Recordábamos a un Matt Ward
distinto. Lo recordábamos abrigado, fastuoso, grandilocuente. Pero a veces es
necesario conocer la parte desnuda del producto. La parte más íntima y
accesible, aquella que se enfrenta cara a cara con la audiencia, de tú a tú. En
ese contexto el cantautor californiano es naturalidad e improvisación, cercanía
y complicidad. Es la estrella por un día en una sesión de bar a micro abierto.
Aquel que desafía los estándares y se desenchufa, se aleja del micrófono
poniendo a prueba la acústica de un teatro que rebosa entusiasmo ante tan
magnético ataque de frugalidad. Es el caballero que desfila por el escenario
sometiendo su guitarra al arbitrio de su voluntad, sin importarle que tal o
cual nota suene raspada o arañada. Un psicoanalista que dibuja en los cerebros
a Bob Dylan, a Leadbelly, a Buddy Holly
o a Johnny Cash. El que se permite
chistes, chanzas y autocríticas, o se autoinmola traduciendo versos de “I Get Ideas” al castellano, el que pide
perdón, el que agradece, el que quita importancia a lo que da y magnifica lo
que recibe. Matt Ward en unplugged
es un bardo contemporáneo, un metapoeta de lo mundano. Es el benefactor y el
prócer en las exhibiciones vocales de Courtney
Jaye, su compañera puntual en escena. Es el hombre que escribe magníficas
canciones (“Chinese Translation”, “Hold Time”, “Sad, Sad Song”, “Poison Cup”
o “For Begginers”) y el que se adjudica
en justa subasta las escritas por otros (“Rave
On”). El que pone su inefable y particular grano de arena en esa inmensa
playa que es la música popular. Un grande entre los grandes.
18 mayo 2018
11 marzo 2018
CONCIERTOS: KELLEY STOLTZ
Madrid. Café
Berlín. 9 de marzo de 2018.
www.kelleystoltz.com
Comienza el año de
conciertos y lo hace con un tipo al que le teníamos unas ganas atroces. Por
accidentes del destino nos quedamos con las ganas de verlo (y la entrada en el
bolsillo) hace un par de años en la capital, pero lo bueno de Kelley es que
tarde o temprano, siempre vuelve. Y vuelve a lugares recogidos, modestos,
periféricos, aunque su música, por universal, sea óptima para pistas,
anfiteatros y pabellones. Lo justo como introducción es hablar de “Que Aura”
(2017), que llegó tarde a las cortinas, bien entrado ya el 2018, pues este es
justo el motivo de una gira que ha dejado cinco fechas en España (en lugares
pequeños, muy, muy pequeños), aunque el bueno de Kelley, eficaz y rápido como
el rayo, ya se permita presentarnos futuras canciones. “Que Aura” es el
enésimo muestrario, la enésima antología de un hombre que compone melodías
legendarias como un churrero hace sus churros. Envuelto en esa neblina
caleidoscópica que caracteriza su sonido más reciente, nos muestra otra
miscelánea de las mil caras de este entrañable Jeckill y Hyde que no reniega de
sus héroes de infancia, de los Wilson, los Davis y de Lennon, pero que con sus
infinitos tentáculos de pulpo se empeña en abrazar la irresistible sombra de
otros viejos amigos del soul y el glam-rock.
Y Kelley en directo
y con su banda (con espléndida mujer al bajo, otro apunte a una semana de
reinvindicación) es igual de solvente, natural y efervescente, vistosa guitarra
roja en ristre, a juego con sus pantalones, a juego con el cable del ampli.
Empieza echando la vista atrás, poniendo en antecedentes con las lapidarias “I
Don´t Get That” y “Your Reverie”, para lanzarse de cabeza a la
piscina de su nuevo aura con tres flashes tan diferentes como “Some Pattern”,
“Get Over” y “No Pepper for the Dustman”, contraste entre mundos
extraterrestres, chic y rebeldes. Y entonces, como pececillo en el agua, decide
que nos quiere presentar dos canciones nuevas, y se marca unas “Are You
Optimist” y “My Friend” supremas, directas, sabrosas como todas sus
creaciones de la A a la Z. Maldito genio, ¿cómo lo hará? Rescata algunas de sus
más preciadas delicatessen, como “Pyramid of Time”, donde su dedo mágico
se eleva, vuela y se posa sobre las teclas del sintetizador para llenar de ondas
electrostáticas el ambiente. También rescata la tajante y ultranecesaria “Double
Exposure”, la brillante “Ever Thought of Coming Back” con unos
agudos que se quedan a medio camino entre el todo y la nada, y ese himno con
riff inolvidable que dice “Are You My Love?”. Después toca el turno de hablar
de San Francisco y hacer un monumento de “Walking Against The Greenlight”,
convirtiendo el esbozo que suena en el disco en una titánica mole sónica,
exhibición pianística incluida. El aire discotequero de “Empty Kicks” es
solo un punto y aparte, un aperitivo para el plato principal de unos bises que,
of course, requieren un atuendo de lentejuelas para festejar el embrujo
del funky y el soul, hechos forma viviente en “Confidence” y en la maravillosa
“Mercy Mercy Me” de Marvin Gaye. Toda una sorpresa, de las de
frotarse los ojos, ese Kelley pasando de la formalidad al desmelene en un pis
pás, de operario a actor en un fugaz parpadeo. Momento cumbre. Pero aún quedaba
tiempo para un último grito aguerrido, el de “I see, I see no.. EVIL” de
Television, ese temazo que abría aquel mítico “Marquee Moon”
(77). La verdad, no esperábamos versiones, quizá porque su repertorio es tan
amplio y reluciente que toda ayuda externa se antoja innecesaria. Pero he aquí
que las versiones no son más que otro detalle ejemplificador del amor de este
soberano genio por la música, por su trabajo y por la causa. Una causa de la
que todos somos cómplices, pues músicos así son los que dan verdadero sentido a
nuestra recalcitrante melomanía.
13 enero 2018
DISCOS EN RESCATE
La música que sonó en 2017 (2ª
parte)
La neozelandesa Aldous
Harding ha sido uno de los grandes descubrimientos del 2017, a través de un
segundo trabajo que es todo intimidad y delicadeza. Un álbum de mínimos
recursos, canciones que se construyen a través del exhorto vocal, parcas en
instrumentación y arreglos, pero holgadas de belleza y emotividad. Asombra lo
que esta mujer puede llegar a hacer con su voz, convirtiéndola en cristal,
fuego o terciopelo a merced de humildes melodías, ya sean al piano o a la
guitarra acústica, todo líquido y frugal. Destacan sobre todo “Imagining My Man” y “Party”, canciones soberanas, callejones
solitarios de blanca melancolía. Una joyita preciosa y especial.
