30 septiembre 2010

RETROSPECTIVAS

CAT STEVENS. Tea for the Tillerman.

Joyas de los setenta (3ª parte).

Y volviendo insistentemente a esa cosa llamada folk, no se puede hablar de ello y de los setenta sin obviar al gran Cat Stevens. De sus muchos y brillantes trabajos, quizá sea este “Tea for the Tillerman” (70) el álbum con mayúsculas. Ese disco que siempre estará presente en cualquier lista de los mejores. Ese disco por el que no pasarán los años, que seguirá siempre sonando convincente, puro, desgarrador, poético y verdadero. Nada, absolutamente nada en el mismo tiene el carácter de desechable. Todas, absolutamente todas las canciones gozan de su importancia, su trono particular. Sanadoras e inmaculadas melodías emergen de cada una de ellas. Profundos y maravillosos mensajes se suceden una tras otra; especialmente emocionantes son la carta de consuelo de “Sad Lisa”, las antológicas descripciones en “Into White” o los consejos paternos en “Father and Son”. El fingerpicking y la voz gravitatoria del gato expelen bondad en toda su extensión, configurando un esqueleto revestido en ocasiones por pianos (“Wild World”, “But I Might Die Tonight”, “Miles from Nowhere”), violines y chelos (“Hard Headed Woman”, “Into White”) o por todo a la vez (“Sad Lisa”). Quizá la más recordada sea “Where Do the Children Play?”. Quizá las más inmediatas sean “Miles from Nowhere” con su vigoroso subidón, o “Longer Boats” con su reconfortante y unificador mantra (“longer boats are coming to win us, they´re coming to win us”). Pero sería ingrato tratar esta obra por partes, porque esta obra es un todo, un cuerpo entero, que se mueve y respira, que actúa e inspira, que refulge como un diamante. Sí, una obra maestra en toda regla.

www.catstevens.com

28 septiembre 2010

CANCIONERO

RICHIE HAVENS. Freedom.

Renovarse o morir. Comienza aquí una nueva sección para este blog. Un apartado dedicado a aquellas canciones que hoy, ayer o algún día dejaron su huella impresa en la tierra tierna. En un afán de supervivencia estoico, en un último aliento por mantener viva la llama de la pasión musical hecha letra, empecemos a trazar una nueva ruta: la de un libro de canciones para interiorizar y recordar.

La sección queda inaugurada con el pulso frenético y la honda voz de Richie Havens. “Freedom”, una reconstrucción del tema espiritual negro “Motherless Child”, protagonizó uno de los momento más intensos y excitantes en Woodstock 69. Haciendo honor al título, un escalofriante momento de libertad improvisatoria. Sutil canto a la soledad y la nostalgia. La misma puede encontrarse en las varias recopilaciones publicadas sobre el autor, por ejemplo en el muy completo “Resume: The Best of Richie Havens” (93). Un artista que deslumbró en una época en la que ver a un negro aporreando una guitarra acústica y cantando folk era poco menos que novedad. Ahí están las palabras. El sonido se puede capturar fácilmente en cualquier parte. No lo olvidemos, es la era digital.

FREEDOM

Freedom, freedom
Freedom, freedom
Sometimes I feel like a motherless child
Sometimes I feel like a motherless child
A long way from my home
Sometimes I feel like I´m almost gone
Sometimes I feel like I´m almost gone
A long, long way from my home
Clap your hands, clap your hands
Hey, yeah
I got a telephone in my bosom
And I can call him up from my heart
I got a telephone in my bosom
And I can call him up from my heart
When I need my brother, brother
When I need my mother, mother

www.richiehavens.com

26 septiembre 2010

DISCOS

STEVE MASON. Boys Outside.

El regreso del hombre beta.

No solo de folk vive el hombre. A veces también regenera cambiar el chip, abordar otros palos. Y también recordar viejos tiempos de euforia musical. Steve Mason lideró a principios de siglo una excitante banda llamada The Beta Band. Sí, aquel grupo que conocimos gracias a Rob, el singular protagonista de “Alta Fidelidad” (el libro de Nick Hornby, la peli de Stephen Frears). Tan pronto como se hizo querer, la banda se escindió, dejando tras de sí una imbatible aptitud para la mezcla de pop, folk y electrónica, aderezada con pequeñas dosis de calipso o socca y mucha psicodelia. El espectacular “Heroes to Zeros” (2004) fue la carta de despedida, el triste adiós para un combo que ofreció muchos momentos de alegría (siempre recordaré el festín del FIB 2002, a Mason disfrazado de cura hippie con flores en la mano) y canciones tan sublimes como “Dry the Rain”, “Quiet”, “Smiling” o “Wonderful”. Efímeros.

Claro que Steve Mason no se ha estado quieto en todo ese tiempo de paréntesis. Ahora, después de varios alias sin repercusión tangible (King Biscuit Time, Black Affair) decide publicar bajo su nombre (mejor sin despistes) y jugar a crooner vanguardista. “Boys Outside” (2010) es un disco sin complicaciones, con ligero sabor a déjà vu, pero agradable a fin de cuentas. Un trabajo donde las maquinitas y los humanos mantienen el pulso, igualados y con juego limpio. Balsámico a tope resulta su primer estribillo, el de “Understand my Heart”. “Am I Just a Man?” y “Yesterday” rescatan por inercia el tempo hipnótico de los trabajos pretéritos con la susodicha banda. En “Stress Position” resuena el eco de la new wave y el synth-pop más sugerente. Y la preciosa “I Let Her In”, a pesar de su capa espacial sobrevenida, podría catalogarse como canción folk sin problema. Qué remedio. Al final todos los caminos conducen a Roma.

www.stevemasontheartist.com

22 septiembre 2010

DISCOS

BLITZEN TRAPPER. Destroyer of the Void.

Aire fresco.

Como una lluvia desinfectante, como un soplo de aire fresco, Blitzen Trapper han llegado a nuestros corazones (y oídos). Tarde, pero en el momento justo. Cuando las ganas y las esperanzas se habían revelado en huelga. “Destroyer of the Void” (2010) es su quinto largo, el segundo para el mítico Sub Pop, un disco que emborracha de satisfacción sin artificios, sin volutas innecesarias, con una pureza adorable y un enorme sentido práctico. Si “Furr” (2008) fue un pulpo con mil tentáculos estilísticos, las influencias se compactan en este nuevo disco, tratado fino y seguro de folk-rock con pequeñas insinuaciones traviesas, como las rapsódicas aventuras de la canción homónima e introductoria. Al igual que otras bandas de este siglo (The Coral, MGMT o Fleet Foxes son ejemplos cazados al vuelo), los de Portland restauran la pátina dorada de otros tiempos. Y así, bajo el manto protector del glorioso pasado y gracias a la holgura poética de Eric Earley, alumbran un manual de las buenas costumbres musicales, que atrae y distrae, emociona y cura sin prepotencia. Su ilustrísima Alela Diane colabora con su dulce voz en “The Tree”, tesoro folky que, al igual que la mágica “The Man Who Would Speak True”, revela el lado más doméstico de la banda, para nada cerrada por contra a pedir silencio a guitarrazos (“Dragon´s Song”). “Below the Hurricane”, “Heaven and Earth” o “Evening Star” serían otros episodios deslumbrantes de este, un disco para escuchar en paz, en la noche, prestando mucha atención a cada una de sus bellas palabras.

www.blitzentrapper.net

07 septiembre 2010

RETROSPECTIVAS

GEORGE HARRISON. All Things Must Pass.

Joyas de los setenta (2ª parte).

Centrémonos en otro ex Beatles. En el Beatle de la sombra, el esquinado. Sí, Lennon y McCartney eran los dueños y anfitriones, pero la aportación del bueno de George al fenómeno no puede obviarse alegremente. Aunque de lo que toca hablar es de su obra magna, de su apología en tres actos, de la ambición hecha carne en este “All Things Must Pass” (70). Concebido en sus orígenes como un álbum triple, un órdago en la época. Un disco que refleja todo un amanecer post-beatleiano, el esplendor de un compositor extraordinario, una coronación bien ganada. Absolutamente a lo grande. Con lujosas invitaciones y colaboraciones (Ringo Starr, Eric Clapton, Ginger Baker, Dave Mason, Bob Dylan, Phil Collins…). Y con la magnificente batuta de Phil Spector, apuntando al epicentro de un terremoto. Su impronta es notoria, especialmente en temas como “Wah-Wah” o “Let It Down”, recargadas, ampulosas, rebosantes.

