25 marzo 2008

DISCOS


AMERICAN MUSIC CLUB. The Golden Age.

Nuevas historias desde California.

Aunque nieguen y renieguen pertenecer al mundo de la americana, American Music Club siempre ha sido uno de los grupos que mejor responden a su nombre. El club original ya no está al completo: Dan Pearson y Tim Mooney causaron baja después de “Love Songs for Patriots” (2004), pero tienen sustitutos. Y siempre al mando, el admirable Mark Eitzel. Ya era hora de cederle unas honrosas y merecidas líneas. “The Golden Age” (2008) lo ha puesto en bandeja, porque es de lo mejorcito en el haber del músico de San Francisco (reunido o en solitario) en años. Fiel a su idiosincrasia, la de contar hermosas historias a través de melodías balsámicas, Eitzel y compañía se lanzan a la aventura de grabar en sesión directa. Y cantan bingo. Los trece nuevos temas saben a gloria, siguiendo la onda de coherencia y estilo de siempre. “All My Love” es la canción de amor perfecta. “Decibels and the Little Pills” cuenta una tristísima historia de perdición nocturna con la mayor delicadeza. “All the Lost Souls Welcome You to San Francisco” y “The Grand Duchess of San Francisco” vuelven a poner en el centro del mapa a su ciudad natal. “I Know that´s Not Really You” mira a ritmo de vals hacia otras fronteras. “The Stars” enamora con su colosal y rotundo estribillo. “Windows of the World” y “On my Way” petrifican con sus desenlaces nebulosos, llenos de un ruido que para nada desentona. Nuevas caras, nuevas almas, nuevos mundos. El mismo hombre que una vez dijo no envidiar a Bob Dylan, sino a Howe Gelb. En plenitud.

www.american-music-club.com

21 marzo 2008

DISCOS

NICK CAVE AND THE BAD SEEDS. Dig, Lazarus, Dig!!!.

La máquina suma y sigue.


Se han escrito ya tantas revisiones de este álbum que todo parece estar dicho. Esta no será la verdadera ni la definitiva, pero es obligatoria. Hablar de Nick Cave siempre impone y la sensación a la hora de hacerlo es como de reo en el patíbulo. "Dig, Lazarus, Dig!!!" (2008) es el re-nuevo testamento, último episodio de una apasionante biblia escrita en casi veinticinco años de fructífera carrera. Posiblemente no es la mejor obra del australiano, pero hay algo que llama la atención en ella: que no suena como todas las demás, esto es, a tormento. Se trata de una caricatura de personajes caídos de la nada a un infierno de luces de neón, más recitada que cantada, con múltiples referencias al mejor rock de las últimas décadas y un sonido devastador. Cercano al ardor de Grinderman en algunos cortes ("Night of the Lotus Eaters" parece sacada del disco-trituradora), no se olvida de la clásica balada de etiqueta ("Moonland", "Hold on to Yourself", "Jesus of the Moon"). Pero lo mejor es la colección de temas salvajes y callejeros que empieza con "Dig, Lazarus, Dig!!!" y termina con "Midnight Man"; entre medias, "Today´s Lesson", "Albert Goes West", "We Call Upon the Author" y "Lie Down Here (And Be My Girl)" vuelven a dar en el blanco, mostrando la cara más canalla del prolífico semillero y espoleando a los muertos. Si el mandamás es una fábrica de chorrear ideas las veinticuatro horas, los Bad Seeds siguen comiéndole protagonismo por derecho propio. Las claves de este disco: 1) el órgano volcánico de James Johnston, Jerry Lee Lewis de la nueva era; 2) el mano a mano de Thomas Wydler y Jim Sclavunos rubricando todo tipo de ritmos; 3) las ambiciosas texturas creadas por Warren Ellis con chismes varios (mandocaster, loops, flautas, palmas, de todo), apartando definitivamente la exclusividad del violín. La producción vuelve a correr a cargo de Nick Launay y cualquier parecido con "Henry´s Dream" (92) es pura coincidencia. Ni cuando se relajan les sale un disco malo. Suman y siguen.


www.nickcaveandthebadseeds.com

18 marzo 2008

CONCIERTOS

PATRICK WATSON. Madrid. Moby Dick. 15-3-2008.

Paraíso extraterrestre.