Tras siete años desde su último álbum, el combo canadiense
regresa en su camino lento pero eficaz. No olvidemos que estamos ante una banda
puente, proyecto paralelo o como se le quiera llamar a la típica reunión de
amigos que pone sus inquietudes y aprendizajes en común por puro
enriquecimiento y diversión. Nuevamente capitaneados por Kevin Drew y Brendan Canning,
mantienen su identidad de orquesta efluente en una nueva colección de canciones
que comienza en fanfarria y termina en sopor. La exhuberancia de temas como “Halfway Home”, “Skyline” y “Vanity Pail Kids”
contrasta con la monotonía del cuarteto que culmina el disco. Con lo que el
globo se desinfla poco a poco y llegar hasta el final se hace bastante cuesta
arriba.
Irresistible se antojaba una colaboración entre estos dos músicos
de potentísima personalidad. Y su álbum
a medias cumple las expectativas, con la participación bien calibrada de ambos,
dándose la mano en un ten con ten amistoso y eficiente. Cada uno deja su huella
en las composiciones propias (Kurt en “Over
Everything”, “Continental Breakfast”
y “Blue Cheese”; Courtney en “Let It Go”, “Outta The Woodwork” y “On
Script”) y los dos se acomodan a las estructuras con una naturalidad de
andar por casa. Incluso Courtney se atreve a hacer suya la ya conocida “Peepin´Tom” de su acólito con resultado
impecable. Para colmo, la grabación cuenta con invitados de excepción, como Mick Harvey, Mick Turner o Jim White.
Todo son lujos en este modélico disco de rock.
Aficionados a la
rapsodia compleja y alérgicos a la estructura básica de canción, poder tararear
un estribillo de estos muchachos estaba muy, muy caro. Hasta ahora: con “Mourning
Sound” lo hemos conseguido, esa pequeña joya electro-pop que ilumina este
disco. “Painted Ruins” los mantiene en su originalidad nata, moviéndose
entre el trending y el barroquismo, siempre dando prioridad a este sobre
aquel. Y asombra pensar en la ingente cantidad de trabajo que debe llevar cada
uno de sus álbumes; de concepción, composición, memorización, mezcla, edición,
de pura asimilación. Este no es para menos. Todavía con capaces de regalar
arquetipos tan brillantes como “Cut-Out”, “Neighbor” o “Systole”.
El león los tentó pero no se los tragó.
Descubrir a Kevin Morby el
año pasado fue todo un regalo. Sin tiempo casi de asumir la ganancia, llegó su
nuevo álbum, otro baño de nostalgia y buen hacer, con olor a clásico
instantáneo. Bob Dylan sigue siendo
el referente, y sin embargo el tejano bien se cuida de no caer en el facsímil.
Con una verosimilitud propia de una madurez precoz, Morby selecciona los
mejores patrones del folk-rock y el soul (y el punk ramoniano, puntualmente en
“1234”) para llevarlos a su taller. Y de ahí se saca un puñado de temas
de corte impecable y factura maestra. Como las muy dylanianas “Crybaby”, “Aboard My Train” o “Tin Can”,
las cadenciosas “Dry Your Eyes” y “Night Time” o la ideal pieza
virtuosista que titula este gran, gran disco.
MARK LANEGAN BAND “Gargoyle”
Dicen que no hay disco malo de Mark Lanegan. Escuchando este se puede constatar la afirmación.
Podría parecer en su comienzo que el artista de la voz oscura decide finalmente
abandonarse a los brazos de la electrónica, pero no. “Gargoyle” es un disco que tiene de todo, que abarca multitud de
campos, sin un solo instante menor. Del pop casi industrial de “Nocturne” o “Drunk on Destruction” al folk sofisticado de “Goodbye to Beauty”, del rock garajero de “Emperor” a la sensualidad arrítmica de “Blue Blue Sea” y “Sister”.
Con las colaboraciones más que habituales de Greg Dulli, Josh Homme o
Jack Irons y con la ventaja de una
voz que jamás pasa desapercibida, Lanegan se cuelga otra merecida medalla en la
pechera.
Otra mujer, otro descubrimiento de 2017. Paralelamente a su
banda Carolina Chocolate Drops, esta banjista, violinista y magnífica
cantante se prodiga igualmente en solitario para honrar de un plumazo todos los
símbolos de la América ancestral y sureña. Sufrimiento, dolor, injusticia, encuentros
con el diablo, todo se hace imagen en esta colección ejemplar de canciones que
beben del gospel y el blues, de los pozos oscuros de la música tradicional
americana, de Robert Johnson y Mississipi John Hurt, de Odetta
y Leadbelly, del jazz de Nueva Orleans. Y también, por qué no, de Joan
Baez, Joni Mitchell, Emmylou Harris, Aretha Franklin,
y todas esas voces femeninas superlativas que han cantado por lo mismo durante
años. Por un poco de dignidad.
SYD ARTHUR
“Apricity”
Este es un disco que
ha pasado muy desapercibido en 2017. Lo cual es una pena, pues estamos ante una
banda que podría hacerse con el cetro del indie rock si el viento soplara un
poco a su favor. Sus anteriores trabajos asombraron por su madurez y su
destreza malabarística, y lo mismo ocurre con este. No pierden de vista los
sonidos progresivos de los setenta, pero se quieren colocar en la parrilla de
salida del math rock. Su fuerte son los ritmos imposibles, esos que agitan “Coal
Mine”, “Plane Crash in Kansas”, “Seraphim”, “Apricity”
o la maravillosa “Into Eternity” hasta convertirlas en efervescentes.
Gran disco. Gran banda.
He aquí a la (posiblemente) mejor banda de rock psicodélico del
momento. Estrenando sello discográfico, los de Austin se consolidan en un
estatus intocable, armonizando como nadie la potencia sónica y una envidiable
puntería melódica. Combinación abrumadora que alcanza el éxtasis en momentos
como “Currency”, “Grab As Much (As You Can)”, “Estimate” o “I Dreamt”. Fuerza bruta para un disco que calibra el prolífico Phil Elk, sutil generador del brillo deslumbrante
de bandas como Built to Spill, Band of Horses, Fleex Foxes o The Shins.