Un disco de múltiple tributo: al amor, al miedo, a la religión. Un disco cuyas canciones rebosan magia, desplegando sus alas hacia el cielo del subconsciente, vertiendo polvos mágicos en la cabeza, elevando el estado de ánimo hasta un nivel si no óptimo, sí aceptable. Entre las más efectivas cabría citar la cálida y archiversionada “Isn´t It a Pity?”, donde también se siente la mano de Spector levantando un muro de belleza instrumental que se funde con una de las melodías más hermosas de la historia. Efectos lisérgicos también consiguen “I´d Have You Anytime” (co-escrita con Dylan), la muy country “Behind That Locked Door” o la profunda “Beware of Darkness”. Y efectos de animación extrema llegan de la mano de “Apple Scruffs” y su efervescente solo de armónica, de la luminosa “Ballad of Sir Frankie Crisp”, y cómo no, de quizá la canción estrella del conjunto, santo y seña de Harrison: “My Sweet Lord”. Auténtica o plagio, lo mismo da. Pagana o sacra, también da igual. Su espiritualidad, alegría y extraordinario poder catalizador es lo que cuenta.

“All Things Must Pass” fue remasterizado y reeditado en 2001, poco antes del fallecimiento del autor. A fuer de ser estrictos, esta crónica se basa en esa reedición. En ella aún se conserva el sabor y contenido de la primera grabación, incluyendo aquel tercer acto experimental de sesiones de blues con amigos (“Apple Jam”). También se incluyen nuevas versiones acústicas de temas como “Beware of Darkness” o “Let It Down”, así como la novedosa “I Live for You”, abandonada en las sesiones originales y salvada para la ocasión. Un compendio reformateado para perpetuar uno de los discos más loados de todos los tiempos. Excelso. Inalcanzable. Punto de referencia en el horizonte.

www.georgeharrison.com

01 septiembre 2010

REPORTAJES

PATTI SMITH “ÉRAMOS UNOS NIÑOS”

El germen del artista.

“En la guerra de la magia y la religión, ¿termina venciendo la magia?. Sacerdote y mago quizá fueron uno al principio, pero el sacerdote, tras aprender humildad ante Dios, descartó el conjuro como plegaria”.

La voz de Patti Smith habla en clave de rock and roll. Fundamentalmente. Es el cauce comúnmente utilizado. Pero un artista con mayúsculas posee muchas formas de expresión, un imaginario ilimitado y una gran riqueza de manifestaciones. Ver, oír, escuchar, leer o tratar de comprender a esta mujer es una aventura gratificante. “Éramos unos niños”, su primer libro puramente biográfico, deja al descubierto su relación con el artista gráfico Robert Mapplethorpe entre 1967 y 1978. Un tributo gestado a partir de una promesa. Patti ha cumplido. Así debería ser siempre. Así deberíamos ser todos.

Pero el libro no solo es un relato sobre la efervescencia juvenil, la amistad y el contubernio de dos artistas potenciales en la cruda tesitura de descubrirse a sí mismos y descubrir el mundo. No es genérico en sentido estricto. Tiene un poco de esto y de aquello. De novela, autobiografía, tratado filosófico o crónica social. De romanticismo rosa por la relación inquebrantable de los dos protagonistas. De relato de aventuras pues ¿no era Nueva York en general, y el hotel Chelsea en particular, una jungla en aquellos turbulentos años?. De documento histórico, pues la narradora no pasa por alto ninguno de los acontecimientos que marcaron la época (la conquista de la Luna, la caída de los Kennedy o de Martin Luther King, Vietnam, Woodstock, la masacre de Charles Manson). De cómic subterráneo, pues las minuciosas descripciones animan a la mente a recrear la imagen con todo lujo de detalle. También tiene algo de enciclopedia de las artes: poetas, dramaturgos, diseñadores, fotógrafos, guitarristas. Gente de las letras, de las artes plásticas, de la música. Un sinfín de referencias y menciones a personajes admirados, idolatrados o encontrados. Experiencias casuales de lo más entrañables, esos breves intercambios compartidos con Allen Ginsberg, Janis Joplin o Jimi Hendrix. Sí, parece mentira que esta mujer de carne y hueso, a la que tuvimos tan cerca hace bien poco, haya tenido la fortuna de vivir todo aquello, de conocer a toda aquella gente y experimentar todos aquellos cambios. Así, es fácil adoptarla como paloma mensajera, como nexo intergeneracional.

Volviendo al hilo, “Éramos unos niños” pretende santificar la intrincada pero pura amistad entre la dibujante y el pintor, la poetisa y el diseñador, la rockera y el fotógrafo. Una amistad sin condiciones, ambages ni prejuicios. La amistad entre dos personas con el único objetivo de ser libres. Tratando de vivir y de dejar vivir. Un camino que ambos empiezan a recorrer desde el mismo punto, bifurcándose irreversiblemente conforme avanza la historia. Dos personalidades muy diferentes aunque compatibles. El libro deja al raso el carácter ambicioso de Mapplethorpe, su búsqueda de la identidad artística y sexual, y lo más importante, su fe ciega, apoyo incondicional y admiración hacia su amiga, amante, confidente, compañera y musa. Aunque a quien acabas por conocer del todo y con quien terminas de empatizar es con ella. Con la gran Patti. Y lo que pretende ser la fábula de una aventura existencial compartida se convierte en una autodeclaración de principios, inquietudes, logros, defectos y virtudes. “A menudo, la contradicción es el camino más diáfano para llegar a la verdad”. El libro confirma su devoción casi obsesiva por Arthur Rimbaud, con peregrinaje incluido a su morada eterna en Charleville con parada en la de Jim Morrison; su afinidad con Baudelaire o William Blake, con Maiakovski o Genet, con Bob Dylan o Brian Jones. Sus páginas hablan de un universo cultural vasto, infinito, intratable, guardado dentro de un puño cerrado, y recogen numerosos y singulares encuentros-alianzas (Bob Neuwirth, Sam Shepard, Todd Rundgren, Johnny Winter, Lenny Kaye, Tom Verlaine, un larguísimo etcétera).

Pero no desvelemos nada más. Digamos solo que “Éramos unos niños” es un deleite para todas las facciones. Para los auténticos fans de Patti Smith. Para los nostálgicos de los 60, de Warhol y la generación beat. Para los estudiosos de la marginalidad y el punk-rock. Para los fanáticos de la ciudad de Nueva York. Para amantes de la poesía y defensores del arte contemporáneo. Para iconoclastas e inconformistas. Para todo tipo de artistas, consagrados o latentes. Pero ante todo digamos la verdad sobre su fondo: que es un libro ardiente, honesto y sincero, preñado de enseñanzas sobre libertad y humanidad. Una oda a la fidelidad, al amor incondicional. Un bellísimo retrato del ascenso y la caída. La gran obra de una artista con la cabeza ungida por los dioses, pero con los pies bien plantados en la tierra.

“Nos veíamos como los hijos de la libertad con la misión de conservar, proteger y difundir el espíritu revolucionario del rock and roll. Temíamos que la música que nos había dado sustento estuviera en peligro de destruirse espiritualmente. Temíamos que perdiera su razón de ser, que cayera en manos sobrealimentadas, que se revolcara en un lodazal de aparatosidad, consumo y vacua complejidad técnica. Tendríamos presente la imagen de Paul Revere recorriendo los caminos a caballo exhortando a la gente a despertar, a tomar las armas. También nosotros tomaríamos las armas, las armas de nuestra generación, la guitarra eléctrica y el micrófono”.

www.pattismith.net

18 agosto 2010

DISCOS

FOALS. Total Life Forever.

Bailar y no pensar.

Podría ser que Foals fueran una de las bandas más interesantes de la última ola británica, podría ser. O al menos podría ser que fueran una de las menos prescindibles. Como “Antidotes” (2008) los reveló tan sumamente buenos, excitantes y originales, hacerse con “Total Life Forever” (2010) urgía como el comer. No obstante, es un error vender la piel del oso antes de cazarlo. El festín dantesco de su primer álbum no admite réplica en este segundo, si bien hay momentos que, como en aquel, deslumbran en sus construcciones imposibles de viajes hedonistas o kafkianos. Por ejemplo, el sugerente despegue de “Blue Blood”, con un aborto en forma de estribillo mejorable. O el incesante titilar de “Black Gold”, machacante de pies y manos, con dos últimos minutos y medio de película. O la sofisticada “After Glow”, metiendo a los mismísimos The Cure en una batidora. Y cómo no, el sano regustillo a Talking Heads de la divertida “Total Life Forever”. En sueños los creímos hermanos de sangre de Byrne y compañía. Fatal desengaño al despertar. Han tirado por un camino que a ratos (“Miami”, “This Orient”) los hace cómplices de engendros de estadio y comercio injusto. No obstante, mejor perdonar y no arbitrar. Para bailar a gusto hay material de sobra.

www.wearefoals.com

16 agosto 2010

DISCOS

DAMIEN JURADO. Saint Bartlett.