Ya fue mencionado en su día: “Close to Paradise” (2006-2007) ha sido uno de los discos revelación de los últimos tiempos. En un mondo sonoro en el que ya casi pocas cosas nuevas asombran, el canadiense ha decidido crear un universo paralelo con ventosas juguetonas que atrapan todo lo que se mueve cerca y huele a bueno. Por eso había que verlo en directo y confirmar in situ si es humano o marciano y cómo suenan esas canciones sobre un escenario. Oh, sorpresa. Es humano porque fuma, bebe Heineken, se parte de risa, se arrastra por los suelos para ubicarse, pide opinión a la audiencia y se funde con ella para cantar a pelo, pero hay algo marcianesco en su técnica vocal y ajuste de clavijas. Y Patrick Watson no es solo uno, es una banda de cuatro tíos bastante locos cuyo desfile de talento desemboca en un desparrame jazzístico-bluesero-noise desconcertante, con trazos de western, de reggae, de doo-woop. Una jam session como la copa de un pino. La música ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Así, “Weight of the World” y “Luscious Life” acaban en un improvisado frenesí ruidoso, “The Storm” se convierte de repente en himno tabernero interactivo y “Man Under the Sea” en un adorable y surreal numerito acústico de albañiles a pie de obra. Momentos como el de “just me, the fishes and the sea” cunden cantidad en los anales sentimentales. La pena es que se escurrieran del repertorio dos preciosidades como “Daydreamer” y “Sleeping Beauty”, aunque la excepcional “The Midnight Express” (con exhibición de Robbie Kuster en las marimbas) fue moneda de cambio de cotización altísima. Un show de sobresaliente, pleno de desinhibición y demostración de ideas, como no se veía desde Devendra Banhart. Que se sepa que son geniales. Y que siga corriéndose la voz.

www.patrickwatson.net

09 marzo 2008

CONCIERTOS

THE CURE. Madrid. Palacio de los Deportes. 6-3-2008.

Treinta años en tres horas.

Tras su espectacular exhibición en el FIB de 2005, empecé mi crónica de la siguiente forma: “Los años pasan. Solo los fuertes sobreviven. La naturaleza hace su selección. Y The Cure siguen adelante”. Una introducción que también vale para la ocasión. No nos engañemos: pocas bandas con treinta años a la chepa son capaces de mantenerse erguidas con tanta dignidad, dando conciertos tan intensos y reviviendo su historia entera sin enterramientos ni olvidos. The Cure entraron en el Guinness hace tiempo, pero no pasan de moda. Más que eso, siguen siendo una banda de “ahora”, y quizá por eso la media de edad en el Palacio de los Deportes estaba más cerca de la veintena que de la cuarentena. Un Palacio que tardó mucho en llenarse (los horarios laborables, los atascos), de modo que 65 Days of Static abrieron solo para un tercio escaso del aforo, que quedó deleitado por su tremebunda contundencia post-rockera en su primer viaje de negocios a nuestro país. Telonear a Robert Smith y compañía es un lujo, pero tiene su inconveniente: que ya nadie se acuerda de ti cuando el aluvión pasa y toca retirada.

No es que lo dudáramos, pero sí, al final fueron tres horas. Tres horitas de nada, volatilizadas en un suspiro de añejos recuerdos y vivencias. No faltó casi nada (y digo casi porque yo eché de menos “Fascination Street”, “Close to Me” y “High”, pero ¿qué derecho tengo a quejarme?) y también hubo un hueco para dos o tres novedades que no son para tirar cohetes pero se dejan escuchar. El arranque con “Plainsong” y “Prayers for Rain” fue de escalofrío. A partir de ahí, mutismo e hipnotismo (ni podía cantar de la emoción, lo juro), sucediéndose “A Strange Day”, “Alt. End”, “The Blood”, “Lovesong”, “From the Edge of the Deep Green Sea”, “Lullaby”, “Hot Hot Hot”, “Primary”, “Pictures of You”, “Friday I´m in Love”, “Never Enough”, etc. De la oscuridad a la luz y viceversa, en un abrir y cerrar de ojos. Y por cierto, sigue sin echarse en falta el teclado, porque Robert ya se encarga de poner el acorde esperado en el sitio indicado para que canciones como “Lullaby” (que se escuchó hasta en Albacete por obra y gracia de mi Nokia) brillen hasta dejarte cegato. (Y hablando de los dones de Robert Smith, qué espectacular voz en directo).

Los momentos de mayor locura (desde el primer palco se puede medir con absoluta precisión la temperatura de la marabunta) los desataron “Push”, “In Between Days” y “Just Like Heaven”, amén de los segundos bises, un homenaje ejemplar al “Boys Don´t Cry” (80). “Fire in Cairo”, la homónima (la más coreada de la noche, sin discusión) y “10:15 Saturday Night” arrasaron, desvestidas de su toque retro para adaptarse a los nuevos tiempos. Qué gran fiesta.

Pero volvamos de nuevo atrás, que se me olvida ese glorioso final pre-bises con “Wrong Number”, “One Hundred Years” y “Disintegration”. La primera, todo un sorpresón, sonó más rockera y menos electrónica. La segunda es ya de por sí apoteósica, pero las imágenes de horror y las luces rojo sangre hacen que dé verdadero pavor. La tercera ya es un clásico de punto y aparte, y siempre deja el alma en vilo y los pelos como escarpias. Apenas hubo tiempo para recuperarse del shock, y ahí estaban de nuevo para brindar el primer bis, homenaje a “Seventeen Seconds” (80), con una enigmática y acongojante “At Night” que luego dio paso a “M”, “Play for Today” (otro momentazo de jolgorio colectivo) y “A forest”. Enormes.

El tercer bis es anecdótico: “Why Can´t I Be You?” fue la despedida definitiva y la cobertura de cupo de esas tres horas tan bien invertidas, tan bien disfrutadas, tan jodidamente inolvidables. Sí, los años pasan, pero ellos están todavía en lo más alto. En el puto cielo.

www.thecure.com