THE WAR ON DRUGS “A
Deeper Understanding”
“Wagonwheel Blues”
(2008) y “Slave Ambient” (2011) eran tan sumamente grandes que creíamos
estar ante un clásico renaciente del rock. Sin embargo, “Lost in the Dream”
(2014) nos dio un buen cachete en la cara, ahogándonos con sus estructuras
interminables y su diletante pretensión. Aún armados de paciencia y esperanza,
había que echar un ojo (o una oreja) a este nuevo trabajo, máxime cuando la
crítica lo ensalza hasta las puertas del Olimpo. Y aunque “Up All Night”
asombra por su alegría festiva y abre una puerta a la novedad, no hay que
dejarse camelar. Adam Granduciel tendrá las ideas muy claras, pero
siempre son las mismas ideas, dilatadas hasta el hastío, cocinadas y masticadas
una y otra vez.
04 enero 2018
DISCOS EN RESCATE
La música que sonó en 2017 (1ª
parte)
COLIN HAY “Fierce Mercy”
SPOON “Hot Thoughts”
TEMPLES “Volcano”
Muchos meses estuvo en barbecho este disco, y todo por culpa de
Donald Trump. Superado el disgusto y el luto, Beck decide que no hay mejor manera de combatir al enemigo que con
una buena juerga. Porque su nuevo trabajo no es otra cosa que una fiesta
supina, una auténtico jubileo de funk y dance.
Cuidado: “Colors”, “Seventh Heaven”, “I´m So Free” o “Dreams”
son corrosivamente adictivas. Aquí no hay nada que no hayan hecho antes los más modernos del lugar, aunque
tratándose de quien se trata es más fácil prestar atención y asumir el
resultado. Haga lo que haga, su imponderable itinerario artístico y su prestigio
lo avalan. A bailar se ha dicho.
Poeta, bohemio, músico autodidacta, ex sin techo y ex artista
callejero, la biografía de este británico es sin duda un cuento de película. De
ahí que su música resulte tan particularísima y no deje indiferente. Cita como
sus héroes a Nina Simone, Tom Waits y Nick Cave, así que no es casualidad que el espíritu de los tres
deambule por este “I Tell a Fly”, un
álbum sinuoso, ambicioso y elegíaco. Piano y clavecín (o algo parecido) son las
herramientas más empleadas, aunque el protagonismo se lo lleve nuevamente la
voz del bardo y su infinidad de recursos vocales. Ungido por las sombras de sus
héroes, de ancestros soñados y de clásicos como Satie, Debussy o Chopin,
compone una obra inclasificable y atemporal, puente entre el pasado y un futuro
aún intangible, solo imaginable.
COLIN HAY “Fierce Mercy”
A veces hay discos que entran por los ojos. Este lo hace a
través de su preciosa portada. Músico y actor, veterano en la sombra, lento
pero constante, Hay lleva componiendo desde los ochenta y ha participado en
multitud de proyectos musicales y televisivos. Su último trabajo se estrena
sobrado de poderío y esperanzas, con dos joyas como “Come Tumblin´Down” y “Secret
Love”. Después todo se estanca en un diccionario country-pop de medios
tiempos, correcto pero pantanoso. Un disco que, a pesar de todo, lo convierte
en pariente lejano de dos monstruos como Ray
Davis o Paul Weller.
El disco del año. Indudable e intocable. Seis años para
concebir y alumbrar una obra que, por dedicación y obstinación, estaba obligada
a ser lo que se esperaba que fuera: otra hermosísima epopeya onírica y pastoral.
Sumamente valiente es la apertura con “I
Am All That I Need/Arroyo Seco/Thumbprint Car”, un triple movimiento que
bien puede enganchar por el cuello o tirar de espaldas. Una vez superado el
trance, “Crack-Up” fluye y refulge a
su antojo. Afincado definitivamente en las más altas cimas compositivas e
interpretativas, Robin Pecknold vuelve
a demostrar que lo que llamamos folk no es sinónimo de simplismo: es todo un
mundo y aún no está agotado. Delicada y decorosa obra maestra lograda
ensartando pequeñas labores orfebres, del calado y la belleza de “Cassius,-“, “Kept Woman”, “Mearcstapa”,
“On Another Ocean (January/July)” o
“Fool´s Errand”. Un disco monumental.
Pequeño homenaje merecido para esta banda, grandes de los 80, gregarios
de lujo en la escena británica new wave.
Difícil seguir la estela de un grupo que aparece y desaparece como el Guadiana.
Por casualidad atrapamos “Take Me To The
Trees” a mediados de año, un álbum que ni pintado para rescatar destellos
ochenteros. No los artificiales años 80 de pega que se fabrican ahora, no; los
auténticos 80, la economía de sonido, la gravedad y la claustrofobia. Con pelotazos
como “Moonbeam”, “Sweet Revenge” o “Flood of Light”, o con melodías como las de “I Feel Small” o “Trees”
(un guiño presuntamente involuntario al “Heroes”
de David Bowie), es fácil echar de
menos cualquier tiempo pasado. Aunque esto sea el presente.
¿Quién dijo que Mogwai
fueran cosa fácil? Hay que dedicarles tiempo y paciencia. El tiempo y la
paciencia que requiere su último álbum, mayormente neutro en las primeras
escuchas. Pero qué bueno es vivir la música en directo, pues no hay directo
como el suyo para asentar conceptos. No es un disco relevante, pero a base de
tenacidad “Coolverine”, “Brain Sweeties” o “Crossing The Road Material” se transforman en clásicos
concienzudamente macerados, “Old Poisons”
desbanca a “Glasgow Mega-Snake” y “Batcat” como filón diabólico, y “Party in The Dark” consigue
introducirlos en el universo pop por la puerta grande.
De Ryan Adams ya se
dijo todo lo que había que decir en las crónicas de su paso por España el
pasado verano. De “Prisoner” cabe
decir que es su vigésimo trabajo (solo, con Whiskeytown o con The
Cardinals), parido a lo grande como siempre, con un reverso de caras B
adicional que lo multiplica más que por dos. Canciones de extremada corrección,
rígidos moldes del estilo americana-para-todos-los-públicos, deudoras a veces
de Dylan, a veces de Sprinsgteen. Demasiado insulso en su global, pero salvado
por “Do You Still Love Me?” y “Anything I Say to You Now”. Dos
canciones épicas y contundentes que sonaron y sonaron sin descanso en el 2017.