Oda a los grandes cantautores.

Desde la modestia, desde la sombra, desde un umbral remoto, Damien Jurado ha vuelto a demostrar que la belleza de su composición no tiene límites. Que es posible nacer de la nada, empezar con lo puesto, encorajinarse de veras y decidir crecer sin miedo. La era acústica, pétrea y minimalista quedó lejos. La efervescencia ruidosa y rebelde también. Ahora, en plena madurez musical y (¿quién sabe?) espiritual, el de Seattle presenta un ilustre conjunto, la vista completa de un paisaje perfecto. Con la estimable producción del estimado Richard Swift, en este “Saint Bartlett” (2010) no es solo la canción lo que impresiona, la canción en sí misma, sino su más allá, esa segunda capa escondida, en ciertos casos, tras una nitidez superpuesta. Orquestas, corales, voces en off, desórdenes metálicos, diales enloquecidos. Es lo que tiñe de notoriedad superior canciones ya de por sí muy notables. Como “Cloudy Shoes”, comienzo despampanante y esperanzador, señal inequívoca de que éste no es un disco de usar y tirar. A su misma altura se sitúa “The Falling Snow”, recorriendo la piel a golpe de clave. Y si lograr la canción perfecta siempre fue el reto o la utopía de muchos, “Throwing Your Voice”, “Pear” y “Kalama”, cada cual en su estilo (americana, folk o country), estarían bien cerca de su destino. Y no es casual que, tras varios discos de Damien investigados, ahora nos demos de bruces con el reflujo de todo un grande, la estela de todo un Neil Young, candente en “Harborview” y flagrante en “Wallingford”. Porque Damien Jurado podría convertirse en su digno y singular heredero a poco que se lo propusiera. Y no es exagerar. En un año de novedades haraganas y pereza indagadora, éste podría ser el disco de la salvación.

www.saintbartlett.com

25 julio 2010

RETROSPECTIVAS

JOHN LENNON. John Lennon/Plastic Ono Band/Imagine.

Joyas de los setenta (1º parte).

Volvemos con los mitos. Cambiamos definitivamente de década. Y la década de los setenta, tan cargada de tan buenos discos como la anterior, se abría con los primeros pasos en solitario de John Lennon. Comenzaba la etapa post-Beatles. A Lennon como mascarón de proa de The Beatles se le rinde tributo a todas horas. Pero ¿cuántos se han parado a valorar, a desentrañar, a estudiar su hermosa obra en solitario?. “John Lennon/Plastic Ono Band” (70) e “Imagine” (71) marcaban la entrada en una nueva década, pero también en una nueva dimensión para el artista: la de la influencia maldita o no de Yoko Ono, la de sus rencillas con McCartney, la de su nueva visión al otro lado del charco, la de su obsesión de manos blancas por la paz. En sus dos primeros discos aún se puede respirar una brizna de aire beatlesiano, pero sus canciones apuntan todavía más lejos: a un universo musical lleno de lazos y de anclas, a un deseo por alcanzar un más allá vetado hasta la fecha. Y decir más allá no significa mencionar su triste e injusto final, fatal contribución a la elevación inminente a mito. Se trata de hablar de un más allá sonoro, de canciones en estado puro, de la materialización de un aprendizaje lento y concienzudo. Con historias propias, sin tomar a préstamo ni una nota ni una palabra, todo de un puño y letra inspiradísimo y al fin libre.

Navegar por estos dos álbumes es una vuelta al mundo en toda regla. Al mundo de la música. Al mundo de la Humanidad. El rock, el country, las sinfonías, el blues y el folk. La desnudez y la epopeya. Todos esos mensajes (sobre la paz, sobre el amor, sobre el rencor, sobre la condición débil del ser humano) codificados con firmeza para un alunizaje auditivo. De “Imagine” (la canción) todos sabemos todo: ha sonado millones de veces en nuestras cabezas, en nuestras radios y televisores. Y “Jealous Guy” puede que esté entre las canciones más bellas, más brillantes, conmovedoras y tristes de la historia del pop. Sin embargo, en estos dos discos hay más, mucho más, pequeñas joyas escondidas o semi-recónditas. En ellos se encuentran dos temas de amor sinceros y nada obvios, pese a sus simples títulos: “Love” y “Oh My Love”. Hay arrebatos de blues de cloaca con guitarras chirriantes, en “It´s So Hard”, “I Found Out”, “Well Well Well” o ese espectacular himno antibelicista llamado “I Don´t Wanna Be a Soldier, Mama”. Hay un divertido corchete imaginario entre John Fogerty y el cabaret en “Crippled Inside”. Hay folk con mensaje, lívido en la forma y explosivo en el fondo, en “Working Class Hero” y “Look at Me”. Y también hay una pizca de soul dulzón (“Hold On”), alusiones pop a la musa (“Oh Yoko!") y otras tantas cosas más.

Lennon también se permitía construir viaductos para sus frustraciones e insurrecciones. La terrible “Mother” ponen al raso la soledad de su infancia: su inicio con campanas fúnebres y el doloroso delirio final (“mama don´t go, daddy come home”) dejan un nudo en la garganta. La breve nana “My Mummy´s Dead” vuelve a lo mismo con pena (“I can´t explain so much pain”). “How Do You Sleep?” pretendía ser una venganza encubierta contra Paul McCartney, en su fase más belicosa de diferencias mútuas. En “God” se revela como apóstata en una larga retahíla de renegativas que deja la piel en carne viva, hagamos un resumen: “I don´t believe in Bible, I don´t believe in Tarot, I don´t believe in Hitler, I don´t believe in Jesus, I don´t believe in Kennedy, I don´t believe in Buddha (…) I don´t believe in Elvis, I don´t believe in Zimmerman, I don´t believe in Beatles, I just believe in me… and this reality”. Sin pelos en la lengua.

En definitiva, “John Lennon/Plastic Ono Band” e “Imagine” son todo un mundo. Quizá porque su autor también lo era. Mucho más que una cara delgada con gafas redondas. Mucho más que un rebelde agitador, sospechoso de conspiración. Mucho más que un simple ex Beatles. John Lennon era lo que a muchos en muchos aspectos nos gustaría poder ser. Y decía lo que a muchos en muchos aspectos nos gustaría poder decir. Pero, ¿a quién le importará lo que digamos cuarenta años después?.

www.johnlennon.com

19 julio 2010

CONCIERTOS

PATTI SMITH. Cartagena. Auditorio Parque Torres. 16-7-2010.

El futuro es ahora; el pasado también.

Leyenda. Poesía. Rock and roll. Cuando te enfrentas cara a cara a un mito, de esos que empezaron a caminar cuando tú aún no habías nacido, una mezcla de bisoñez y emociones recorre tu interior. Es la sensación indescifrable del “no estuve allí pero ojalá”. Es la inquietud humilde del aficionado retro. Es el pulso frenético contra un tiempo vertebrado. Llamar mito a Patti Smith ha sido la inclinación de estos días, aprovechando su paseo por nuestro país. Y por una vez las voces, las que entienden y las que simplemente informan, llevan razón. Es fácil vestir de mito a cualquier Don Nadie; los medios lo hacen constantemente. Pero el traje que viste esta mujer no lleva ninguna marca ni responde a ninguna firma; se lo ha cosido ella, con sus propias manos. A Cartagena posiblemente vino a pasarlo bien. Pero en el intento consiguió, sin más esfuerzo que su naturalidad, dejar un poso irreversible. Como hace unos años en Barcelona, pero mejor.

