamás sonó tan impoluto, tan límpido, tan rabiosamente actual. Como solo dura 36 minutos, había que aderezarlo para su puesta en escena con algún que otro zambombazo del estilo de “Final Solution”. Después, el álbum ordenado y al completo, majestuoso. Entre pieza y pieza pequeños y divertidos speech, historias sobre la incomprensible naturaleza del azar y las relaciones amorosas, lecciones de vida de un hombre que, entre berrido y lingotazo, nos demuestra una vez más que no es un alien, sino un ser terriblemente humano. Merecido bis, sí señor.


LOW: La música de Low detiene el tiempo, acota el espacio. Tras dos o tres canciones hay una cortina invisible a tu alrededor; nada existe, ni la gente, ni la noche, solo ellos. Atrapan. “Nothing But Heart” puede ser un comienzo demasiado arriesgado pero suficientemente determinante: calma, muchachos, no hay prisas que valgan. “C´mon” fue el protagonista, con unas “You See Everything”, “Especially Me” o “Witches” que dejaron sin aliento. La relectura más sosegada de “Monkey” demostró que hasta lo más mínimo puede ser moldeado con un poco de paciencia y amor. “Silver Rider”, “Sunflowers”, “Murderer” y “Canada” volvieron a aparecer pero ¿a quién le importa que se repitan?. Y por cierto, la conexión Low-Retribution Gospel Choir queda definitivamente definida: Eric Pollard también estuvo acompañando a los teclados. Una familia que crece, se expande y se convierte cada vez más en una piña. Ya lo dijo Alan Sparkhaw en su alarido final: “Your family is forever”.


DEERHUNTER: Cada vez que vienen al Primavera Sound tocan en un escenario un poco más grande. Ya solo les queda el San Miguel. Tras verlos por cuarta vez una cosa queda clara: que su credibilidad y solidez como banda crece en progresión geométrica. Sus discos pueden resultar a ratos incómodos, pero en directo queman y arrasan. Melodías de bandera retorcidas en llamas a golpe de pedal. “Desire Lines” y “Hazel St.” formaron un tándem inicial de ensueño. Sin pausas ni titubeos, ofrecieron un concierto megalítico, lleno de momentos gloriosos. Como esa estratosférica “Nothing Ever Happened” ensamblada con la sui generis versión de “Horses” de Patti Smith. O como una bellísima “Helicopter” que recordó la estela onírica de Mercury Rev. O como ese atracón lisérgico de la mano de “He Would Have Laugh”. Puede que a veces se gusten y recreen en demasía con alardes progresivos innecesarios, pero la evidencia es lapidaria: son superlativos.


PULP: El retorno puntual a la vida de Pulp también era uno de los platos más deseados del festival, a tenor de la congregación de público en la explanada San Miguel. Y como era de esperar, Jarvis Cocker dio la talla, sacando a pasear de nuevo lo mejor de su faceta payasera y exhibicionista. Como en los mejores tiempos. “Do You Remember The First Time?” dio el pistoletazo de salida. Se habían anunciado canciones de todas las épocas y las hubo, aunque las ovaciones para “Different Class” se llevaron la palma. “Disco 2000”, “Something Changed”, “Sorted for E´s & Wizz” y “F.E.E.L.I.N.G.C.A.L.L.E.D.L.O.V.E” siguen poniendo la pica en algún lugar (ya recóndito) de un corazoncito crecido, sufrido y curtido en otras batallas. Pero ya no es lo mismo. El momento Pulp ya pasó. Igual que el momento Suede ya pasó. Igual que tantos y tantos momentos pasaron. Celebras a los clásicos revividos cuando te vuelven a hacer sentir lo mismo que en el pasado. Pero eso no ocurre con Pulp. Al solemne compás de “This Is Hardcore” me retiro. Y le digo adiós a “Common People” sin ningún remordimiento.