El folk sigue estando de moda. No fue una vorágine de un día;
sigue habiendo muchos músicos que buscan su inspiración y su camino en el
sonido hedonista y psicodélico de los 60. Y nosotros, amantes de aquella
década, encantados. La oferta es amplia y hay de todo, dentro de la comúnmente
denominada escena neo-folk. Esta
banda de Filadelfia aporta la parte lúgubre y funeraria al legado; “Wilderness of Love” suena lánguido,
soterrado y perezoso, como una fotografía desenfocada, como un jugoso guiso a
medio cocinar. Y qué buenas serían “Green
Riverside”, “Indian Summer”, “Mad John” o “Darksiders´ Blues” con un poquito más de cocción. Con algo más de
luz, el efecto sería mucho más amable.
Qué elocuente y bienvenido regreso. Qué placer que bandas como
esta vuelvan, se crezcan y mantengan el orgullo intacto. Slowdive han renacido tras 22 años de aquel inclasificable “Pygmalion” (95). Y esta ha sido quizá
una de las mejores noticias de 2017. Sobre todo porque, lejos de perder su
esencia original, reivindican no solo su nombre, sino también su estilo. Un
estilo que parecía andar en horas bajas, defenestrado o simplemente
malinterpretado. Ocho canciones que vuelven a poner en valor el poder del
ruido, y la capacidad ingénita de convertirlo en algo bello. Maremágnum de
guitarras y susurros que vuelven a sumergirnos en un océano de prodigioso
bienestar. “Star Roving”, “Sugar for The Pill”, “No Longer Making Time” y “Go Get It” conforman la columna
vertebral de un álbum que camina erguido, y bien erguido.
SPOON “Hot Thoughts”
El aparente vuelco electrónico de Spoon ha dado sus frutos y los ha puesto en el punto de mira tras
largos años de meritorio esfuerzo y rácana atención. Una pena o una alegría,
según se mire. Nunca es tarde para hacer justicia. Y sí, quizá este sea su
disco de influencia más digital, pero Britt
Daniel es hijo del rock y no lo puede evitar. Por eso “Hot Thoughts”, “Do I Have to Talk You Into It” y “Can I Sit Next to You” despuntan sobre el resto. Un disco que va de más a menos, que se
desinfla levemente a la altura de “I
Ain´t The One”, culminando con el enésimo quiebro estilístico de la banda
en la experimental, jazzística y muy, muy sorprendente “Us”.
TEMPLES “Volcano”
Con un debú absolutamente perfecto, ¿qué queda para después? Rezumando
psicodelia por cada poro, alzando escaleras melódicas sinuosas, pisando el
pedal del falsete hasta el derrape y tirando de sintetizador hasta el hartazgo,
“Volcano” es superable e irregular. Cosas que
arraigan pero no a la primera (“Oh The Saviour”, “Born into The Sunset”, “Open
Air”), pasajes inofensivos (“Certainty”,
“How Would You Like to Go?”) y desechos
huérfanos de inspiración (“Celebration”,
“Mystery of Pop”). En cuanto a “Roman God-Like Man”, alguien está robando algo en alguna parte,
pero no sé dónde ni el qué. Larga vida al intocable “Sun Structures” (2014).
Símbolo consolidado de actos lúdicos, de humor negro y cultura
naif, la madurez sigue arrastrando a The Flaming Lips a nuevos test de
laboratorio. Otro experimento de bucles, ecos y fanfarria, sobredotado de
efectismo y grandilocuencia, y sin embargo menos sedante que aquel “The Terror” (2013). Ensamblado todo
dentro de un mismo hilo argumental, escasean las piezas acreedoras del término
“canción”, y en aquellas que lo parecen (“Sunrise”,
“The Castle”, “We A Famly”) rozan peligrosamente el autoplagio. Su extravagancia y
osadía tienden a infinito.
16 noviembre 2017
CONCIERTOS: SPOON
Madrid. La
Riviera. 15 de noviembre de 2017.
Britt Daniel es un superclase, dentro y fuera del escenario. También
es un compositor sublime. A su alrededor orbita una congregación de adláteres
sobresalientes, y todo ello deriva en un resultado irrebatible e imponente.
Enséñenme una opinión o reseña negativa sobre Spoon, una sola. Es
difícil encontrarla. Será porque estos tipos llevan más de veinte años haciendo
las cosas bien, con cabeza y corazón, manteniéndose en un eterno segundo plano
en el que no parecen sentirse incómodos. Bien es sabido que en el rock hay
héroes o anti-héroes. Nosotros idolatramos a los segundos, ese concepto
romántico de que el músico es un ser de carne y hueso, una persona corriente,
un compañero de camino. Britt y sus muchachos parecen serlo, y eso hace mucho
más interesante y convincente su propuesta. El pasado verano en el Mad Cool
ofrecieron un concierto perfecto y ahí fue donde prometí serles fiel con ánimo
de devoto peregrino. Si aquel concierto fue perfecto, el de anoche fue
pluscuamperfecto. Una demostración de pluralidad sonora y de elegancia en las
tablas. Sí, a nuestro amigo Daniel le sale la elegancia por las orejas, y no es
algo impostado y prevenido: es la seguridad de poder cantar lo que uno quiere y
compartirlo con los demás sin temor al juicio sumarísimo. Un rédito que solo se
consigue con los años y el trabajo. A Spoon les queda un largo recorrido
pero ya son un poquito de Historia con mayúscula.
“Hot Thoughts” (2017) puede que sea sin duda uno de los discos
de este año. Aunque los rockeros puristas vean con recelo contenido sus avances
electrónicos, no, este no es un disco electrónico ni mucho menos. Es
simplemente lo que toca, el eslabón que faltaba en la larga cadena de estilos
con los que Daniel coquetea en cada álbum e incluso a veces dentro de una misma
canción. Y aunque hay muchos teclados, los de un Alex Fischel que se ha
convertido en el virrey de la banda en los estudios y en los escenarios, ¿quién
puede ignorar ese pálpito bluesero de “Do I Have to Talk You Into It”,
el bajo aplastante de “Can I Sit Next to You” o el vírico riff de “Hot
Thoughts”? Sí que es cierto que Britt le va cogiendo el gusto a eso de
dejar la guitarra en modo reposo, que puede explayarse mucho mejor en sus
ejecuciones vocales (peculiar y gran voz la suya), en su aristocracia teatral y
en su cómplice trato con la audiencia. Y hablando de audiencia, no quiero dejar
pasar la siguiente reflexión, contrastada en todos y cada uno de los conciertos
de Spoon que he visto: quizá no sean demasiados (una Riviera a medio
aforo anoche) pero sus admiradores son de una fidelidad y entrega envidiables.
A la luz quedó en momentos como “The Underdog” o “Hot Thoughts”,
que fueron dos jubileos masivos inenarrables.