Porque Patti Smith tiene el poder (sí, Patti has the power) de convencer sin coaccionar. De decir las cosas coadyuvando, no imponiendo. De blandir una bandera con un mensaje valiente y visceral, tan válido en sus orígenes como en el absurdo ahora. En ella el rock y la poesía son un todo indivisible, que duplica los estímulos, convirtiendo el movimiento en pensamiento y viceversa. En La Mar de Músicas de este año, dedicado mayormente a la música africana, triunfó una de Chicago, curtida en Nueva York. Qué cosas. Acompañada por Lenny Kaye (guitarra) y Jay Dee Daugherty (batería), los incondicionales, los de siempre, los del Patti Smith Group de los setenta. Arrancaron con “Redondo Beach” y “Space Monkey”, pusieron a punto la locomotora poco a poco, apretando el acelerador con la siempre descabellada “Free Money”, pero sin prisas. A mitad de concierto el motor rugía y entonces se materializó el éxtasis del heterogéneo auditorio. Empezó el alucinante y verdadero viaje: a través de las polvorientas dunas de “Beneath the Southern Cross”, de los peligrosos callejones de “Ask the Angels”, de los surtidos bazares de “Ghost Dance”, de los elegantes corredores de “Dancing Barefoot” y de los remolinos de agua de “Pissing in a River”. Pequeñas y desnudas bolas de nieve que de repente empiezan a rodar cuesta abajo, creciendo y tomando velocidad, hasta convertirse en puro fuego. Como “Gloria”: ¿quién se acuerda de Van Morrison cuando los efluvios del rock más sucio empiezan a manar en su crescendo?. O como “Rock´n´roll Nigger”, que remata el estado de forma, la voz tajante, la ferocidad airosa de una mujer que, con 63 primaveras, aún puede dar lo mismo que en su primera juventud. Si cabe, más sabiduría, más magnetismo, lecciones de la vida, lecciones de honestidad. Con simpatía y gratitud, pisando fuerte, eternamente fiel a sus principios. Y con canciones absolutas que, demostrado está, no tienen aún fecha de caducidad conocida. Un pasado que, afortunadamente, también es el ahora. Un mito con todos los honores. Que este concierto y el libro “Éramos unos niños” hayan caido en nuestras manos casi al mismo tiempo debe tener su sentido. Ahora toca leer.

www.pattismith.net

06 julio 2010

DISCOS

PETER VON POEHL. May Day.

El rubio con voz de negro.

Peter Von Poehl es un músico que se curtió en las calles. Y aprendiendo de músicos franceses. También graba para un sello francés. El interés por su nuevo disco nace del anterior, el hermoso “Going Where The Tea Trees Are” (2006). Y también, por qué no, de aquel breve pero hermoso concierto en el Summercase 2008. El alumbramiento de este “May Day” (2009-2010) estaba previsto para entonces. Y entonces nos presentaba en sociedad a una de sus nuevas hijas: la inmaculada e inspirada “Lost in Space”. Pero se tomó su tiempo. Y el álbum hibernó hasta finales del año pasado. Y ahora Green Ufos nos lo sirve en bandeja. Es muy difícil captar al minuto la música que va naciendo. Y que tal como nace, se reproduce y muere. Aquí, en este “May Day”, el sueco decide aprovecharse de su peculiar voz de negro y casarla con estilos pretendientes. Como el soul: flagrante flechazo, Stevie Wonder o Marvin Gaye mediante, en “Parliament”, “Carrier Pigeon” o “Moonshot Falls”. Pero cuando realmente da en el centro de la diana es cuando se dedica al folk, uniéndose al vuelo libre de Cat Stevens en joyas intimistas como “Near the End of the World”, “Mexico”, “Silent as Gold” o la que da título al álbum. Y así, desde el silencio, sin bombo ni platillo, Von Poehl va creando su familia particular. Ya va siendo alguien. Alguien que incluso se atreve a asistir (a producir) los partos de otros. No sé qué tiene que ver Suecia con Francia, pero funciona.

www.petervonpoehl.com

02 julio 2010

CONCIERTOS


CLEM SNIDE + WILL JOHNSON & ANIMIC. Madrid. Teatro Lara. 30-6-2010.

Will versus Eef.

Que Eef Barzelay y Will Johnson son dos de los mejores compositores americanos del momento es algo que nadie puede cuestionar a estas alturas. Esta era una ocasión única de verlos a los dos juntos, pero no revueltos, en una Madrid sumida en el caos transportista, y comparar. Comparar quién se lleva la palma en un hipotético campeonato de tablas, emoción y solvencia en directo. Pues bien, de ese round imaginario y a la vista de lo ocurrido en el Teatro Lara (por cierto, qué encantador lugar para abrigar la música en directo) ganaría por dos cabezas el de Texas. Will Johnson, vamos. Eterno comparsa (palabra sin sentido peyorativo) de herederos que deberían besarle los pies. Eterno telonero de artistas con mucho más glamour o mejor articulado promocional. Eterno colaborador, hombre de mundo, aprendiz con la sed todavía insatisfecha. Su última aventura le lleva a aliarse con los catalanes Anímic, banda poco o nada conocida hasta la fecha, deslumbrante en escena al lado del maestro. La conjunción fue de cine. El repertorio de escándalo, desgranando temas de uno y otros, pasando del folk a la americana, de las nanas infantiles al blues, del catalán al inglés, con una elasticidad de pasmo. Todo un placer comprobar que la piel de toro y los USA pueden aliarse en buen gusto. Y todo un placer descubrir que Will, ejemplo de modestia, recato y bien hacer, también sabe ejercitarse a todo trapo con las baquetas.

Lo de Eef Barzelay al frente de sus Clem Snide es otro estilo. En la crónica de su visita a Madrid en marzo, Victor Lenore escribía en RDL lo siguiente: “La gira de presentación de “The Meat of Life” (2010) será recordada como aquella donde el personaje se comió definitivamente los matices que el cantante despliega en sus grabaciones”. Exacto. Y si se añade el extra de que el pobre Eef (o no tan pobre, ay, los excesos) venía medio afónico, es flagrante la decepción de no poder saborear la limpieza de esas excelentes canciones que en el auricular ponen la carne de gallina. En el auricular, he dicho. En directo hay garra y ganas, quizá porque la banda (con los habituales Ben Martin y Brendan Fitzpatrick, y con un nuevo guitarrista que fue capaz de marcarse dos solos en los bises) funciona increíblemente bien. Pero, gargantas tocadas aparte, Eef Barzelay debería dedicarse a cantar como Eef Barzelay. No como Lou Reed o Bob Dylan. No como un hooligan en un partido del Manchester. Debería relajarse, y medir mejor las dosis de bromas y onomatopeyas. Por respeto a su brillante obra, más que nada. Y no es que fuera un mal concierto, pese a lo que muchos opinan por ahí. Captó, interesó, divirtió, y al final incluso fue disculpable que “Denise”, “The Girls Don´t Care”, “The Meat of Life” o “Something Beatiful” se balancearan sobre el filo de una navaja afilada por unas cuerdas vocales homicidas. Fue una pena que el nuevo disco (qué gran disco) tuviera tan poco protagonismo y que “The Hungry Bird” (2009) se ahogara en el olvido. Fue una pena que no tuviéramos el “End of Love” demandado por alguien entre el público (Eef se negó a tocarla, ofreciéndose a cambio a hacer limpieza en casa del solicitante). Como también fue una pena que no aparecieran “The Sound of German Hip Hop”, “Fill Me with Your Light” o “Long Lost Twin”. Pero ahora que lo pienso, lo mismo fue una puñetera suerte. Tal y como estaba el patio, mejor salvarlas de un destrozo inmisericorde. Me pica la curiosidad sobre lo que harán (hoy viernes 2) con el “Zuma” de Neil Young en el Faraday 2010. Me pica, y mucho.

www.clemsnide.com
www.centro-matic.com
www.myspace.com/animicblog


03 junio 2010

CONCIERTOS

PRIMAVERA SOUND 2010

Sábado: descubrimientos, magia y más nostalgia.

El día de clausura de esta décima edición del PS empezaba con un accidental descubrimiento, tras la siesta reventada por una inoportuna radial. REAL ESTATE (foto 1) no son la mitad de Sunny Day Real Estate ni mucho menos. Unos desconocidos de New Jersey con brillantes canciones (especialmente simpática “Fake Blues”), herederos del pop más elegante de los ochenta. Sombras de Felt o The Triffids asomaron la cabeza en el Pitchfork, y esas nítidas y envolventes guitarras regalaron uno de los momentos más placenteros del festival. Tras ellos era el momento de acercarse a comprobar si DR. DOG (foto 2) serían capaces de justificar su programación de honor en el San Miguel. Sin demasiado público, algo de agradecer tras dos días de caos humano, la “banda favorita de Jeff Tweedy” cumplió, dejando buen sabor de boca. Primero: porque funcionan a tope de rendimiento, dejándose la piel. Segundo: porque tienen algunas canciones (aunque no todas) de toma pan y moja, y cito “The Old Days”, “Army of Ancients” y “Shadow People”. El vozarrón de Toby Leaman maravilló (debería cantarlas todas él), especialmente en sus virajes más blueseros.

A continuación tocaba peregrinación al Auditori, para intentarlo con RODDY FRAME (foto 3). Casualmente el sábado no había colas ni masificación, vía despejada y un recinto algo desangelado. Lo cual tiene delito, si consideramos que VAN DYKE PARKS daba los últimos coletazos a un concierto que debió ser mágico, tan mágico como una retrospectiva por todos los géneros populares de varios siglos. Como un regalo venido del cielo, pudimos asistir a un par de piezas, saborear un cachito de esa magia, conectar brevemente con la genialidad de todo un nombre y con la humanidad de todo un hombre. Viejo (lo dice él, no yo) pero entrañable. A continuación Roddy Frame conquistaba el escenario con la única compañía de sus guitarras (y una armónica). Y cómo suenan esas guitarras. O mejor dicho, cómo las hace sonar. Hace un par de años su dote eléctrica nos hizo vibrar acompañando a otro gran escocés, Edwyn Collins. Esta vez era el momento de la acústica. Fue un placer recuperar a Aztec Camera (emotivas “Black Lucia”, “Bigger Brighter Better” y “Oblivious”) o sentir el brillo desnudo del magnífico “Surf” (“Over You”, “Surf”). Si no puedes con la adversidad (¿nadie le entendió cuando pedía un cambio de foco?) únete a ella, échale bemoles y evoca el espíritu de Johnny Cash.

De nuevo al aire libre, el momento más deseado del día llegaba bajo el alias GRIZZLY BEAR (foto 4). Hace tres años eran unos absolutos desconocidos, una rara avis haciendo música de cristales y porcelana. Entonces deslumbraron en el ATP ante poco público, antojándose solo aptos para sensibilidades extremas. Pues bien, su acelerado avance hacia el éxito sorprende. En esta ocasión demostraron que están en posición de llenar un escenario grande. Y para más inri, la gente conoce sus canciones. Su momento ha llegado, y ante tanto interés desperdiciado en hypes insulsos, es de celebrar que las curiosidades se dirijan masivamente hacia este tipo de música. Música de belleza indescriptible, de matices infinitos, de coordinación (instrumental y vocal) perfecta. Música que se escucha, se ve, se toca, se siente. Música que gana robustez en directo (se dejaron las guitarras acústicas en casa, de ahí la extraña disección de “On a Neck, On a Split”), tan pronto acariciando suavemente (“Knife”, “Ready, Able”) como rascando con uñas afiladas (“Lullabye”, “Fix It”). Al fin un grupo que llega dentro, muy dentro. Con la sensación de bienestar inyectada en vena por el oso, los pies se dirigen solos al escenario San Miguel. Es hora de experimentar otro ataque de nostalgia, de viajar atrás en el tiempo con uno de nuestros discos favoritos de los 90: “Some Friendly” de THE CHARLATANS (foto 5). Posiblemente el destino conciertil hubiera sido otro de no haber mediado esta obra. Pero himnos como “You´re Not Very Well” y “The Only One I Know” se resisten estoicos a la decadencia, sonando igual de verticales y directos (o más) que en su génesis. Con Tim Burguess cumpliendo años pero recuperando el look juvenil, los de Manchester confirmaron una gran noticia: que aún gozan de buena salud. Hubo concentración, actitud y sudor en el escenario. Hubo diversión, locura y alegría debajo de él. Nada en el disco homenajeado tiene desperdicio, pero “Believe You Me”, “Flower” y “Sproston Green” fueron vomitadas con la chulería y elegancia que solo ellos saben poner en práctica. La montaron y gorda.

Y como la fiesta llama a la fiesta, LIQUID LIQUID (foto 6) se presumían un plato ideal de continuidad para la noche. Degustados apenas media hora, estos iconoclastas neoyorquinos, excelsos pioneros de un estilo no muy bien definido (¿kraut-calypso?) parametrizaron su extraño arte con eficacia, arrastrando a la masa al hedonismo y al baile. Un manual teórico-práctico de ritmos y percusiones como reactores de espasmos. Su aureola de maestros obligaba a dedicarles al menos un ratito. Tras lo cual, y sin saber muy bien las razones y porqués, tocaba el turno de PET SHOP BOYS (foto 7). Incluidos en la agenda por inercia o inquisición, el caso es que de repente estábamos allí, frente al escenario de cubos de colores, viendo como Neil Tennant y Chris Lowe salían no se sabe cómo de no se sabe dónde, marcándose el primer hit: “Heart”. Y entonces me acordé de esa mítica frase de Milhouse en un episodio de los Simpsons: “¡Hagámos locuras al estilo Broadway!”. Pues eso hicieron. Empezar con las nuevas y cantearse hacia las viejas más tarde, en medio de un maremágnum de disfraces, efectos geométricos y coreografías de Fama. “Left to my Owndevices”, “Always on my Mind” o “It´s a Sin” siguen teniendo gancho, pero “Suburbia” o “What Have I Done to Deserve This?” ya huelen un poquito a carne en descomposición. “Go West” y “Se a Vida É” no hay quien se las trague. Del “Viva la Vida” de Coldplay ni nos enteramos, más concentrados en encontrar un baño sin cola. Lo mejor con diferencia, los bises: “Being Boring” (sobria y sin bailarines) y “West End Girls” (definitivamente, la mejor de su historia). Hay que reconocerles el mérito de haber sobrevivido a los cambios de onda con absoluta dignidad y su efectivo rol como animadores y entertainers. Pero dejémos el veredicto de su relevancia actual en manos de los expertos. Después de tres días de tanta emoción e intensidad, los cuerpos y las mentes ya no dan para más.






02 junio 2010

CONCIERTOS


PRIMAVERA SOUND 2010

Viernes: arte, glamour y terremoto.

La jornada del viernes comenzó bien pronto, en la larguísima cola de acceso al Auditori y rezando el rosario para poder ver a OWEN PALLETT (foto1). Las plegarias fueron atendidas, y hasta el bueno de Owen tuvo el detalle indirecto de esperar a que sentáramos el culo en la butaca, retrasando su aparición unos minutos. Mereció la pena. El Vivaldi moderno ofreció tal lección de oficio, de belleza y de control que desató ovaciones en pie, a las que hubo de responder con un bis. Este chico es un genio y probablemente no lo sabe. Lo dice a gritos su forma de construir pieza a pieza las canciones, de coserlas con mimo a pequeñas puntadas para luego desintegrarlas dejando polvo brillante en el aire. Lo hizo a la perfección con “Keep the Dog Quiet” y “Lewis Takes Off His Shirt”. Emocionó hasta lo imposible explotando las mil posibilidades de su violín, primero en su comienzo con “E Is for Estranger”, después con “This Is the Dream of Win & Regine” y “Many Lives -> 49 MP””. Y llenó el escenario como un monstruo (con un solo acompañante ocasional a la guitarra y percusiones), el monstruo sensible y virtuoso que es. Arte en estado puro. Como arte vino después, aunque en formato diferente. Hope Sandoval pasa por tener difícil carácter, así que lo de prohibir las fotos en su actuación tampoco pilló por sorpresa. De todas formas, no era el ambiente ideal para la instantánea. En absoluta penumbra, HOPE SANDOVAL & THE WARM INVENTIONS invitaron a dejar las manos quietas, a relajar el músculo y a volar. A volar por las autopistas aéreas de la perfección, del minimalismo pulcro, cuidado hasta el extremo. Canciones de honda delicadeza, cromadas por armónicas y vibráfonos y tapizadas por la voz susurrante y quebradiza de la diva, luciendo pose adivinada en medio de la oscuridad. “Blanchard”, “Thinking Like That” y “Suzanne” pusieron el corazón en la glotis. “For the Rest of Your Life” desató una tormenta virulenta entre tanta calma y distinción. De lujo.