El caso es que, quitando algunos momentos altamente sintetizados (“Inside
Out”, “WhisperIlllistentohearit”,
“Pink Up” o esa densísima tregua que hacen llamar “Via Kannela”),
lo que primó anoche fue el rock. Y entendamos rock en el amplio sentido del término, junto al roll, al funk, al pop, al punk, etcétera. Porque ya lo dice el
estribillo de “The Beast and Dragon, Adored”: “I got to believe it come from rock and roll”. Pues eso: cada uno en su casa y el rock en
la de todos. La impoluta discografía de Spoon da alimento para cientos
de inmensos conciertos, siempre diversos, nunca monográficos. Ayer volvieron a
aferrarse a lo clásico, a temas como “I Turn My Camera On”, “Don´t
You Evah”, “Do You”, “Don´t Make Me a Target“ o “The
Underdog”, que más que tópicas ya son proverbiales, y que cada vez lucen con
más matiz y más vigor (qué importante es ese quinto elemento para su directo). Echaron
la vista aún más atrás para rescatar la estupenda “Everything Hits at Once”
(casi diecisiete años tiene ya la criatura) y volvieron a convertir “My Mathematical
Mind” en un titánico Goliat. La soltura de Britt quedó patente en la
versión en solitario de “I Summon You”, que tan buena es vestida como
desnuda. “Hot Thoughts” puede que sea la mejor canción del año, pero combinada
con “Rent I Pay” es una rúbrica real, una decorosa y para nada inmodesta
autoafirmación de categoría. Impecables tanto en grandes como en pequeñas
citas, Spoon son la apuesta sin riesgo y la verdad a voces. Gigantes del
rock sin cetro, pero con leyenda.
SET: “Do I Have to Talk You Into It”, “Inside
Out”, “I Turn My Camera On”, “WhisperIlllistentohearit”, “The
Beast and Dragon, Adored”, “Don´t You Evah”, “Do You”, “Via
Kannela”, “I Ain´t The One”, “Everything Hits at Once”, “Can
I Sit Next to You”, “My Mathematical Mind”, “Don´t Make Me a
Target”, “The Underdog”, “Got Nuffin”, “Black Like Me”//
“I Summon You”, “Pink Up”, “Hot Thoughts”, “Rent I Pay”.
26 octubre 2017
CONCIERTOS: MOGWAI
Madrid. La
Riviera. 25 de octubre de 2017.
Después de un atracón sin precedentes hace un par de años (concierto en
Lisboa, revisión de discos y rarezas, videos de youtube a porrillo),
esta nueva cita demandaba no querer saber. Solo un par de audiciones de “Every
Country´s Sun” (2017), un disco que no dice casi nada nuevo de ellos. Es
inútil ilustrarse sobre qué pueden ofrecer, pues no hay dos conciertos iguales de
Mogwai en una misma gira. “Os conozco demasiado bien, no me vais a
sorprender” pienso en la tensa espera. ¿O sí? John no está. Martin tampoco. Y Dominic (que nunca ha tenido mucho
pelo pero ahora sí, ¿eeein?) se ha transformado en Rasputín. Menos mal que
Barry sigue siendo Barry, y Stuart sigue siendo Stuart; si no, hubiera pensado
que me había equivocado de fecha o de sala. Pero yo los quería a los cinco. A
la pandilla completa de amigotes. A los cinco que he seguido desde jovencita,
en las duras y en las maduras. No concibo a Mogwai sin sus tres calvos. Así, “20 Size” (la apertura) transcurre en estado de shock y
estupefacción, pero la devastadora e intacta épica de “I´m Jim Morrison, I´m
Dead” desvela rotundamente que no hay ni una mínima fisura. Todo está
sellado y bien sellado. Investigaciones posteriores me aclaran las dudas: John
abandonó el barco hace un tiempo y Martin anda convaleciente de lo suyo. El
deceso de Sonic Youth me enseñó la lección de que nada es eterno. Parece
mentira que ayer no me acordara.
Pero pese a esos minutos de tambaleo, el affair con los escoceses
continúa, porque el amor hacia ellos y hacia tantas de sus canciones es
inconmensurable, y ni siquiera un disco trivial puede con él. Ahorran en
juguetitos esta vez, apartando a un lado la era digital, se centran en las
guitarras y pedales, y construyen nuevos panteones como “Party in the Dark”
(su hit más hit), “Battered at a Scramble” y “Old
Poisons”, que como punto y aparte nada tiene que envidiar a la tremebunda “Batcat”.
Quizá estamos ante los nuevos himnos del futuro, aunque sea tan difícil olvidar
los del pasado. Insisten con “Hunted by a Freak” y “Rano Pano”, y
es de agradecer. El alma y la fibra. Gran momento ese en el que Barry se
levanta, agarra el bajo que le tiende Dominic y decimos al unísono: “¡¡ranopano!!”. O ese otro
momento en el que Stuart se sienta y anticipamos extasiados: “¡¡heliconone!!”. Es como
cantar gol antes de que la pelota entre. Somos fans de corazón.
Pues eso, “Hunted by a Freak”, “Rano Pano” y “Helicon
1”, degustadas y digeridas tantas veces, repetidas y archisabidas de pe a
pa, ahora entra el bajo, ahora el pedal, ahora escampa, ahora estalla, aportan la
misma sensación de plenitud y bendición a la cuadragésimotercera vez. Estas
canciones alimentan. Me atrevo a decir incluso que engordan. Y lo mismo pasa
con “Take Me Somewhere Nice”, la tierna joya que nos permite balbucir lo
de “what was that for?” y sacudir ese mono de escolanía que siempre nos
entra cuando suenan nuestros grupos favoritos (lo mismo haríamos con “2
Rights Make 1 Wrong” si entendiéramos su galimatías). Me gusta mucho que
Stuart cante. En la justa medida para vindicar y no saturar. Y hablando de
joyas, “Friend of the Night” no es solo un aparte más del repertorio: es
todo un regalo. Un primer bis para comérselos a besos.
Y sabíamos que iban a tocar “Mogwai Fear Satan”. Es otra de las
fijas, un emblema de su carrera y sus directos, siempre tan espesa e impetuosa.
Relájate y déjate llevar. La cosa va a
durar un buen rato. Anoche un silencio histórico envolvió La Riviera durante el
dócil interludio. No se oía ni una mosca. Allí
nadie se atrevía a pestañear. Hacía tiempo que no vivía algo igual. Yo, fiel
defensora del respeto y el sigilo, anoche por un momento vi a Dios. O a Satán,
qué más da.