Como lo de Low ya se antojaba misión imposible, había que buscar plan alternativo. Y el plan se llamó SCOUT NIBLETT (foto2), fallida una primera vez (Primavera Sound 2008), fallida una segunda vez (Primavera Club 2009), merecedora de una oportunidad definitiva. Gran elección. Tras la amargura visceral de sus temas (“we´re all gonna die, we don´t know when, we don´t know how”), tras la rabia de su guitarrazo y patada al suelo, tras el fuego cristalino de su voz, aparece una mujer todo sonrisas. Impactó a las seis cuerdas, pero desbordó con las baquetas. Y su compañero en escena (estupendo baterista, sí señor) contribuyó a dar vida al repertorio y a espolearla sin control. A continuación tocaba estrenar el remoto escenario Vice, dotado en esta ocasión de todos los servicios disponibles (gradas, comida, bebida, venta de tickets) en un ejercicio plausible de integración con el resto del festival. Allá finiquitaban su set Thee Oh Sees, de forma contundente, al más puro estilo de compañeros de cartel mucho más sonados, como Wire o The Fall. Tras ellos tocaba el turno de CONDO FUCKS (foto 3). Plato obligatorio, claro. Ya son como de la familia. Conociendo su ingenio y sentido del humor, la espectación era máxima. Algunos esperaban disfraces, otros gracietas del tipo “vamos a tocar una versión de Yo la Tengo”, pero no. Apresurados, con el mismo look de siempre, con dos guitarras y batería, se marcaron 45 minutos de versiones sin pausa ni parpadeo, y abandonaron haciendo mutis por el foro. Recorrieron todas las carreteras del rock garagero en una lección de aúpa, pero muy en el fondo supieron a poco.

Turno para WILCO (foto 4). Aunque haya cosas muy interesantes a la misma hora, la solvencia de Jeff Tweedy y los suyos atrae como un imán. Siempre es un placer volver a escuchar “I´m Trying to Break Your Heart” (sonó, aunque fatal), “A Shot in the Arm” (sonó), “Impossible Germany” (sonó), “Handshake Drugs” (sonó) o “War on War” (no sonó). Y siempre es un placer deleitarse con la rabia percutora de Glenn Kotche y los punteos imposibles de Nels Cline (el guitar hero absoluto del festival). El nivel llegó a la cumbre, como habitualmente, pese a los problemas técnicos en los primeros temas. No obstante, deberían evitar colar baladas a traición tras frenesíes del calibre de “Bull Black Nova”. Cada vez sorprenden menos, pero siguen siendo únicos e imbatibles. Y del presente en forma de rock de raigambre al recuerdo en forma de pop vodevilesco. O de Wilco a MARC ALMOND (foto 5). Es lo que tienen los festivales, viajes increíbles en el estilo y el tiempo. En un semidesierto escenario Ray Ban, el exlider de Soft Cell, leyenda indiscutible de la new wave, hizo lo que sabe: cantar creyéndose lo que hace, sin importarle que muy pocos crean ya en él. Comenzar con “Tears Run Rings” fue un detalle de quitarse el sombrero. El británico, sin perder un ápice de glamour pese a la edad, desgranó temas de todos los puntos de su carrera, acompañado por una solemne banda de músicos curtidos y curados. Sonaron clásicos (“Glorious” o “Brilliant Creatures”), temas nuevos de inminente publicación (“Nijinsky Heart” y “Variety”) y, por supuesto, la omnipresente “Tainted Love”. Poco eco para un show tan impecable.

¿Y dónde estaba todo el mundo?. Pues evidente: esperando a los PIXIES (foto 6). Ya van tres intentonas y perdura la misma sensación: imposible conseguir ver a esta gente en condiciones, saborearlos, disfrutar de esas canciones que, como las de Pavement, marcaron una época. Se arroja la toalla. Sin posibilidad de reacción ni dominio de la situación, la hambrienta marabunta engulle la voluntad de un bocado. ¿Qué está pasando en el escenario?. La atención queda diluida, hay que cuidar de los pies, las costillas y las gafas. Sí, ahí suenan “Bone Machine”, “Monkey Gone to Heaven”, “Hey”, “Debaser”, “Planet of Sound”… allá, a lo lejos, como un eco. El terremoto humano al fin ha conseguido que los cimientos de la ilusión Pixies se vengan abajo. Así que, en el momento de respiro de “Caribou” comienza la huida, lejos del caos, hacia el desierto, hacia el aire puro, al autobús de regreso a casa. Pixies: nunca mais.






01 junio 2010

CONCIERTOS

PRIMAVERA SOUND 2010

Jueves: lluvia, cameos y guitar heroes.

El Primavera Sound ha cumplido 10 años. Y no ha podido hacerlo con mayor contundencia. Allá por la edición del 2007 y en este mismo espacio, expresábamos el miedo soterrado a su mutación en un nuevo FIB. Pues bien, ese día ha llegado. Porque nunca Barcelona recordó tanto a Benicasim, al menos en lo que a afluencia de público se refiere. Este año el PS bate su récord mundial de visitantes y deja una interrogante abierta: ¿qué será lo próximo?. La experiencia sobrevenida del vecino castellonense siembra el terror. Sin embargo, este es un festival diferente y sus ideólogos parecen tenerlo claro. Y sobre todo, este es un festival en el que pasan cosas especiales, emocionantes e incapaces de vivirse en ningún otro lugar del planeta. Visiones que se extienden como sueños ante los ojos, como pequeñuelos batiendo palmas con las canciones de Wilco, caras de felicidad desgranando al dedillo las letras de ¡Liquid Liquid!, padres talluditos e hijos adolescentes unidos por una camiseta de Pixies, auditorios rebosantes de humanidad a las malditas 4 de la tarde. No, no estamos locos: la buena música nos une. Y aunque algunos echáramos de menos alguna superaparición de aniversario (Neil Young dejó el listón demasiado alto), uno siempre sale de este festival plenamente satisfecho, y van siete de las diez. Aunque Mission of Burma, Tortoise, Low, Wire, The New Pornographers, Gary Numan o Lee “Scratch” Perry escribieran el triste cuento de cada edición: el del precio de lo imposible.

Empecemos con la jornada del jueves. Justo a tiempo para asistir al festín de psicodelia grasienta de SIC ALPS (foto 1) en formato trío. Un buen directo que deja asomar su lado más accesible, ese que tanto se resiste en sus sucias y enrevesadas grabaciones. Huelen a años setenta. Mike Donovan: primer candidato a guitar hero del festival. Descargas de energía instantáneas como “Bells” pusieron el motor a punto para viajar al escenario ATP, previa parada en el San Miguel. Allí estaban Bis, después de 11 años. Del paso de tanto tiempo cabe extraer dos conclusiones: que Steven y John se han quedado calvos desde entonces y que “Eurodisco” sigue siendo un solemne hit sin fecha de caducidad. La chapa a cal y canto del ATP (The Books fueron aplazados hasta el hueco dejado por los caídos Seefeel) y las bondades del destino, permitieron asistir a un reencuentro muy emotivo: THE WAVE PICTURES (foto 2). Gusten más o gusten menos, es difícil no divertirse con ellos. En sus canciones y en sus inocentes pintas de universitarios irradian simpatía. Y sobre todo, saben tocar y saben involucrar, y a “Now You Are Pregnant” y “Strange Fruit for David” me remito. Dave Tattersall, como de costumbre, volvió a marcarse unos solos de bandera. Otro guitar heroe como un piano. Y tras este conciertón no programado, uno programado muy a conciencia: THE FALL (foto 3). El discurso del amenazante, ceñudo y casi hitleriano Mark E. Smith siempre es el mismo. Las descargas metálicas de su infinita creación se recrean gemelas en el tiempo y el espacio. Por eso quizá su concierto en 2010 pareció el mismo que el del 2007, pese a ser totalmente diferentes. Tras tantos años en la pomada y tantos discos es imposible seguirles la corriente. Quizá a la próxima deberían retroceder todavía un poquito más, acordarse de “Mr. Pharmacist”, “Big New Prinz”, “Jerusalem” o “Cruisers Creek”. ¿Por qué no?.

Con las primeras gotas de lluvia de la noche es hora de llenar el estómago y de echar un vistazo simplemente curioso a The XX. Lo que son las modas y la cantidad de gente que las sigue. Posiblemente el grupo que más público congregara en el escenario Ray-Ban (¿qué clase de sacrilegio es cambiarle el nombre al Rockdelux de toda la vida?). De tantas maravillas escritas sobre ellos, de las comparaciones (odiosas, por cierto) con Cocteau Twins, del ensalzamiento de su álbum como gran esperanza british. O tengo otros gustos, o soy tonta o no me entero. Que me crucifiquen los modernos si quieren, pero The XX son un grupo del montón, de ese gran montón de cosas que no emocionan, no innovan, no dicen nada. Me piro a ver a SUPERCHUNK (foto 4), que a estas alturas de la película tampoco innovan ni dicen gran cosa, pero que al menos transmiten energía. Aunque tras 10 años suenen igual de rancios que Smashing Pumpkins o Dinosaur JR (corren otros tiempos), el esfuerzo de Mac McCaughan (tercer guitar heroe del día) y sus compañeros se agradece, como también se agradece poder degustar con fruición alguna perla algo más masticable, “Driveway to Driveway” por ejemplo. Tim Harrington de Les Savy Fav berreó un rato con ellos, protagonizando el primero cameo de la velada.