No sé qué mano dirige la empresa de estos muchachos, pero hay una
mano, lo sé, que los dota de una emocionante rotundidad. Porque, como la simple
existencia, su música es un sube y baja, un aprieta y afloja del que uno va
saliendo como buenamente puede. El ímpetu sobrenatural del superhéroe
cotidiano, ese que tantas veces se cae y se levanta. Digamos que hay que
gozarlos en vivo para entender de qué va el tema, aunque sea solo una vez. En
su vigésimo cumpleaños hablé de perseverancia, y quizá ese sea a fin de cuentas
el único secreto. Con John o sin John, con Martin o sin Martin, el campo lleva ya
mucho tiempo abonado. Que la catarsis y la inmensidad sigan su curso.
El set: “20 Size”,
“I´m Jim Morrison, I´m Dead”, “Party in the Dark”, “Take
Me Somewhere Nice”, “Crossing the Road Material”, “Hunted by a
Freak”, “Battered at a Scramble”, “Rano Pano”, “Helicon 1”,
“Every Country´s Sun”, “2 Rights Make 1 Wrong”, “Old Poisons”//”Friend
of the Night”, “Mogwai Fear Satan”.
24 septiembre 2017
REPORTAJES: SONIC HIGHWAYS
LA GRAN OCURRENCIA DE DAVE GROHL
A rebufo de la actuación de Foo Fighters este verano y gracias
a los habituales trabajos de familiarización previos, a mis manos llegó hace unas
semanas un diamante en forma de serie documental. A Dave Grohl se le
ocurren cosas muy originales y dicharacheras. Pero esta puede que haya sido su
ocurrencia más épica y valiosa, desde un punto de vista personal (experiencia
divertidísima, nostálgica y particularmente enriquecedora para la banda), pero
también desde un punto de vista gráfico e histórico. La idea de “Sonic
Highways” (2014, emitida en HBO) era simple y a la vez compleja: se trataba
de grabar ocho canciones en ocho estudios de ocho ciudades diferentes, y a la
vez bucear en la escena, legado y espíritu musical de cada una de esas cities. Los enclaves elegidos eran
obvios: Chicago, Washington DC, Nashville, Austin, Los Angeles, Nueva Orleans, Seattle
y Nueva York. Ocho ciudades que poseen la indudable franquicia cultural y sonora
de un país entero, de norte a sur, de este a oeste. En ocho episodios (a cual
más apasionante) la familia Foo Fighters se desplaza a cada uno de estos
escenarios con la intención de grabar una canción, sí, pero además recabar
declaraciones, imágenes, testimonios, recuerdos y sabores. Todo ello nutre el
proceso compositivo de Dave Grohl, así como su potencial narrativo,
didacta y analítico. Porque Grohl no solo es una rock star; también es un melómano, un estudioso, un fan, un
fetichista, un alma todoterreno que se deja abastecer por todos los proveedores
de la música popular. Y he aquí el resultado de tan plausible iniciativa: una
soberbia superposición de sonidos e imágenes actuales y de archivo, un desfile
majestuoso de grandes nombres (músicos, productores, editores, críticos…), una
colección de enseñanzas memorables sobre los mundos (y submundos) nacidos en
todos estos célebres rincones. En resumen: una auténtica celebración de esa
cosa que tanto amamos y que tanto nos importa, esa cosa llamada música.
Los ocho episodios de esta serie nos llevan a multitud de
lugares emocionantes: a los clubs blueseros del Chicago de Muddy Waters
o Buddy Guy; a la escena go-go de Washington creada por Chuck Brown;
al Gran Ole Opry como plataforma de ídolos country en Nashville; al espacio
mágico y divulgativo de Austin City Limits; a las fiestas de Palm Desert; a los
desfiles dixieland de Nueva Orleans;
al Seattle boyante de los 90 y el milagro Nirvana; al estallido hip-hop
neoyorkino y al mítico CBGB. Un viaje alucinante apuntalado por las valiosas
declaraciones de músicos como el propio Buddy Guy, Rick Nielsen, Dolly
Parton, Emmylou Harris, Steve Earle, Tony Joe White, Willie
Nelson, Joe Walsh, Roky Erickson, Billy Gibbons, Allen
Toussaint, Cyril Neville, Dr. John, Ian McKaye, Chris
Cornell, Josh Homme, Ben Gibbard, Gary Clark Jr., Thurston
Moore o Chuck D. O de productores como Steve Albini, Rick
Rubin, Tony Brown y Daniel Lanois. O de personajes
perpetuadores de herencias culturales, como Ben Jaffe, Rodney
Bingenheimer y Norah Guthrie.
“Sonic Highways” (el disco) quizá no sea lo más laureado
de Foo Fighters, pero sí que es su auténtico álbum-epopeya. Cachitos de fábula
creados y producidos (por Butch Vig, cómo no) en rincones tan especiales
como los Electrical Audio Studios de Steve Albini, el Inner Ear en
Washington, la casa-estudio de Zac Brown en Nashville, el espacio del Austin
City Limits, el turístico Rancho de Luna, el legendario Preservation Hall de Nueva
Orleans, los estudios de Robert Lang en Seattle y el recientemente
clausurado The Magic Shop de Steve Rosenthal en Nueva York. Canciones
que contaron con el estimable apoyo de muchos de los testigos de esta magnífica
invención (Rick Nielsen colabora en “Something from Nothing”, Zac
Brown lo hace en “Congregation”, Gary Clark Jr. en “What
Did I Do?/God as My Witness”, Joe Walsh en “Outside” o Ben
Gibbard en “Subterranean”). Canciones que son una excusa para
aprender, vivir, mirar más allá, y descubrir que todos los caminos de la música
se cruzan en un mismo destino. Un destino inmaterial radicado en una ciudad
imaginaria que todos hemos visitado y a la que siempre somos bienvenidos.
21 julio 2017
CONCIERTOS
MAD COOL FESTIVAL
Madrid. Caja Mágica. 6, 7 y 8 de
julio.