Volando de nuevo al Ray Ban para asistir quizá al mejor (con permiso de Pavement) show de la noche. BROKEN SOCIAL SCENE (foto 5) tiene caché de banda de notoria rotundidad, y vaya si lo demostraron. Al completo, todos a una como Fuenteovejuna. Si no fuera porque el sonido del anfiteatro volvió a dejar que desear (según ubicación física y dirección del aire, reza para que se oiga) y por la inoportuna lluvia, podría decirse que fue el concierto perfecto. Los canadienses son un prodigio escénico, un universo de estrellas en constante rotación, puro alquimismo pop-rock. Y la presencia de Kevin Drew y Brendan Canning abruma. En la parcialidad también influye que toquen todas tus favoritas, claro: desde “Texico Bitches” o “Sweetest Kill” de entre las recién paridas, hasta “Stars and Sons”, “Fire Eyed Boy” o “Cause=Time” de entre las clásicas. Por si fueran pocos se hicieron acompañar de algunos ilustres invitados, como Spiral Stairs (favor devuelto por Kevin Drew más tarde) y Owen Pallett. Sublimes.

Y llegó el momento de la nostalgia, los recuerdos de la mítica adolescencia. PAVEMENT (foto 6) fueron el grupo de cabecera de muchos viajes existenciales en el pasado. La gran mayoría ya no contábamos con verlos, pero ay, ¿quién puede resistirse a la oscura magia del revival?. Al igual que los Pixies, quizá hayan llegado para cobrar y volar. Pero no puede negarse que han reaparecido en extraordinaria buena forma, que siguen estando un poco majaretas (especialmente Bob Nastanovich, qué espectáculo), siendo capaces de ofrecer la misma sensación de frescura y jovialidad de hace una década. Y aquellas canciones retorcidas y bizarras, cargadas de incógnita e improvisación, de sarcasmo y payasada, se revelan ahora como lo que fueron entonces: himnos de un deseo oculto de escupir al mundo. “Quarantine The Past” (2010) ha recopilado sus éxitos para la ocasión y en hilera fueron desfilando todos, brillando especialmente las de aquel imposible “Wowee Zowee” (95): “Rattled by the Rush”, “Father to a Sister of Thought”, “Grounded”, “We Dance”, “Fight this Generation”. En su día (los días en que ir a un concierto era una utopía) nos preguntábamos cómo serían en vivo. Ha tenido que llover mucho para poder comprobarlo, asistir a las travesuras y malabarismos de Stephen Malkmus con su guitarra (guitar hero inclasificable) y verificar que aquellas canciones quieren y pueden sonar a gloria.



18 mayo 2010

DISCOS

RETRIBUTION GOSPEL CHOIR. 2.

Recuerdos de un incendio.

Pongo este disco en funcionamiento. Inmediatamente me acosan los recuerdos. Recuerdos de una noche de diciembre, en el pasado Primavera Club, en un Círculo de Bellas Artes que ardía en gigantescas llamas por obra y gracia de tres pirómanos despiadados: Alan Sparhawk, Steve Garrington y Eric Pollard. Las canciones de éste su segundo largo coparon aquella hora de venganza arcaica. Entonces eran misterios, sugeridos en asombrosas bocanadas, no del todo desvelados. Ahora “Hide It Away”, “Your Bird”, “Workin´Hard”, “Poor Man´s Daughter” y “Electric Guitar” rugen imponentes en los oídos, como hostias consagradas por Ozzy Osbourne, Pete Townsend, Jimmy Page o Trent Reznor. Comulguemos con ellas y amén.

Como tarea de temporada, aunar la delicadeza aterciopelada de Low y la furia del rock más sucio ha sido coser y cantar. Demostrado queda que aquel primer disco, con las canciones de “Drums and Guns” (2007) fulgurantemente revitalizadas, no era la anécdota y/o ensayo que parecía. Alan Sparhawk va en serio: quiere quemarlo todo, hasta su propia piel. Y aunque Low seguirán en el altar de los mejores y sumarán puntos en su casillero (ineludible cita en el Auditorio del Fórum de Barcelona dentro de dos semanas para gozar “The Great Destroyer”), esta ocurrencia de nombre engañoso y advenedizo está condenada a ocupar su lugar en la historia. Regocijémonos y demos gracias, hermanos: el rock ha alcanzado la perfección.

www.retributiongospelchoir.com

09 mayo 2010

DISCOS

CLEM SNIDE. The Meat of Life.

Mente fértil.

Clem Snide han vuelto a nacer. “The Hungry Bird” (2009) recogía los retales de una ruptura efímera. “The Meat of Life” (2010) ensalza la fertilidad balsámica de Eef Barzelay. Hace poco Mondonoro publicaba la lista de sus diez discos favoritos. Neil Young, The Stooges, Neutral Milk Hotel, Smog, Can, Fela Kuti… toda una declaración de buen gusto. Un buen gusto extrapolado a su exquisita forma de componer. Mitad cantautor de campo, mitad crooner urbano, sus canciones siempre exhalan ese aliento sugerente, esa vitola de familiaridad, ese sabor a lección perdurable en los anales del tiempo. Aunque como todo escritor prolífico y metódico (también le pasa a Will Oldham), hay días de mayor y de menor inspiración. “The Meat of Life” no contiene gemas del calibre de “Me No”, “Hum” o “Pray”, presentes en su anterior trabajo. Y sin embargo es un disco que se cuela en los tuétanos, discreta y silenciosamente. Abierto con el magnífico rumor cambiante de “Wal-Mart Parking Lot”, el oído se acomoda al suave trantrán de “Denise” y “Anita”, al porte de oda country de “I Got High” y “Song for Mary”, o a la historia subyacente en “Denver”, que confirma a Barzelay como poeta de fina pluma y elegancia supina. Finura y elegancia que se magnifican en la homónima “The Meat of Life”, la mejor de un disco que abraza la discreción, cabalgando hacia oasis apartados y apacibles.

www.myspace.com/clemsnide

02 mayo 2010

CONCIERTOS

IGGY & THE STOOGES. Madrid. La Riviera. 30-4-2010.

Coitus interruptus.

Me niego a creer que Iggy sea capaz de hacer esto. Lo siento, pero me niego. Que se atreva a tocar hora y cuarto y se largue sin más, sin casi despedida y cierre, sin un último “hey, motherfucker” en condiciones. Y como lo mismo pasó con Sonic Youth hace días, y como Yo la Tengo hace poco prescindían de telonero para adelantar su comienzo una hora, cabe barajar una hipótesis: que todo se debe al contubernio judeomasónico de los dueños de La Riviera con partes varias. Hay que salvar la dignidad de la iguana todoterreno como sea. Iggy es el amo. Iggy Pop es el Rock. Así que echémosle la culpa al chachachá.

Anunciado estaba que “Raw Power” (73) sería el plato fuerte de la noche, y vaya si lo fue. Ventilado de pe a pa a las primeras de cambio, y por si no estaba del todo claro, Iggy y los retocados (se echó de menos a Ron Asheton, q.e.p.d.) Stooges certificaron este disco como obra seminal del punk, imprescindible en la retahíla de los más imprescindibles discos sanguinarios de la historia. Desde el delirante boom con “Raw Power” hasta el punto y aparte de “Death Trip”, el maremoto del ruido se coló en los huesos y el frenesí de la adolescencia en los pensamientos. Tiene guasa que un tipo con 63 años sea capaz de rejuvenecer como nadie a los que todavía (gracias a Dios) no son viejos. Porque Iggy, aparte de showman descarado y sin complejos, sigue pareciendo (¿o siendo?) un niño. El elixir de la eterna juventud le pringa cada célula, aunque últimamente se empeñe en decir que ya va siendo hora de contenerse. Un carajo. Él no entiende de medias tintas, y la causa defendida sin tregua durante más de treinta años requiere todo ese desenfreno y más. Así que prosigamos, a torso descubierto, haciendo el loco de atar, gastando la energía de una fuente ilimitada y asombrosamente renovable. El homenaje al “Raw Power” fue un torrente de adrenalina, un master brutal del que nadie quiso perderse las lecciones básicas (“Search and Destroy”, “Gimme Danger” o “Penetration”) y mucho menos los alumnos que invadieron el escenario (cómo no) para berrear la bien aprendida “Shake Appeal”.

¿Y después?. Pues unos cuantos éxitos, algunos grandes y otros casi, con las espectaculares “Open Up and Bleed” y “Fun House”, las intocables “I Feel Alright (1970)” y “Kill City”, y con el apoteósico latigazo de siempre, esa “I Wanna Be Your Dog” cuya prontitud reveló celeridad con remoto olor a urgencia. Urgencia materializada en un adusto y frío adiós, con el motor a tope de revoluciones y justo en medio del orgasmo colectivo. Con media hora más y unas bien vomitadas “1969”, “No Fun”, “Skull Ring” y “The Passenger”, la faena y sus secuelas hubieran sido históricas.

www.iggyandthestoogesmusic.com

28 abril 2010

DISCOS

OWEN PALLETT. Heartland.

Vivaldi moderno.

Al margen de sus múltiples y briosas alianzas (Arcade Fire, Grizzly Bear, Great Lake Swimmers, The Last Shadow Puppets, The Hidden Cameras, Beirut, The Mountain Goats, etc, etc), la excelsa y mística carrera solitaria de Owen Pallett comienza a tomar forma. Primero bajo el alias Final Fantasy, y ahora en nomenclatura simple, el canadiense esboza el esqueleto de lo que solo los megalómanos podrían atreverse a hacer: unificar en una sola cosa (homogénea, coherente, vital) el pop y la música clásica. Tarea a priori complicada, de “Heartland” (2010) emerge un sentimiento de bonanza y logro. El joven Owen consigue su objetivo, alcanzando una obra tangente a etiquetas y tendencias, única en un género híbrido escasamente prodigado, y sobre todo, carente de ampulosidad o extravagancia (toma nota, Joanna Newsom). Parecida sensación a la que dejó aquel maravilloso “He Poos Clouds” (2006). La melodía (el pop) y los picos orquestales (la clásica) se alinean dentro de la misma facción en un acuerdo sin precedentes. La voz calma y sutil del protagonista relata los avatares de extraños e incomprendidos personajes, sin aspavientos, con pulcritud. La electrónica, en forma de beats acolchados, impregna abundantes episodios sin incomodar. Y de todo ello nacen canciones idílicas y sin mácula (victoria por K.O. para “Keep the Dog Quiet”, “Red Sun Nº 5”, “Oh Heartland, Up Yours” y “E Is for Estranged”) que vacunan contra el puritanismo sonoro más extremista. Preciosa fotografía de un beso entre el ayer y el mañana.

www.owenpalletteternal.com

21 abril 2010

CONCIERTOS

SONIC YOUTH. Madrid. La Riviera. 19-4-2010.

Exhibición incompleta.

De Sonic Youth a estas alturas uno ya no sabe qué esperar. Cuando la ocasión pinta batería de éxitos, te dan con un disco nuevo en la cara. Cuando esperas que suene el material nuevo, se lo pasan por el forro. Tan imprevisibles en lo táctico como las cenizas del Eyjafjalla. Tan previsibles en lo técnico que su primer concierto de La Riviera pareció a ratos la copia en video del ofrecido en el pasado Primavera Sound. El comienzo con el triplete mortal “Squizophrenia”-“Bull in the Heather”-“100%” auguraba una exhibición titánica, un encuentro (cara a cara, en una sala, como debe ser) para la historia. Sueño que devino a la postre en frialdad manifiesta, continuidad aburrida y una racanería (escasísima hora y media) impropia de una banda de su alcance.

Porque posiblemente la jugada de repetir el martes en Madrid no se debía solamente a la demanda. También a un juego de retrospectiva, a una obra en dos actos, malamente anunciada y obviamente reprochable. La sensación tras el primer round fue de haber asistido solo a la mitad de algo. Sí, a momentos muy, muy grandes (“Hey Joni”, “The Sprawl”, “Silver Rocket”, “Shadow of a Doubt”, “Death Valley ´69”) pero insuficientes. Fue como estar deseando lo que nunca sucedió, como ver calentar un motor que nunca llegó a arrancar. Algunos se sentirían plenamente satisfechos ante tan minimalista derroche de fuerza materializada en recuerdos. En todas partes hay incondicionales, fanáticos circenses, amantes irracionales. Los neoyorquinos siempre han venido a ser la banda inapelable del rock, el santo y seña del indie, el catecismo del ruido. Qué ocasión tan grata era ésta para dar el puñetazo sobre la mesa, la patada al suelo, para dejarlo cristalino y firmar con letras de oro en el libro de dedicatorias. Pero no.

De mal concierto no se puede hablar, pero sí del sinsabor de la indiferencia. La Riviera hasta los topes y entregada, con entradas compradas mucho antes que los visitantes del martes (ignoro qué pasó el martes, no quiero saberlo), no se merece un triste a medias. Y habría que plantearse por qué Thurston y los suyos se han quedado enclavados en los tópicos más típicos, ya sea en forma de repetición holgazana (“Expressway to Yr Skull” siempre en el bis cansa y el “Daydream Nation” ya gozó su momento), de arpegio esmerilado o de pose indolente. Está claro que detrás de ellos hay algo más. O al menos éso es lo que llevábamos pensando 15 puñeteros años.

www.sonicyouth.com

14 abril 2010

RETROSPECTIVAS

SPIRIT. The Family that Plays Together.

Joyas de los sesenta (7ª parte).

La cosa tiene su truco. ¿Por qué un disco añejo, de 1968, suena tan vívido, tan actual?. Pues tiene explicación. Que no es otra que la historia de una pérdida imperdonable, la de aquellas mezclas originales editadas en los sesenta. Esta crónica se nutre de la edición en compact de 1996, arduo trabajo de reconstrucción. Hagamos abstracción, desenfoquemos el oído e imaginemos los sugerentes surcos de un vinilo.

Nacidos en la prolífica costa oeste americana, Spirit fueron una de las bandas más interesantes de una época. Y como época habría que acotar: finales de los sesenta y primeros setenta, aunque su historia sea más longeva. Su impronta dejó mella en otras bandas con mayor reconocimiento. Led Zeppelin son un ejemplo. De hecho, “Starway to Heaven” no hubiera sido lo que fue sin el generoso préstamo de los californianos. Sus virtudes se asentaban en las poderosas guitarras de Randy California (usufructuarias del sonido Hendrix, del cual fuera acólito), los ritmos del veterano Ed Cassidy y el aplastante ingenio compositivo de Jay Ferguson. Valientes y arriesgados, aperturistas y exploradores, consiguieron teñir el ya manido patrón del rock de muy diversas texturas: jazz, calipso, música clásica, danzas espirituales o psicodelia pura. Y podría decirse, sin miedo a la errata, que fueron pioneros de lo que un poco más tarde vendría a conocerse como “rock progresivo”.

“The Family that Plays Together” (68), segundo largo en la etapa dorada, abre los cerrojos del frondoso “Spirit” (68) para mostrar las cualidades de la banda en todo su esplendor. Un disco complejo y ligero a la vez. Pero ante todo, un disco de canciones. Canciones, en su mayoría, sin atisbo de fisura. Canciones, como “Poor Richard” o “She Smiles”, por las que cualquier songwritter mataría. En él se aprecian todos los virajes exóticos del grupo (bossa en “It Shall Be”; psicodelia y jazz en “Silky Sam”; toques de swing en “It´s All the Same”, explosivo tema con míticos solos de California y Cassidy). Un hit rompedor abría el álbum: “I Got a Line on You” se ganó por méritos propios lugar de honor en la miscelánea de la banda. Una balada de libro ponía el stand-by: “Darlin´If”, con claro sabor a clásico americano. Orquesta y secciones de viento adornando respectivamente “Drunkard” y “Aren´t You Glad”, canción ésta concebida con la inestimable colaboración de Brian Wilson. Y la reedición del 96 añadía otros cuantos temas en forma de rescates o inéditos, destacando los instrumentales “Fog”, “Mellow Fellow” o “Space Chile”. Toda una transposición de la magia de los sesenta al sonido contemporáneo. Grandísimo, gigante álbum al que solo puede hacerle sombra otro con la misma firma: “Twelve Dreams of Dr. Sardonicus” (70).

www.randycaliforniaandspirit.com