Hace
ya dos semanas de la celebración del Mad Cool y todavía sigue coleando la
resaca del evento. Las miradas preocupadas hacia el cielo, los aconteceres
trágicos colaterales y, sobre todo, la música que sonó, la buenísima música que
sonó. Que todos los festivales tienen su punto enriquecedor. Solo hay que ir
con la mente abierta, pues cualquier artista no bien conocido puede
desencadenar emociones insospechadas, y cualquier artista defenestrado puede
devolverte a los momentos más dulces de tu pasado. El jueves comenzó con el
interés por ver a uno de esos artistas desconocidos a priori deseables: George Ezra. Pero la tromba de agua
solo permitió unos húmedos acordes de la magnífica “Cassy O” en la lejanía, un épico y maldito estreno de barro hasta
el tobillo y agua hasta la rodilla. No fueron posibles las ansiadas “Listen to The Man” y “Song 6”, pero a este chico hay que
apuntárselo para futuras citas. The
Lumineers también se vieron damnificados por el tremendo chaparrón,
demorando su actuación más de media hora y reduciéndola a la mínima expresión.
Varios hits en la más incrédula frialdad y punto.
Claro que ya estaban Foals a continuación para subir los
grados del termostato; y lo supieron hacer, o al menos lo intentaron.
Reverencias para el repertorio escogido, con alusiones a aquel distinguido “Antidotes” de 2008 (“Olympic Airways” y “Red Socks Pugie” son dos bocados de gloria) y a su faceta más artesana,
es decir, la de los arpegios y riffs magistrales, “Mountain at My Gates”, “My
Number”, la milimétrica “Night
Swimmers” o el homérico tour de force
de “Black Gold”. Pero está claro que
esos Foals de cátedra han quedado
relegados (en el inconsciente festivo de la masa etílica) a su más reciente
faceta dinamitera, porque solo “Inhaler”
y “What Went Down” callaron bocazas
parlanchinas y desataron fiebres. Un final volcánico para un show de tomar
apuntes.
Las
estrellas de la noche eran Foo Fighters,
y yo los dejé atrás hace mucho tiempo. Pero Dave Grohl siempre ha sido ese personaje del rock que perdura y
madura, el eterno y grandioso superviviente nirvánico. Y con sus temas bien
repasados (algunos los has escuchado cien veces aunque no sepas dónde ni
cuándo) te plantas frente al escenario esperando ver lo que realmente ves: una
apisonadora. Un coloso devastador que hace entrada con pie de hierro al son de
“Everlong” y “Monkey Wrench”, que desata una batalla atacando por los flancos y
sin pausas, que solo se permite el respiro del engaño en versiones ligeras (“Big Me”, “Skin and Bones”) para luego volver a disparar a quemarropa. “Puedo estar gritando toda la noche”
decía Grohl. Ya lo sé, hijo. La cuestión es: ¿cómo puedes estar gritando así
toda la vida? Cuando la evidencia se hace carne hay que rendirse a ella: Foo Fighters han creado un arsenal de
ingentes temas, una fábrica de adrenalina, y “Learn to Fly”, “The Pretender”,
“Times Like This”, “Congregation”,
“All My Life” o “My Hero” no pueden más que desfilar orgullosas por el tomado campo
de batalla. A Dave siempre lo quise (qué le vamos a hacer, siempre me enamoro
de los feos) y desde ahora siempre lo querré.
Pero hay otras cosas que me
apetece recordar: quiero recordar los viejos tiempos, los tiempos en que éramos
jóvenes y comprábamos nuestros primeros CDs (y no existían el streaming ni el
mp3). Quiero recordar a Belle and
Sebastian, pero no estaba programado, es solo fruto de la improvisación. Así
que no he estudiado, voy pez, pero enseguida desempolvo los retales de “Seeing Other People”, “Judy and The Dream of Horses”, “The Stars of Track and Field” y “The Boy With The Arab Strap” que
quedaban en mi cabeza, y comprendo por qué esta banda me gustaba tanto antaño.
Porque son a la vez dulces como un pastel y listos como un zorro. Y además han
evolucionado hacia un mundo lúdico-festivo que a veces resulta de lo más chic:
a “Perfect Couple” y “The Party Line” me remito.
La noche
termina con las esperanzas puestas en unos Kurt
Vile & The Violators que prometen (apertura inmejorable con “Jesus Fever”) pero resultan fríos, que
suenan bárbaros pero se demoran en la languidez, que dejan la chicha para el
final pero seccionan “Pretty Pimpin´”
justo en lo mejor. Y que por fin se arrancan con una “Freak Train” que gozamos a medias, solo en plena retirada y con la
fe harto mermada.
El
viernes es el día grande aunque al final se convierte en el día triste. Empieza
más grande de lo previsto porque Aurora
& The Betrayers se han colado en el escenario KOKO en lugar de Peter,
Björn & John. Y no hay sol ardiente que pare a esta mujer, pura energía y
voz, puro estilo y buen gusto. Otro ciclón escénico. Y lo mejor es que es
nuestra, patrimonio nacional, made in Spain. Debemos estar orgullosos de ella y
reservarle desde ya un hueco en nuestra fosca Historia. Y hablando de estilo y
buen gusto, Spoon también andan
sobrados. Leo en alguna parte que alguien los nombró “la mejor banda del mundo
en los 2000s”. No puedo rebatirlo. Como diría un buen amigo, son tan buenos que
dan miedo. Vienen con nuevo disco bajo el brazo, pero sus nuevas canciones se
alían con las anteriores o con las antiguas en un engranaje ecléctico, recio,
sólido. Muy americano. A veces muy funky. A veces muy chulesco. Me
gustan las nuevas (“Do I Have to Talk You
Into It” y “Hot Thoughs”). Me
enganchan las anteriores (“Rent I Pay”
y “Do You”). Me chiflan las
anteriores a las anteriores (“Don´t You
Evah”, “The Underdog” y “My Mathematical Mind”). Me apunto para siempre a esta banda,
caminando a paso firme y en silencio hacia el Olimpo. Y después llega ese al
que nunca hemos visto, que sabemos que existe porque nos lo juran, que lleva
más de una década sin pisar España. Llega Ryan
Adams y su concierto se anuncia con la prohibición de disparar flashes, y
entonces afirmamos: es él. Dejando a un lado el personaje, es de justos
reconocer el valor de su legado artístico (vasto, vastísimo), repertorio que
podría hacer sombra al de Bruce Springsteen si uno y otro no fueran como son. “Do You Still Love Me?” arranca una
actuación que se antoja histórica aunque finalmente solo acabe siendo notable.
Porque si todo hubiera sido como “To Be
Young” y “Shakedown on 9th Street”,
eso sí que hubiera sido memorable. Pero Adams es un músico de matices, y todos
ellos aparecen en su recital: garage rock, soul, folk, hasta exhibiciones de
improvisación jazz. También es una inagotable fuente de grandes composiciones,
pues tan soberbia es la reciente “Anything
I Say to You Now” como la reconocida “New
York, New York”. Se va dejando un ilustrativo muestrario de su todo entero.
Y solo Dios sabe cuándo será la próxima.
Decido
perderme a Green Day porque el mecanismo del remembering tiene un límite (aunque asisto de reojo al show circense
de “Hitchin´a Ride”), y me lanzo a
descubrir qué puede ofrecer Benjamin
Booker en directo. Tengo puestas mis más grandes esperanzas en este joven
músico negro, porque amo a los músicos negros, pues solo me dan alegrías. Pero
lo que veo es solo ejecución y muy poco espectáculo. Espero un loco despliegue
de energía y color, de expresión y alma, y solo veo cuatro músicos tocando en
la noche. Nada más. Me voy un rato después de “Believe” y regreso luego para degustar “Witness”. Y el concierto queda encallado y perdido en los pliegues
de la memoria.
Pero que no decaiga el ánimo, amigos, que lo vamos a flipar con Matt Schultz (eso me dicen). En efecto,
Cage The Elephant son la bomba. Y su
cantante-saltimbanqui-contorsionista es digno de grabar un video. Su apoteósica
entrada en escena con “Cry Baby” es
solo el anuncio sonado de una hora de intensidad catalítica, de melodías que
nos retrotraen a los mejores tiempos del british
más salvaje, de flashes de los Who, de desenfrenadas carreras visuales hacia
ese tío con colores del Athletic de Bilbao que canta, salta y se contorsiona
como si no hubiera mañana. Ni el colapso de una torre de sonido durante algunos
minutos empaña tal vomitona de carácter ni el entrañable estribillo de “Whole Wide World” (original de Wreckless
Eric). Doy fe de que “In Our Ear”, “Spiderhead”, “Mess Around” o “Teeth”
resucitan a los muertos. Y al oído me chivan que estos tíos han teloneado a Foo
Fighters y que hasta Dave Grohl ha tocado con ellos. Vamos si me lo creo. Después
de algo así nada puede mantener el nivel: ni el desenlace de Green Day ni la
promesa de unos esperadísimos Slowdive
(que luego decidieron no comparecer en un honrado gesto de máximo respeto).
Y
platos fuertes para el sábado, precedidos por un artista, Xavier Rudd, del que habíamos leído mucha mitología: su estilo de
vida, su ancho idealismo, su virtuosismo instrumental. Y qué rato tan especial,
cuánta alegría y ternura, cuánto amor a espuertas y cuánta calidad. En formato
trío, el australiano demostró que es un fiel apéndice de los grandes nombres
del reggae, un Bob Marley de piel blanca y pelo rubio convencido de lo que hace
y dice. Nuevos himnos rastafaris como “Creacient”
o “Flag” que se te pegan a la piel y
te acunan días y días, y que bien pueden acabar en una rave party inesperada a golpe de didgeridoo, sí, ese palitroque
ancestral al que Xavier sabe sacar todo su jugo. Pero no todo es reggae y
tradición; la fantástica “Bow Down” desprende
mucha electricidad y “Follow The Sun”
se celebra como un himno folk campestre a la vera de un río en una excursión de
scouts. Lo dicho: qué rato tan especial.
Como especiales son Wilco, sea donde sea, sea cuando sea,
toquen lo que toquen. Siempre da gusto verlos, y cuanto más los ves más los
admiras, más ganas te dan de llevártelos a casa en la mochila (al nuevo Jeff Tweedy con sus trenzas de
Pocahontas me lo hubiera llevado sin dudar). Porque hay algo en ellos que huele
bien, que sabe auténtico, que rezuma sabiduría y también honestidad. Hay algo
en ellos que muy pocas bandas tienen y pocas bandas pueden llegar tan hondo
como ellos. De las grandes “I
Am Trying to Break Your Heart”, “War
on War”, “Heavy Metal Drummer” o
“I´m The Man Who Loves You” poco hay
ya que recalcar. Anticipábamos,
y así fue, que sus nuevos himnos lo-fi ganarían kilos en directo, y preveíamos
un momento de gloria para Glen Kotche
(“Via Chicago”) o para Nels Cline (“Imposible Germany”) en el sempiterno uno para todos y todos para
uno. No sabíamos que también habría espacio para Billy Bragg (“California Stars”), pero no se puede
estar en todo. Porque por más que los hayas estudiado siempre hay un detalle
que se escapa, que no ves o que te pierdes. Por eso hace falta que sigan
adelante; para poder disfrutarlos muchas veces más. Y aprender. Jóvenes músicos
del mundo: mirad a Wilco y aprended.
Y ya de paso, jóvenes músicos del mundo: mirad a Manic Street Preachers y aprended también. Que ni los años ni los
baches ni las modas puedan con vosotros. Que la convicción os marque el camino
y la perseverancia os lleve hasta el final. Hace 16 años que no veía a los
Manic. Entonces estaban en auge, eran tremendos, eran los Manic del “todo debe continuar”. 16 años después
siguen siendo tremendos. Con los posos y los callos de la madurez son incluso
más grandes, atemporales y extrañamente familiares, y ya se encargan de dejarlo
claro desde el minuto uno, blandiendo “Motorcycle
Emptiness” como su más simbólica bandera. Solo un par de nuevas canciones
inmersas en una plantación de recuerdos imborrables (“Everything Must Go”, “You
Stole The Sun from My Heart”, “If You
Tolerate This..”, “You Love Us”,
“Ocean Spray”, “Tsunami”, no faltó ni una), tocados con el vigor y la fuerza del
primer día. El final no podía ser otro que “A
Design for Life”; con ella terminaron hace 16 años, con ella terminan
ahora, el entusiasmo es inquebrantable y la emoción es la misma. Pura resistencia.
Y después de lo previo solo quedan los restos. Con esto no quiero ofender a Kings of Leon, pero ¿dónde están los
descendientes originales del abuelo León? Aquellos Followills de hace trece
años, con greñas y pintas de comunidad amish, los que tanto nos divirtieron en
el FIB 2004. Se los ha tragado la tierra. O las corrientes o las masas. Ahora
son cabezas de cartel. Y me aburren. Porque no se puede ser más sosaina que Caleb Followill, sus últimos discos son
un tostón, salen demasiado en los anuncios, me tengo que ir a “The Bucket”, “Fans”, “Knocked Up” o “Crawl” para que los pelos se me ericen
un poco, y tener enterrado y olvidado “Youth
& Young Manhood” (2003) es un crimen innombrable. Pero así es la vida y
así es la música. Y así son los festivales y así serán. Que vengan muchos más.
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